| EL
DRAMA EN EL PERÚ
(Tiempo estimado
de lectura: 8')
Por
Xavier Marzó
Desde
que hace diez años se promulgara el D.L. 59990
la historia del drama en el Perú ha sufrido
una transformación radical. Miles de personas,
la mayoría enfermos desahuciados y suicidas
inconfesos, se agolparon frente a las puertas de los
teatros el mismo día de la dación de
la ley, exigiendo papeles a su medida y nuevas obras
que les permitieran el lucimiento de sus muertes de
una manera artística.
Pese
al legítimo deseo de los miles que querían
morir, al principio hubo enormes protestas de organizaciones
que defienden la vida humana, quienes consideraron
el hecho de permitir legalmente una muerte, y además
en público, una vuelta a la barbarie del circo
romano y una desvalorización del sentido de
la vida. Las acciones civiles y penales se multiplicaron
entonces, pero la cordura primó. El ser humano
tiene reconocido el derecho a la muerte y a escoger
cómo la prefiere. Y si esta se hace a través
de un medio artístico, ¡Qué mejor
muerte se puede elegir!
La
primera representación - que los que bordeamos
los cuarenta y tuvimos la suerte de presenciar hoy
hace exactamente diez años, jamás olvidaremos
- fue la ya legendaria versión libre de Hamlet,
puesta en escena por la compañía Alfredo
Jarra, y con el inmortal Jorge Pérez Carré
como el príncipe danés. Aquella primera
muerte, calificada en todo el mundo como un acontecimiento
sin precedente fue, parafraseando los titulares que
se repitieron en los principales medios de comunicación
del planeta, la muerte más bella de la historia.
A
los pocos días llegaron a nuestro país
miles de personas deseosas de morir sobre un escenario.
Y no pasó mucho tiempo para que llegaran las
más importantes compañías de
teatro del mundo, con el deseo de poner en escena
las mayores obras clásicas, aquellas en las
que las muertes abundan y la sangre llena el escenario.
Del mismo modo empezaron a llegar cada vez más
turistas ansiosos por apreciar aquellas representaciones
en las que la muerte se puede convertir en un espectáculo
lícito.
Con
una activa participación estatal se logró
crear en provincias numerosos teatros modernos y amplios,
con lo que se permitió balancear la excesiva
demanda de turistas que llegaban a Lima para ver drama.
Ahora existen excelentes plazas en provincias (1),
aun cuando es necesario precisar que esta demanda
ha dado lugar también a que muchos inescrupulosos
intenten "crear" espectáculos modernos
que no son más que carnicerías despiadadas
o lo que algunos llaman - no sin razón - "turismo
salvaje" (2).
Aun
cuando no existen estadísticas precisas sobre
el nuevo drama nacional, se calcula que hasta el día
de hoy han muerto en tablas limeñas más
de cien mil artistas y la cifra supera los doscientos
cincuenta mil en todo el Perú. Hacer un listado
de obras y autores resultaría una tarea titánica,
pero lo que queríamos resaltar es que este
resurgimiento de la escena nacional ha ido acompañado
de una proliferación de dramaturgos nacionales.
Cierto
es que muchas obras se escriben ahora tomando la muerte
como elemento central de la acción y en otras
obras mal calificadas muchas veces como "grandiosas"
o "hecatómbicas" lo único
que se pretende es abundar en holocaustos e incluir
en sus argumentos guerras sangrientas y mortíferas.
Pero también es verdad que autores como García
Puertas, Enriquez y Mamani Guerra (3),
han refrescado la escena nacional con su talento impecable,
que ha sabido conjugar el drama con el espectáculo
natural e íntimo de la muerte.
Obras de García Puertas, por citar solo el
ejemplo que más conocemos, ya han sido presentadas
con mucha repercusión en escenarios europeos
y norteamericanos, en los que, pese a la imposibilidad
de presentarse muertes en escena, se ha sabido reconocer
la solidez de los argumentos y el cuestionamiento
frente a una sociedad tradicional e inhumana que no
puede reconocer el valor estético de la muerte.
El
drama en el Perú, pues, ha sabido consolidarse
como la mejor expresión artística de
nuestro pueblo y ha permitido, por si fuera poco,
un crecimiento sostenido de nuestra economía
(4), un reconocimiento
del liderazgo que tiene nuestro país en materia
de derechos humanos (5) y
un aumento general de las actividades relacionadas
con la cultura y el conocimiento.
Hoy,
cuando han pasado diez años de la promulgación
de la ley 59990, hay muchos motivos para la celebración.
Como estudioso y amante del drama peruano, reconozco
que es éste el momento para saludar el trabajo
y la pasión de todos los que han dado su vida
por el arte, de todos nuestros muertos que han permitido
consolidar el drama nacional en una expresión
gloriosa para el mundo.
Sin
embargo, creo que también es el momento para
hacer un llamado de atención sobre una situación
que podría modificar el ser mismo del drama
nacional. Por eso deseo terminar esta breve reflexión
con una apelación a la conciencia de nuestros
legisladores, quienes —según algunos
rumores— estarían por permitir la ampliación
de los alcances de esta ley pionera de nuestro drama,
a la actividad cinematográfica.
Considero
razonable la lógica que trasunta este proyecto,
que quizás logre incrementar nuestros ingresos
nacionales atrayendo a la industria fílmica
internacional - y quien sabe si superando incluso
el éxito alcanzado por nuestro teatro. Aun
cuando, repito, este argumento podría ser atendible,
considero mi deber precisar que estamos frente a un
dilema moral y ético. Se pierde de vista que
el drama es el único capaz de albergar la muerte
sobre sus tablas de manera estética y singular;
que es muy diferente prepararse semanas para actuar
la propia muerte frente a un público entusiasta,
lleno de amigos y familiares que nos verán
morir, que hacerlo frente a una fría cámara.
No se llega entender que el éxito de la muerte
dramática —y del drama nacional, al fin
y al cabo— radica justamente en la posibilidad
de compartir nuestra propia muerte, desenfadada y
conscientemente, con otras personas que nos regalan
palmas y cariño en esa última actuación
(6).
Esperemos
pues, que esa malhadada e interesada idea, basada
en un ánimo lucrativo mas no estético,
no llegue a concretizarse. Cuidémonos, amigos,
de la banalización de la muerte.
________________
(1)
Las mejores plazas en provincias son Iquitos (donde
una representación originalmente peruana llamada
"Las Amazonas" se ha convertido en un éxito
mundial), Trujillo, Cusco (que ha aprovechado inteligentemente
sus grandiosos monumentos para la escenificación
de algunas obras verdaderamente monumentales) y Huánuco.
(2)
Aunque en realidad esto tiene que ver más con
la crónica policial, debe mencionarse que en
estos días se viene investigando la existencia
de algunas obras que se habrían presentado
principalmente en Ayacucho, Huancayo y Huancavelica,
ciudades en las que aparentemente existirían
grupos de delincuentes que so pretexto de realizar
montajes de obras peruanas llevan a turistas extranjeros
inescrupulosos a caseríos y comunidades en
las que se puede ver a mucha gente morir de hambre
o de enfermedades penosísimas. Inclusparece
ser que en algunas de estas visitas "turísticas"
o " culturales" parte del espectáculo
consiste en permitir que el visitante asesine salvajemente
a los "actores".
(3)
Héctor Mamani Guerra fue el ganador del último
Festival del Drama Peruano, con su obra "La muerte
del rey Ubú Pachacútec", obra que
se acaba de estrenar en Broadway en una versión
musical que ha sido calificado de "incomparable"
por la crítica norteamericana (New York Times
de la fecha).
(4)
Los ingresos producidos por el teatro nacional representan
aproximadamente el 10 % del total de nuestro Producto
Bruto Interno, pero si a eso se le suma el total de
ingreso por turismo se está hablando del 57%
del total del PBI. Sólo en este último
sector, el año pasado se registró la
llegada a nuestro de país de más de
ocho millones de turistas, consolidándonos
como el primer país receptor en Latinoamérica
(estadísticas: PromPerú).
(5)
Según un comunicado diplomático reciente,
esto le ha valido al país el reconocimiento
de la Naciones Unidas a través de un pronunciamiento
especial del Alto Comisionado para los Derechos Humanos,
Sven Thor Larsson.
(6)
Nota de la edición: Al momento de publicar
esta nota, el señor Xavier Marzó ya
estará muerto. Preparó él mismo
durante meses un montaje singularísimo titulado
"Ritual necesario para la Buena Muerte".
La presentación fue un total éxito y
la obra terminó con la pompa fúnebre
que llevó al insigne crítico Marzó
a su última morada. En nuestra próxima
edición publicaremos una extensa nota sobre
este excelente montaje.
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