Escríbale al autor

Francisco Miyagi Díaz
(
Lima, 1971)

 

Estudió CC. CC en la Universidad de Lima. Actualmente estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1997 obtuvo el Primer Premio en el III Concurso Nacional de Escritores Jóvenes, organizado por la APAA.
Desde hace ocho años se desempeña como consultor de Relaciones Públicas y Comunicación Corporativa. Es director de Imago Comunicaciones, y edita la revista de tecnología Channel News Perú.

 

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SAYOKO DENAI
(Tiempo estimado de lectura: 15')


Te juro que practiqué toda la semana, quiero decir siempre que podía o me acordaba. De vez en cuando al operar la máquina chica, la que hay que cargar y calibrar manualmente, y siempre, durante todo el ciclo de torneado, al trabajar con la grande, la automática. Ahí sí repetía una y otra vez, ¿kio wa Sayoko deru ka? Una y otra vez hasta que salían las piezas.
Ya en el apato era diferente, no podía demostrar frente al imbécil de Oshiro que seguía su consejo. Sayoko no se presenta todos los días y no hay ningún cartel de anuncio, así es que si quieren preguntar por ella apréndanse bien esa frase y listo. Pero bien, con la misma entonación que les digo, si no esos huevones se dan cuenta de que no son japoneses y los mandan a la mierda. Ya te imaginas la cara de suficiencia del imbécil, feliz, adoctrinándonos orgulloso. Calín y Yoyi escuchaban atentos, cara de cojudos única, yo, recostado sobre el futón doblado, fingía revisar interesado el Folha de Sao Paulo que recién me había prestado Mamoru, el brasilero de la línea de ensamble. Bueno, el tema es que el imbécil, desde el pedestal en que lo había colocado su última aventura arrecha, se pavoneaba dando clases de cómo parecer un ponja de verdad frente a unos matones de burdel. Yo nada, en el periódico, conmigo no era, ya bastante atención le había prestado antes, pero claro que apuntaba mentalmente las instrucciones de cómo llegar, no me perdía un dato: Hasta Shinjuku por el Yamanote Zen, el verde que da toda la vuelta a Tokio, salida por la puerta norte de la estación, kita guchi, puerta norte, kita guchi, puerta norte se dice kita guchi. De ahí taxi hasta Kabuki Cho, bajar en el primer Seven Eleven, caminar hasta la esquina, derecha, dos cuadras, esquina, derecha otra vez, tercera puerta. Dorada. Sekuzu, escrito en caligrafía katakana, cartel blanco vertical, letras rojas. Sex en azul, más abajo. Diez mil yenes en negro, discretamente en la esquina derecha inferior. Ya si no llegan es que son unos cojudos, dice el imbécil. Igual yo sabía que no iban a ir. Los estúpidos, sí, sí, normal, llegamos. Pero yo sí, de hecho que iba, de ninguna manera me perdería el show realmente increíble, Sayoko la increíble. Luego dije en voz muy baja, ¿kio wa Sayoko deru ka?, y creo que Oshiro me escuchó pero se hizo el huevón al ver que yo seguía "concentrado" en un diario que entendía a medias.

De hecho ya estás totalmente perdido, pues de lo de Sayoko todavía no te he contado casi nada. Así es que entremos en contexto. Pero antes una advertencia. ATENCIÓN, si estas escuchando este cassette en compañía de menores de edad, Pepe por ejemplo, mándalo a otro lado, chau Pepín vaya a hacer la tarea que de hecho tiene por cerros. Ahora tú busca el walkman y vete a tu cuarto, o mejor no, no me gustaría que te termines pajeando mientras me escuchas, mejor ponle los audífonos al equipo y quédate ahí nomás en la sala. Bueno, la cosa es que hace como unas tres semanas, domingo por la tarde, seis más o menos, Oshiro llegó luego de haber dado su vueltita, solo y miserable como siempre. La diferencia es que esta vez estaba totalmente sobreexcitado, tanto que hasta insistió en que yo prestase atención. ¡Esto no me lo van a creer!, decía jadeante. Como si todo lo que nos ha contado antes se lo creyéramos, mejor dicho como si todo lo anterior se lo creyera yo. He encontrado el show más alucinante que puedan imaginar. Ya cuenta nomás y déjame salir a comer, imbécil, pensaba. Estaba andando por Shinjuku y de pronto por algún motivo me sentí tentado de entrar a un local de strip tease. Como todos los domingos, imbécil pajero, sigue, yo. Todo iba normal como siempre, un show común y corriente. Hasta que anuncian a Sayoko. Suena una música de tambores, tran tran tran tran tran tran tran tran, así como de suspenso como en el circo cuando va a pasar algo espectacular, de suspenso pues. Fanfarria imbécil, fanfarria se llama, digo mentalmente ya muy impaciente. Y sale una ponjita normal, buen cuerpo pero nada extraordinario. Baila, se calatea y luego se queda de pie en el escenario mientras unos tipos van trayendo una serie de aparatos raros que ponen frente a ella. Y ahí viene lo increíble. Primero Sayoko invita a alguien del público al escenario. Sube un flaco casi a la fuerza y los tipos, que siguen ahí, lo hacen sentar sobre una especie de carretilla que tiene amarrada una soga. Sayoko sonríe, se echa de espaldas frente a la carretilla, coge la soga que tiene una bola roja en el extremo, separa bien las piernas y se mete la bola en la chucha. Luego en posición de cangrejito empieza a remolcar al flaco por todo el escenario y la gente aplaudiendo como loca. -Como comprenderás en este punto mi impaciencia no existía más. Tu bien sabes que Oshiro es un gran mentiroso, pero sobretodo es imbécil, y esto desbordaba totalmente su capacidad inventiva, por tanto debía ser, en buena parte, cierto- Luego, cuando el flaco ya se bajó del escenario, totalmente colorado, los tipos acomodan algo que parece un blanco para lanzar dardos. Sayoko se acuesta otra vez de espaldas, con las piernas abiertas frente al aparto ese, se coloca una especie de cerbatana en la chucha, y empieza a lanzar como una plumitas con punta de alfiler que se clavan en el blanco, aplausos como la puta madre. -Calín y Yoyi babeaban extasiados y yo trataba de seguir oyendo en silencio- Pero eso no es todo, luego le alcanzan un pucho, y fuma por la chucha, ¡por la chucha carajo! - La cara de Oshiro era una explosión de euforia- Finalmente brinda con el público, le alcanzan una botellita de sake, y con un tubito se lo mete, por supuesto, en la chucha, luego sirve con la chucha, en unas copitas, y se las entrega a los de la primera fila que toman y aplauden felices. ¡Campai!, ¡Campai!, gritan todos, ¡Campai por Sayoko! ¡Y por su chucha! grito yo, eufórico. Oshiro me mira feliz, es la primera vez que escucho una de sus historias hasta el final, pero noto su satisfacción y trato de calmarme, me levanto cuando está a punto de decirme algo y me voy a la calle. Camino al Bulgaru, el restaurante japo-brasileño, pensando sólo en Sayoko su chucha increíble y el bife parmessiana con feijao que iba a pedir.

Como comprenderás no me quedaba más remedio que ir a ver a Sayoko. Así es que al siguiente domingo, tres días antes de grabar éste que estoy seguro será el último cassette que te envíe, enrumbé a Shinjuku. Era mediodía más o menos, tal como recomendó el imbécil. Tokio Station. Yamanote Zen. Shinjuku. Kita Guchi. Taxi. Kabuki Cho. Seven Eleven. Esquina, derecha, esquina, derecha otra vez, tercera puerta. Dorada. Sekuzu. Sex. Diez mil yenes en negro esquina inferior derecha. Llegué.

Voy a la puerta, dorada, y me recibe un tipo igual al del pachinko que está a dos cuadras de mi apato. Pelo con una permanente muy apretada, panchi parma le dicen, camisa de seda abierta hasta el tercer botón, gruesa cadena de oro y lentes oscuros. Hai, irashaii, me dice, no con respeto como en cualquier otro lugar, nada de irashaimase, aquí es sólo irashaii. Lo miro, dudo un par de segundos y digo ¿kio wa Sayoko deru ka?. Ie, kio wa denai, me responde el chimpira, chulillo de yakuza, a la vez que cruza sus brazos en aspa a la altura de mi nariz, acentuando la negativa. Te imaginarás como me quedé. A la mierda todo, una semana practicando, el puta se la cree, pero no es el día de Sayoko, mala suerte. Sekusu. Sex. El chimpira me sigue mirando, ¿haeru ka? Pregunta. Y ya qué mierda, ya estaba allí, a ver a las ponjitas calatas.

Entro. Diez mil yenes, más de dos semanas de comida en Lima, la mitad de la boleta mensual de la Católica de mi hermana, que mierda, entro. Ticket rosado, el mismo que mostró Oshiro durante su relato. Cortina dorada igual que la puerta. Otra vez Irashaii, otro tipo igual, copia del anterior. Panchi parma corre la cortina y un tufo de animal, mezcla de cigarros, sudor y lavanda corriente, me da una última bienvenida.

Dentro es casi igual al strip al que fuimos en Tsurumi la noche anterior a tu regreso a Lima, ambiente muy oscuro, escenario redondo, giratorio para que todos puedan ver bien, y sobre el tapiz rojo una tal Mayu, según anuncia una voz engolada, se contorsiona calata mientras Barry Manilow, al parecer el cantante oficial de los antros japoneses, canta Midnigth. Luego la luz se hace más tenue y Mayu saca de algún lugar en el escenario una pinga de látex negro, se la mete con las piernas bien abiertas para que todos vean y nos inventa un orgasmo. Aplausos.

No hay un solo asiento libre así es que estoy de pie tras las butacas con los otros que han llegado tarde. Tarde siendo eran apenas las doce del día. De pronto me puse a pensar en cualquier mediodía de domingo en Lima, con mi vieja recién llegada de misa, acabando de dejar su librito de cantos en el armario del comedor entra a la cocina y se ata el mandil a la cintura para empezar a preparar el almuerzo. Aquí catorce horas antes pero al fin en el mismo domingo, otra ponjita, Sayuri, un poco más tetona ésta, baila un animado ritmo techno saltando calata sobre su pie izquierdo, el derecho lo ha pasado por detrás de la cabeza, la pierna totalmente extendida hacia arriba, la chucha abierta hacia toda la audiencia encantada. Mediodía dominical en Tokio, y yo estoy parado atrás porque he llegado tarde.

Aún estoy sonriendo por esta idea cuando las luces vuelven a bajar y Sayuri, la tetona, está ahora en el escenario envuelta en una especie de gasa transparente, Manilow canta Mandy y ella de rodillas, con los muslos separados y la espalda tirada hacia atrás, se frota el clítoris con el índice derecho. Un poco más abajo, los dedos de la otra mano mantienen los labios separados, para que todos vean, como siempre. Estoy a punto de irme, sigo molesto por lo de Sayoko, pero Sayuri no me deja, tumbada de espaldas ha separado mucho las piernas y lentamente ha empezado a asomarle por la raja una cosa roja, es un pequeño consolador que ha tenido dentro todo el tiempo. La gente exclama su sorpresa, yo quedo inmóvil y el aparatito rojo se mueve como si tuviera vida propia, entra y sale de Sayuri sin que ésta lo toque, parece ser que lo de Sayoko es toda una escuela aquí.

Intermedio. Compro una lata de Asahi Dry al triple de lo cuesta en la calle y decido que un par más y me largo, de calatas quiero decir. Pienso también en que al salir podría buscar uno de esos bares de fashion massage. ¿Te acuerdas que alguna vez Harada, el boliviano que trabajaba en la línea de montaje tres nos habló de bares en los que por diez mil yenes te dan un par de wiskies y una tía te la chupa ahí nomás mientras tomas? Bueno, eso se llama fashion massage y además me enteré hace poco que hay otros en los que sólo te la corren, esos son los pink saloon. Debo reconocer que esto último lo sé por Oshiro. En fin, te digo que pensaba en ir pero claro ya serían veinte mil, muy caro.

Así, en medio de mis divagaciones pajeras y mamarias el show reinicia y sale Mini, que debe tener por lo menos diez años más que Mayu y Sayuri. Mini se saca la ropa casi sin gracia alguna, luego se tiende al borde del escenario que empieza a girar ahora muy lentamente. Está de cara al público, tendida como la maja de Goya pero con una pierna flexionada hacia arriba, los muslos bien separados. Alguien le alcanza una canastita y anuncian algo por los parlantes, yo no entiendo nada pero la gente de la primera fila se inquieta mucho, de pronto a una señal de Mini se le acercan dos o tres, ella saca unos paños húmedos de la canasta, como los que te dan cuando entras a un restaurante, oshibori, así se llaman. La cosa es que Mini coge tres oshibori y les limpia las manos, luego los tipos empiezan a tocarla. Le aprietan las tetas, le soban las piernas, el culo, entonces alguno más audaz le pone la mano entre las piernas pero es muy tosco o ha tratado de meterle un dedo pues Mini se queja y lo aparta.

El escenario ya no gira y ahora hay una fila para manosear a Mini, yo me abstengo, asqueado, a pesar de que un enano panchi-parma-camisa-de-seda me invita insistentemente, asumo por sus gestos, a formarme y aprovechar mi entrada sobando un poco.

El alboroto pasa, Mini se levanta, otra vez sin ninguna gracia y sale apurada, imagino que directo a bañarse, a quitarse de encima el precio de ser una puta vieja. Pobre Mini, ya no estás para que te miren, si no te dejas manosear te quedas sin chamba.

Cuando ya casi no me queda nada en la lata de Asahi sale Mitsuko al escenario, vestida a lo Geisha, el rostro pintado de blanco, labios muy rojos, la peluca llena de adornos dorados, kimono blanco con flores salmón. Baila al ritmo de un shamisen que un viejo toca sentado atrás. Las manos de Mitsuko, muy blancas también, se mueven delicadamente, danzan mientras abren el kimono para luego perderse en sus anchas mangas, de pronto una aparece arriba acariciando un pezón rosado y casi al mismo tiempo se ve la otra abajo entre las piernas abiertas. Luego gime, se encorva poco a poco hasta quedar de rodillas y cuando ya todos asumimos que viene el final, que se corre para nosotros, se encienden todas las luces, ella se incorpora sonriente y la misma voz que antes invitó a manosear a la pobre vieja Mini, suelta una frase que termina claramente en un Yan Kem Po! casi victorioso. Euforia total, todos levantan el puño derecho, Oshiro también nos había hablado de esto alguna vez: Yan Kem Po colectivo, el que gana sube al escenario y cacha, frente a todos desde luego, pero gratis.

Yo también levanto la mano aunque no puedas creerlo. Se anuncia el inicio del juego y ya la mitad lo ha pensado mejor y baja la mano. Yo no. Yan...Kem...Po! Saco tijera, caen unos diez. Yan...Kem...Po! Piedra esta vez y caen otros diez. Papel. Tijera. Tijera. Luego piedra y cuando menos lo pienso sólo quedamos cinco, estoy a punto de bajar la mano sensatamente pero es Yan...Kem...Po! otra vez, piedra otra vez y ya sólo somos dos. Todos nos miran, incluyendo a Mitsuko que sigue de pie pero ya sin el kimono. Creo que desde entonces, al verla casi de reojo, sentí que había algo raro en su mirada. Tijera, empatamos. Piedra, empatamos. Papel, gané. La gente aplaude, alguien muy sabio me alcanaza un vaso de whisky, el cual seco de un solo trago. El calor del alcohol me ayuda y me dirijo decididamente hacia el escenario, más aplausos.

Mitsuko me saluda inclinando la cabeza, se pone de rodillas y alguien le alcanza la misma canastita que antes usó Mini. Saca un oshibori y rápidamente me suelta la correa, el broche, el cierre. Mi pantalón cae, me baja los calzoncillos y empieza a limpiarme la pinga. Luego vuelve a la canastita saca un condón, y se lo mete en la boca, me la menea un poco pero ahora ya con la vaina afuera me puse más nervioso como comprenderás. Entonces al ver que la cosa no iba muy bien me lame los huevos casi automáticamente y se me arma mejor. Es lo que buscaba, se la mete totalmente en la boca y al sacarla tengo el condón perfectamente puesto, la gente aplaude la demostración destreza, lo cual me hace recordar otra vez que todos me miran, pero afortunadamente las luces sólo apuntan al escenario y no puedo ver las caras, además ya la tengo bien parada. Entonces Mitsuko me da la espalda y se pone en cuatro, en ese momento me doy cuenta que durante todo el proceso anterior no me ha dirigido ni una sola mirada, de manera aparentemente deliberada ha evitado que pueda fijarme en su rostro pintado. A pesar de todo vergonzosa pensé casi sonriendo. Pero aún así sigo inmóvil, de pie, por ello se ve obligada a voltear y decirme algo para animarme, voy a asentir con la cabeza para que ni ella ni nadie se de cuenta que no entiendo nada de lo que me ha dicho y de lo que ahora me dice la voz del parlante y la gente que empieza a desesperarse.

Es entonces que me doy cuenta, compadre, la cara, la mirada, a pesar del rostro pintado de blanco, era la misma familiar mirada. Me arrodillo detrás de ella y veo que entiende que lo sé, que la descubrí, pues ya no puede dejar de verme directo a los ojos, entonces me inclino y le digo al oído, ahora totalmente seguro y excitado por lo increíble de la casualidad, del descubrimiento -no me mires más puta de mierda y acomódate bien.- Podría jurar que la oí sollozar cuando se la metí, luego a cada embate de mis caderas me parecía oír más fuerte ese llanto chiquito. Aumenté el ritmo, con fuerza, con rabia y luego fingí que me corría, la gente aplaudió.

Rápidamente Mitsuko se vuelve me saca el condón y me la limpia otra vez, las manos le tiemblan y creo que no se da ni cuenta de que no hay nada que limpiar. Por un momento intento acercarme y decirle algo más, preguntarle, pero no puedo, se levanta y sale casi corriendo. Pero da igual, qué podría haberle dicho, qué podría haberle preguntado o reclamado ahí, en ese momento. Total lo único que queda es lo que es maestro. Mariella, tu Mariella, Mitsuko, no va a volver viejo, no la esperes más. Por eso no la di, de otro modo yo también te hubiera traicionado. Chau compadre.

 

© Francisco Miyagi, 2004 descargar pdf

 

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