El
espacio literario
Si
favorecemos una actividad editorial, también
tiene que hacerse lo mismo con el hábito de
lectura, y quizás sea éste uno de los
aspectos más resaltantes de la ley. Las bibliotecas
necesitan asumir un papel más activo. Un buen
comienzo sería priorizar de manera decidida
la red que interconecte estas entidades, así
como la conclusión del local de la avenida
Javier Prado, elefante blanco heredado del fujimorismo,
comparable con el tren eléctrico de Alan García.
Actualmente es un local donde se dictan clases de
natación. Otro más importante consistiría
en el acercamiento de las bibliotecas a las instituciones
educativas para que se desarrollen programas de fomento
a la lectura.
La
gente debe valorar la biblioteca pública no
sólo en unsentido exclusivamente pedagógico,
sino como espacio de búsqueda interior, de
intimidad, de diálogo permanente con el texto,
en el que fluyan los sentidos y se enriquezcan los
matices y percepciones. Los innumerables proyectos
de ley del libro presentados en los últimos
años dedican varios artículos a tratar
el fomento la lectura como una metodología
que se debe aplicar a rajatabla, sin dudas ni murmuraciones.
¿Acaso este característica no es inherente
al sistema educativo peruano, más acostumbrado
a la paporreta y al memorismo?
Si
se hace una ley del libro, ésta no sólo
requiere contener aspectos en los que intervengan
los agentes educativos biblioteca, cuerpo docente,
instituciones, sino hacer que los alumnos no
consideren la lectura como algo aburrido y obligatorio,
sino que aprendan a descubrir el esparcimiento que
ella atañe. En otras palabras, hacer de la
lectura un acto creativo también, que implique,
a su vez, una apertura de conciencias, una manera
de encontrar respuestas. Y para ello no bastan métodos
de velocidad, "saltos de ojo" y cuanto sistema
exclusivo se anda vendiendo por las calles. Hay que
recuperar el placer de la lectura y difícilmente
una ley del libro nos lo va a devolver. Se requieren,
eso sí, de otras estrategias y de una comprensión
cabal que trascienda los currículos escolares
o los programas educativos corrientes.
Quo
vadis, cultura
La
reciente campaña a favor de la Ley del Libro
se desarrolló tanto más en los medios
de comunicación, sobre todo en los periódicos,
que en las calles o en las propias universidades,
quizás, suponemos, las entidades más
vinculadas con el quehacer intelectual, hasta donde
tenemos entendido. Este fenómeno resulta interesante
porque la Ley del Libro que en diez años
de dictadura concitó la atención de
unos cuantos intelectuales y maestros preocupados
por la caída de nuestra producción cultural
y pasó desapercibida tanto en los medios a
favor de la mafia como en los llamados diarios de
oposición resulta ahora que, de repente,
como si hubieran despertado de un letargo de opio,
el tema concita la atención del "cuarto
poder". Lo demuestran la cantidad de editoriales,
entrevistas, análisis o enfoques que sobre
el tema han aparecido en los últimos seis meses
en los principales diarios del país. El tema
cultural, que antes sólo parecía reservado
a las páginas menos comprometidas de un periódico,
de repente empieza a cobrar notoria relevancia.
Nos
preguntamos quienes hemos visto mudar los ropajes
del emperador mediático con cierta perspicacia:
de cuándo acá el interés. Por
qué ahora y no hace diez años. Se trata
de un fenómeno interesante que necesita estudiarse
con cierto desapasionamiento, ir un poco más
allá de las apariencias que nos muestra el
devaneo político de la década pasada.
Jean François Revel, periodista francés,
en su libro El conocimiento inútil nos
ofrece algunas pistas sobre las veleidades de la prensa.
Su tesis parte que la noticia se nos ofrece como espectáculo,
como acontecimiento imperdible. Al procesar la información,
la cual existe en cantidad, se produce una suerte
de "banalización" de los sucesos.
Es un fenómeno que no sólo se ha dado
en el Perú los diarios chicha "democratizan"
la noticia al "traducirla" a lenguaje coloquial,
sino en todo el mundo. A mayor información
concluye Revel con escepticismo, menor
conocimiento.
Lo
cierto es que la prensa peruana ofreció pan
y circo en la década pasada. En la resaca no
se percató de que había dejado de ejercer
la crítica, cegada por sus coqueteos con el
poder. Toda crítica política precisamente
implica una crítica cultural. Pero en los noventa
el proceso de "desideologización"
que cundió en todos lados condujo a considerar
la política como una ignominia que nadie debía
tocar. Mano dura contra los enemigos del orden, reclamaban
los reaccionarios; menos floro y más acción,
repetían como consignas los voceros de la dictadura.
Al caer Fujimori por obra y gracia del vladivideo
lo cual revela la fragilidad de un régimen
que se creía a prueba de marchas y contramarchas,
nuevamente entra a la palestra el debate, el intercambio
de ideas, el cuestionamiento a lo establecido. En
muchos casos atildada, en otros desmesurada. La crisis
política vivida a fines del siglo pasado hizo
reflexionar a muchos sobre las falacias vividas en
un mundo de conveniencias y favores hechos "por
lo bajo". Los videos filmados constituyen una
prueba irrefutable de este modus vivendi.
La
cultura y la expresión artística empiezan,
pues, a recuperar parte del terreno perdido a raíz
de las políticas represivas de los años
ochentas y noventas (en los cuales, curiosamente,
florece la piratería). Muchos periódicos
se han lanzado a ofertar libros, enciclopedias y CD
o DVD con relativo éxito. Lo real es que el
peruano está dispuesto esta clase de productos,
aunque en el caso del libro los precios siguen siendo
en muchos casos, y si se trata de bibliografía
actualizada, prohibitivos. No existe una política
cultural clara de parte de las instituciones gubernamentales
y de las entidades particulares imbricadas en la gestión
cultural. Bastaría con apreciar lo que ocurrió
en otros países, como en el caso de Brasil
con el bossa nova en la década de 1960;
o en Argentina con el auge editorial ocurrido luego
del retorno de la democracia en 1983 (con la crisis
reciente no ha sido posible actualizar material, porque
las editoriales españolas, de las cuales depende
el circuito platense, especulan con el tipo de cambio).
Pero
muchos nos preguntarán: ¿es necesaria
una política cultural para el caso peruano?
Sí y no, respondemos. Al Estado le corresponde
favorecer la inversión privada y también
encargarse de ésta donde la presencia de capital
sea inexistente. No me pongo a pensar en los universitarios
limeños que día a día se llevan
toneladas de fotocopias a sus casas o en un padre
que quiere comprar el último libro original,
por supuesto de Harry Potter para su hijo de
ocho años; sino en los millones de compatriotas
que apenas cuentan con luz, agua y una escuela fiscal
donde aprenden los rudimentos del quechua, del español
o del aguaruna, por decir lo menos, y también
a leer y escribir. El Estado debe cautelar su educación
básica y contar con la suficiente sapiencia
para preservar sus costumbres de acuerdo con políticas
educativas desarrolladas de acuerdo con cada comunidad.
A
esto me refiero con política cultural: la Ley
del Libro o la del artista o la del cine (que también
hace buena falta) deben considerarse como un mejoramiento
que incida en lo estructural, es decir, en las condiciones
que posibilitan la creación o conservación
de la cultura. No podemos quedarnos en buenas intenciones.
Estas normas cuyos vaivenes revelan cómo
pensamos y tratamos nuestra propia identidad cultural
merecen, por supuesto, la atención de los medios,
los actores y de los consumidores (la mayoría).
Nuestros gobernantes han dado un paso positivo y considerado
para los productores de conocimiento y creatividad
en el Perú. Pero debe facilitarse también
una política cultural integralmente, sin mezquindades
de uno u otro bando, en la que podamos reconocernos
en la mirada del otro, que espera una franca aceptación
a pesar de las diferencias lingüísticas,
de pensamiento o de costumbres. En otras palabras,
abrir camino a una educación que no sólo
califique y reparta premios a la aptitud, sino también
a nuestra capacidad afectiva, esto es, la posibilidad
de recuperar nuestra memoria colectiva para confrontarla
con el pasado, con una suerte de proyección
hacia el futuro y, más aún, con el otro
que aún reclama ser. En caso contrario, como
lo denunció Manuel González Prada en
su momento, esta historia nuestra de continuas vejaciones,
olvidos y abusos estará condenada a repetirse
hasta convertirse en un alegato fantasmagórico
carente de cualquier clase de sentido.
©
Giancarlo Stagnaro*, 2003
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