Los
cuentos que presentamos a continuación son
cuentos inéditos del escritor peruano Carlos
Eduardo Zavaleta. Fueron seleccionados del total de
25 que conforman el libro, próximo a editarse,
Relatos brevísimos.
La envidia
El abrazo del oso
Amor paralelo
Mesas sucesivas
El montañista
LA
ENVIDIA
(Tiempo estimado de lectura:
3')
Todos sabemos que la envidia es un vicio múltiple:
engrandece y deforma el "yo", al cotejarlo
a menudo con los demás y extraer conclusiones
que lo humillan. La piel del envidioso arde y hasta
puede quemarse sola en el cotejo con las ventajas
del otro; el envidioso vive para magnificar o inventar
defectos ajenos, buscando difundir su odio al "otro"
entre los amigos, con la esperanza de formar un bando
propio contra los supuestos rivales. En fin, el envidioso
tiene los ojos miopes y difunde chismes como una profesión.
Una
vez en Madrid, atendí a un escritor novel,
quien volvía ufano de conocer París,
como si eso equivaliese a lanzar un libro. Le pregunté
por Ribeyro, quien justamente vivía en París.
¿Pues
no lo sabes? replicó, los ojos quizá
brillantes y satisfechos. Murió hace
unos días.
Era
1975, y mi mujer y yo habíamos visitado París
dos años atrás, cuando Ribeyro sufrió
una intervención quirúrgica, de la cual
salió airoso.
¿Estás
seguro? pregunté. Porque hace dos
años él salvó, ¿verdad?
No,
no repitió, bebiendo feliz, el jerez
que yo le invitaba. Está muerto, muerto.
Esa
noche, conturbados, mi mujer y yo telefoneamos al
número de Ribeyro en París. De antemano
sabíamos que nos respondería Alida.
Hola
dije, llamo desde Madrid. ¿Cómo
están ustedes? ¿Qué hay de novedades?
Llueve
mucho dijo ella. Pero Julio Ramón
tiene que salir a la embajada y se está poniendo
los chanclos, el impermeable de doble forro, los guantes,
en fin, y sin olvidar el paraguas, toda la parafernalia
que no se usa jamás en Lima. ¿Quieres
hablar con él?
Y
luego hablé felizmente con el "muerto".
Años después, en Lima, me atreví
a contarle la anécdota.
Sí
dijo, no sé qué le pasa
a ese colega. También me contó una vez
que tú habías muerto.
©
Carlos Eduardo Zavaleta, 2003  |