| AHORA
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Ahora
estoy en este lugar. Junto al camino, recostado, miro
como de pronto a la orilla de un riachuelo aparecen
restos de comida. Sé que nada de eso lo he
engullido yo; que nada de eso me perteneció
jamás. Esa es la historia.
Pero
avancemos. Admito que no es un modo muy habitual de
dar el primer paso, de comenzar a escribir. Recostado
junto a la orilla del riachuelo que baña los
cultivos de trigo, yo miro, escucho correr el agua.
Es el campo; y más allá los caminos
a la ciudad. Entonces llega un tomate; hubo ocasiones
en que yo comía tomates. Aún recuerdo
el gesto de mi madre impidiéndome comer un
tomate con limón y sal. Sólo me comía
el tomate, el tomate solamente. Pero el tomate que
trae el agua se ve agujereado. No lo he de comer hoy
ni por nostalgia. Además en el agua flota ligero.
Si lo cojo, ha de pesar, tal vez se deshaga entre
mis dedos. Mas no me sobran ganas de levantar peso.
Aunque imagine el ácido del tomate recorriendo
mi lengua.
Soy
un cuerpo con lengua. Y si bien todos llevan una,
a algunos les avergüenza. Mi prima Nátali,
por ejemplo, tiene una lengua perfecta, rozada. Ella
afirma que no. Me increpa: "Tú dices eso
porque me quieres, pero sé que es horrible".
"Lo dices porque te gusto". En fin, no cree
que su lengua me parezca preciosa. Pero yo insisto
y ella me la enseña. Entonces deslizo mis manos
por su nuca, hacia sus cabellos y ella guarda silencio,
se deja. Sé que tiene algo de miedo porque
aún son pocas veces que la he tocado. Me gusta
examinar su lenguita, diría con cariño,
porque es pequeña. Y ella deja que su cuerpo
venga a mi encuentro, resignada, como si la fuese
a matar. Viene y guarda su lengua, tras sus cachetes
calientes.
Es
demasiado tarde. Pensé en coger el tomate,
pero me ganó la corriente. Me entretuve recordando
como se veía Nátali antes de venir aquí.
Ahora ni siquiera me mira. Se abraza las piernas,
se toca el vientre y no pronuncia palabra. Me gustaría
que diga algo. Que manifieste algún tipo de
resentimiento. He intentado abrazarla ya muchas veces
pero me rechaza. La observo allí tendida y
es como si de ella no quedara mucho. Extraño
el modo en que hace algunos momentos respiraba junto
a mi cuello, la manera como sus ojos, que parecían
distraídos, observaban atentamente algunas
partes de mi cuerpo. Ahora juega con sus dedos, traza
caminitos en la tierra húmeda. Arranca porciones
de césped para que sus manos pasen como vehículos.
Hace algunos minutos, en cambio, ella fue otra. Incluso
pensé que no me iba a soltar.
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