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La aventura de Montparnasse: Fuentes cerca a Vallejo

 

Durante estos últimos meses en México, en Francia y en el mundo, Montparnasse ha vuelto a hacer noticia. La muerte escritor mexicano Carlos Fuentes, premio Cervantes 1987 y premio Príncipe de Asturias 1994, fallecido en la ciudad de México, el martes 15 de mayo del 2012, volvió a poner este entrañable nombre en la cúspide de nuestra memoria. Barrio histórico de París que además de su famosa y solitaria Torre, de 59 pisos y 210 metros de altura, alberga también a uno de los cementerios emblemáticos de la capital francesa, camposanto memorable entre nosotros, sobre todo porque allí descansan los restos del poeta peruano César Vallejo.

Se dijo que el autor de Cambio de piel, Aura, La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, nacido fortuitamente en Panamá, en 1928, durante una de las misiones diplomáticas de su padre, y que, junto a Octavio Paz, fuera uno de los escritores más importantes de la narrativa mexicana de todos los tiempos, hacía mucho que había tomado la decisión personal de ser enterrado en París, pues desde hacía dos años venía realizando las gestiones necesarias para ser sepultado en el Cementerio de Montparnasse, quizá no por un gusto aristocrático o arribismo intelectual, como podría parecer, sino porque a esta ciudad lo unían fuertes lazos afectivos, debido a su residencia como embajador de México, entre 1975 y 1977, y fundamentalmente porque en este cementerio reposan los restos de dos de sus hijos: Carlos y Natasha, además de ser el espacio fúnebre reservado a futuro también para su esposa la periodista Silvia Lemus, según dictan los nombres inscritos en la lápida familiar de los Fuentes Lemus, ubicada en uno de los pabellones fúnebres del Montparnasse.

Carlos Fuentes tuvo tres hijos. La mayor, Cecilia Fuentes Macedo (1962) fue fruto de su primer matrimonio con Rita Macedo, unión que terminó en 1972, año en el que Fuentes se divorciaría para casarse en Paris con la entonces joven Silvia Lemus, matrimonio del que nacerá su hijo Carlos Fuentes Lemus (1973), joven apasionado por la poesía y la pintura, muerto un 5 de mayo de 1999, en un hotel de Puerto Vallarta, México, víctima de un infarto pulmonar producido por una hemofilia que arrastraba desde niño. En tanto que la segunda hija de los Fuentes Lemus, Natasha (1974) fue encontrada sin vida, como una indigente y en extrañas circunstancias, el 24 de agosto del 2005, en plena vía pública y bajo un puente peatonal del barrio de Tepito, cerca del centro histórico del D.F., el parte médico atribuiría este deceso a una congestión visceral generalizada que le produjo un paro cardiaco, aunque algunos aseguraron que se trataba de muerte por ingesta de drogas. Hallazgo que cerrará el dramático círculo de fatalidad familiar que acechó los Fuentes Lemus durante sus cuatro décadas de matrimonio.

Escuela de París como escuela la vida

Montparnasse(1) es un barrio histórico de la capital francesa, situado en el margen izquierdo del río Sena. Recordado sobre todo por esa aureola de bohemia y malditismo que durante mucho tiempo lo caracterizara, al haber sido el mítico lugar desde donde emergiera la llamada Escuela de Paris. Grupo artístico surgido durante el difícil período de entreguerras mundiales (1915 y 1940), que llegó congregar, en torno al boulevard del mismo nombre y a su célebre café La Rotonde(2), a un importante número de pintores y escultores arribados desde diferentes lugares del mundo, heterodoxos e inclasificables entre sí, que dieron origen a una serie de movimientos vanguardistas y corrientes artísticas y estéticas ligados al cubismo, fauvismo, postimpresionismo y expresionismo.

Entre los nombres célebres de la Escuela de Paris destacan Picasso, Braque, Matisse, Chagall, Brâncusi, De Chirico, Leger, Dufy, Archipenko, Arp, Pevsner, Kupka, Vlaminck, Severini, Derain, los Delaunay, entre otros, que afrontaron una de las más difíciles épocas para Europa. Entre una diversidad de corrientes artísticas y estéticas, que albergaron los insulares nombres de Amedeo Modigliani, Chaïm Soutine, Maurice Utrillo y Jules Pascin, conocidos como les maudits, debido a sus estilos a veces torturados, oscuros y desesperados, reflejo del entorno miserable y bohemio que les tocó vivir, además de la pobreza, que los llevó a vender sus obras a precios miserables, que les alcanzaba únicamente para alimentarse. Por lo que tal vez el poeta ruso Ilya Ehrenburg, afín a esta escuela, escribirá luego en sus memorias: “No hubo Escuela de París, sino una terrible escuela de la vida”.

Montparnasse Bienvenüe

Vallejo arribará a París el 13 de julio de 1923, y descubrirá al igual que otros, que “la ciudad luz” no era esa tierra de promisión y esperanza que muchos añoraban. Pese a que tanto por su ambiente cultural, político y económico, en aquellos años Montparnasse era ya el corazón consolidado de la vida intelectual y artística de París. Y no obstante no tener los refinamientos y ser más multinacional que el otro barrio bohemio parisiene, Montmartre, que fuera centro de operaciones de la anterior generación naturalista e impresionista, Montparnasse se había convertido en un atractivo foco para la creación y distribución artística; además de ser el nuevo eje del coleccionismo, de las galerías de arte y las publicaciones, y lugar de residencia de algunos maestros ya consagrados de la pintura.

Asonante al nombre de su ahora conocida estación Montparnasse-Bienvenëu, Montparnasse era el punto de llegada y residencia de artistas, escritores y editores procedentes de distintos lugares del mundo, (Japón, Estados Unidos, Canadá, México, Sudamérica, Rusia, Ucrania y el resto de Europa,) arribados casi sin dinero, en muchos casos, debido a los alquileres baratos, pues podía encontrarse, en este barrio, comunas de artistas, como La Ruche (La Colmena)(3), con la capacidad de albergar hasta ciento cuarenta inquilinos, que, en muchos casos, aceptaban vivir en habitaciones húmedas, incómodas, sin agua corriente, sin calefacción y raras veces sin ratas, esperando prosperar en una atmósfera favorable a la creación, en una comunidad intelectual y artística, en la que la llegada de un nuevo miembro era bienvenida sin reservas por los que ya pertenecían a ésta.

Como para recordarnos esto hace algunos meses terminó en la Pinacoteca de París una muestra de arte llamada Modigliani, Soutine y la aventura de Montparnasse(4), exhibición de la colección de Jonas Netter, en la que se observaron obras de absoluta belleza, como las de Modigliani y Soutine, además de trabajos de André Derain, Moïse Kisling, Maurice Utrillo, Suzanne Valadon, entre otros. Una exposición que aglutinó un conjunto de obras que habían permanecido desconocidas para el público en general, debido a que pertenecen a una de las colecciones privadas de más difícil acceso: la de Jonas Netter(5), uno de los coleccionistas de arte contemporáneo más importantes del siglo XX. Del que algunos dicen que sin él, tal vez Modigliani y muchos integrantes de la Escuela de París, quizá “nunca hubiesen existido”. Dicen que, tras la muerte de Modigliani, Netter descubrió uno de sus lienzos y decidió adquirirlo inmediatamente, convirtiéndose con esto en uno de los primeros en coleccionar las obras del genial artista judeo-italiano, tomando luego el resto de Paul Alexandre, que había apoyado al pintor durante los años previos a la Primera Guerra Mundial(6), además de comprar las obras que poseía el poeta, marchante de arte, benefactor y amigo personal de Modigliani, Léopold Zborowski.

En la mencionada muestra también se pudieron ver varios retratos deJeanne Hébuterne, la desafortunada esposa de Modigliani, que tras enterarse de la muerte de éste, un 24 de enero de 1920, embarazada de su segundo hijo y bordeando los nueve meses de gravidez, se arrojará por la ventana de un quinto piso, dejando a su pequeña Jeanne, quien más tarde será autora de un sensible libro dedicado a su padre: Modigliani: hombre y mito.

Hay además una novela, Les Montparnos, de Michel Georges-Michel, y dos films Montparnasse 19, de Jacques Becker; y Modigliani, de Mick Davis, que representan la luctuosa travesía Modigliani, ubicado en el como el centro nodal de ese París trágico. Con Modi –como le decían sus amigos– debatiéndose entre la genialidad, la solidaridad, la pobreza, la enfermedad, la tristeza, el alcohol, las drogas, además de una vida disoluta, violenta, y el amor de Jeanne. Se sabía también que le gustaba leer Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont, libro que, a decir de muchos, siempre tenía cerca, no obstante Ehrenburg dirá que le gustaba más “El albatros”, poema de Charles Baudelaire que solía recitar con frecuencia –tal vez por lo de “sus alas de gigante le impiden caminar–”. Y quizá porque había asumido ya su sino fatal, similar al de Van Gogh, el destino se burló también de él, con crueldad supina, pues sus trabajos, que en su tiempo no valían nada, tras su muerte, llegaron a alcanzar cantidades que él no había gastado a lo largo de toda su vida.

El Cementerio del Sur

A parte de La Rotonda y el mirador de su único rascacielos(7), el Cementerio Montparnasse, ubicado en la parte sur de la capital francesa, en el barrio del mismo nombre, es uno de los puntos históricos más visitados del XIV distrito de París; y pese a no tener la monumentalidad del Père-Lachaise o el ambiente romántico del Cementerio Montmartre, por su superficie –18,72 hectáreas– es la segunda necrópolis de París. Su principal atractivo reside en que, entre sus 42 mil sepulturas yacen los restos de importantes personajes de la filosofía, literatura, ciencia, música, pintura, teatro y cine internacional, que lo marcan también de esa multinacionalidad antes mencionada. Creado en 1824, en el terreno que ocupaban tres antiguas granjas, primero conocido como Le Cimentière du Sud, había servido durante décadas como camposanto de tumbas anónimas, albergando restos de personas que morían sin que nadie los reclamara, y que actualmente comparten el espacio con figuras relevantes de las artes y letras de todo el mundo.  

En una de las lápidas, sobre el nombre de Charles Baudelaire, se puede ver fácilmente vestigios de lápiz labial, “besos robados” que el autor de Las flores del mal, ya hubiese querido recibir durante su atormentada vida. Es bastante conocido que el místico Robert Merton, ha ubicado a César Vallejo como “el más grande poeta universal después de Dante”; y tal vez recordando eso –cómo saberlo–, en una entrevista para Radio Francia Internacional, el periodista Jordi Batallé me dijo que París había reunido finalmente a César Vallejo y Charles Baudelaire, ambos poetas y ambos muertos también a los 46 años, y sepultados en esa cartografía de la universalidad y la multinacionalidad que siempre ha sido Montparnasse.  

Lugar que no obstante su sobriedad resume también esa diversidad de estilos hausmannianos, clásicos, y art nouveau, que acompañan a las tumbas de escritores y escritoras trascendentales para las letras y el pensamiento mundial, como Marguerite Duras, escritora representante del nouveau roman francés; la combativa y militante ensayista norteamericana Susan Sontag; la novelista y filósofa existencialista Simone de Beauvoir –enterrada junto a Jean-Paul Sartre–; el genial autor de Bola de sebo, Guy de Maupassant; el poeta rumano iniciador del dadaísmo Tristan Tzara; el filósofo rumano Émile Cioran; el dramaturgo rumano, autor de teatro del absurdo Eugene Ionesco; los sociólogos, filósofos e historiadores Émile Durkheim, Pierre Proudhon, Raymond Aron, Jean-François Revel y Edgard Quinet; los cineastas Maurice Pialat y Eric Rohmer; los músicos Emmanuel Chabrier y Camille Saint-Säens; el cantante Serge Gainsbourg, el arquitecto Charles Garnier, los escultores Franςois Rude y Auguste Bartholdi, el pintor y fotógrafo surrealista Man Ray, Gyula Brassaï, Robert Desnos, entre otros. Además de albergar al premio Nóbel 1969, Samuel Beckett, y al padre del existencialismo francés Jean-Paul Sartre, quien rechazará esta distinción en 1964, aduciendo estas comprensibles razones ético-políticas: “Yo sé bien que el premio Nóbel en sí mismo, no es un premio literario del bloque del oeste, pero es una realidad lo que han hecho de él (...) En la situación actual, objetivamente este premio se presenta  como una distinción reservada solo a los escritores del oeste y a los rebeldes del este”.

Los olvidados de Montparnasse

Según el mapa de sepulturas facilitado por la Mairié de Paris, paradójicamente, en este lugar también se encuentra la inubicable tumba del pintor de origen lituano Chaïm Soutine(8), además de la del escultor rumano Constantin Brâncusi, la del ruso Ossip Zadkine, y la del cineasta Jacques Becker, todos ellos ligados, de alguna manera, a robustecer la historia y el mito de la Escuela de París y del barrio Montparnasse. Tal vez por ello resulta duro decirlo, pero en la galería de miembros ilustres del mapa funerario mencionado, en la que figuran las “sepulturas de los personajes más conocidos” del Montparnasse, no se encuentran ni Nikos Poulantzas ni Cornelius Castoriadis, cuyas tumbas, tras un recorrido descuidado por el lugar, pueden ser ubicadas fácilmente. Algo que podría inducirnos a pensar que tal vez haya otros moradores olvidados en este recinto, o que quizá, debido a esa particularidad que ambos compartieron, la de haber sido griegos y marxistas de origen, han sido excluidos del catálogo de celebridades; o tal vez más simple, nos quede solo darle la razón a Jean-Marie Domenach, que hace poco más de dos décadas, en El crepúsculo de la cultura francesa, advertía que el nivel intelectual de Francia –para muchos el país intelectualmente modélico de Europa–, está decayendo. Tal vez por esto Alain Badiou en su Segundo manifiesto por la filosofía, ha intentado responder a esa pregunta autosugerida, pero que muchos suelen repetir: “¿Qué fue de ustedes, filósofos franceses a los que tanto hemos querido, durante esos sombríos años ochenta, y más aún, en los noventa?”, debido a que la actual “situación histórica, política e intelectual de Francia –a decir de Badiou– parece en extremo degradada”. 

En vida, tanto Poulantzas como Castoriadis, habían cedido también a la fascinación de París. Poulantzas, nacido en Atenas en 1936, llegó a la capital francesa en 1960, para matricularse en la Sorbona, discípulo egregio de Louis Althusser, estudioso del Estado moderno, las lógicas del poder y el fascismo, tras algunos problemas emocionales producto de la hostilidad de los nuevos intelectuales, a la moda antimarxistas y a la antimoda conservadores, terminó lanzándose del vigésimo noveno piso de la tristemente célebre Torre Montparnasse en 1979. En tanto, Castoriadis, nacido en Estambul, en 1922, pero griego de filiación, llega a Francia en 1946, siendo fundador de la importante revista Socialismo o barbarie, que llegó a congregar a un grupo de pensadores trascendentales para la filosofía contemporánea, como Jean-François Lyotard, Edgar Morin, Gérard Genette, Claude Lefort y Guy Debord; autor de una serie de estudios sobre el imaginario que llegaron a influir directamente en el movimiento de Mayo del 68, inspirando la frase “la imaginación al poder”. Castoriadis morirá en París, de una enfermedad al corazón, en 1997.

Tal vez solo esto pueda bastar para afirmar que París no es solo el lugar idílico de los sueños de los vivos, sino también el anhelado lugar del pasado, el gran panteón del descanso eterno y del sueño de muchos muertos ilustres, sueño al que se sumó Carlos Fuentes, que compartirá el recinto con dos mexicanos célebres: el expresidente y dictador Porfirio Díaz, quien vivió sus últimos años en París, y el pintor Julio Ruelas; además del escritor argentino Julio Cortazar –compañero de Fuentes en los memorables tiempos del boom latinoamericano–; y César Vallejo, quien, luego de haber sido enterrado –tras su muerte en París el 15 de abril de 1938– en el cementerio de Montrouge, fue trasladado al Cementerio Montparnasse en 1970, por su viuda Georgette Philippart, quien, de esta manera, cumplía con uno de los últimos deseos del genial poeta peruano.

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1 En la mitología griega, Parnaso, a quien se le atribuye la creación del oráculo de Delfos en la ladera de la montaña que lleva su mismo nombre, es hijo de Poseidón y la ninfa Cleodora. El monte Parnaso, fue la montaña sagrada, morada del dios Apolo y las nueve musas de las artes y ciencias: Melpómene, Terpsícore, Polimnia, Calíope, Euterpe, Clío, Talía, Urania y Erato, por lo que fue considerado como la patria simbólica de los poetas. Nombre que le fue concedido a ese otrora escarpado barrio de Paris, porque durante el siglo XVII los estudiantes acudían a esta colina para declamar poesía, hasta que en el siglo XVIII se decidió nivelarla para construir el Boulevard Montparnasse, abriéndose en el lugar, casi inmediatamente,  numerosos y conocidos cabarets y clubes de baile.
2 La fama de La Rotonde y su ambiente artístico e intelectual fue tan extendida que atrajo también a Mariátegui, que la visitó hacía inicios de 1922. Se dice que también Lenin solía concurrir a ella antes de la revolución de Octubre de 1917.
3 El Bateau-Lavoir (Lavadero flotante) la comuna de artistas más conocida de Montmartre, tenía un solo caño de agua para por lo menos 30 estudios. En tanto, La Ruche, la descollante comuna de Montparnasse, donde se alojaban Marc Chagall, Archipenko, Modigliani, Soutine, Léger y André Lothe, era un edificio construido por el equipo de Eiffel , con motivo de la Exposición Universal de 1990, iba a ser demolido tras finalizar la Exposición, pero el escultor Alfred Boucher, lo hizo desmontar y lo trasladó a Montparnasse para destinarlo a talleres para artistas. En la planta baja de La Ruche se ubicaban los talleres de escultura, y en el primer y segundo piso el de pintura. Los artistas más adinerados habitaban los estudios de piedra, más calientes, y los demás tenían que conformarse con la gélida rotonda de vidrio.
4 La exhibición de la Pinacothèque de París, Modigliani, Soutine et l’Aventure de Montparnasse, se extendió desde el 4 de abril hasta el  9 de septiembre del 2012.
5 Jonas Natter, alsaciano representante de marcas instaladas en París, fue un descubridor de talentos inspirados, que, fascinado por el arte y la pintura de su tiempo, a lo largo de su vida logró recolectar un conjunto genial de obras de arte. Descubridor también de Utrillo, será uno de los primeros coleccionistas de Modigliani, pero su pasión se extendió hacia todos los artistas de la Escuela de París.
6 Modigliani llega a París en febrero de 1906. Luego de una breve estancia en el barrio de la Ópera y la Madeleine, se instala en Montmartre, en un falansterio para pintores creado por Paul Alexandre, su marchante y amigo en este período, al que dejará de ver  luego de 1914, tras iniciarse la gran Guerra en Europa. En 1916, instalado ya en Montparnasse, conoce al polaco Léopold Zborowski, quien será su marchante en esta segunda etapa.
7 La Torre Montparnasse, con sus 210 metros, cuando terminó de construirse en 1972, era la más alta de Europa occidental. Luego, para preservar el estilo clásico y haussmaniano de París, se prohibió este tipo de construcciones. Actualmente el rascacielos más alto de París es la torre Axa, ubicada en La Défense, con 220 metros de altura.
8 Los restos de Modigliani, junto a los de Jeanne Hébuterne se encuentran en el cementerio de Père-Lachaise.
 
 
©Rafael Ojeda, 2014
 
Rafael Ojeda (Lima-Perú, 1970). Escritor, periodista, investigador y crítico literario, Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con estudios en Ciencias Sociales. Ha participado como invitado en múltiples eventos en Perú y en el extranjero, y desde hace más de una década escribe en diversos diarios y revistas de actualidad política, social y cultural del Perú, América Latina y Europa. Huésped Ilustre de la Ciudad de Huánuco (2007); Ganador del Concurso de Investigaciones y Tesis del Consejo Superior de Investigaciones de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (2009); finalista del premio COPE de Ensayo (Lima, 2010); ganador del Premio Literario de Ensayo: “25 años del Cecupe” (París, 2011); autor de Razón, emancipación y contingencia. Migraciones de la Ilustración Francesa en el Perú (2012); y coautor de libros colectivos como La intelectualidad peruana del siglo XX, ante la condición humana, t.II (2008) y t.III (2011); y las Actas del Simposio Internacional 7 Ensayos: 80 años (2009). 
 
 
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