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Interferencia: Masculinidad, homosexualidad y abyección
Los diversos patrones culturales revelan poder ante cualquier agente(s) social(es) y las propias interacciones entre ellos no exigen equivalencias. Como menciona Elmore, si nombramos a un sujeto se afirma su propia sujeción. Cuando Teddy nombra a Paulino (empleado de los Crownchield) la disparidad es evidente. En principio por desigualad de clase y por la designación de un nuevo nombre:
–Yo no me llamo Toribio…
–¡Ah! ¿No? ¿Y cómo se llama?
–Paulino.
–Pues de hoy en adelante se llamará usted Toribio. (33)
Las distintas descripciones que conforman a la persona antes que ésta acceda a un nombre no garantiza una identidad plena: la idea de nombrar en términos de Kripke no funciona como designador rígido, sólo sirve temporalmente como modos de referencia y performatividad. Así, con dicho pasaje se examina de igual forma la característica identitaria de Eduardo o Teddy por la ausencia paterna, siendo ésta la que permitiría completar el desarrollo de la constitución masculina.
El aspecto de la sexualidad de los personajes en una sistematización de tres tramas narrativas se encuentra explicado en la tesis de Esther Castañeda, Duque. Representación e ideología (1975). Sobre ello tenemos lo siguiente:
La trama 2 señala la relación homosexual de Carlos Astorga y Teddy, cuya evolución secuencial no sigue un orden correlativo. Se aprecia quiebras (sic) temporales que hacen que la historia muestre ocultamientos y ambigüedades, especialmente en la ubicación del inicio de esta relación (6).
Castañeda reconoce dos elementos divergentes y desequilibrantes en la narración: el espejo y la foto. Sin embargo, ambos factores simbólicos son dinámicos y explican la paridad de la identidad de género y la identidad sexual. Así, su propuesta dialoga con la lógica de la teoría del espejo lacaniano, de la reconstrucción e identificación del sujeto ante dicho elemento, no desde un sujeto infantil que se descubre a través de él (concepción freudiana), sino desde todas las esferas de desarrollo del agente que se (re)descubre:
El espejo es un objeto que cumple una doble función: logra un reflejo ‘hacia fuera’, al refractar la imagen, y un reflejo ‘hacia adentro’ que es la posibilidad más rica-a nivel de conciencia-pues permite trascender a un plano de mayor complejidad como sostiene Liliana Befumo (9).
La tensión en Teddy con la imagen especular determina los bordes no femeninos, insta a ubicarse en el límite y es cuando la masculinidad entra en crisis. Se propone una linealidad de lo ideal y de lo fragmentado, del contraste de la imagen de los cuerpos, de la reificación con el otro. Crownchield negaba una conducta homoerótica argumentando su virilidad mediante la autoevaluación, pero esa nueva imagen origina conflictos entre el dominio masculino y la amenaza de lo abyecto:
Fué (sic) el espejo; ese espejo colocado allí donde se reprodujo, estampa dantesca, el informe montón de los dos hombres. De no haber Astorga puesto ese espejo, seguramente todavía arrastrarían ambos su pecado, encandilados de alcohol y de lujuria equívoca (124).
Como consecuencia de la refracción se disuelve la congruencia del binarismo identificatorio desde la perspectiva del personaje disfuncional. En contraste, Astorga no sintetiza ninguna hostilidad de frontera genérica. No existe réplica por su conducta o acciones, las mismas que son repudiadas y fijadas en la respuesta de rechazo.
La actualización del soporte o fantasma genérico se organiza en ambos personajes y se reajusta en las distintas etapas de sus vidas. La diferencia de edad no define qué posición(es) de deseo actual se asumen, por el contrario, se analiza cuántas de ellas han originado una identidad transitoria.
La foto dedicada por Astorga: “A ti Teddy, en cuyo espíritu he evocado el mito dulce de Narciso. Carlos” (159) y su futura devolución se asume como el binarismo hetero-homosexual, ya que es el antecedente directo de la huida de frontera hacia el matrimonio con Beatriz. Esta estrategia de escape conlleva a la dicotomía de una profunda estructuración psíquica o la simple práctica de la heterosexualidad.
La escena de matrimonio es truncada por la dedicatoria descubierta y deja abierta la posibilidad de renovar los procesos identificatorios (sociales, sexuales o de clase) en el protagonista.
La dominación masculina se confirma a través del (re)conocimiento del otro, de la prescripción de la fuerza corpórea, y las diversas relaciones de repudio a lo homosexual, a los afeminamientos y la blandura conductual. La consistencia biológica impera como una orgullosa frontera casi infranqueable entre el “excluido” y el varón:
¡Completamente cierto! Los toros, el box, en general todo espectáculo en que se luzca habilidad, fuerza, poderío, destreza-vale decir los deportes- despiertan en los hombres una admiración para esa fuerza múscula, sólo compatible con las mujeres. El hombre goza generalmente con lo débil, lo frágil, lo delicado, porque ello despierta en él un deseo, bien varonil por cierto, de proteger, de escudar. Los enfermos admiran sobre todo, la salud. Y si un hombre goza con la fuerza, casi siempre está confesando su propia debilidad, su afeminamiento ante el tipo del macho sudoroso y bravo… (103).
Ante esta imagen de la fuerza anatómica, el sexo ocuparía un espacio marginado y a su vez actualizador de la heterosexualidad. Los prostíbulos que frecuenta Teddy regulan el rol biológico con la tensión de reconocimiento y asociaciones de poder masculino.
Los roles dentro de una normativa sexista han condicionado los códigos de clasificación entre hombres y mujeres. Norma Fuller (2001: 63) ha registrado el trabajo o la ocupación laboral en dicho espacio, donde cada varón se encuentra con sus homólogos. No conocemos mayor ocupación de Cronwchield más que las salidas al Country Club, Morris Bar, Lawn Tennis, Club Nacional, etc. Podemos clasificar, de esta forma, una triada entre el cuerpo- rol invertido-rol asumido, elementos que negocian la masculinidad con la homosociabilidad.
Sobre el aspecto homosexual, es percibido en la novela como desencadenante y controversial y, por ende, atípico y censurable. La homosexualidad para Fuller “actúa como el peligro que obliga al joven a entrar en el patrón de la masculinidad prescrita y canaliza las fantasías masculinas de subversión y escapismo” (1995: 154).
Las críticas arrojadas en los distintos capítulos de comprobación de actitudes no femeninas con aspectos estrictamente ajenos a lo no biologizado suelen darse en los círculos amicales, en una clase específica (media-alta) y mediante la comparación por diferencia. De esta manera, se crea el estigma de “lo distinto es abyecto”. Precisamente lo abyecto para Butler “designa zonas invisibles, inhabitadas de la vida social que no gozan jerarquías de los sujetos, pero que cuya condición de vivir bajo el signo de lo invisible es necesario para circunscribir la esfera de los sujetos” (2002: 20).
Carlos Suárez baraja la abyección desde épocas escolares cuando se le describía “con manos delgadas, finas, fuertes a pesar de su feminidad, fueron por su belleza objeto de burlas (…)” (61) y es ratificada con la voz del narrador al asumir que por su mocedad acaecía lo siguiente:
Él sabía que esos pecados en sus años de colegial eran disculpables, no por ignorancia, sino por sus pocos años que le ponían en condición inferior a otros mayores. El sabía que si había soportado esa vergüenza, allá en París, fue (sic) para no soportar una paliza (124).
Dado que este comportamiento no está en el estatuto simbólico heterosexual, la homofobia como reestructuradora de las reglas conductuales remarca la violencia simbólica que se impone sobre la aprobación del sujeto social.
Lo simbólico se entenderá como la dimensión normativa de la constitución del sujeto o sujeto sexuado, dentro del lenguaje. La intromisión de la sexualidad en el campo de lo simbólico resignificará en cierta medida las convenciones; es así que aparece tanto el Carlos y Teddy, identidades transitorias, llamadas invertidas a contra ley o de giro erótico. Se reconstruye y reformula lo simbólico, disolviéndose las formas meramente constituidas, según Bataille. Por la aseveración homofóbica de Rigoletto y el regreso de Teddy a Europa, es cuestionable su alejamiento de lo femenino: aparece como homoerótico y huye como tal.
© Pilar Alzamora Del Rosario, 2009
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Pilar Alzamora Del Rosario: (Lima-Perú) Estudiante del último año de Literatura de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Ha colaborado con artículos para la revista literaria Otras voces. Participó como ponente en el evento Vigencia y Trascendencia de la obra de José María Arguedas y en el Conelit 2009. Asimismo, organizó y presidió el Primer Coloquio Anual de Estudiantes de Literatura de la Universidad Nacional Federico Villarreal en noviembre del mismo año.
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