| EL
SECRETO DEL LABERINTO
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Llegó
tarde como la estrella que muere al pie de la gran
montaña, de acuerdo con la metáfora
de los galdeanos. Para colmo, un desperfecto en la
base somática de la nave no permitió
que ésta cuajara a tiempo, por lo que tuvimos
que esperar más de dos horas en una sala llena
de cosmopolitas iracundos. El rostro de Donjo Seho
no mostraba ninguna culpa. Sólo iba de un lado
a otro sin apuro, con las piezas de gelaplén
frío en una alforja.
Donjo
siempre se mostró como un tipo rudo y poco
ilustrado. Le complacía ser percibido como
un pragmático hecho a fuego y golpes en las
bocas de caldera de muchas naves privadas y algunas
de las Fuerzas Navales. Sus noventa y tres años
como explorador con privilegio del Mar de la Leche
lo acreditaban no sólo como un gran aventurero,
sino también como un sujeto muy afortunado.
Al menos para Kelan Manara, Li Quierquigardo, Velt
Castaña, Omar Parker y Ulrica Félix,
su presencia en el equipo de exploración arqueológica
Minos III era una garantía, a pesar de su hosquedad.
Dan
Iscariote, viejo zorro masculló Kelan
vanidosa y coqueta, gracias a un reciente y costosísimo
rejuvenecimiento, haz algo con este miserable
boicoteador.
Juro
que verás la lengua de Donjo colgada de los
travesaños del puente si no partimos en diez
minutos prometí.
Kelan había sido mi amante durante tres años.
En ese entonces, yo era profesor principal en la Universidad
de Moncreba, y algo así como un líder
espiritual entre los jóvenes que veían
la arqueología no sólo como una disciplina
fundada en un conjunto de disposiciones técnicas,
sino como una doctrina que propugnaba cruzar puertas
que conducirían al pasado gracias a la acertada
elección de una llave mágica. La vigencia
de la teoría de la trama espacial (como siglos
atrás hizo lo propio la teoría de las
cuerdas cósmicas) inquietó a varias
docenas de académicos, mientras enloquecía
respectivamente a sus asistentes. Kelan era una de
sus víctimas y estaba convencida de que yo
era el guardián de alguna clave.
Jamás
he sido bueno para guardar secretos, pero sí
para fingir que soy un celoso custodio cuando no los
hay. En realidad no puse mucho de mi parte; las preguntas
y las respuestas fueron aportes de Kelan. En la intimidad,
yo sólo sonreía y asentía. Gracias
a esta farsa, no fue difícil que ella me susurrara
al oído sus fantasías sexuales como
premio a mis "revelaciones", y que yo las
cumpliera a la brevedad posible, si éstas se
circunscribían a lo que no prohibía
mi religión.
Así
transcurrió el primer año, hasta que
Kelan, mi vigésimo tercera amante, dejó
de ser un misterio para mí. Cuando se asomaba
la presencia de mi futura vigésimo cuarta,
Kelan me sorprendió con algunas preguntas que
inmediatamente contestó ante mi prolongado
y angustiante silencio. La discípula no sólo
superaba al maestro, sino que, además, lo asombraba
con un par de respuestas enmarcadas en una amplia
sonrisa de inseguridad. El sexo pasó rápidamente
a un tercer plano y nuestro amorío devino en
una sociedad de colegas. A partir de entonces sólo
esperé que me susurrara hipótesis.
Aquella
luna de miel académica duró dos fructíferos
años. Se quebró de un día para
otro a causa de lo único que no nos habíamos
permitido: la infidelidad intelectual.
Apenas Donjo empezó a girar el manubrio de
la sirena, todos ocupamos nuestros puestos. Comprimimos
el tejido estelar en tres grandes ondas y atravesamos
el pliegue sin mayores trastornos en instante cero.
La sensación de haber dormido durante un mes
y envejecido cien años se diluyó rápidamente,
porque quedamos absortos al reconocer el planeta gris.
La secreta ruta a través de tres perfectos
pliegues era el resultado de veinticinco años
de investigaciones que resumen incalculables horas
de trabajo, incontables onzas de oro en sobornos y
cuatro sospechosas muertes (un presidente corporativo,
una prostituta y dos policías). Mi gran sueño
como arqueólogo se materializaba gracias a
un dedicado estudio paleográfico a partir de
una de las respuestas de Kelan.
Allí
está el continente negro dijo Velt con
su característica frialdad (se trataba de una
mancha bruna de forma cónica que apuntaba con
torpeza hacia uno de los polos). Tal como fue
descrito por el poeta Vadis, miles de generaciones
atrás.
Vadis,
padre de Moris musitó Ulrica, y
éste de Lica. Vadis, tatarabuelo del gran Mánberg.
Y a partir de él: Cehon, Bismar, Borg, Gracién
padre, Gracién hijo, Landy, los gemelos Coctó
Querida,
es suficiente dijo Omar mientras consultaba
la trasonda de popa, ya no somos niños
para creer en esta saga psicosocial.
¡Puerco
descreído! ¿No tienes vergüenza?
Tú
eres la menos indicada para tal reproche.
Todos
miraron a Ulrica en el más absoluto silencio.
Ella sólo atinó a dejar la cámara
de observación a paso lento y empuñar
su ira.
Su verdadero nombre se había perdido en pocas
generaciones tras la Guerra de las Catervas (no mucho
tiempo después de la tercera gran migración,
es decir, después de la destrucción
de los Archivos Corporativos, que albergaban toda
la información producida hasta entonces por
nuestra especie). Académicos, eruditos y compiladores
de leyendas no se ponían de acuerdo con el
vocablo. Algunos especulaban que se trataba de la
palabra "lazawárd" y otros de "gaia".
Velt
y Kelan tenían la certeza de que era imposible
incluso especular. Como consuelo aplicaron la vieja
fórmula de denominar al todo a partir del nombre
de una de sus partes.
He ahí Creta, señores dijo
Velt con voz cavernosa una vez que Omar y Ulrica dejaron
de discutir. He ahí el mundo que nos
dio origen.
Lo primero que hice apenas la nave tocó suelo
cretense fue desplegar y erigir mi pequeño
altar de cremación en el fondo de la nave,
en medio de un círculo formado por los miembros
de la tripulación. Una vez que acabaron los
murmullos, abrí devotamente una lata con porciones
de muslo de cien bestias puras para sacrificio y llevé
a cabo una emotiva hecatombe. El humo gris de la carne
chamuscada se mezcló, mediante un sistema de
salida de determinados gases, con la rala atmósfera
del planeta madre (ésta sí, una feliz
denominación) y sólo entonces me sentí
gratificado por el descubrimiento.
Kelan
y Ulrica bailaron y cantaron, semidesnudas, rapsas
y silvas melancólicas, mientras derramaban
aguavino en una urna con tierra consagrada. Luego,
completamente desnudas, en tanto que recitaban los
doscientos versos del poema de la papisa Freda, introdujeron
sus manos en la urna y amasaron el contenido hasta
conseguir una pasta uniforme. Kelan fue la primera
en lanzar el alarido de éxtasis y embadurnar
su cuerpo con frenesí.
En
menos de un minuto, ambas estaban cubiertas del aliento
material de Greba. Un rapto intenso las hizo convulsionar
hasta que cayeron rendidas cerca del altar. Mientras
eran sacudidas por esporádicos furores, las
cubrí con el lienzo que cruzaba mi pecho y
pedí a los presentes que empezaran la tarea
de levantar el campamento Minos III.
¿Y
la orgía? reclamó Li Quierquigardo.
Insensato
lo reproché. ¿Acaso no has
oído el verso de la papisa que anuncia que
no habrá más apareamiento sobre este
mundo?
Tres horas después, a doscientos pasos, la
cúpula de gelaplén en suspensión
se veía brillante y hermosa, en contraste con
la atmósfera opaca del planeta madre. Ésta
albergaba tres hangares, una fosa sanitaria y media
docena de vehículos multiusos. De acuerdo con
las disposiciones técnicas y religiosas, la
nave coronaba la cúpula apuntando constantemente
hacia la estrella más cercana. En este caso,
un sol siempre oculto tras espesas nubes envenenadas.
Kelan,
ya recuperada del desgaste de la ceremonia, me acompañó
a recorrer las inmediaciones del campamento. Esta
práctica habitual en todas mis misiones resultaba
ser un símbolo de que todo marchaba bien.
Por
fin lo conseguimos dijo.
No.
No hemos conseguido nada
aún.
Para
mí, después de dos fracasos, estar aquí
ya es suficiente. ¿Tienes una idea de lo que
darían Mansur, Trevan y Galves por dejar las
huellas que vamos imprimiendo sobre esta ladera?
No
me interesa ganar un simple párrafo en la Enciclopedia
moncrebana. Deseo un volumen, ¿entiendes?
Pedante
¿y en qué capítulo crees que
apareceré?
Mejor
no pienses en eso.
Eso
no me quita el sueño, te lo aseguro.
¿Algo
te molesta?
¿Acaso
me he quejado?
Conozco
a la perfección tus giros y construcciones
sintácticas. ¿Qué te quita el
sueño?
Kelan
miró innecesariamente de un lado a otro y verificó
que la señal de audio hacia el cerebro del
campamento estuviese desconectada. Frunció
su ceño y dijo a quemarropa:
Hay
un traidor.
Eso
es obvio.
¿Ya
lo sabías?
Desde
luego.
Sé
que no me dirás quién es, pero al menos
prométeme que contarás conmigo cuando
llegue el momento de decidir.
Prometí
que jamás te prometería nada, ¿recuerdas?
Dan,
¿hay algo que deba saber?
Sí,
dos cosas: duerme con un ojo abierto y lo otro...
eso dependerá de Donjo.
Algo
me dice que soy la insignificante pieza de una gran
maquinaria.
En
este planeta no valen títulos, estirpes, caudales,
prebendas ni prejuicios, sólo nuestro instinto
para sobrevivir.
¿Salir
con vida? ¿De eso se trata?
Ulrica Félix era una temida campeona de lucha
cuerpo a cuerpo. Pero su locuacidad particularmente
durante las sobremesas superaba con creces la
aprensión de caer vencido ante una de sus llaves.
Ella y Velt habían dedicado cerca de veintitrés
años a interpretar las sagas que se generaron
cuando nuestros antepasados fundaron las Trece Colonias
Corporativas. El trabajo de ambos fue paralelo; sin
embargo, se comunicaron ocasionalmente, para manejar
el mismo criterio exegético ante nuevas dudas
e incertidumbres. Tras una ardua y pareja competencia,
fue Velt quien consiguió gran parte del esclarecimiento,
a partir de algunos versículos de La Cretiada.
Por ello, dos de los tres ojales que, entonces, debíamos
cruzar para cumplir nuestra misión recibieron
su nombre (Veltaire y Veltumen). Para sorpresa de
todos e indignación de Ulrica,
Kelan aportó el tercer nodo (Kelania), cuando
entendió que cierta cláusula de la epopeya
del gran Mánberg no era ni símil ni
metáfora, sino una simple ironía.
El consejo de inversionistas de la expedición,
regido por Salomón Galves, un poderoso líder
de la Coalición Holística, aprobó
el presupuesto, pero además se encargó
de convencer a Ulrica de seguir en el equipo. Nadie
creyó que la avasalladora personalidad de éste,
como él se encargó de propalar, pudo
deshacer la coraza de Velt. Por el contrario, el rumor
que trascendió en los círculos de investigación
fue que Galves empleó un simple chantaje para
desbaratar la renuncia irrevocable de Ulrica.
Al
parecer, el poderoso había escarbado en el
sinuoso pasado de la campeona de lucha y comprobó
lo que ya era un secreto a voces: las tres herejías
tesiánicas que venían subvirtiendo el
orden eran obra de Ulrica. Sin duda, Galves ganó,
pero también se llevó el recuerdo, durante
más de una semana, de un ojo morado.
Nadie
es tan poderoso le dijo Ulrica a Kelan en un
encuentro que todos pensamos que concluiría
en tragedia. Después de todo, en el ínterin
descubrí otras tres verdades que terminarán
cortando los hilos que utilizan sujetos como Galves
para aumentar sus arcas y doblegar a los independientes.
Basta
no tienes que explicarme nada. Recuerda que uno es
dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.
Ulrica
sonrió ante la discreción de Kelan y
sin dejar de hacerlo le inoculó
a ésta el veneno de la desazón:
Lo
que aún no me queda claro es el motivo que
esconde este miserable. ¿Por qué desea
que forme parte de Minos III?
Después de dos horas, mi acompañante
y yo regresamos en el más absoluto silencio
al campamento. Los miembros de la expedición
se hallaban inquietos, alrededor de Omar, y no nos
prestaron mayor atención.
La
transonda de suelo ha ubicado cuatro posibles ruinas
informó Li.
¿Quién
ordenó el sondeo? pregunté con
calma.
Un
breve desconcierto de miradas seguido de reproches
entre dientes fueron aparentemente la antesala de
una respuesta inesperada:
Fui
yo dijo Galves saliendo del círculo que
rodeaba a Omar. He venido a ver cómo
se invierte mi dinero.
Esa
es una buena razón retruqué.
Dan,
hermano, ¿podríamos hablar a solas?
Frente amplia, labio leporino corregido con esmero,
extremidades largas y musculosas. Fuera de estos detalles,
Salomón Galves era un sujeto que pasaba desapercibido
hasta que empezaba a hablar. Entonces destilaba su
ruin encanto y nada lo detenía hasta lograr
sus objetivos. Después de tratar con él
en varias oportunidades, quedé inmune a su
embrujo. Pero Galves no supo de mi comodín
si no hasta muy tarde.
Es
un mundo extraño dijo mientras trataba
de reemplazar las huellas de Kelan por las suyas sobre
la ladera. Aún no puedo creer que aquí
empezara todo
todo lo que somos nosotros.
He
estudiado el asunto durante casi toda mi vida dije
y estoy completamente convencido de que aquí
comenzó lo más inmundo que somos
quiero decir, aquí nació lo peor de
ti y de mí.
¿Estás
seguro de que nadie nos oye?
Verifícalo
tú mismo.
Galves
revisó la pantalla de los canales de audio
y volvió rápidamente su mirada al camino
dejado por Kelan.
¿Por
qué diste la orden, Salomón?
Sé
cuál es tu juego, Dan. Recuerda que yo te puse
aquí y que sin mí no serías nada.
¿Cómo
resolviste la clave del código de la ruta?
Muy
sencillo: a mi despacho llegó un filambre con
la matriz de cada nodo.
Sólo
un puñado de especialistas tiene acceso a esa
tecnología.
No
es necesario que pierdas tiempo en especular acerca
del remitente: fue Ulrica Félix. Al igual que
tú, esa hembra me debe la mitad de sus logros
aseveró Galves y se detuvo por instinto
cuando las huellas de Kelan se interrumpieron.
Aquella
zona del planeta madre era un extenso desierto de
arena con algunas rocas desperdigadas, a excepción
de una veintena de monolitos que insinuaban una pequeña
ruina circular. Al centro, una boca de piedra emanaba
un espeso hilo de humo rojo que subía en espiral
hasta confundirse con la eterna noche de Creta.
Se
trata evidentemente de una señal afirmó
Galves tratando de no sonar tonto.
Muy
evidente, demasiado fácil.
Quizá
sea un antiguo ducto; un desfogue de aguas termales
subterráneas.
Eres
un buen hombre de negocios aseveré burlonamente.
Kelan y tú llegaron hasta. ¿Qué
les impidió examinar de cerca aquella ruina?
¿Por qué no continuaron?
Porque
no tenía sentido seguir.
¿Cómo?
No
nos esperaban a nosotros, sino a ti.
Galves
controló su turbación.
Se
trata de una verdad ingrata. Una revelación
humillante, para ser más preciso -agregué
con sincera gravedad.
¿Qué
me ocultas, Dan?
Para
qué explicarte, no me creerás.
Inténtalo
insistió y extrajo de su cinto un tubo
de coacción calibrado a máxima intensidad.
No
seas ingenuo -dije antes de mugir y caer adolorido.
Te
escucho
Observa,
ahí está la respuesta que esperas balbuceé
después de sobreponerme mientras intentaba
señalar la boca de piedra.
Mi
inquisidor giró su cabeza y entendió
todo en una fracción de segundo. El ser que
horas antes nos capturó y liberó a Kelan
y a mí ya no se encontraba desnudo; una corta
túnica blanca cubría su débil
y espantoso cuerpo, y mostraba sin pudor alguno su
monstruoso rostro lampiño. Mientras aquella
hórrida entidad penetraba en la psiquis de
Galves a fin de comprobar que él era el elegido,
pude leer en sus ojos que su especie, por miles de
años, a partir de un mito, consideraba el mundo
exterior como un laberinto fantasmal del que intentaba
escapar
yo-soy-el-cuerpo que se obsesiona con
el pensar para serse y para hacerse... Y seguí
leyendo en su mirada, porque la verdad escapa a la
conciencia, y fluye, en la medida en que ésta
yace siempre como proyecto de algo... No importa lo
materializado que estemos, siempre y mientras
nosotros existamos estaremos alumbrados por
este claroscuro. Ustedes, por fin, han emergido del
estanque del universo como lo Otro. El soy se halla
minotáuricamente en el laberinto colectivo
de nuestra nación. Sus ojos se cerraron y me
vi arrastrado hacia un profundo sueño.
Después de un largo y escandaloso proceso judicial,
el Consejo de los Nueve me halló culpable de
los tres cargos que me imputó la Federación
Corporativa: negligencia, barbarie y herejía.
Antes de partir al vergonzoso exilio, Ulrica consiguió
enviarme un mensaje tras sobornar al alcaide de mi
prisión. Se trataba de una antiquísima
vasija de cerámica decorada con un espantoso
grabado. En éste aparecía Galves mientras
era victimado por el ser que lo raptó en Creta.
Esta evidencia, que hubiera determinado mi ejecución
inmediata, parecía murmurar una revelación
desde su interior. Llevé su embocadura a mi
oreja y creo recordar que oí que la subjetividad
resulta tan profunda como ese espacio curvo expandido
en el tiempo relativo.
Desgraciadamente
la verdad es una grieta que se abre al misterio del
ser mascullé antes de destrozar aquella
pieza entre mis pezuñas.
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