Escríbale al autor

Mª Ángeles Martinez García
(
Cadiz, España)

 

Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Sevilla (España). Actualmente prepara su tesis doctoral especializada en temas de narración y mito en literatura y cine. Escritora aficionada desde siempre, ha asistido a cursos de creación literaria y ha publicado algún cuento en volúmenes colectivos impresos. Ha sido profesora del área de Audiovisual en la Universidad San Antonio de Murcia.

 

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INSOMNIO
(Tiempo estimado de lectura: 9')


Aquella noche, Laura se acostó temprano. Había sido un duro día de trabajo y se sentía agotada. A eso de las diez, ya tenía puesto el pijama y se disponía a calentar un vaso de leche para dormir tranquila. Llegó a la cocina, sacó el cartón de leche, cogió un vaso del mueble de encima del fregadero y echó el líquido en un cazo. Buscó en su sitio el encendedor, pero no estaba allí. Miró por todas partes y lo encontró al fin entre las especies. No recordaba haberlo puesto en ese lugar. Ni siquiera se sentó para beberse la leche. De pie, apoyada en el borde de la mesa, vació la taza a sorbitos pequeños. Luego la dejó en el fregadero y la llenó de agua.

Se dirigió hacia su cuarto, retiró la ropa de la cama y se dispuso a leer unas páginas de la novela que tenía a medias, sentada, apoyada sobre la almohada. Era una novela de misterio, de detectives privados demasiado listos y víctimas inocentes. Sus párpados iban cayendo poco a poco, y después de media hora de lectura ya no era capaz de seguir la historia; así que cerró el libro y lo dejó caer al lado de la cama.

Apagó la luz de la mesita de noche y se arropó, dando media vuelta.

Al cabo de una hora despertó. No estaba durmiendo tranquila. Intentó conciliar el sueño de nuevo pero no lo consiguió. Sus párpados estaban pegados, pero no podía quedarse dormida. Daba vueltas y vueltas en la cama y al cabo se dio cuenta de que tenía toda la sábana en los pies.

Sentía el tacto de la manta en sus manos y en su cara y eso le disgustaba. Se incorporó para ordenar un poco el barullo que había formado gracias al insomnio y, justo en el momento de quedarse sentada abrió los ojos. Se dio cuenta entonces de que la luz del pasillo estaba encendida. Se había olvidado de apagarla antes de acostarse; estaba tan cansada que ni siquiera se acordó. Vaya despiste, pensó. Se levantó. Sus pies desnudos entraron en contacto con el suelo helado y eso la despabiló un poco. Apagó la luz y volvió completamente a oscuras a su cama. Se arropó e intentó conciliar el sueño de nuevo. No fue fácil esta vez; incluso más difícil que al principio. Cerró los ojos concienzudamente y permaneció así durante al menos una hora; no podía dormirse. Entonces abrió los ojos un segundo -se sentía incómoda de tenerlos fuertemente cerrados- y adivinó en la oscuridad una tenue luz lejana. ¿De dónde podía ser? Juraría haber apagado la luz de la cocina al salir.

No podía dormir pensando en que había una luz encendida. Así es que volvió a levantarse a oscuras, dejándose guiar sólo por el débil destello de aquella luz. Ahora sentía que el frío de los pies se estaba contagiando a todo su cuerpo. Andaba despacio, tenía los ojos abiertos como platos y los brazos sueltos a lo largo de su cuerpo. Los pantalones de su pijama arrastraban un poco y en el silencio de la noche sólo se oía el restregar de la tela por el suelo. Por fin, llegó a la cocina. Todo estaba en orden; entró y echó un vistazo: el cazo, el cartón de leche y el vaso encima de la mesa. Juraría que lo había metido en el fregadero. Giró sobre sus pies y presionó el interruptor. Todo quedó a oscuras de nuevo. Volvió hacia su cuarto, pero apresuró el paso. Tenía frío.

Al llegar a su cuarto, se detuvo; se acercó a la cama y tanteó la ropa. Le daba la impresión de que la cama estaba hecha. Rápidamente, encendió la luz. En efecto, la ropa de la cama estaba perfectamente estirada y los cojines puestos tal y como ella solía dejarlos por las mañanas antes de irse a trabajar. Se asustó, Laura sintió algo en su interior que la impulsó a deshacer rápidamente la cama y a meterse dentro como un robot. Cuando estuvo arropada hasta el cuello, miró a su alrededor. El silencio de la noche era lo único que podía oír. Sacó uno de sus brazos y apagó la luz de la cabecera. Todo a oscuras de nuevo.

Laura permanecía con los ojos bien abiertos, tapada hasta la nariz y con la respiración entrecortada. Después de una hora, consiguió cerrar los ojos, pero no dormirse. Apretaba los párpados fuertemente, pero no dejaba de ver en su mente el vaso de leche y la cama estirada. Poco después, sintió un fuerte dolor en los ojos, debido al esfuerzo que hacía, y tuvo que abrirlos de nuevo. Oyó un goteo que no había percibido antes. Era lento y lejano, de más allá de la cocina, quizás del cuarto de baño y, sin duda, no lo había escuchado antes.

Laura respiraba más deprisa y se tapó hasta los ojos. Pensó que no podría dormirse con aquel ruido martilleando sus oídos y decidió levantarse de nuevo. Se destapó y sintió que debía ser una hora avanzada de la madrugada porque el frío le calaba los huesos a través del pijama de lino. Anduvo hasta la puerta de la habitación y se dispuso a recorrer el largo pasillo hasta el cuarto de baño. Iba despacio y unas gotas de sudor frío como el hielo le caían por la frente hasta los ojos. Sentía cómo le temblaban los pies y apenas podía mantenerse; por eso, se iba apoyando con las manos en ambas paredes del pasillo.

Tras el recorrido, llegó al cuarto de baño; la luz de la luna entraba por la pequeña ventana situada justo encima de la bañera e iluminaba prácticamente toda la habitación. Pudo ver entonces que el tapón de la bañera estaba puesto y esta estaba llena hasta la mitad. El grifo goteaba despacio pero constantemente. En menos de un segundo, cerró rápidamente el grifo y se volvió.

Entonces, vio un bulto negro corriendo al final del pasillo y entrando en su cuarto. Se quedó paralizada. Una mueca de terror se dibujó en su rostro y abrió los ojos tanto como pudo.
Tras un par de minutos, consiguió dar un paso. Avanzó lentamente y llegó hasta la puerta de su habitación. Un grito rompió el silencio: había visto el bulto en su cama, entre las sábanas. Se dio la vuelta y corrió de nuevo hacia el cuarto de baño.

El pasillo se hacía más y más largo. Corría desesperadamente sin mirar atrás por miedo a confirmar la presencia de alguien cuyos pasos escuchaba tras de sí, cada vez más cerca.

Por fin, llegó al salón.

Se paró delante de la cristalera del fondo, se giró y vio el bulto negro acercarse a ella.

Dio unos pasos hacia atrás… y los cristales no pudieron aguantar el peso de Laura.

 

© Mª Ángeles Martinez García, 2004 descargar pdf

 

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