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Omar Guerrero Alvarado
(
Lima, 1977)

 

Es bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente se desempeña como librero en librerías Crisol y prepara su tesis sobre la narrativa de Mario Bellatín. Es colaborador frecuente de El Hablador.

 

 
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LA FABULOSA LITERATURA HÚNGARA
(Tiempo estimado de lectura:15')

1

En una de esas largas conversaciones que sostenía con mi amigo Enrique Vila-Matas, surgió la pregunta de cuál era considerada la mejor literatura del mundo. Después de un breve silencio, su respuesta se dejó escuchar como un estertor. La literatura húngara, por supuesto. Y entonces todo quedó suspendido...

Ante mi falta de conocimiento, no me quedó más remedio que callar como normalmente ocurre cuando se desconoce algo. Situación que realmente odiaba, sobretodo si se daba el caso con Enrique. A pesar de ello, él no dejaba de ser mi amigo.
Tal vez como acto de solidaridad —o de piedad intelectual— Enrique me alcanzó algunos ejemplares que resultaron ser unas verdaderas joyas. Todo bajo la condición de devolvérselos una vez que los leyera.

La selección no pudo ser más precisa. Entre mis manos se encontraba la obra de Gyulla Illés, donde se incluía Gente de las pusztas. Algo que realmente era digno de venerar. (Recordé que ya había oído anteriormente de Gyulla Illés, y que además ya había tenido la oportunidad de hojear su obra, por eso la elegí como el primer libro a leer; por no decir, para devorar.) También se encontraban algunos nombres que realmente consideré difícil de nombrar. Deszo Kostolányi, Lászlo Krasnahorkai, István Orkeny, Miklós Szentkuthy, Antal Szerb, Lászlo Passuth, Sandor Marai e Imre Kertész. Este último con gran inclinación al reconocimiento, según palabras de Enrique.

Por mi parte —y haciendo mención a este caso— desconocía también sus períodos. No sabía quién estaba vivo o quién estaba muerto. Tan sólo tenía la referencia de que ellos eran más que brillantes. Algo totalmente fuera de serie.

Ya en mi privacidad, después de haber leído a Illés, continué al azar, dando esta vez con un autor que hasta ahora considero como el único. El estímulo obtenido a través de su lectura, me impulsó a escribir bajo su influencia. El elegido había sido Lászlo Passuth, cuya novela El dios de la lluvia llora sobre México, me dejó más que perplejo, casi iluminado, expedito para dar vuelta al sentido de mi escritura, y si fuera posible, de la literatura misma.

Al comunicárselo a Enrique, aún con esa emoción de haber encontrado un giro a mi creación, sólo tuve el desagrado de recibir una carcajada de su parte. En ese momento lo detesté como a veces se detestan a los amigos cuando no coinciden en sus pareceres. Luego preferí tomar ese hecho como pasajero. Consideré que era lo mejor.

2

Mientras escribía bajo esa influencia, el deleite hacia los escritores húngaros fue en aumento. A Szentkuthy, Marai y Kertész los leí al mismo tiempo. Algunas veces no conciliaba el sueño por estar pendiente de esas historias que variaban de lo estrepitoso a lo calmo, de lo común a lo conmovedor. Hasta llegué a obviar la escritura en una que otra ocasión por avanzar lo más rápido esas lecturas, hasta lograr llegar a la última página con la satisfacción semejante a la de un placer logrado.

Era tan igual como un orgasmo al que luego califiqué como intelectual. Un orgasmo intelectual que se repetía una y otra vez con esos escritores y sus maravillosas invenciones. Por eso decidí buscar más libros de ellos sin importarme la combinación de géneros. Ahora, cualquier entrega literaria de estos grandes me resultaría más que satisfactoria. Yo soy narrador, pero no niego ninguna incursión en la poesía o en la dramaturgia, o en la misma creación de guiones. Me gusta el cine, pero en estos momentos prefiero quedarme con las lecturas. Por supuesto que debido a ellas ya no veo a Enrique.

Tampoco nos llamamos. Supongo que estará esperando que cumpla mi palabra de devolverle sus libros; o tal vez esté sumergido en la escritura como a veces me sucede, sin acordarse siquiera que aún tengo sus más preciadas "joyas".

3

Entre Marai y Kertész, me quedo con el segundo. Su condición de judío sobreviviente ha llegado hasta a conmoverme. Me ha estremecido hasta los ligamentos, por decirlo de alguna manera. Es directo y metódico. Diría que hasta reflexivo. Su escritura es suprema en las formas representativas. Realmente lo envidio. No sólo he leído el ejemplar de Sin destino que me prestó Enrique. Sino también Diario de la galera y Un instante de silencio en el paredón. Su libro Yo, otro aún no lo encuentro en ninguna librería. Hasta he llegado a saber que está escribiendo otra novela con la misma temática. Pienso que tengo que conocerlo… En cuanto a Marai también me hubiera gustado estrecharle la mano, lamentablemente ya está muerto. Lo supe al revisar alguna información acerca de ellos. Ambos son buenos escritores. Pero como ya lo mencioné, prefiero a Kertész.

4

Una amiga catedrática al enterarse de mi afición por los escritores húngaros, me instó a presentarle un artículo que revelara los dones de esta literatura. Lo publicaría en su revista literaria como uno de los artículos principales. La edición ya estaba casi completa. Esperarían una semana para que mi trabajo se incluyera, al igual que un cuento de Enrique Vila-Matas —mi amigo—. Pensé que era extraño, ya que Enrique no escribía cuentos. Hasta el momento sólo había escrito novelas. Luego me enteré que se trataba de unas reseñas que habían tardado en llegar. Como ella misma dijo, Enrique siempre era impredecible.

5

Al darse la publicación de mi artículo, inmediatamente fui solicitado para presentar una ponencia en un congreso a realizarse en Budapest. Para ese entonces ya había presentado mi libro de cuentos Los olvidados, en homenaje a todos esos escritores húngaros. A pesar de los esfuerzos, el libro no fue muy bien acogido. (Aquella vez Enrique no pudo presentarlo por motivos de viaje.)

Tomando en cuenta la ponencia, pensé que debía centrarme en uno sólo. Kertész se presentaba como el elegido, pero de un momento a otro cambié de planes y elegí a Kosztolányi. Puse manos a la obra y en cuatro días logré un ensayo cuyo tema iba en torno a las cuestiones del sujeto en Alondra, su libro más reconocido. Una vez cumplido el trabajo, lo envié por correo. Dos semanas después me llegaba formalmente la invitación del congreso de literatura. En el programa se indicaba la fecha y hora de mi ponencia. También señalaban el resto de actividades a realizarse. Mi nombre figuraba como parte de los escritores invitados. El nombre de Enrique también aparecía.

6

Una vez en Budapest, y ya encandilado con el Danubio, me interné en el hotel con el afán de escribir.

Siempre he creído que no existe nada mejor que una nueva ciudad —ignota en su totalidad— para que el escritor dé rienda suelta a su creación. Creo que el oficio de la escritura se complementa con la sensación de encontrarse en un nuevo espacio digno de la exploración.

7

Supe que Enrique se iba a hospedar en la casa de un escritor húngaro. No sabía con exactitud cual. En lo que iba del congreso no lo había visto en ninguna ocasión. Pensé que lo encontraría en la inauguración, pero luego me enteré que su vuelo se había retrasado. Esto hizo que llegara a la noche de ese mismo día. A pesar de eso, Enrique aún no se había presentado en el congreso.

En la recepción, la traductora que me designaron tardó en presentarme a la mayoría de intelectuales. No podía negar estar desconcertado. Casi todo era deslumbrante. Había demasiada gente. Yo me encontraba entre ellos vislumbrando toda esa convocatoria que sólo se logra a través de literaturas como la húngara. Muy lejos de mí logré divisar a Imre Kertész que iba acompañado por unos estudiantes que al parecer le estaban haciendo una entrevista.

El ruido de las voces, conjuntamente con la algarabía de algunos presentes, hacía que me desorbitara, sobretodo cuanto intentaba reconocer o entender alguna palabra —por lo menos— del idioma húngaro.

Más tarde me pude dar cuenta que mi traductora no me tomaba muy en cuenta. Se distraía fácilmente con la presencia de otros escritores que tal vez consideraba como más importantes que yo. Fue en uno de esos momentos cuando en su emoción me arrastró inconscientemente hasta la entrada del salón para dar la bienvenida a otro fuera de serie que, como era de suponer, yo desconocía. Su nombre era Ádam Bodor, que venía secundado por el no menos célebre Péter Esterházy. Entonces ocurrió un hecho que quedaría en mi memoria. Kertész interrumpió su propia entrevista para acercarse a saludar a Bodor. Un abrazo caluroso, y unas palabras inteligibles muy cerca de sus rostros, mostraban el afecto que se tenían ambos; o al menos eso parecía. Luego Esterházy saludó a Kertész, y un sinnúmero de fotografías se dispararon para que sirviera de portada al día siguiente en los principales diarios o revistas culturales de Hungría. Como era de suponer, los aplausos no se hicieron esperar.

Una vez apaciguado todo, y bajo mi empecinamiento, mi traductora logró capturar a Esterházy. Me lo presentó y entablamos una pequeña conversación. Hasta llegamos a intercambiar algunas ideas, teniendo siempre como intermediaria a esa mujer que no controlaba sus ímpetus al observar lujuriosamente a mi colega húngaro. Le hablé de mi libro Los olvidados, al cual celebró con una mueca que consideré inolvidable; persuadiéndome luego de que le obsequie uno, prometiéndome que lo leería con absoluta detención.

Por mi parte también prometí lo mismo con el libro Los verbos auxiliares del corazón, al cual mi traductora se encargó de describirlo como una novela realmente maravillosa. Algo que no se comparaba a lo que anteriormente ella había leído.

8

Al terminar el primer día del congreso, y al haber vivido todas esas experiencias juntas, tomé la opción de continuar con lo había empezado a escribir en el avión, a pesar de sentirme realmente extenuado.

Normalmente me sucede que al tener una idea que puede desembocar en un cuento o novela, es bueno anotar la primera frase o imagen que aparecen como un efímero resplandor o como un trueno. De ese hecho, del que algunos llaman inspiración o visión creativa, sucede el verdadero trabajo del escritor. La continuidad de esa primera idea es la elaboración de esa completa imaginación, que fácil o difícilmente puede brindarse el escritor como un regalo que en primera instancia sólo le concierne a sí mismo, luego cede este hecho a sus lectores. Este es un hecho que considero como el más fabuloso que puede haber dentro de la escritura, sobretodo si desde la ventana de mi habitación logro ver las pequeñas luces y la noche mágica que brinda Budapest.

9

Al día siguiente, al terminar mi ponencia, los aplausos de compromiso apenas se lograron escuchar. Había poca gente en el auditorio. Hasta los podía contar en cuestión de segundos con sólo ampliar mi mirada. Frente a esa mínima audiencia, no podía evitar sentirme completamente extraño al ver que nadie daba una pregunta a lo que había expuesto. En un momento llegué a creer que mi traductora podría haberme boicoteado, sobretodo por mirarme con fastidio. De repente por tratarse de mí o porque la obligué a conseguirme un ejemplar de la novela de Esterházy en el idioma que me competía. A lo cual obedeció de mala gana, trayéndome luego una edición que en realidad dejaba mucho que desear.

Después de sentir la libertad de ya no tener ningún compromiso en aquel congreso, me liberé de mi traductora con la seguridad de que ella también pedía lo mismo. Parecía que ya empezábamos a odiarnos. Por eso dejé que desapareciera, al igual que yo lo hice, refugiándome en el salón de recesos con la seguridad de que podía arreglármelas sin ella.

10

Lo bueno de estos congresos es que a pesar de no ser una eminencia, aún te consideran como parte de un grupo de privilegiados. No importa el aspecto que tengas. Tan sólo es suficiente llevar la identidad del escritor para que seas parte de ese círculo de personas a las que puedes odiar o amar, siempre bajo un profundo respeto. Porque lo reconozco. En mi juventud, mientras buscaba convertirme en escritor con mi primera novela, consideraba algunos escritores como realmente detestables. Ya sea por la indiferencia que me dieron en el momento que intenté conciliar algo con ellos, o porque simplemente nunca se dignaron a mirar debajo de su hombro. Sí, los odiaba, tan igual como idolatraba a otros que sí llegaron a ser mis amigos; siempre bajo un profundo respeto, ya que ellos, odiados o amados, seguían siendo escritores.

11

Tomé el punto de las consideraciones que recibían los escritores al corroborar todo ese privilegio que me era dado a pesar de que aún sentía un sabor amargo al pensar en mi ponencia. Sé que no llego al calibre de Kertész, Esterházy o de Enrique. Pero la seriedad que mostraron los concurrentes al verme entrar a la sala de recesos me fue más que suficiente para sentirme bien. Un confortable mueble me esperaba para poder descansar un momento. A un extremo se encontraba un joven escritor peruano que saludé con un leve gesto de cortesía. De seguro que también se encontraba en las mismas condiciones que las mías, pensé. A pesar de no ser del todo reconocido, me agradó que una muchacha —completamente fea. Pero eso no importaba— se acercara y me pidiera las clásicas pautas que todo escritor debe decir para que otro joven aspirante adquiera el oficio. Al dar mis respuestas, la muchacha sonreía tan igual como lo hacía el joven escritor peruano que lograba oír todo lo yo que decía. Ambos mostraban variantes de un mismo interés. Ella porque lo tomaba como una regla a seguir, y él —tal vez— porque lo tomaba como algo netamente comparativo.

Al terminar mi perorata, la muchacha pidió mi firma en el tríptico que llevaba el programa del congreso. Justo a la altura donde figuraba mi nombre con el título de mi ponencia de Kosztolányi. Pareció ridículo, pero me gustó, hasta llegué a sonreír, buscando luego una complicidad con mi sonrisa que parecía liberada de cualquier mal rato. Al buscar la presencia del joven escritor peruano para compartir esa aventura, él ya había desaparecido. Hasta ahora trato de saber su nombre…

Minutos después solicité una bebida y opté por algo de licor.

Mientras degustaba de mi copa, leyendo al mismo tiempo la edición ridícula del libro de Esterházy, sucedió lo que muy en el fondo tal vez estaba esperando. Enrique hacía su entrada al salón de recesos, logrando un gran interés de todos los presentes, inclusive del mío. Sobretodo porque venía acompañado de quien yo hubiese dado todo por haber hablado con él. Imre Kertész venía a su lado, o mejor dicho, Enrique venía al lado de Kertész. Ambos hablaban y sonreían como si se conocieran de mucho tiempo. Entonces surgía la incógnita en mí de en qué momento Enrique había aprendido hablar húngaro. O tal vez se había llegado al acuerdo de que Kertész hablara otro idioma común con Enrique. Esa deducción me hizo sentir como si realmente me encontrara en el extremo. Podía odiar a Enrique, a pesar de que seguía siendo mi amigo.

También podía hacer lo mismo con Kertész, ya que hasta el momento no había tenido oportunidad de acercármele. También empecé a odiar a mi traductora, que a pesar de su esfuerzo de presentarme a Esterházy, yo hubiese preferido mil veces a Kertész. Entonces también comencé a odiarme a mí mismo por ser y estar como estaba. En el extremo.
Hice el esfuerzo denodado de acercarme, llamando desesperadamente a Enrique para que me viera. Situación realmente absurda, ya que al igual que yo, él también estaba enterado de mi presencia. Lo más seguro sería que también haya leído mi nombre en el programa. Algo común que él prefirió obviar.

Al imponer mi terquedad, abriéndome paso entre fotógrafos y estudiantes, logré rozar entonces el hombro de mi amigo Enrique Vila-Matas que, al verme, sólo atinó a señalarme con el dedo índice. Su sonrisa era más que elocuente, sobre todo por llevar un cigarrillo en ristre. Con ella, y con ese breve gesto, Enrique me lo decía todo. Pude descubrir que decía ser mi amigo pero que en ese momento no se encontraba dispuesto. Que a su lado estaba Imre Kertész y nadie más. Que él era Enrique Vila-Matas, y que en ese momento estaba logrando una verdadera conmoción. Lo corroboré al ver detrás de ellos, en medio de su séquito, a mi insoportable traductora. Mi caso, como siempre había sucedido, era que yo podía ser un escritor al igual que él, pero de menor grado. Aún no era del todo reconocido. Que gracias a él conocí la fabulosa literatura húngara, y por ende, me encontraba en ese congreso. Que a veces podía resultar insoportable y hostigante hasta conmigo mismo. Que podía ser un perdedor. Que aún, con la edad que tenía, dependía de las influencias como pasó con mis cuentos que tenían tanto de Passuth. Que yo no debí nunca intentar ponerme a nivel. Que mi escritura, al igual que mi persona, siempre estarían supeditadas a la sombra de otro, como aquella que pertenecía a Kertész o a la de él, justo en el momento que pasaron por mi lado.

12

Ya de regreso a mi ciudad, y aún con la melancolía que producen lugares como Budapest, me propuse a ordenar los estantes de libros que se distribuían por los distintos espacios de mi casa. En el contestador automático, la voz de Enrique se repetía insistentemente con el único fin de saber de mí y de sus "joyas". Al lado de los libros que eran de mi propiedad, se encontraban los suyos, perfectamente cuidados con ese celo que a veces es difícil de definir. Se encontraban en orden alfabético para mayor facilidad de hallarlos en caso de citarlos o de volverlos a leer. Sobre todo lo segundo, considerado por mi parte como un placer que siempre recomiendo. En el caso de evitar extravíos, siempre los marco con algo que me diferencie y que al mismo tiempo me resulte fácil de reconocer. En el caso de los libros de Enrique, conscientemente o tal vez por revancha, había borrado su nombre como signo de pertenencia. Peculiar hecho del que —hasta el momento— no me arrepiento.

13

Ahora más que nunca sigo escribiendo con el único afán de perfeccionarme. Tal vez por el deseo de llegar a tener algún día el nivel de aquella maravillosa literatura húngara. O tal vez para que en el futuro pueda departir experiencias con escritores de la talla de Kertész o de sus otros compatriotas. Aún los sigo leyendo, a veces hasta me aboco solamente a releerlos. Marcando y haciendo anotaciones en los márgenes de todos los libros que ahora poseo, inclusive en los que en un comienzo no fueron míos, aunque eso ahora ya no sea tan relevante.


Noviembre 1999

© Omar Guerrero Alvarado, 2004 descargar pdf

 

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