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Críticos
y escritores
Otro
aspecto importante de la crítica —que muchas
veces funciona como las dos caras de Jano— es
su vínculo con los autores, con los productores
de textos. Como toda relación, conlleva su dosis
de amor-odio, a manera de simbiosis en la que una instancia
no puede vivir sin la otra aunque no se soporten. Los
autores necesitan a sus destinatarios, que son los lectores,
pero también a los críticos, que ocupan
precisamente el lugar de filtro por el cual el texto
alcanza a la mayoritaria masa lectora. Es una posición
intermedia que ha sido objeto de diversos puntos de
vista. Desde clichés románticos (frustración
literaria, complejo de Torquemada) hasta muestras de
mayor apertura.
Baudelaire,
por ejemplo, fue uno de los primeros en asumir una mirada
moderna: la crítica es otra forma de género
literario. Es asumir de manera consciente y creativa
una disciplina que se debería caracterizar por
su rigurosidad, pero también por su plasticidad.
Cuando el autor de Las flores del mal afirma
que una obra de arte siempre hace crítica de
arte, está razonando en el sentido en que casi
100 años después lo haría Tzvetan
Todorov cuando sostiene que la tradición literaria
se forja en función del diálogo de las
obras entre sí. Otros que recogen el guante de
Baudelaire serían, por ejemplo, Walter Benjamin
y Roland Barthes, que hacen de la crítica un
gesto en el que ponen su ser en juego.
Por
eso resultan incomprensibles los aspavientos de algunos
jóvenes escritores y poetas peruanos que insisten
en separar las aguas de la escritura crítica
y la escritura creativa, como si fueran dos entes aislados,
cada uno siguiendo su propio derrotero. Lo curioso del
caso es que ellos mismos le otorgan preeminencia y autoridad
a la crítica literaria, pero cuando ésta
no les favorece, inmediatamente la descalifican. Aplican
lo que se conoce en el medio como “crítica
de ventilador”: en otras palabras, lanzan sus
comentarios por lo general con el hígado, en
plan “como no me hacen caso, ninguneo total”.
¿Acaso los poetas y narradores que recién
empiezan se sienten intocables? ¿Desde qué
alturas las musas los han iluminado con los dones de
la clarividencia y la infalibilidad?
También
están confundiendo niveles. Una cosa es la actualidad
literaria —cobertura periodística, presentaciones
de libros, etcétera— y otro la crítica,
que requiere un metalenguaje, una aproximación
específica al texto, con herramientas de trabajo
proporcionadas por un conocimiento determinado del fenómeno
literario. Lo que estos escritores reclaman es, a mi
juicio, más lo primero que lo segundo. Esta “efebolatría”
—como calificaba Luis Alberto Sánchez a
la predilección de los críticos hacia
las jóvenes apariciones poéticas—
parte del mito del “poeta joven” que insensatamente
alimentaron los críticos de los años 1960
y 1970. Este mito, que ha llegado incólume a
las generaciones actuales, sin mayor esfuerzo de análisis,
alimenta las ansias de reconocimiento y contribuye a
un desmérito de una posible valoración
literaria, porque lamentablemente siempre estará
por delante la declaración altisonante antes
que el texto en sí. Ahora, el hecho de ser jóvenes
—condición del todo azarosa y contextual,
por cierto— no necesariamente implica una depurada
calidad artística. Pareciera que en el Perú
todos se creen Rimbaud.
Ahora,
por otro lado, es bien cierto que muchas veces la crítica
no está a la altura de las expectativas por la
carencia de una metodología adecuada, sobre todo
en lo concerniente al comentario periodístico.
Muchos de estos periodistas con disfraz prestado de
crítico abundan en adjetivos antes que en definiciones
específicas, reparten dones y maldiciones a diestra
y siniestra, y se olvidan olímpicamente del análisis.
Debido al clientelismo literario o por no perder el
capital simbólico que le proporciona el círculo
de amistades, adoptan el triste prurito de la señora
que se queja de la comida porque a la velada no fueron
invitadas sus amigas.
La
valoración precisamente es un subproducto, un
residuo del análisis, como sostiene el crítico
brasileño José Carlos Avellar (3).
Esa es la definición de crítica literaria
que suscribo, sobre todo cuando la valoración
se sugiere al lector. No hay duda de que este problema
complica más aún la frágil estructura
de la institución literaria, territorio de cruce
de variopintos intereses y afinidades. Tampoco puede
cerrarse su acceso, pero sí exigir un mínimo
de decoro y honestidad intelectual. Al menos saber qué
se está comentando (una lectura mínima)
o, en caso contrario, delimitar un aspecto del objeto
y tratarlo con objetividad.
El
tropicalismo del escritor peruano, al que alude el poeta
Westphalen al inicio de este artículo, se asemeja
a una adicción por lo recurrente de su recaída.
Cada cierto tiempo estos amaneramientos vuelven —y
precisamente cuando las promociones literarias de reciente
aparición pretenden distinguirse de las precedentes.
No nos damos (o no nos queremos dar) cuenta de que todos
estos amagos parricidas se vienen repitiendo desde mucho
tiempo atrás. Pertenecen al orden de lo Mismo
y no nos posibilita apreciar el rostro proteico del
Otro. Esto le pasó en cierto modo a Eguren, Vallejo,
Moro, cuando se enfrentaron a un medio social que les
negaba toda posibilidad de cabida. Seguramente los poetas
nombrados reciben la admiración de los noveles
y convendría revisar estos infaustos episodios
de nuestra historia literaria. Estoy de acuerdo con
las actitudes iconoclastas, son imprescindibles en determinados
momentos y sobre todo cuando se tratan con creatividad,
pero otro asunto es pretender llamar la atención
a toda costa, como, por ejemplo, la quema de libros
ocurrida en San Marcos en 2003, gesto filofascista como
ningún otro (4).
Cuentas
pendientes
Uno
de los objetivos de El Hablador es fomentar
el intercambio de ideas sobre el quehacer literario,
que incluye tanto la producción formal de obras
como la discusión acerca de los problemas de
nuestra institución literaria. En esa dirección,
en cada número nos aproximamos a un aspecto determinado
de dicho quehacer. Por ello, escogí la crítica
literaria por ser un tema siempre presente, pero muy
poco discutido. Uno de los objetivos de este artículo
consiste en establecer nexos entre sucesos aparentemente
aislados entre sí, pero cuyo telón de
fondo reside en la posibilidad de una apertura hacia
una cultura de raigambre crítica y, sobre todo,
autocrítica. “La creatividad de la crítica
está en su fuerza autocrítica”,
sostiene convencido Julio Ortega, y no omito el hecho
de que a nuestra sociedad le falta mucho por recorrer
en el camino de la autocrítica si quiere evitar
un destino aciago, como el vivido por Manuel González
Prada, uno de los mayores representantes de la conciencia
crítica del Perú, a fines del siglo XIX.
El
problema pasa también por la educación.
Si desde la casa o la escuela no se fomenta un intercambio
entre pares basado en el respeto mutuo y la consideración
(a pesar de que los centros educativos incuban muchos
de nuestros males: el racismo, el desprecio secular
por la presencia del otro, la incapacidad de mostrar
afecto sincero), la crítica literaria será
siempre tierra de nadie y promoverá un fertilísimo
diálogo de sordos. La crítica es también
ética, además de estética. Sirve
no sólo como medio de difusión de novedades
librescas, sino como puente que nos permite articular,
a partir de los productos culturales, una mirada más
profunda en la epidermis de la realidad. En estos tiempos
de interactividad, la cultura —y también
la literatura— adquiere un peso específico
para el conocimiento mutuo de los pueblos. Ello adquiere
una peculiar resonancia en el Perú, país
donde los sistemas literarios se superponen sin que
uno se entere de la existencia del otro, y donde menos
se conoce, glosa o estudia la producción literaria
actual de los países limítrofes. A pesar
de nuestra cercanía geográfica, nuestro
desconocimiento mutuo (tanto interno como externo) es
asombroso. Julio Ortega hace unas observaciones pertinentes
para rescatar a la crítica literaria de su mera
función informativa:
(...)
El trabajo crítico se puede hoy concebir como
una libre instrumentación definida por su capacidad
dialógica. Si su protocolo es el diálogo
resituado, su pertinencia es operativa, comunicacional,
y su significado la hipótesis de una articulación.
(...) Puede darse por demostrado no sólo que
las disciplinas son todas hijas de su tiempo, y muchas
veces opciones históricas de reordenamientos
estatales y formaciones nacionales, sino también
que los objetos artísticos, literarios y culturales
dicen más de sí mismos bajo la luz mediadora
de una lectura capaz de abrir los límites del
objeto tanto en su linaje histórico como en
su naturaleza formal. Las disputas por la interpretación
son parte de la operatividad analítica, pero,
asimismo, de la historia cultural, e incluso política,
de los objetos vueltos a leer. (89)
Se
da por descontado que muchas de las obras literarias
se anticipan a fenómenos o comportamientos que
sólo el escritor ha podido prever a través
de una intuición genial. Por ello no hay que
apresurarse en juzgar (o sojuzgar) el texto literario
con inmediatez. Cada lectura necesita su pausa, su proceso
de digestión. Y las propuestas renovadoras siempre
surgen en función de la cadena de diálogos
promovida por Todorov o por el tiempo que todo lo compone
y esclarece. En el caso de Arguedas, el tiempo le ha
venido a dar la razón sobre su concepción
de la modernidad andina: “por su saga migratoria
y fracturada de lo moderno, por su urgencia de sentido
como por sus enigmas, se nos ha hecho más actual”,
refiere Ortega (88-89). Así, en el conjunto de
la novela mundial, la obra de Arguedas prevé
un campo de acciones que se viven de manera tan fehaciente
en la actualidad, como las sociedades multiculturales
y las migraciones a los países capitalistas,
hechos tan patentes en nuestros días y dinámicamente
tan activos que los escozores de una crítica
ciega, sorda y muda no pueden soslayar.
Entonces,
no se trata de que el público lea más
y abundante crítica literaria, sino que ésta
sea capaz de articular una serie de propuestas coherentes
a partir de la luz del espejo que proyecta el texto
literario al mundo. Sólo así podríamos
quedarnos satisfechos con una crítica plural
e inclusiva que también palpite las tribulaciones
de nuestros pueblos, expresadas en sus contradictorias
y perseverantes manifestaciones artísticas. 
©
Giancarlo Stagnaro, 2005
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Giancarlo
Stagnaro
(Lima, 1975) En
1990 publicó el libro de relatos titulado
Hiperespacios. Su interés por la
literatura lo condujo por las aulas de la Universidad
Católica y San Marcos, donde recaló
en 1996. Ha colaborado en las páginas culturales
de El Comercio. Actualmente, en el diario
El Peruano y en su suplemento identidades,
se dedica a la crítica literaria, musical
y cinematográfica. Es miembro del Comité
Editorial de El Hablador.
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NOTAS
BIBLIOGRÁFICAS
(3)
En una entrevista hecha por Angélica Serna en
el suplemento identidades
Nº 68.
(4)
Los futuristas, que sentían fascinación
por las máquinas, organizaron quemas de libros
durante la dictadura de Mussolini. Asimismo, no olvidemos
la Noche de los Cuchillos Largos durante la Alemania
hitleriana. Y en el plano literario, nada más
simbólico que los bomberos que, en vez de apagar
incendios, llevan los libros a las llamas en la novela
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.
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