Escríbale al autor

Enrique Cortez
(
Lima, 1977 )

 

Estudió Literatura en la Universidad de San Marcos; actualmente prepara su tesis de Licenciatura sobre Rodolfo Hinostroza. Es editor de la revista Identidades, suplemento cultural del diario El Peruano.

 

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AHORA
(Tiempo estimado de lectura: 5')


Ahora estoy en este lugar. Junto al camino, recostado, miro como de pronto a la orilla de un riachuelo aparecen restos de comida. Sé que nada de eso lo he engullido yo; que nada de eso me perteneció jamás. Esa es la historia.

Pero avancemos. Admito que no es un modo muy habitual de dar el primer paso, de comenzar a escribir. Recostado junto a la orilla del riachuelo que baña los cultivos de trigo, yo miro, escucho correr el agua. Es el campo; y más allá los caminos a la ciudad. Entonces llega un tomate; hubo ocasiones en que yo comía tomates. Aún recuerdo el gesto de mi madre impidiéndome comer un tomate con limón y sal. Sólo me comía el tomate, el tomate solamente. Pero el tomate que trae el agua se ve agujereado. No lo he de comer hoy ni por nostalgia. Además en el agua flota ligero. Si lo cojo, ha de pesar, tal vez se deshaga entre mis dedos. Mas no me sobran ganas de levantar peso. Aunque imagine el ácido del tomate recorriendo mi lengua.

Soy un cuerpo con lengua. Y si bien todos llevan una, a algunos les avergüenza. Mi prima Nátali, por ejemplo, tiene una lengua perfecta, rozada. Ella afirma que no. Me increpa: "Tú dices eso porque me quieres, pero sé que es horrible". "Lo dices porque te gusto". En fin, no cree que su lengua me parezca preciosa. Pero yo insisto y ella me la enseña. Entonces deslizo mis manos por su nuca, hacia sus cabellos y ella guarda silencio, se deja. Sé que tiene algo de miedo porque aún son pocas veces que la he tocado. Me gusta examinar su lenguita, diría con cariño, porque es pequeña. Y ella deja que su cuerpo venga a mi encuentro, resignada, como si la fuese a matar. Viene y guarda su lengua, tras sus cachetes calientes.

Es demasiado tarde. Pensé en coger el tomate, pero me ganó la corriente. Me entretuve recordando como se veía Nátali antes de venir aquí. Ahora ni siquiera me mira. Se abraza las piernas, se toca el vientre y no pronuncia palabra. Me gustaría que diga algo. Que manifieste algún tipo de resentimiento. He intentado abrazarla ya muchas veces pero me rechaza. La observo allí tendida y es como si de ella no quedara mucho. Extraño el modo en que hace algunos momentos respiraba junto a mi cuello, la manera como sus ojos, que parecían distraídos, observaban atentamente algunas partes de mi cuerpo. Ahora juega con sus dedos, traza caminitos en la tierra húmeda. Arranca porciones de césped para que sus manos pasen como vehículos. Hace algunos minutos, en cambio, ella fue otra. Incluso pensé que no me iba a soltar.

 

© Enrique Cortez, 2003 descargar pdf

 

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