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1.
Plegaria
Amo tu sonrisa de rosa sobre mí
Moviéndote eres un mar devastador
Que posee entera paradisíaca luz
En la penumbra densa & ligera
Brillas como del frmamento
La más lejana estrella sur
Monte deleitoso me das el dulce estilo
Ahora que el aire es leve brizna q’se mueve
& me abre las compuertas del deseo
Un ansia enferma mi corazón esmalta
Como a los arrozales el surtidor alcanza
O la neblina ciega el amanecer en Lima
3.
Hipokrene
Repisas acuosas una tras otra surcos cobalto
Alfombras de espuma sucesivas brinca barroca in
Vasión atropellándose deglusión ourobórea máquina
Montubia albo impecable avanza & se resaca en
Ondular insomne su voz forjada al viento se re
Tuerce & superpone en infnita & alocada melódica
Rítmica reiterativa indescifrable rumores redi
Vivos redoble de tres tiempos helados en la ele
Vación que rápidamente se deshace renaciendo
Estruendo rock otra vez inusitada suavidad
Al llegar a su fnal despliega brevísimo silencio
De nuevo atravesado superpuesto recomienzo es
Cuchar nunca va a acabar
2.
Aganipe
Esmeralda superfcial cubre los cuatro
Puntos cardinales mi visión amplía se remonta
Utópica horizonte alucinado & el viento preci
Pita cadencia recurrente en mis oídos gigan
Tesco caracol a través del salino perfume el
Chapoteo feliz de rizada niña rubia por
La ingrávida sinrazón oh silueta cuántica
Adhiere espejos a millares bajo el sol candente
Ilumina a forro amanecer andino truqueado
La gaviota se pasea en mi delante & el dueño
Del ritmo sigue interpretando su canción inmóvil
Incesante marea que aluniza en el poema
& lo derrite
Revista - Poesía: Roger Santiváñez
Dante’s reading
[Playas de Ocean City, New Jersey, agosto de 2009. Este poema forma parte de un libro en marcha cuyo título provisional es
Roberts Pool Crespúsculos
]
http://www.elhablador.com/poesia17_6.html
Ese sábado hice mi clase sobre Dostoievski. Hablé de
Humillados
y ofendidos
,
El jugador
y
Los hermanos Karamazov
. El niño
tomaba leche, sonreía y luego hizo sus preguntas alrededor de los
argumentos, los personajes y el escritor.
Cuando terminamos, como siempre, me dijo si quería jugar Play Sta-
tion con él. Sus padres le dijeron que mejor no, que yo tendría cosas
por hacer y etcétera. Yo me lo pensé bien. Siempre le decía que no
al niño por X motivos. Pero ese sábado decidí que sí, que jugaríamos
un partido. Un solo partido.
Raulito sonrió y me llevó con él.
Mientras acomodaba el disco y prendía el televisor me dijo que uno
de los mandos no funcionaba bien, pero que no recordaba cuál era.
Yo le dije que eso no importaba, que solo era un partido amistoso.
Entonces Raulito escogió a Brasil y yo, como hacía años atrás, escogí
a Italia. Entonces el juego empezó y, tal como lo sospeché, Raulito
tenía el control bueno y yo el malo.
En esos primeros minutos Raulito demostró todas sus virtudes, man-
dándose con tremendos jugadones (huachitas, chalacas, camotitos,
sombreros, diagonales) sobre mi área. Eso mientras yo trataba de
recordar las funciones de los botones, mientras luchaba contra los
ataques frontales de Ronaldo y Romario, mientras forzaba al control
a que haga algo bien.
Entonces Brasil metió dos golazos y Raulito andaba en su gloria y
con cada gol dejaba el control a un lado y se ponía a bailar La Maca-
rena y esas cosas que siempre bailan los gorditos del tipo de Raulito,
o sea los gorditos cheverengues. Entonces antes de que terminara
el primer tiempo Roberto Carlos dispara de cuarenta metros y pone
el 3 a 0.
El segundo tiempo se inició al instante y Raulito, no me apena decir-
lo, como que me llegó al pincho. Entonces junto a Del Piero, al Pip-
po Inzaghi, a Camoranesi y me voy con todo sobre Brasil. Entonces
Raulito dejó de vacilarse y se quedó callado. Entonces me acordé de
todas las jugadas que había aprendido hacía tanto tiempo y meto
uno, dos, tres goles. Entonces llega el cuarto gol en un centro del
Pippo y un chalacón del Toro Vieri, y le volteo el partido a Raulito.
Entonces el partido acaba y le digo a Raulito, feliz y matándome de
la risa, bien jugado, Raulito, mientras Raulito me mira serio y dice
algo que hasta ahora no olvido.
—Carajo, profesor.
Nunca más supe del vocal de la Corte Suprema ni de su esposa ni
del niño.
Pocos meses después tomé un bus y me bajé en la avenida Abancay.
Caminé entre el Mercado Central, lo crucé y fui hacia la Plaza Italia.
Iba con una mochila vieja. Una mochila que mi padre me regaló y
con la que estudié los cinco años de universidad. En ella tenía lo de
siempre: papeles, libretas, cigarros, caramelos de menta, un libro,
una bufanda y una chompa.
Caminé con la mochila a mis espaldas. Sin más que eso y el papel
con la dirección que me dio el vocal en una de mis manos.
de una silla mientras acomodaba mis cosas sobre la mesa. Luego le pedí a Raulito que se sentara a mi
lado y comencé a revisar los papeles de la clase.
El niño me miraba con curiosidad y sonreía. Le hice algunas preguntas. Raulito era el primer puesto de su
salón, le gustaban las matemáticas, quería ser ingeniero y de domingo a jueves estudiaba sus lecciones.
Los viernes y sábados veía televisión y jugaba Play Station.
—¿Usted también juega Play?
—Antes jugaba un poco, pero solo el juego de fútbol.
—Winning.
—Sí, pero hace años que no juego nada.
—Winning es el juego que más me gusta. ¿Quiere jugar al fnal de la clase?
—Hoy no creo porque vamos a terminar casi al mediodía y tengo que irme rápido.
Durante cinco o seis sábados, a las nueve de la mañana, me encontraba con el vocal de la Corte Suprema
en el Hotel Bolívar. Caminábamos hasta Metro, el vocal compraba cosas para llevar, subíamos a un par
de vehículos e íbamos hasta Ventanilla.
Ya he dicho que el vocal era un sujeto jovial; así, durante todos esos viajes que hacíamos desde el Centro
de Lima hasta el Callao no paraba de hablar sobre libros, historia, novelas, siendo todas nuestras charlas
lo bastante amenas. Pero fue una mañana de esas en donde el vocal me habló de un caso que retuve por
mucho tiempo. El del aprista que había agarrado a balazos a uno de los Miró Quesada y a su esposa a
la salida del Teatro Colón en 1935, que por ello estuvo preso cincuenta años, que salió libre con la toma
del poder del APRA y que por esos días se encontró cara a cara con él, en el Palacio de Justicia. Me dijo,
además, que el mismo tipo podría contarme todo, que él podría conseguir su dirección. ¿Quería? Le dije
que sí.
Las clases con el niño me sirvieron para revisar textos que había leído hacía mucho y que por entonces
los tenía olvidados. Raulito escuchaba siempre en silencio y de rato en rato hacía alguna pregunta sobre
tal aspecto de tal cuento o de tal novela. Su madre aparecía cada media hora a ofrecernos galletas y
algo de beber.
Un sábado que me encontré con el vocal en el Hotel Bolívar e hicimos la ruta de siempre, el hombre se
refrió a su familia. Habló de que la distancia que había entre ellos era solo física. Me dijo que él vivía
con sus padres en Pueblo Libre, pues le quedaba más cerca al trabajo, que Raulito y su mamá vivían en
Ventanilla porque esa era la casa de ellos, que él seguía amando a su mujer pero que a veces la vida
era difícil.
Yo estaba un poco distraído, así que todo lo que dijo lo asentí en silencio. Entonces, cuando el vocal
terminó de hablar me entregó un papel.
—Está viejo. Debe tener unos noventa años. Ojalá pueda servirle.
Eran los datos del sujeto.
—¿Vive solo?
—Ese hombre está solo en el mundo.
—Entiendo.
—¿Conoce la calle? ¿Conoce Barrios Altos?
Miro el papel. Leo la dirección.
—Es la que cruza la Plaza Italia. Sí, conozco Barrios Altos.
Ese sábado que llegamos a Ventanilla el sol había aparecido sobre nosotros. El viaje de ese día fue distin-
to al de los anteriores. Mientras el vocal me contaba los pormenores de su familia yo había comenzado
a prestarle mayor atención a lo que veía por la ventana de la combi. Las largas pistas, las refnerías, las
casas situadas al borde de las tantísimas pampas del distrito, el sonido del mar a pocos metros. La hu-
medad, el calor de la humedad que se estrellaba sobre todas esas calles copadas de niños jugando, de
padres trabajando y de madres haciendo el mercado.