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La cita estaba pactada para las cuatro de la tarde. Al llegar, minutos antes, percibo que la casa no tiene
timbre ni número de referencia. Sólo la puerta principal y un garaje, ambos de madera. Decido entonces
fumar un cigarro. Lo fumo lento, pensando en la extraña correlación (o su inevitable coherencia) entre
el anonimato de aquella casa y el carácter solitario de la persona que habita en ella. Lo fumo lento,
esperando la hora exacta para tocar.
Habíamos hablado el día anterior por teléfono. La idea era sencilla: una entrevista larga, con muchos
datos biográfcos sobre su infancia, sus inicios como escritor, el Grupo Narración (los años 60, 70, Rey-
noso, Gutiérrez, la “literatura social”, “no social”, los manifestos y todo aquello de lo que siempre se
habla cuando se habla de la revista en cuestión), los nissei, sus libros publicados y, de éstos, específ-
camente,
La iluminación de Katzuo Nakamatsu
. Algo así como un perfl, le digo al fnal de mi breve
explicación, más íntimo y más personal que una entrevista tipo pregunta/respuesta. Está bien, está bien,
contesta Higa un poco confundido, quedamos para mañana.
Martes. 4 pm. Toco la puerta tres veces y aguardo. Pasan cinco minutos o más antes de observar el rostro
sereno y siempre apacible de Augusto Higa que, tras estrecharme la mano cordialmente, me hace entrar.
La casa de Albaceleste
, Alianza Lima y la sub 20
En 1987, Higa publica su segundo libro de cuentos,
La casa de Albaceleste
, una colección más sólida
y madura que la anterior (
Que te coma el tigre
), en la que aparecen relatos tan cuidadosamente tra-
bajados como “Corazón sencillo” o la propia “La casa de Albaceleste”. Sin embargo, debido a su exigua
difusión (y corto tiraje) el libro se privó de un merecido interés por parte del público. Esto sin contar sus
varias erratas. Con el tiempo, parecía que la obra no tendría posibilidad de acceder a nuevos lectores.
Pero no fue así. A fnales del año pasado, Altazor decidió publicarlo en una versión revisada y corregida.
Una versión mucho mejor, bastante mejor, que la primera.
Estoy pensando en todo esto en el preciso momento en que Higa me pide que tome asiento. Prende el
televisor que se encuentra al otro extremo de la sala y se sienta en una silla. Nos quedamos en silencio
por un instante. En la pantalla aparece Nicolas Cage y una moto. Nicolas Cage sonríe, suda, habla fuerte,
vuelve a sonreír. Lo observo bien mientras intento recordar el nombre de la película. En eso Higa baja
el volumen y me pregunta por el partido de Alianza Lima contra Jaguares: juegan mañana, ¿no? Sí, res-
pondo, a las 9 o 10 de la noche. Ah, dice. ¿Es de Alianza?, pregunto. Sí, ¿y tú? No, yo no, digo. Volvemos
otra vez las caras a Nicolas Cage. Otra vez la moto y el sudor y los gestos recargados. Todavía no consigo
acordarme del nombre. ¿Ha visto los partidos de la sub 20?, le interrogo ahora mirando la TV. No… sí,
corrige después, son muy malos. Se calla unos segundos y luego dice: si vas a ver un partido debe ser
para ganar, sino ¿qué sentido tiene? Asiento ligeramente. No hay equipo, no hay idea, no hay nada,
explica. Sí, le digo, son un desastre. Otra vez nos fjamos en la pantalla. Hay comerciales.
Pregunto: ¿empezamos?
La resistencia y otras formas
Que sea desde antes del inicio, le propongo, es decir, cuénteme sobre sus padres, la migración japonesa,
el contexto en el que nace en el 46.
Yo vengo a ser segunda generación, comienza diciendo, mis padres eran japoneses. Primero
vino él, probablemente en 1922 o 1923, durante la época de Leguía, y mucho después ella.
Se conocieron aquí y juntos tuvieron seis hijos, de los cuales yo vengo a ser el cuarto. En ese
entonces la colonia ya era bastante grande y estaban muy dispersos, como lo han estado
siempre. Se asentaron en distintas capitales conformando pequeños núcleos. En el caso de mi
padre, llegó primero a Cañete. Estuvo un tiempo y luego vino a Lima para trabajar, al lado de
Por Juan Francisco Ugarte
Blog - Entrevista
unos paisanos, como ayudante de peluquero, o servicios de
ese tipo. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial conoce a
mi madre y forma nuestra familia.
La guerra es importante porque constituyó un hecho trau-
mático. Por ejemplo aquí, desde los años 30, se efectuó una
campaña anti-japonesa. Había demasiada discriminación ra-
cial. Lo que sucede también es que el Perú es un país de una
larga tradición segregativa en contra de los chinos, que luego
heredaron los japoneses. Respecto a esto, Gálvez, para 1900,
contaba que una de las delicias, o palomilladas, que solían
hacer los jóvenes era perseguir japoneses, algo así como en
los años 40 o 50 se perseguían a los cholos. Los agarraban
de punto. Todo esto empeoró aún más con la guerra. Fue
terrible.
En un contexto así era complicado sobrevivir. La sociedad te
marginaba por tu propia condición, por tus antepasados, por
tu cara. Pero en medio de esta gran exclusión, la colonia ja-
ponesa tenía su lógica de solidaridad, se apoyaban entre ellos
como si fueran una gran familia. Y fue esta capacidad de
integración, de resistencia, la que originó el progreso de los
japoneses en el Perú.
Sin embargo la discriminación se alargó hasta los años en
que yo era colegial. Recuerdo que en el 62, cuando estaba en
cuarto de media, se emitió un reportaje en el que se opinaba
que los hijos de japoneses eran muy individualistas, que no se
asimilaban dentro de la sociedad nacional y que, por lo tanto,
la respuesta que debían darles los peruanos era mandarlos a
su lugar de origen. En otras palabras, nos veían como extran-
jeros, como amargos intrusos.
Esta situación cambió a partir de una serie de circunstancias.
Una de ellas fue que dentro de la comunidad peruana em-
pezaron a constituirse con gran fuerza las teorías sobre la
diversidad o la heterogeneidad, además de la prédica de Ar-
guedas, que sirvió para reconocer las grandes porciones de
indígenas muy distintas y variadas que había (y hay). En este
sentido, el orden podría establecerse de la siguiente manera:
primero el reconocimiento vino de ellos hacia nosotros y lue-
go fue nuestra propia conciencia la que se introdujo y asimiló
como conciencia peruana.
Sobre los sesenta (Vallejo, la revolución, las poesías
siempre rimadas, los inicios)
Augusto Higa enciende un cigarro. Lo aspira lentamente, en silencio,
mientras piensa en la pregunta que le acabo de hacer. Tiene la expre-
sión calmada, los ojos fjos en el suelo, las manos juntas. Yo siempre
he sido un tipo solitario, me dice ahora, dejé la vida de barrio muy