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En una de sus novelas, Javier
Cercas hizo una distinción en-
tre buenos escritores y grandes
escritores. Y aunque sea difícil
determinar dónde está el lími-
te entre uno y otro, este puede ser uno de esos casos. Wells Tower
(Vancouver, 1973) ha publicado
Todo arrasado, todo quemado
(2010), su primer libro de cuentos, con un éxito contundente en los
Estados Unidos. Ha sido comparado con John Cheever y Raymond
Carver y se ha califcado su aparición en el escenario literario nor-
teamericano como uno de los más deslumbrantes de los últimos
años. Esto no es gratuito. Los relatos son, efectivamente, tributarios
de su tradición narrativa y es indudable que técnicamente están bien
construidos. Pero aún parece muy pronto como para califcarlo de
gran escritor. Explicaremos por qué.
Los nueve relatos que componen
Todo arrasado, todo quemado
poseen una estructura bastante similar. A excepción de “En la feria”
que es el único cuento fragmentado del libro y con un ligero matiz
policial, los demás relatos están estructurados linealmente, con una
secuencia lógica de acciones y una trama que comparte un tema
fundamental: la ruptura de los personajes con el mundo al que per-
tenecen. Las abundantes digresiones permiten conocer más de las
relaciones que establecen los personajes entre sí y de la naturaleza
de las mismas. Por ejemplo, en el cuento “El ojo tras la puerta” ve-
mos cómo a través de un sueño, se fortalece la necesidad que tiene
un viejo, que vive con su hija solterona, de no sentirse como tal.
O en “La América salvaje” el narrador reconstruye rápidamente la
historia de Jacey, una muchacha insegura, con un enano gordo que
es el único que le hace caso. Los diálogos caracterizan a sus personajes, los cargan de personalidad. Una
personalidad desafante, complicada, y que los conduce a quebrar los vínculos con los demás. Este es
un aspecto importante. Los relatos de Tower ahondan en las relaciones de familia o de grupo. Los per-
sonajes no se sienten nunca cómodos con los otros y buscan modifcar su situación. Son empleados en/
para empresarios sin visión de futuro, hijas buenas que se escapan con hombres que apenas conocen,
vikingos que sienten lástima por las poblaciones a las que arrasan. Sujetos anómalos para la colectividad
a la que pertenecen. Esta anomalía hace que los vínculos entre personajes y las acciones que emprenden
juntos estén marcados por la tensión, por la constante sensación de que todo se va a quebrar abrupta-
mente en cualquier momento. En ese sentido, parece que Tower le debe mucho a las historias de Carver,
plagada de sujetos marginales que cuentan sus miserias y sus divorcios. Tower, aprovecha esta herencia
y brinda una imagen distinta de la vida cotidiana en Norteamérica: no una vida feliz y apacible, dedi-
cada al trabajo y al enriquecimiento, sino todo lo contrario: vidas que buscan algo, salir de lo rutinario.
Paradójicamente, al salir de la rutina solo les espera la violencia, el desamor, la marginalidad. De ahí
la necesidad de explicar el pasado de los personajes a través de digresiones y de utilizar diálogos que
evidencien la actitud recia de los mismos. También por esto, el lenguaje es descarnado, directo.
Pero se puede objetar algo básico: ¿qué hay de nuevo en todo esto? Efectivamente, los cuentos de
Tower están bien trabajados, las historias están perfectamente engranadas y revelan un manejo diestro
de la tensión narrativa. Pero estas no son sus características exclusivas. Por el contrario, estas mismas
se pueden rastrear en otros narradores como el ya mencionado Carver, el clásico Hemingway o el más
reciente Willy Vlautin. Es decir: los cuentos de
Todo arrasado, todo quemado
no dan un vuelco a la
tradición narrativa norteamericana, no la renuevan, solo la continúan, la convierte en un sello inconfun-
dible de sí misma. Quizás la única excepción sea el cuento “En la feria”. En ella se nos cuenta la historia
de un niño, Henry Lemons, que ha sido violando por un hombre de quien solo ve cómo brilla la hebilla
del cinturón. Se desata entonces la búsqueda del responsable y, paralelamente, varias historias se des-
pliegan: la historia amorosa del padre del niño Lemons, la historia de Jeff Park que ha abandonado a su
madre después de golpear al padrastro, la historia del juez Horace Tate que no se siente a gusto en feria
porque todo lo encuentra apacible y él es un amante de la velocidad, la historia de un jovencito criador
de novillos, Chad. Historias paralelas que se van mezclando fragmentariamente y que, en apariencia,
no aportan nada al caso de la violación, pero que nos descubren las miserias de sujetos sospechosos,
oscuros. Finalmente, no se resuelve el delito, pero todas las posibilidades quedan abiertas: puede ser
alguna o ninguna. Este es quizás el cuento distinto, el que arriesga en su estructura y en su argumento.
Lamentablemente, es una excepción y no una constante.
De este modo, regresamos a la primera afrmación de Javier Cercas. El joven escritor norteamericano
es francamente una promesa, pues demuestra un manejo muy hábil de las estrategias narrativas y una
solvencia envidiable en la elaboración de historias atractivas y cuestionadoras, a la vez, del estilo de vida
de su sociedad. Tal vez sea oportuno recordar aquí que Tower es sociólogo y que podría ser esa la razón
por la que enfoca muy bien a sus sujetos inconformes. Puede que sea una explicación, puede que no. Sin
embargo, sus relatos no arriesgan todo lo que podrían. Son cuentos bien medidos pero no despegan, no
rompen los límites de lo racionalmente estructurado. Si bien busca darle la vuelta a temas como el de
la familia, que es ya recurrente en la literatura norteamericana, su apuesta es todavía (y comprensible-
mente) muy modesta. En ese sentido, este es un inicio prometedor y del que esperamos que marque, en
algún momento, una nueva pauta en la narrativa breve.
U
n
I
nicio
P
rometedor
Wells Tower
Todo arrasado, todo
quemado
Seix Barral, 2010, 270 pp.
Por
Rómulo Torre Toro
http://www.elhablador.com/blog/2011/03/25/un-inicio-prometedor/
Pueda ser que yo también esté
padeciendo ese delirio sin per-
catarme de ello, por eso al día
siguiente, apenas abrieron las
puertas de la librería, yo ya es-
taba allí con toda la paciencia
necesaria para esperarlo, para
intuir su presencia, su mirada, y
luego decir su nombre, mi nom-
bre, y reconocerlo, así él lo ne-
gara. Eso es lo que esperaba. La
negación que sería la respuesta
asertiva a lo que durante tanto
tiempo había esperado. Dar con
la presencia de un hombre que
escribía y que era considerado
como un fantasma.
Mientras esperaba frente a la
exhibición de
Slow learner
,
me iba convirtiendo en un an-
sioso testigo de la venta de un
ejemplar tras otro. Era un sínto-
ma evidente de la enfermedad
pynchoneana, pensé mientras
veía cada gesto, cada apremio
de la gente sólo para leer el
nuevo libro de Thomas Pyn-
chon. Entonces yo ya no podía
evitar sentirme como si fuera él.
Cada libro vendido lo veía como
un triunfo, como si yo fuera el
verdadero Thomas Pynchon que
escribe. Y era cierto, surgía cier-
ta vanidad de ver una respuesta
masiva sobre algo que muchos
aún consideran insignifcante:
un libro, un simple y sencillo li-
bro. Un peculiar objeto con una
cantidad de páginas llenas de palabras, como yo antes les llama-
ba… Y así seguían vendiéndose, uno tras otro, como un placentero
acto repetitivo que devoraba el tiempo. Mi viejo amigo librero pyn-
choneano a veces pasaba por mi lado pidiendo paciencia, sólo eso, y
reía mientras sus ventas crecían a cada minuto. Era cierto. Se trataba
de tener mucha paciencia ante algo que podía parecer tan nimio. Así
es esta enfermedad pynchoneana. De pronto se cruzó por mi cabeza
la absurda idea de que tanto mi viejo amigo librero pynchoneano
y yo nos estábamos dejando llevar por la intuición de una vanidad
que tal vez el mismísimo Pynchon no tenía. Por algo siempre apa-
rece una X anónima en lugar de su rostro en las solapas o en las
contracarátulas de sus libros. Por eso también se colocan a veces
esas fotos demasiado antiguas de su juventud que defnitivamente
diferirían de su aspecto actual, además del hecho de nunca presen-
tarse en público, porque realmente odia todo esto, odia tanto como
se deleita, y en esa contradicción vive como lo hace un escritor como
él, capaz de provocar una extraña enfermedad llena de absurdos, y
que al parecer resulta incurable.
El día pasaba como un recuerdo y casi ya no quedaban ejemplares
de
Slow learner
. Ya era de noche y faltaba poco tiempo para cerrar
la librería. Sabía que mi viejo amigo librero pynchoneano todavía
guardaba las esperanzas a pesar de ya no decirme nada. Sólo obser-
vaba la hora en su reloj de pulsera tan igual como yo lo hacía, hasta
que sucedió lo que tanto habíamos esperado.
Aquellos pasos fueron como un temblor. Su mirada sobre los pocos
ejemplares que quedaban fue la luz que tanto tiempo había espe-
rado. Cogió un ejemplar de
Slow learner
y dijo algo mientras yo lo
observaba detenidamente, sabiendo muy dentro de mí que sí era él,
de que esta vez no podía haber ningún error. Había mucho silencio, a
pesar de eso parecía que no existía nada más que el autor y su obra.
Finalmente él dejó el ejemplar en su sitio con la intención de reti-
rarse. Fue justo en ese momento que yo decidí dirigirle la palabra.
¿Thomas Pynchon?, pregunté.
Él ya se había detenido dándome la espalda.
¿Thomas Pynchon?, repetí. Y él aceleró el paso para salir cuanto
antes de la librería. Yo corrí y con mucha osadía sujeté su brazo, y
en respuesta a mi acto encontré en sus ojos una especie de odio y
piedad mostrados de una manera demasiado singular, tan propia
de alguien que sólo desea permanecer aislado sin que lo molesten,
por eso sólo me quedó contemplar esa expresión como nunca antes
lo había hecho ante nadie, sabiendo además que ya me había con-
vertido en un completo impertinente. De esta manera entendí que
ese no era el momento ni lo sería jamás, porque indefectiblemente
había llegado al punto culminante de todo lo absurdo. Lo confrmé
cuando sentí su brazo desvanecerse entre los dedos de mi mano.
Pues ya no quedaba la menor duda, Thomas Pynchon realmente era
un fantasma.
Después de lo que aconteció esa noche no volví a pasar por la li-
brería de mi viejo amigo librero. No volví a saber nada más de él
ni de los demás informantes pynchoneanos, pues ya había tomado
la frme decisión de recluirme en mí mismo, en mi propio mundo,
convirtiéndome también en un inaudito fantasma. Y lo hice, aunque
a usted le parezca increíble, porque ha sido justo después de colocar
el punto fnal de este escrito que yo ya he dejado de ser yo. Yo sim-
plemente ya he desaparecido. Yo ahora soy un fantasma.
Adenda:
El título original de este texto es “The last words of the other Tho-
mas Pynchon” publicada en la ya desaparecida e inhallable revista
Writers
en su edición de 1985.
Después de la publicación de
Slow learner
(1984), Thomas Pynchon
ha publicado las novelas
Vineland
(1990),
Mason y Dixon
(1997),
Against the day
(2006) e
Inherent Vice
(2009). Según se sabe,
Thomas Pynchon aún goza de una salud bastante estable a pesar de
su avanzada edad. Su nombre no deja de vocearse para el premio
Nobel de Literatura.
Después de la publicación “The last words of the other Thomas
Pynchon”, el otro Thomas Pynchon, iniciador de los pynchonianos
en Nueva York, desapareció por completo sin dejar el más mínimo
rastro. Se especula que vive en alguna parte de los Estados Unidos
como si fuera un fantasma.
http://www.elhablador.com/cuento17_2.html
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