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culto en los circuitos literarios e intelectuales. Por eso pagué a jóvenes lectores,
libreros, profesores y hasta escritores para que me mantengan siempre informado
sobre mi singular homónimo.
Muchas veces he intentado que mi vida vuelva a tener un curso normal, pero es
imposible. En el trabajo algunos todavía siguen creyendo que yo soy ese escritor
sin rostro. Hasta se les ha ocurrido la idea de querer ganar dinero revelando la
identidad de este escritor a través de mí. Más de una vez han aparecido reporteros
y fotógrafos de distintos medios que al verme concluyen que se trata de una farsa.
(Ya les he dicho que mi imagen no causa mayores impresiones). A pesar de eso,
hay algo bien cierto. Yo sí soy Thomas Pynchon. Thomas Ruggle Pynchon, nacido
coincidentemente en el mismo año que mi homónimo, 1937, tal como fgura en
mis documentos de identidad.
La verdad es que no me ale-
gra ser el otro Thomas Pyn-
chon, pero tampoco reniego
de aquello porque sé que
involuntariamente estoy en-
trando a su territorio. En el
espacio de ese escritor, que
así no quiera, y así no lo de-
see, ya se ha convertido en
parte de lo público.
¿Te gustaría ser él?, me pre-
guntó en una ocasión un re-
portero que también escribía.
Yo ni siquiera pude respon-
derle sí o no, simplemente
atiné a decir que lo único que
realmente me gustaría era
saber quién es.
Entonces el reportero-escri-
tor no pudo esconder esos
ojos involuntarios y poseídos
para fnalmente decir que él
podría llegar a matar por saber quién es, o algo mejor –o tal vez peor–. Él llegaría
a matar por ser Thomas Pynchon.
Había tanta sinceridad en lo que decía que después entendí que ese no sólo era
el deseo de ese reportero sino también de esa otra gente a la que yo pagaba
para que me mantuvieran informado de cualquier noticia pynchoniana. Entonces
entendí que a través de esa obra y ese ocultamiento había surgido una extraña
enfermedad que afectaba a todos los que se habían sucumbido en la literatura de
mi homónimo, la cual tendía a propalarse como si fuera una pandemia, y eso me
causaba más que pánico.
Para evitar mayores problemas decidí cortar con los servicios de esos informantes
pynchonianos. Sólo mantuve mi amistad con uno de ellos. Un viejo librero que por
su edad era evidente que no tenía los mismos deseos extremos de los otros pyn-
choneanos infectados. Cada vez que me veía pasar por la puerta de su librería, este
viejo librero me detenía sólo para brindarme cierta información sin esperar nada a
cambio. Y es que en realidad, y por más que intentaba ocultarlo, yo no podía dejar
de estar pendiente de las noticias acerca de Thomas Pynchon.
Tal como se lo dije al reportero-escritor con tendencias criminales, mi mayor deseo
era saber de quién se trataba. Quería verle la cara para decirle que él se llama
igual que yo, o que yo me llamo igual que él, ambos nacidos en el mismo año y
en la misma ciudad. Decirle además que yo no era escritor ni intelectual, pero que
ya había leído todos sus libros. Y que por más absurdo que sonara, lo único que
deseaba era ser su amigo, nada más.
Una noche pasé por la puerta del local de mi viejo amigo librero pynchoneano. Y
allí lo encontré, feliz, mostrándome el ejemplar de
Slow learner
, el nuevo libro de
Thomas Pynchon, quien volvía aparecer con su obra después de once años. (Según
mi viejo amigo librero, ese largo tiempo de silencio se debió únicamente a que Tho-
mas Pynchon ya tenía conocimiento de esa extraña enfermedad pynchoneana que
se había extendido y que singularmente llevaba su nombre). Sin mayor preámbulo
mi viejo amigo librero pynchoneano me dijo que este libro de relatos había salido
ese mismo día y que ya había causado un gran revuelo entre sus lectores. Sin dejar
de prestarle atención, y como es obvio, yo tomé un ejemplar de
Slow learner
y
lo compré, agradeciéndole infnitamente por la información. Fue justo cuando me
prestaba a retirarme con mi ejemplar de
Slow learner
bajo el brazo que ocurrió
aquello que llamó mi atención. Mi viejo amigo librero pynchoneano rompió en
cólera, deteniéndome en la puerta como si le estuviera robando. Pensé que en
un primer momento había ocurrido un problema con el dinero, pero esa no era la
razón. Se trataba de mi falta de entendimiento y voluntad ante lo que él intentaba
decirme. La verdad es que él no deseaba que yo me fuera contento después de
haber comprado el nuevo libro de mi homónimo, como había llegado a pensarlo,
sino que me estaba dando la mayor de las pistas, o quizá, la única pista para lle-
gar a ese Thomas Pynchon desconocido. La vanidad, me dijo. La vanidad de todo
escritor de ver su creación a la vista del resto, como una tentación que hay que
pagar para deleitarla. Sí, el nuevo libro es la tentación de sus lectores y también la
vanidad de su autor. Luego ya no pudo explicar más esa deducción dada sólo en
su cabeza, simplemente afrmó que él, el Thomas Pynchon escritor, iba a estar allí,
en su librería, así como yo lo estaba en ese momento, sólo para corroborar que la
gente acudiría allí con la única intención de poder leerlo. Sí, leerlo. Y él va a querer
ser testigo de esa única veneración que es la lectura.
Al oírlo decir todo eso, no me quedó ninguna duda que la enfermedad pynchonea-
na podía hasta hacer delirar a quien menos la padeciera.
Revista - Cuento: Omar Guerrero
I´m afraid I am
Thomas Pynchon.
Gravity´s rainbow.
Mi nombre es Thomas Ruggles Pynchon.
No es un error. Es sólo una coincidencia.
Tengo el mismo nombre y el mismo apellido, pero no soy ese escritor oculto que todo el
mundo ansía conocer. Sí, ya han sido muchas las veces que me han confundido, convirtién-
dome inmediatamente en objeto de burlas o también de muchas loas. Otras veces –aun-
que parezca increíble– he recibido propuestas indecentes de jóvenes intelectuales que me
creen esa persona a la cual admiran en demasía.
Nunca imaginé que un simple caso de homonimia podría afectar mi vida. Tengo la certeza
que mucha gente en cualquier ciudad del mundo suele tener más de un homónimo. Yo
tengo uno que es bastante peculiar.
Hasta hace unos años desconocía la existencia de este escritor. Nunca en mi vida había
tenido relación con él ni con la literatura. Soy una persona que lee poco y mucho menos
escribe. Puedo decir también que no tengo la apariencia de alguien que impresione a pri-
mera vista. Mi aspecto es considerado como la de una persona común y corriente. Estoy
bastante lejos de parecerme a una estrella de rock o de cine. Nunca he salido en la televi-
sión ni he ganado ningún tipo de lotería. Ni siquiera soy capaz de causar la más mínima
impresión en alguien, a menos que mencione mi nombre, produciendo inevitablemente
una confusión que siempre tiende a multiplicarse. Por eso me sorprendió aquella vez que
esa multitud se abalanzó sobre mí después que dije mi nombre: Thomas Pynchon.
Este hecho sucedió cuando salía con una joven estudiante de letras, que un día, sin ningu-
na mala intención, me invitó a visitar su universidad. Ahora ya ni recuerdo el nombre de
esta joven, pero sé que ella nunca podrá olvidar el mío, así como tampoco podrá olvidar
la cara de pánico que puse al sentir todo ese silencio y asombro cuando me presentó ante
sus compañeros de facultad, haciendo luego que toda esa muchedumbre de jóvenes inte-
lectuales me fuera rodeando como si se tratara de una inusual cacería literaria. Tuve suerte
de poder salir vivo de allí. Mi instinto de supervivencia me hizo correr como nunca antes lo
había hecho, escabulléndome entre salones y pasadizos, abriendo puertas y también tran-
cándolas. Hasta salté de un alto ventanal para poder llegar a mi auto y huir. Después de
lo ocurrido –como es de suponer– nunca más volví a ver a esa joven estudiante de letras,
tampoco regresé a esa universidad ni por casualidad. Aun así seguía sin conocer el porqué
de esa extraña reacción masiva. No lograba entender cuáles eran las intenciones de esos
muchachos y muchachas al saber que yo me llamaba Thomas Pynchon. Lo supe después
cuando un compañero de trabajo me mostró el libro ganador de un importante premio.
Nadie en el trabajo lo podía creer –yo tampoco– pero allí estaba mi nombre. Thomas Pyn-
chon, autor de la voluminosa novela
Gravity´s rainbow
, National Book Award de 1973.
Desde ese momento recién tuve conciencia de ese otro Thomas Pynchon, considerado
como un completo fantasma. Un fantasma que escribía. Un escritor sin rostro que nunca
concede entrevistas ni se presenta en público, pues para la premiación del National Book
Award de ese año no se le ocurrió mejor idea que enviar a un payaso en su representación,
según así lo informó la prensa.
Lo primero que hice fue acabar con mi etapa de persona no lectora, por eso recorrí las
librerías para saber qué tan gran escritor es este Thomas Pynchon. El resultado fue real-
mente sorprendente. Tres novelas. Tres libros. Tres objetos compuestos por una cantidad de
páginas llenas de palabras. ¿Pero a qué palabras se estaba refriendo?, pensaba mientras
los observaba:
V
,
The crying of lot 49
y
Gravity´s rainbow
. Tres títulos que estaban
ante mis manos y ante mis ojos, adquiridos ya para asumir luego el desvelo sólo para
conocer palabra por palabra lo que decía este hombre a través de su imaginación, de sus
palabras y de sus personajes.
No puedo negar que al terminar de leerlo aumentó considerablemente mi obsesión de
querer saber más de este Thomas Pynchon, el cual ya era considerado todo un escritor de
El otro
Thomas
Pynchon