Al término de estas laboriosas permutaciones, llegué a una suerte de “cuadernos de cargos”, en el cual, para cada capítulo, estaba numerada una lista de 42 temas que debían figurar en el capítulo. Así, en el capítulo 23, debía utilizarse una cita de Verne y una de Joyce

 

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El viaje de invierno

por Georges Perec / Traducción: Alejandro Neyra

 

En la última semana de agosto de 1939, mientras que los rumores de guerra invadían París, un joven profesor de letras, Vincent Degraël, fue invitado a pasar algunos días en una propiedad de los alrededores de Le Havre, que pertenecía a los padres de uno de sus colegas, Denis Borrade. La víspera de su partida, mientras que exploraba la biblioteca de sus anfitriones en búsqueda de un libro de aquellos que se había prometido leer desde siempre, pero para los que generalmente no hay tiempo más que para hojear negligentemente frente al fuego antes de ir a jugar la cuarta del bridge, Degraël tropieza con un delgado volumen titulado El viaje de invierno, cuyo autor, Hugo Vernier, le era absolutamente desconocido, pero cuyas primeras páginas le causaron una impresión tan fuerte que apenas si se tomó tiempo de excusarse frente a su amigo y sus padres antes de subir a leerlo en su habitació n.

El viaje de invierno era una especie de narración escrita en primera persona, y situada en una región semi-imaginaria cuyos cielos pesados, bosques sombríos, muelles colinas y los canales cortados por exclusas verdosas evocaban con una insistencia insidiosa los paisajes de Flandres o de las Ardenas. El libro estaba dividido en dos partes. La primera, más corta, retrataba en términos sibilinos un viaje de rasgos iniciáticos, en el cual parecía que cada etapa había estado marcada por un fracaso, y al término del cual el héroe anónimo, un hombre del cual todo hacía suponer que era joven, arribaba al borde de un lago ahogado en una bruma espesa; un barquero lo esperaba allí, el cual lo conduce hacia una isla escarpada en medio de la cual se eleva una construcción alta y sombría; apenas el joven había posado su pie sobre el estrecho puente que constituía el único acceso a la isla cuando una pareja extraña aparece: un viejo hombre y una vieja mujer, ambos cubiertos por largas capas negras, que parecían surgir de la neblina y que se venían a colocar uno a cada lado suyo, lo tomaban de los codos, lo estrechaban fuertemente contra ellos; casi fundidos los unos a los otros, escalaban un sendero golpeado por el viento, penetraban en el descanso, subían la escalera de madera y llegaban hasta un cuarto. Allí, tan inexplicablemente como habían aparecido, los viejos desaparecían, dejando al joven en medio del cuarto. La pieza estaba apenas amoblada: una cama recubierta de una sábana a flores, una mesa, una silla. El fuego alumbraba en la chimenea. Sobre la mesa una comida había sido preparada: una sopa de vainitas, una macreuse (1). En lo alto de la ventana del cuarto, el joven veía la luna emerger de entre las nubes; luego se sentaba a la mesa y comenzaba a comer. Y era con esta comida solitaria que se acababa la primera parte.

La segunda parte constituía ella sola casi las cuatro quintas partes del libro y parecía rápidamente que la corta narración que la precedía no había sido sino el pretexto anecdótico. Era una larga confesión de un lirismo exacerbado, entremezclado de poemas, de máximas enigmáticas, de encantos blasfematorios. Apenas había comenzado a leerla cuando Vincent Degraël siente una sensación de malestar que le fue imposible definir precisamente, pero que no hizo sino acentuarse a medida que pasaba las páginas del volumen con una mano cada vez más temblorosa: era como si las frases que tenía frente a sus ojos se le hicieran inmediatamente familiares, se pusieran irresistiblemente a recordarle alguna cosa, como si a la lectura de cada una viniera a imponerse, o más bien a superponerse, el recuerdo a la vez preciso y difuso de una frase que hubiera sido casi idéntica y que hubiera leído ya antes; como si esas palabras, más tiernas que las caricias o más pérfidas que los venenos, esas palabras a la vez límpidas o herméticas, obscenas o calurosas, deslumbrantes, laberínticas, y oscilantes sin cesar como la aguja temerosa de un compás entre una violencia alucinada y una serenidad fabulosa, remarcaran una configuración confusa donde se creería encontrar entremezclados Germain Nouveau y Tristan Corbière, Villiers y Banville, Rimbaud y Berrearen, Charles Cros y Léon Bloy.

Vincent Degraël, cuyo campo de interés cubría precisamente esos autores —él preparaba desde hacía algunos años una tesis sobre “la evolución de la poesía francesa de los parnasianos a los simbolistas”— creyó de pronto que había podido efectivamente haber ya leído aquel libro al azar en una de sus búsquedas, luego, más verosímilmente, que él era víctima de una ilusión de dejà vu o, como cuando el simple trago de un té nos lleva de improviso treinta años atrás a Inglaterra, él había necesitado de una nada, de un sonido, de un olor, de un gesto —quizás aquel momento de hesitación que él había remarcado antes de extraer el libro de su estante donde estaba clasificado entre Verhaeren y Vielé-Griffin, o bien la manera ávida con la que él había recorrido las primeras páginas— para que el recuerdo engañoso de una lectura anterior viniera palimpsésticamente a perturbarlo hasta volver imposible la lectura que estaba haciendo. Pero bien pronto la duda no fue más posible y Degraël debió rendirse a la evidencia: quizás su memoria le jugaba malas pasadas, quizás no era sino un azar el que Vernier pareciera tomar de Catulle Mendès su “chacal solitario que frecuenta los sepulcros de piedras” (2), quizás podía tenerse en cuenta los encuentros fortuitos, las influencias presentidas, los homenajes voluntarios, las copias inconscientes, la voluntad de pastiche, el gusto de las citas, las coincidencias felices; quizás podía considerarse que expresiones tales como “el vuelo del tiempo” (3), “neblinas del invierno” (4), “oscuros horizontes” (5), “grutas profundas” (6), “vaporosas fuentes” (7), “luces inciertas de los salvajes arbustos” (8), pertenecieran de pleno derecho a todos los poetas y que era por consecuencia totalmente normal encontrarlas en un párrafo de Hugo Vernier como en las estrofas de Jean Moréas, pero era absolutamente imposible no reconocer, palabra por palabra o casi, por simple azar de la lectura, aquí un fragmento de Rimbaud (“Yo veía francamente una mezquita en el lugar de una fábrica, una escuela de tambores hecha por ángeles” (9)) o de Mallarmé (“el invierno lúcido, temporada del arte sereno” (10)), allá de Lautréamont (“Yo observaba en un espejo esta boca asesinada por mi propia voluntad”(11) ), de Gustave Kahn (“Deja expirar la canción… mi corazón llora / Tizne que se arrastra alrededor de las claridades. Solemne / El silencio ha subido lentamente, causa pánico / Los ruidos familiares de onda personal” (12)) o apenas modificado, de Verlaine (“en el interminable tedio de la planicie, la nieve lucía como la arena. El cielo era color cobrizo. El tren se deslizaba sin un murmullo…” (13)), etc.

Era las cuatro de la mañana cuando Degraël acaba la lectura de El viaje de invierno. Había reparado en una treintena de similitudes. Había ciertamente otras. El libro de Hugo Vernier no parecía ser sino una prodigiosa compilación de poetas de fin del siglo XIX, un popurrí desmesurado, un mosaico en el cual casi cada pieza era obra de alguien diferente. Pero en el momento en que se esforzaba en imaginar a este autor desconocido que había querido encontrar en los libros de otros la materia misma de su texto, donde tentaba representar hasta el límite este proyecto insensato y admirable, Degraël sentía nacer en él una sospecha terrible: acababa de recordar que al tomar el libro de su estante, había maquinalmente notado la fecha, movido por ese reflejo de joven investigador que no consulta jamás una obra sin levantar los datos bibliográficos. Quizás se había equivocado, pero él había creído leer: 1864. Lo verifica, su corazón batiendo. Había leído bien: eso querría decir que Vernier había “citado” un verso de Mallarmé con dos años de adelanto, plagiado a Verlaine diez años antes de sus “Pequeñas arias olvidadas” (14), ¡escrito de Gustave Kahn cerca de un cuarto de siglo antes de él! ¡Eso querría decir que Lautréaumont, Germain Nouveau, Rimbaud, Corbière y no pocos otros no eran sino los copistas de un poeta genial y desconocido que, en una obra única, había sabido encontrar la substancia misma de la cual se nutrirían después de él tres o cuatro generaciones de autores!

A menos, evidentemente, que la fecha de impresión que figuraba en el libro fuera falsa. Pero Degraël rehúsa enfrentar esta hipótesis; su descubrimiento es demasiado hermoso, demasiado evidente, demasiado necesario para no ser verdadero, y ya él imaginaba las consecuencias vertiginosas que provocar ía: el escándalo prodigioso que constituiría la revelación pública de esta “antología premonitoria”, la amplitud de sus resonancias, la enorme puesta en cuestión de todo aquello que los críticos y los historiadores de la literatura habían imperturbablemente profesado desde hacía años y años. Y su impaciencia era tal que, renunciando definitivamente al sueño, se precipita en la biblioteca para tratar de saber un poco más acerca de este Vernier y de su obra.

No encuentra nada. Los pocos diccionarios y repertorios presentes en la biblioteca de los Borrade ignoran la existencia de Hugo Vernier. Ni los padres de Borrade ni Denis pueden informarle inmediatamente: el libro había sido comprado en una subasta, hacía diez años, en Honfleur: había sido adquirido sin prestar gran atención.

En toda la jornada, con la ayuda de Denis, Degraël procede a un examen sistemático de la obra, yendo a buscar los fragmentos dispersos en decenas de antologías y de recopilaciones: encuentran casi trescientos cincuenta, repartidos entre casi treinta autores: los más célebres como los más oscuros poetas de fin del siglo, y quizás incluso algunos prosistas (Léon Bloy, Ernest Hello), parecían haber hecho de El viaje de invierno la biblia de donde habían extraído lo mejor de ellos mismos: Banville, Richepin, Huysmans, Charles Cros, Léon Valade se codeaban con Mallarmé y Verlaine y otros ya ahora caídos casi en el olvido y que se llamaban Charles de Pomairoils, Hippolyte Vaillant, Maurice Rollinat (el ahijado de George Sand), Laprade, Albert Mérat, Charles Morice o Anthony Valabrègue.

Degraël anota cuidadosamente en un cuaderno la lista de autores y la referencia de sus citaciones, y vuelve a París, completamente decidido a seguir a partir del día siguiente sus búsquedas en la Biblioteca Nacional. Pero los hechos no se lo permitieron. En París, su hoja de ruta lo esperaba. Movilizado a Compiègne, se encuentra, sin haber tenido verdaderamente el tiempo de entender por qué, en Saint-Jean-de-Luz, pasa a España, de allí a Inglaterra y no retorna a Francia sino hacia finales de 1945. Durante toda la guerra, había transportado su cuaderno con él y había logrado milagrosamente no perderlo. Sus búsquedas no habían avanzado mucho evidentemente, pero él había hecho de por sí un descubrimiento para él capital: en el Museo Británico había podido consultar el Catálogo general de la librería francesa y la Bibliografía de Francia, y había podido confirmar su formidable hipótesis: El viaje de invierno, de Vernier (Hugo), había sido editado en 1864, en Valenciennes, en la casa Hervé Hermanos, Imprenta-Librería, y, habiendo sido sometido al depósito legal como todas las obras publicadas en Francia, depositado en la Biblioteca Nacional, donde el código Z 87912 le había sido atribuido.

Nombrado profesor en Beauvais, Vincente Degraël consagra desde entonces todos sus períodos de descanso a El viaje de invierno.

Las búsquedas más profundas en los diarios íntimos y la correspondencia de la mayor parte de poetas de fines del siglo XIX lo persuadieron rápidamente de que Hugo Vernier había, en su tiempo, conocido la celebridad que merecía: notas como “recibí hoy una carta de Hugo”, o “escribí una larga carta a Hugo”, “leído V.H. toda la noche”, o incluso el célebre “Hugo, solamente Hugo” de Valentin Havercamp, no se referían en ningún modo a “Víctor” Hugo, sino a ese poeta maldito que tenían todos en sus manos. Las contradicciones impresionantes que la crítica y la historia no habían podido jamás explicar encontraban así la única solución lógica, y es evidentemente pensando en Hugo Vernier a quienes ellos debían El viaje en invierno, que Rimbaud había escrito “Yo soy otro” y Lautréamont “La poesía debe ser hecha por todos y no por uno”.

Pero mientras más ponía en valor el lugar preponderante que Hugo Vernier debía ocupar en la historia literaria de Francia hacia finales del siglo pasado, menos le era posible presentar pruebas tangibles: porque no pudo jamás poner de nuevo la mano sobre un ejemplar de El viaje de invierno. Aquél que había consultado había sido destruido —al mismo tiempo que la villa— cuando los bombardeos de Le Havre; el ejemplar depositado en la Biblioteca Nacional no estaba en su lugar cuando él lo solicita y no es sino al cabo de largas marchas y contramarchas que puede enterarse que ese libro había sido enviado, en 1926, a un encuadernador que no lo había recibido jamás. Todas las investigaciones que haría hacer a decenas y centenares de bibliotecarios, de archivistas y de libreros resultaron inútiles, y Degraël se persuadió bien pronto de que los quinientos ejemplares de la edición habían sido voluntariamente destruidos por aquellos mismos que se habían inspirado en él.

Sobre la vida de Hugo Vernier, Vincent Degraël no obtuvo nada, o casi nada. Una pequeña nota inesperada, desempolvada de una oscura Biografía de hombres notables de Francia del norte y de Bélgica (Verviers, 1882), le descubrió que había nacido en Vimy (Paso de Calais) el 3 de setiembre de 1836. Pero las actas de estado civil de la municipalidad de Vimy se habían quemado en 1916, al mismo tiempo que sus copias depositadas en la prefectura de Arras. Aparentemente ningún certificado de defunción había sido presentado.

Durante casi treinta años, Vincent Degraël se esforzó vanamente por recolectar las pruebas de la existencia del poeta y de su obra. Cuando él murió, en el hospital psiquiátrico de Verrières, algunos de sus antiguos alumnos se decidieron a clasificar el inmenso conjunto de documentos y de manuscritos que él dejaba: entre ellos figuraba un grueso cuaderno de registros recubierto de tela negra y cuya etiqueta lleva, cuidadosamente caligrafiada, El viaje de invierno: las ocho primeras páginas reconstituían la historia de sus vanas investigaciones; las trescientas noventa y dos otras estaban en blanco.

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1Preparación hecha de carne seca.

2 Seul chacal hantant des sépulcres de pierres.

3 Le vol du temps.

4 Brouillards de l'hiver.

5 Obscur horizon.

6 Grottes profondes.

7 Vaporeuses fontaines.

8 Lumiéres incertaines des sauvages sous-bois.

9 Je voyais franchement une mosquée à la place d'une usine, une école de tambours faite par des anges.

10 l'hiver lucide, saison de l'art serein.

11 Je regardai dans un miroir cette bopuche meurtrie para ma propre volonté.

12 Laisse expirer la chanson…mon cœur pleure / Un bsitre rampe autour des clartés. Soleennel / Le silence est monté lentement, il apeure / Les bruits familiers du vague personnel.

13 Dans l'interminable ennui de la plaine, la neige luisait comme du sable. Le ciel était couleur cuivre. Le train glissait sans un murmure…

14 Ariettes oubliées.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/perec2.htm

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