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José Donayre Hoefken
(
Lima, 1966)

 

Estudió Literatura y Lingüística en la PUCP. Ha publicado la novela La fabulosa máquina del sueño (1999) y el libro de cuentos Entre dos eclipses (2001). El Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica editará próximamente su novela La trama de las moiras.

 

 

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EL SECRETO DEL LABERINTO
(Tiempo estimado de lectura: 11')


Llegó tarde como la estrella que muere al pie de la gran montaña, de acuerdo con la metáfora de los galdeanos. Para colmo, un desperfecto en la base somática de la nave no permitió que ésta cuajara a tiempo, por lo que tuvimos que esperar más de dos horas en una sala llena de cosmopolitas iracundos. El rostro de Donjo Seho no mostraba ninguna culpa. Sólo iba de un lado a otro sin apuro, con las piezas de gelaplén frío en una alforja.

Donjo siempre se mostró como un tipo rudo y poco ilustrado. Le complacía ser percibido como un pragmático hecho a fuego y golpes en las bocas de caldera de muchas naves privadas y algunas de las Fuerzas Navales. Sus noventa y tres años como explorador con privilegio del Mar de la Leche lo acreditaban no sólo como un gran aventurero, sino también como un sujeto muy afortunado. Al menos para Kelan Manara, Li Quierquigardo, Velt Castaña, Omar Parker y Ulrica Félix, su presencia en el equipo de exploración arqueológica Minos III era una garantía, a pesar de su hosquedad.

—Dan Iscariote, viejo zorro —masculló Kelan vanidosa y coqueta, gracias a un reciente y costosísimo rejuvenecimiento—, haz algo con este miserable boicoteador.

—Juro que verás la lengua de Donjo colgada de los travesaños del puente si no partimos en diez minutos —prometí.


Kelan había sido mi amante durante tres años. En ese entonces, yo era profesor principal en la Universidad de Moncreba, y algo así como un líder espiritual entre los jóvenes que veían la arqueología no sólo como una disciplina fundada en un conjunto de disposiciones técnicas, sino como una doctrina que propugnaba cruzar puertas que conducirían al pasado gracias a la acertada elección de una llave mágica. La vigencia de la teoría de la trama espacial (como siglos atrás hizo lo propio la teoría de las cuerdas cósmicas) inquietó a varias docenas de académicos, mientras enloquecía respectivamente a sus asistentes. Kelan era una de sus víctimas y estaba convencida de que yo era el guardián de alguna clave.

Jamás he sido bueno para guardar secretos, pero sí para fingir que soy un celoso custodio cuando no los hay. En realidad no puse mucho de mi parte; las preguntas y las respuestas fueron aportes de Kelan. En la intimidad, yo sólo sonreía y asentía. Gracias a esta farsa, no fue difícil que ella me susurrara al oído sus fantasías sexuales como premio a mis "revelaciones", y que yo las cumpliera a la brevedad posible, si éstas se circunscribían a lo que no prohibía mi religión.

Así transcurrió el primer año, hasta que Kelan, mi vigésimo tercera amante, dejó de ser un misterio para mí. Cuando se asomaba la presencia de mi futura vigésimo cuarta, Kelan me sorprendió con algunas preguntas que inmediatamente contestó ante mi prolongado y angustiante silencio. La discípula no sólo superaba al maestro, sino que, además, lo asombraba con un par de respuestas enmarcadas en una amplia sonrisa de inseguridad. El sexo pasó rápidamente a un tercer plano y nuestro amorío devino en una sociedad de colegas. A partir de entonces sólo esperé que me susurrara hipótesis.

Aquella luna de miel académica duró dos fructíferos años. Se quebró de un día para otro a causa de lo único que no nos habíamos permitido: la infidelidad intelectual.


Apenas Donjo empezó a girar el manubrio de la sirena, todos ocupamos nuestros puestos. Comprimimos el tejido estelar en tres grandes ondas y atravesamos el pliegue sin mayores trastornos en instante cero. La sensación de haber dormido durante un mes y envejecido cien años se diluyó rápidamente, porque quedamos absortos al reconocer el planeta gris. La secreta ruta a través de tres perfectos pliegues era el resultado de veinticinco años de investigaciones que resumen incalculables horas de trabajo, incontables onzas de oro en sobornos y cuatro sospechosas muertes (un presidente corporativo, una prostituta y dos policías). Mi gran sueño como arqueólogo se materializaba gracias a un dedicado estudio paleográfico a partir de una de las respuestas de Kelan.

—Allí está el continente negro —dijo Velt con su característica frialdad (se trataba de una mancha bruna de forma cónica que apuntaba con torpeza hacia uno de los polos)—. Tal como fue descrito por el poeta Vadis, miles de generaciones atrás.

—Vadis, padre de Moris —musitó Ulrica—, y éste de Lica. Vadis, tatarabuelo del gran Mánberg. Y a partir de él: Cehon, Bismar, Borg, Gracién padre, Gracién hijo, Landy, los gemelos Coctó…

—Querida, es suficiente —dijo Omar mientras consultaba la trasonda de popa—, ya no somos niños para creer en esta saga psicosocial.

—¡Puerco descreído! ¿No tienes vergüenza?

—Tú eres la menos indicada para tal reproche.

Todos miraron a Ulrica en el más absoluto silencio. Ella sólo atinó a dejar la cámara de observación a paso lento y empuñar su ira.


Su verdadero nombre se había perdido en pocas generaciones tras la Guerra de las Catervas (no mucho tiempo después de la tercera gran migración, es decir, después de la destrucción de los Archivos Corporativos, que albergaban toda la información producida hasta entonces por nuestra especie). Académicos, eruditos y compiladores de leyendas no se ponían de acuerdo con el vocablo. Algunos especulaban que se trataba de la palabra "lazawárd" y otros de "gaia".

Velt y Kelan tenían la certeza de que era imposible incluso especular. Como consuelo aplicaron la vieja fórmula de denominar al todo a partir del nombre de una de sus partes.
—He ahí Creta, señores —dijo Velt con voz cavernosa una vez que Omar y Ulrica dejaron de discutir—. He ahí el mundo que nos dio origen.


Lo primero que hice apenas la nave tocó suelo cretense fue desplegar y erigir mi pequeño altar de cremación en el fondo de la nave, en medio de un círculo formado por los miembros de la tripulación. Una vez que acabaron los murmullos, abrí devotamente una lata con porciones de muslo de cien bestias puras para sacrificio y llevé a cabo una emotiva hecatombe. El humo gris de la carne chamuscada se mezcló, mediante un sistema de salida de determinados gases, con la rala atmósfera del planeta madre (ésta sí, una feliz denominación) y sólo entonces me sentí gratificado por el descubrimiento.

Kelan y Ulrica bailaron y cantaron, semidesnudas, rapsas y silvas melancólicas, mientras derramaban aguavino en una urna con tierra consagrada. Luego, completamente desnudas, en tanto que recitaban los doscientos versos del poema de la papisa Freda, introdujeron sus manos en la urna y amasaron el contenido hasta conseguir una pasta uniforme. Kelan fue la primera en lanzar el alarido de éxtasis y embadurnar su cuerpo con frenesí.

En menos de un minuto, ambas estaban cubiertas del aliento material de Greba. Un rapto intenso las hizo convulsionar hasta que cayeron rendidas cerca del altar. Mientras eran sacudidas por esporádicos furores, las cubrí con el lienzo que cruzaba mi pecho y pedí a los presentes que empezaran la tarea de levantar el campamento Minos III.

—¿Y la orgía? —reclamó Li Quierquigardo.

—Insensato —lo reproché—. ¿Acaso no has oído el verso de la papisa que anuncia que no habrá más apareamiento sobre este mundo?


Tres horas después, a doscientos pasos, la cúpula de gelaplén en suspensión se veía brillante y hermosa, en contraste con la atmósfera opaca del planeta madre. Ésta albergaba tres hangares, una fosa sanitaria y media docena de vehículos multiusos. De acuerdo con las disposiciones técnicas y religiosas, la nave coronaba la cúpula apuntando constantemente hacia la estrella más cercana. En este caso, un sol siempre oculto tras espesas nubes envenenadas.

Kelan, ya recuperada del desgaste de la ceremonia, me acompañó a recorrer las inmediaciones del campamento. Esta práctica habitual en todas mis misiones resultaba ser un símbolo de que todo marchaba bien.

—Por fin lo conseguimos —dijo.

—No. No hemos conseguido nada… aún.

—Para mí, después de dos fracasos, estar aquí ya es suficiente. ¿Tienes una idea de lo que darían Mansur, Trevan y Galves por dejar las huellas que vamos imprimiendo sobre esta ladera?

—No me interesa ganar un simple párrafo en la Enciclopedia moncrebana. Deseo un volumen, ¿entiendes?

—Pedante… ¿y en qué capítulo crees que apareceré?

—Mejor no pienses en eso.

—Eso no me quita el sueño, te lo aseguro.

—¿Algo te molesta?

—¿Acaso me he quejado?

—Conozco a la perfección tus giros y construcciones sintácticas. ¿Qué te quita el sueño?

Kelan miró innecesariamente de un lado a otro y verificó que la señal de audio hacia el cerebro del campamento estuviese desconectada. Frunció su ceño y dijo a quemarropa:

—Hay un traidor.

—Eso es obvio.

—¿Ya lo sabías?

—Desde luego.

—Sé que no me dirás quién es, pero al menos prométeme que contarás conmigo cuando llegue el momento de decidir.

—Prometí que jamás te prometería nada, ¿recuerdas?

—Dan, ¿hay algo que deba saber?

—Sí, dos cosas: duerme con un ojo abierto y lo otro... eso dependerá de Donjo.

—Algo me dice que soy la insignificante pieza de una gran maquinaria.

—En este planeta no valen títulos, estirpes, caudales, prebendas ni prejuicios, sólo nuestro instinto para sobrevivir.

—¿Salir con vida? ¿De eso se trata?


Ulrica Félix era una temida campeona de lucha cuerpo a cuerpo. Pero su locuacidad —particularmente durante las sobremesas— superaba con creces la aprensión de caer vencido ante una de sus llaves. Ella y Velt habían dedicado cerca de veintitrés años a interpretar las sagas que se generaron cuando nuestros antepasados fundaron las Trece Colonias Corporativas. El trabajo de ambos fue paralelo; sin embargo, se comunicaron ocasionalmente, para manejar el mismo criterio exegético ante nuevas dudas e incertidumbres. Tras una ardua y pareja competencia, fue Velt quien consiguió gran parte del esclarecimiento, a partir de algunos versículos de La Cretiada. Por ello, dos de los tres ojales que, entonces, debíamos cruzar para cumplir nuestra misión recibieron su nombre (Veltaire y Veltumen). Para sorpresa de todos —e indignación de Ulrica—, Kelan aportó el tercer nodo (Kelania), cuando entendió que cierta cláusula de la epopeya del gran Mánberg no era ni símil ni metáfora, sino una simple ironía.
El consejo de inversionistas de la expedición, regido por Salomón Galves, un poderoso líder de la Coalición Holística, aprobó el presupuesto, pero además se encargó de convencer a Ulrica de seguir en el equipo. Nadie creyó que la avasalladora personalidad de éste, como él se encargó de propalar, pudo deshacer la coraza de Velt. Por el contrario, el rumor que trascendió en los círculos de investigación fue que Galves empleó un simple chantaje para desbaratar la renuncia irrevocable de Ulrica.

Al parecer, el poderoso había escarbado en el sinuoso pasado de la campeona de lucha y comprobó lo que ya era un secreto a voces: las tres herejías tesiánicas que venían subvirtiendo el orden eran obra de Ulrica. Sin duda, Galves ganó, pero también se llevó el recuerdo, durante más de una semana, de un ojo morado.

—Nadie es tan poderoso —le dijo Ulrica a Kelan en un encuentro que todos pensamos que concluiría en tragedia—. Después de todo, en el ínterin descubrí otras tres verdades que terminarán cortando los hilos que utilizan sujetos como Galves para aumentar sus arcas y doblegar a los independientes.

—Basta… no tienes que explicarme nada. Recuerda que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.

Ulrica sonrió ante la discreción de Kelan y —sin dejar de hacerlo— le inoculó a ésta el veneno de la desazón:

—Lo que aún no me queda claro es el motivo que esconde este miserable. ¿Por qué desea que forme parte de Minos III?


Después de dos horas, mi acompañante y yo regresamos en el más absoluto silencio al campamento. Los miembros de la expedición se hallaban inquietos, alrededor de Omar, y no nos prestaron mayor atención.

—La transonda de suelo ha ubicado cuatro posibles ruinas —informó Li.

—¿Quién ordenó el sondeo? —pregunté con calma.

Un breve desconcierto de miradas seguido de reproches entre dientes fueron aparentemente la antesala de una respuesta inesperada:

—Fui yo —dijo Galves saliendo del círculo que rodeaba a Omar—. He venido a ver cómo se invierte mi dinero.

—Esa es una buena razón —retruqué.

—Dan, hermano, ¿podríamos hablar a solas?


Frente amplia, labio leporino corregido con esmero, extremidades largas y musculosas. Fuera de estos detalles, Salomón Galves era un sujeto que pasaba desapercibido hasta que empezaba a hablar. Entonces destilaba su ruin encanto y nada lo detenía hasta lograr sus objetivos. Después de tratar con él en varias oportunidades, quedé inmune a su embrujo. Pero Galves no supo de mi comodín si no hasta muy tarde.

—Es un mundo extraño —dijo mientras trataba de reemplazar las huellas de Kelan por las suyas sobre la ladera—. Aún no puedo creer que aquí empezara todo… todo lo que somos nosotros.

—He estudiado el asunto durante casi toda mi vida —dije— y estoy completamente convencido de que aquí comenzó lo más inmundo que somos… quiero decir, aquí nació lo peor de ti y de mí.

—¿Estás seguro de que nadie nos oye?

—Verifícalo tú mismo.

Galves revisó la pantalla de los canales de audio y volvió rápidamente su mirada al camino dejado por Kelan.

—¿Por qué diste la orden, Salomón?

—Sé cuál es tu juego, Dan. Recuerda que yo te puse aquí y que sin mí no serías nada.

—¿Cómo resolviste la clave del código de la ruta?

—Muy sencillo: a mi despacho llegó un filambre con la matriz de cada nodo.

—Sólo un puñado de especialistas tiene acceso a esa tecnología.

—No es necesario que pierdas tiempo en especular acerca del remitente: fue Ulrica Félix. Al igual que tú, esa hembra me debe la mitad de sus logros —aseveró Galves y se detuvo por instinto cuando las huellas de Kelan se interrumpieron.

Aquella zona del planeta madre era un extenso desierto de arena con algunas rocas desperdigadas, a excepción de una veintena de monolitos que insinuaban una pequeña ruina circular. Al centro, una boca de piedra emanaba un espeso hilo de humo rojo que subía en espiral hasta confundirse con la eterna noche de Creta.

—Se trata evidentemente de una señal —afirmó Galves tratando de no sonar tonto.

—Muy evidente, demasiado fácil.

—Quizá sea un antiguo ducto; un desfogue de aguas termales subterráneas.

—Eres un buen hombre de negocios —aseveré burlonamente—.
Kelan y tú llegaron hasta. ¿Qué les impidió examinar de cerca aquella ruina? ¿Por qué no continuaron?

—Porque no tenía sentido seguir.

—¿Cómo?

—No nos esperaban a nosotros, sino a ti.

Galves controló su turbación.

—Se trata de una verdad ingrata. Una revelación humillante, para ser más preciso -agregué con sincera gravedad.

—¿Qué me ocultas, Dan?

—Para qué explicarte, no me creerás.

—Inténtalo —insistió y extrajo de su cinto un tubo de coacción calibrado a máxima intensidad.

—No seas ingenuo -dije antes de mugir y caer adolorido.

—Te escucho…

—Observa, ahí está la respuesta que esperas —balbuceé después de sobreponerme mientras intentaba señalar la boca de piedra.

Mi inquisidor giró su cabeza y entendió todo en una fracción de segundo. El ser que horas antes nos capturó y liberó a Kelan y a mí ya no se encontraba desnudo; una corta túnica blanca cubría su débil y espantoso cuerpo, y mostraba sin pudor alguno su monstruoso rostro lampiño. Mientras aquella hórrida entidad penetraba en la psiquis de Galves a fin de comprobar que él era el elegido, pude leer en sus ojos que su especie, por miles de años, a partir de un mito, consideraba el mundo exterior como un laberinto fantasmal del que intentaba escapar… yo-soy-el-cuerpo que se obsesiona con el pensar para serse y para hacerse... Y seguí leyendo en su mirada, porque la verdad escapa a la conciencia, y fluye, en la medida en que ésta yace siempre como proyecto de algo... No importa lo materializado que estemos, siempre —y mientras nosotros existamos— estaremos alumbrados por este claroscuro. Ustedes, por fin, han emergido del estanque del universo como lo Otro. El soy se halla minotáuricamente en el laberinto colectivo de nuestra nación. Sus ojos se cerraron y me vi arrastrado hacia un profundo sueño.


Después de un largo y escandaloso proceso judicial, el Consejo de los Nueve me halló culpable de los tres cargos que me imputó la Federación Corporativa: negligencia, barbarie y herejía. Antes de partir al vergonzoso exilio, Ulrica consiguió enviarme un mensaje tras sobornar al alcaide de mi prisión. Se trataba de una antiquísima vasija de cerámica decorada con un espantoso grabado. En éste aparecía Galves mientras era victimado por el ser que lo raptó en Creta. Esta evidencia, que hubiera determinado mi ejecución inmediata, parecía murmurar una revelación desde su interior. Llevé su embocadura a mi oreja y creo recordar que oí que la subjetividad resulta tan profunda como ese espacio curvo expandido en el tiempo relativo.

—Desgraciadamente la verdad es una grieta que se abre al misterio del ser —mascullé antes de destrozar aquella pieza entre mis pezuñas.

 

© José Donayre, 2003 descargar pdf

 

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