Escríbale al autor

Ester Rabasco Masías
(
Lérida, 1967)

 

Es profesora del Instituto Cervantes de Moscú (Rusia). Sus pocos trabajos publicados son ante todo traducciones en colaboración con Bogumila Wyrzykowska: del español al polaco, el cuento "Bestial entre las flores" y fragmentos de la novela Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas (Literatura na Swiecie, 1999); del polaco al español: la traducción de la novela Un lugar llamado Antaño de Olga Tokarczuk (Ed. Lumen. Barcelona, 2001); una traducción en colaboración con J.M. Sala-Valldaura del polaco al catalán del poema "La locomotora" de Julian Tuwim (Instituto Mickiewicz. Cracovia. 2002); y el cuento: "Bolero" ("Letralia", año VIII, nº 95, 7 de julio de 2003).

 

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TERESA TRAS LA CURVA
(Tiempo estimado de lectura: 8')

A Teresa, con su nombre, porque jamás la inventaré mejor de lo que es


Tras la curva, estaba la casa, justo delante del camino que llevaba al pueblo. Era una casa rosada cercada de flores, llena de contraventanas abiertas por todas partes, con el tejado verde y el olfato de su chimenea asomando entre los pinos.
Cuando llegábamos en coche, lo primero que buscábamos con los ojos era su estilizada silueta, encajada en el ventanal de la cocina, esperándonos. Siempre con las manos blancas hundidas en la artesa de madera, alzándolas en cuanto nos veía y provocando una lluvia de nieve en su bola de cristal.

Teresa sonreía y elevaba el reverso de la mano y desnudaba su frente de sudor. Había sido muy bella y para mí era un acto mágico recuperarla con el cuerpo liso y recién esculpido entre los tonos blancos y negros de su álbum más secreto. Y estaba segura de que la metamorfosis había tenido lugar de repente, en un pasado cercano, en algún lugar oscuro, sin el cual mi abuela siempre hubiera seguido siendo joven. Cuando me acercaba a ella, olía a yema de huevo, un perfume profundo de óvulo embrionado, aroma de siglos trenzados para crearla a ella y desde sus quimeras mi mundo. Antes de la batalla, juntas e incluso demasiado serias, nos situábamos frente a la mesa arrinconada y les otorgábamos su justo lugar a los ingredientes: la harina inundándolo todo, el impaciente cazo de agua a mano, las desconsoladas claras, la todopoderosa levadura, el prometedor chocolate en polvo y los reflejos cristalinos del azúcar. Los demás eran siempre voces de fondo que los otros arrojaban: los preparativos para la recolección de ciruelas, las últimas desgracias de los vecinos, los ineludibles sobornos de médicos, el ridículo precio de compra de la fruta recogida, el radical cambio de las adolescentes en el pueblo, la omnipresencia de las telenovelas, los viajes a las fronteras vecinas y los trabajos temporales en las más lejanas... Mientras, Teresa y yo conversábamos con nuestras manos y mejillas, porque con la danza de nuestros dedos venían los efluvios de la masa cruda que aplastábamos con las palmas y que surcábamos con la tensión de nuestros dedos, luego nos llevábamos la pasta a las mejillas y cerrábamos los ojos. ¿Qué sientes? Me preguntó un día. Yo bajé los párpados y dije que la calma del sueño eterno y a Teresa se le fueron las pupilas lejos y tuve que tocarle el brazo para que volviera.

En ocasiones, eran ellos quienes entraban y nos interrumpían para que ella regresara de sus viajes ancestrales, como solían decirle cariñosamente. Acaparaban la mesa del mirador que el paciente esposo le había adosado a la cocina especialmente para sus fantasías y empezaban a levitar fuentes de embutidos, de ahumados y de quesos entre ornamentos de lechuga, las bandejitas de rábanos, tomates y pepinos troceados, el cuenco de la ensaladilla, las carnes empanadas, los platos de col, los caldos y las fuentes de pasta, la sopa de remolacha, la morcilla y las empanadillas de alforfón, el pollo asado y el puré de patata adornado con hinojo, las setas encurtidas, las tortas de chocolate y las de crema, los crepes de bayas del bosque, la mantequillera, la salsa de raíz de nabo, las compotas y la tetera, las bocas llenas y los estómagos felices, los aromas y las suculencias entre dientes sonrientes, el pan de centeno con pepitas de girasol en mi boca, mi vestido manchado de vitaminas perdidas y entre los platos sus baladas de poetas, sus citas imprevisibles, sus chistes y su colección de anécdotas. Porque cuando a Teresa la rodeaban, ella era la dama de la corte, la aristócrata que contentaba el paladar y la sed del alma, quien chasqueaba los dedos para que sonara la música, las canciones y los juegos. Porque allí hasta quienes la superaban en edad, habían crecido con las rimas de las estrofas que ella absorbía con pajitas de una simple lectura. Estar con ella era como tumbarse en el agua y dejarse llevar por mareas de versos y de abrazos.

Aunque eso no era todo. Y estaban los otros días, los de lluvia y cigarrillos mentolados consumidos junto al cristal, las tazas de café acumuladas en el cielo gris, cuando empezaban las tormentas de su alma y nos huía a todos y enmudecía. Cuando la única presencia que permitía era la mía, la más voluble, la única que la acompañaba en sus pesadillas para que no le temblara el cuerpo, para que los escalofríos no la sumergieran para siempre entre la nada, para arrancarle las escamas que brotaban sobre el ámbar de su piel y las algas que su cuerpo destilaba. Era yo quien al final la empujaba entre imágenes al presente, para que se sentara y respirara hondo y recuperara el oxígeno y expulsara el dióxido. Luego, despertaba blanca y llena de aire y con pasos de bailarina iba a hasta la repisa de la chimenea y rozaba las imágenes de sus hijos ausentes, se volvía hacia mí y me sonreía y me decía que había estado con él, con mi padre, y me narraba las conversaciones que habían tenido sobre cine y teatro mientras me abrazaba o dibujábamos animales en el vaho de los cristales.

Y así se le fueron pasando los años y las semanas santas y las navidades y los veranos de bicicletas y de amores ajenos. Ellos siguieron llegando para ausentarse y despidiéndose para regresar de nuevo. Y con ellos yo. A mí me gustaba sorprenderla la última, escondida entre sus bolsas y sus coches, desde el ajetreo de la ciudad, dispuestos a acariciarla y a mecerse en el bálsamo de su cuello, eternamente necesitados de ella. Su marido, anegado entre las plantas, al momento, se dirigía con su dentadura alegre a la leñera para recoger unos troncos y encender el fuego de la chimenea. Después, se apoyaba sobre el marco de las llamas y alzaba la voz entusiasmado.

Yo siempre tuve siete años y nunca la abandoné. Nunca hubiera desertado porque ella me creó para acariciarle el pelo y para que mis ojos la consolaran de la ausencia de mi padre. Aunque yo a él jamás lo conocí. Porque yo nunca pude llegar a nacer, según recordaban ellos entre susurros, repitiendo que las versiones eran demasiadas para poder llegar a saber alguna vez la verdad. Y luego se quedaban observándola, silenciosos e inmóviles y la creían sentada y sola con los ojos ausentes junto al marco de la hoguera...

Porque ellos no saben ni ven en esos instantes que ya forman parte de la eternidad cómo ella me toma las manos y me dice que no tema nada ni a nadie y me revela que el tiempo es una enorme ave de colores que planea desde lo alto del firmamento y que a veces está tan ebria de vida que se arroja para volar a ras de tierra y que lo mejor entonces es cerrar los ojos y dejarse arrastrar por su vuelo...

Teresa, moja kochana babcia Teresa, mi amada abuela...


Varsovia- Moscú, 7 de marzo de 2004

 

© Ester R. M, 2004 descargar pdf

 

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