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De
la “seriedad”
La
“señora seriedad” —así
le llamaba Cortázar en La vuelta al día
en ochenta mundos, ese magnífico corpus
patafísico en castellano— se ha encargado
de hacerle malas pasadas al arte y la literatura en
general. Así, para esta inflexible señora,
como para Jorge de Burgos, una obra de arte no debe
hacernos reír, sino obligarnos a meditar sobre
la falible condición humana. Como si se tratara
de un catecismo. Aclaramos, de paso, que no confundimos
rigor con seriedad: son dos cosas diametralmente distintas.
Hasta
para contar un chiste o hacer un gag hay que ser riguroso
(verbigracia, Buster Keaton). Pero el humor parece tan
lejano a nuestras letras como una estrella sideral.
No hablamos de las bufonadas o de la ternura nostálgica,
también cara a ciertos escribidores. Nos referimos
aquí de un auténtico compromiso con la
inutilidad, la inversión carnavalesca de los
valores entronizados como verdaderos y eficaces por
esta racionalidad instrumental, tormento nuestro de
cada día.
Pero
la papal dama es incapaz de ver más allá
de donde terminan sus pesados y angurrientos lentes.
Ella es la policía del llamado “buen gusto”.
Ella censura, corta, enfrenta, ningunea, escribe manuales
del buen comportamiento. Ella eleva los imponderables
generales por encima de los nimios estorbos particulares.
Sin
embargo, al ser conocimiento de lo estrictamente particular,
de lo accidental —lo cual contrasta con el discurso
científico convencional—, la patafísica
se cierne sobre relaciones invisibles para el hombre
común y silvestre, sometido a la cosificación
instrumental, la banalidad consumista. La patafísica
irrumpe, a veces de manera estruendosa, para acabar
con los pensamientos únicos que pretenden ofrecerle
a la vida una linealidad coherente. La patafísica
es continuidad, es creación y destrucción
de las formas por el azar y la risa; es aceptación
sin vergüenza de nuestro lado grotesco, es decir,
la caricatura que pretendemos ocultar de nosotros mismos
con aquellos inseguros mandatos de la sociabilidad.
¿Podemos
establecer una tradición así? ¿Es
posible plantearla en medio de una cultura autoritaria
como la nuestra, que tiende más a la socarronería
y la criollada: estrategia inconsciente de reducción
a la mínima expresión del otro?
Creemos
utópicamente que sí. Reivindiquemos nuestro
derecho a reírnos con nuestro arte, con nuestra
literatura, con nuestra poesía. Alejémonos,
al menos por un momento, de esa gravedad con que situamos
a las obras artísticas y otras dimensiones de
la vida del hombre. El arte no se ha hecho sólo
para revelar, sino también para entretener (pero
sin chabacanerías, tampoco somos broadcasters
de TV; nada más antipatafísico que esto).
No pretendemos encontrar tan sólo la “verdad”,
sino reivindicar aquello que T.S. Eliot reclamaba para
la poesía y la literatura por extensión:
la capacidad de poder descubrir en la experiencia humana
verificada en el arte la posibilidad del divertimento,
del juego, del solaz. He ahí el carácter
netamente subversivo de la experiencia artística.
Razones inútiles
Pues
de eso se trata. Jarry concibió a Ubu a partir
de una inocentona broma infantil y de sus chanzas con
los compañeros de un colegio al sur de Francia.
Asimismo, los honorables miembros de esta revista acordaron
hacer un dossier al respecto para saludar una de las
literaturas más inventivas de todos los tiempos.
Nuestro oficio es, qué duda cabe, leve, pero
no lo abordamos ni lo abordaremos, en esta ocasión,
con los bolsones de las caras adustas ni con las machaconas
citas a pie de página. Al contrario, incluso
hemos dejado de lado sesudos artículos que pretendían
hacer un estado de la cuestión. Por ello, confeccionamos
un especial temático que aborda diversos aspectos
—oh cráneo esférico— de la
más curiosa de las disciplinas científicas.
Debido
a cuestiones de dinero y tiempo, no hemos podido conseguir
un traductor idóneo del francés, lengua
que, por razones educativas, desconocemos en sus sintaxis
y paráfrasis. Por eso acudimos a la buena fue
de nuestros patafísicos amigos que residen en
el exterior y pueden empaparse con mayor facilidad que
nosotros de las costumbres extranjerizantes. Desde esta
tribuna, agradecemos mil las colaboraciones de Alejandro
Neyra, el amigo que, como en su cuento casi autobiográfico,
ha conseguido las joyas de la corona: traducciones del
original de algunos textos sobre el Colegio de Patafisica,
el Oulipo y nada más y nada menos que algunos
apuntes acerca de la ouvre de Georges Perec,
uno de los narradores más influyentes y decisivos
de los últimos tiempos.
Señores,
sólo nos queda disfrutar la exquisitez de los
platillos. La mesa está ampliamente servida.
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| Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/stagnaro1.htm |
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