Los
cuentos que presentamos a continuación son
cuentos inéditos del escritor peruano Carlos
Eduardo Zavaleta. Fueron seleccionados del total de
25 que conforman el libro, próximo a editarse,
Relatos brevísimos.
La envidia
El abrazo del oso
Amor paralelo
Mesas sucesivas
El montañista
EL
MONTAÑISTA
(Tiempo
estimado de lectura: 5')
La
montaña te ha visto por fin, lo sientes no
sólo en el gorro de nieve, sino en el pecho
de la mole, en las grietas donde, de modo increíble,
el sol de mediodía no penetra, dibujando, al
revés, líneas diagonales de sombra.
Quien
lo dijera, el sol no puede iluminar esos pliegues,
esas grietas que serían minúsculas si
tú pudieras volar como un pájaro y mezclar
en tus ojos el espejo resplandeciente del nevado con
esas rayas sombrías. Si fueses pájaro,
digo.
Sólo
ahora entiendo mi error. No he traído lentes
oscuros sino los habituales, apenas teñidos
en un arco leve que deja el resto muy claro, despejado,
indemne, como quien se entrega a quemarse en la mañana,
y no únicamente a los rayos del sol.
El
error se agranda y comprendes aún más:
de cerca, la montaña es demasiado enorme para
ti, para tus medidas de hombre, y sientes que ella
late, te mira, y vive frente a ti. Quizá vaya
a quemarte empezando por tus ojos, que ya no pueden
más, que se cierran apenas saltas del andarivel
y quedas a merced de la excesiva luz que jamás
creíste hallar (cuando estabas abajo). Has
venido por el aire como un niño en su cochecito
de juguete y ¡zas! Quedaste ciego por un rato.
Los
demás visitantes sí ven y aprovechan
la cumbre del nevado para ponerse de espaldas y miar
el cerco inmenso de montañas sin nieve. Sí,
descubres, el nevado está mirando también
a las montañas grises, desnudas, hayan diálogo
entre ellos, y tú eres el intruso, el equivocado,
el hombre sin lentes debidos y que aún se cubre
los ojos con las manos, a fin de mirar cautelosamente
entre los dedos y decidir qué hacer, qué
gritar, mientras los demás ya chillan como
niños felices que han cumplido el viaje.
Doy
unos cuantos pasos para alejarme del resplandor y
siento que el nevado me ve de espaldas, sabe que voy
a huir, pero se burla de mis piernas tambaleantes,
de la miopía (ya no estoy ciego, sólo
miope), que me impide correr como los otros viajeros
felices, quienes alzan los brazos de júbilo
hacia los muñequitos de abajo, del fondo, que
nos hacen señales de júbilo.
Me
animo a reunirme con ellos. La montaña late
y quizá va a moverse. Entonces me hago el modesto
y me escurro hacia una línea de sombra y veo
subir esta vez los andariveles vacíos. Sé
que los demás montañistas seguirán
contemplando el filo del abismo, la grieta donde debería
concluir la nieve. El andarivel debe salvarme.
Doy
unos pasitos de miope cuyos ojos han empezado a lagrimear;
no soporto la luz sobre la nieve, siempre he visto
los nevados desde abajo, era suficiente, ¿y
ahora qué hago?
¿Por
qué viniste? No lo sé, por curiosidad,
por lenguaraz, dijiste que venías del callejón
de Huaylas, donde, de estudiante, habías escalado
hasta el pecho del Huandoy, y ahora te venció
la lengua y dijiste que ese gorrito de nieve era un
buen ensayo de montaña grande, y los demás
se rieron, pero ahora sabes que el nevado oyó.
Por
un rato, de espaldas a la cumbre, lagrimeando, ves
el círculo de montañas grises y civilizadas,
donde debiste permanecer, el círculo de calma
y sonrisa, una especie de corona al aire que por fin
te envuelve. Quizá te meces, abres los brazos
y crees que todo el mundo va a volar, menos la línea
de hombrecitos de abajo, con sacones y gorros. Ahí
viene la cadena de andariveles vacíos, serás
el primero en tomarla de vuelta y salir de este mundo
blanco, de brillo y quemazón en los ojos cuyas
lágrimas es imposible disimular.
¡Montaña
del carajo!, digo fuerte, salto a sentarme en el primer
andarivel, veo que la línea de montañistas
me mira, me hace señas, pero el nevado se ha
movido adrede y yo resbalo y hasta me veo rodar y
caer como un guiñapo que no termina de rodar.
Ahí voy yo. Ahí va él.
©
Carlos Eduardo Zavaleta, 2003  |