En un entorno sometido a los dictámenes de la industria editorial, la labor de un crítico es idónea cuando exalta el libro de la casa y denigra el de la competencia, dejando los argumentos literarios y artísticos a un lado.

 

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Últimas consideraciones sobre la crítica literaria

por Giancarlo Stagnaro

 

Críticos y escritores

Otro aspecto importante de la crítica —que muchas veces funciona como las dos caras de Jano— es su vínculo con los autores, con los productores de textos. Como toda relación, conlleva su dosis de amor-odio, a manera de simbiosis en la que una instancia no puede vivir sin la otra aunque no se soporten. Los autores necesitan a sus destinatarios, que son los lectores, pero también a los críticos, que ocupan precisamente el lugar de filtro por el cual el texto alcanza a la mayoritaria masa lectora. Es una posición intermedia que ha sido objeto de diversos puntos de vista. Desde clichés románticos (frustración literaria, complejo de Torquemada) hasta muestras de mayor apertura.

Baudelaire, por ejemplo, fue uno de los primeros en asumir una mirada moderna: la crítica es otra forma de género literario. Es asumir de manera consciente y creativa una disciplina que se debería caracterizar por su rigurosidad, pero también por su plasticidad. Cuando el autor de Las flores del mal afirma que una obra de arte siempre hace crítica de arte, está razonando en el sentido en que casi 100 años después lo haría Tzvetan Todorov cuando sostiene que la tradición literaria se forja en función del diálogo de las obras entre sí. Otros que recogen el guante de Baudelaire serían, por ejemplo, Walter Benjamin y Roland Barthes, que hacen de la crítica un gesto en el que ponen su ser en juego.

Por eso resultan incomprensibles los aspavientos de algunos jóvenes escritores y poetas peruanos que insisten en separar las aguas de la escritura crítica y la escritura creativa, como si fueran dos entes aislados, cada uno siguiendo su propio derrotero. Lo curioso del caso es que ellos mismos le otorgan preeminencia y autoridad a la crítica literaria, pero cuando ésta no les favorece, inmediatamente la descalifican. Aplican lo que se conoce en el medio como “crítica de ventilador”: en otras palabras, lanzan sus comentarios por lo general con el hígado, en plan “como no me hacen caso, ninguneo total”. ¿Acaso los poetas y narradores que recién empiezan se sienten intocables? ¿Desde qué alturas las musas los han iluminado con los dones de la clarividencia y la infalibilidad?

También están confundiendo niveles. Una cosa es la actualidad literaria —cobertura periodística, presentaciones de libros, etcétera— y otro la crítica, que requiere un metalenguaje, una aproximación específica al texto, con herramientas de trabajo proporcionadas por un conocimiento determinado del fenómeno literario. Lo que estos escritores reclaman es, a mi juicio, más lo primero que lo segundo. Esta “efebolatría” —como calificaba Luis Alberto Sánchez a la predilección de los críticos hacia las jóvenes apariciones poéticas— parte del mito del “poeta joven” que insensatamente alimentaron los críticos de los años 1960 y 1970. Este mito, que ha llegado incólume a las generaciones actuales, sin mayor esfuerzo de análisis, alimenta las ansias de reconocimiento y contribuye a un desmérito de una posible valoración literaria, porque lamentablemente siempre estará por delante la declaración altisonante antes que el texto en sí. Ahora, el hecho de ser jóvenes —condición del todo azarosa y contextual, por cierto— no necesariamente implica una depurada calidad artística. Pareciera que en el Perú todos se creen Rimbaud.

Ahora, por otro lado, es bien cierto que muchas veces la crítica no está a la altura de las expectativas por la carencia de una metodología adecuada, sobre todo en lo concerniente al comentario periodístico. Muchos de estos periodistas con disfraz prestado de crítico abundan en adjetivos antes que en definiciones específicas, reparten dones y maldiciones a diestra y siniestra, y se olvidan olímpicamente del análisis. Debido al clientelismo literario o por no perder el capital simbólico que le proporciona el círculo de amistades, adoptan el triste prurito de la señora que se queja de la comida porque a la velada no fueron invitadas sus amigas.

La valoración precisamente es un subproducto, un residuo del análisis, como sostiene el crítico brasileño José Carlos Avellar (3). Esa es la definición de crítica literaria que suscribo, sobre todo cuando la valoración se sugiere al lector. No hay duda de que este problema complica más aún la frágil estructura de la institución literaria, territorio de cruce de variopintos intereses y afinidades. Tampoco puede cerrarse su acceso, pero sí exigir un mínimo de decoro y honestidad intelectual. Al menos saber qué se está comentando (una lectura mínima) o, en caso contrario, delimitar un aspecto del objeto y tratarlo con objetividad.

El tropicalismo del escritor peruano, al que alude el poeta Westphalen al inicio de este artículo, se asemeja a una adicción por lo recurrente de su recaída. Cada cierto tiempo estos amaneramientos vuelven —y precisamente cuando las promociones literarias de reciente aparición pretenden distinguirse de las precedentes. No nos damos (o no nos queremos dar) cuenta de que todos estos amagos parricidas se vienen repitiendo desde mucho tiempo atrás. Pertenecen al orden de lo Mismo y no nos posibilita apreciar el rostro proteico del Otro. Esto le pasó en cierto modo a Eguren, Vallejo, Moro, cuando se enfrentaron a un medio social que les negaba toda posibilidad de cabida. Seguramente los poetas nombrados reciben la admiración de los noveles y convendría revisar estos infaustos episodios de nuestra historia literaria. Estoy de acuerdo con las actitudes iconoclastas, son imprescindibles en determinados momentos y sobre todo cuando se tratan con creatividad, pero otro asunto es pretender llamar la atención a toda costa, como, por ejemplo, la quema de libros ocurrida en San Marcos en 2003, gesto filofascista como ningún otro (4).

Cuentas pendientes

Uno de los objetivos de El Hablador es fomentar el intercambio de ideas sobre el quehacer literario, que incluye tanto la producción formal de obras como la discusión acerca de los problemas de nuestra institución literaria. En esa dirección, en cada número nos aproximamos a un aspecto determinado de dicho quehacer. Por ello, escogí la crítica literaria por ser un tema siempre presente, pero muy poco discutido. Uno de los objetivos de este artículo consiste en establecer nexos entre sucesos aparentemente aislados entre sí, pero cuyo telón de fondo reside en la posibilidad de una apertura hacia una cultura de raigambre crítica y, sobre todo, autocrítica. “La creatividad de la crítica está en su fuerza autocrítica”, sostiene convencido Julio Ortega, y no omito el hecho de que a nuestra sociedad le falta mucho por recorrer en el camino de la autocrítica si quiere evitar un destino aciago, como el vivido por Manuel González Prada, uno de los mayores representantes de la conciencia crítica del Perú, a fines del siglo XIX.

El problema pasa también por la educación. Si desde la casa o la escuela no se fomenta un intercambio entre pares basado en el respeto mutuo y la consideración (a pesar de que los centros educativos incuban muchos de nuestros males: el racismo, el desprecio secular por la presencia del otro, la incapacidad de mostrar afecto sincero), la crítica literaria será siempre tierra de nadie y promoverá un fertilísimo diálogo de sordos. La crítica es también ética, además de estética. Sirve no sólo como medio de difusión de novedades librescas, sino como puente que nos permite articular, a partir de los productos culturales, una mirada más profunda en la epidermis de la realidad. En estos tiempos de interactividad, la cultura —y también la literatura— adquiere un peso específico para el conocimiento mutuo de los pueblos. Ello adquiere una peculiar resonancia en el Perú, país donde los sistemas literarios se superponen sin que uno se entere de la existencia del otro, y donde menos se conoce, glosa o estudia la producción literaria actual de los países limítrofes. A pesar de nuestra cercanía geográfica, nuestro desconocimiento mutuo (tanto interno como externo) es asombroso. Julio Ortega hace unas observaciones pertinentes para rescatar a la crítica literaria de su mera función informativa:

(...) El trabajo crítico se puede hoy concebir como una libre instrumentación definida por su capacidad dialógica. Si su protocolo es el diálogo resituado, su pertinencia es operativa, comunicacional, y su significado la hipótesis de una articulación. (...) Puede darse por demostrado no sólo que las disciplinas son todas hijas de su tiempo, y muchas veces opciones históricas de reordenamientos estatales y formaciones nacionales, sino también que los objetos artísticos, literarios y culturales dicen más de sí mismos bajo la luz mediadora de una lectura capaz de abrir los límites del objeto tanto en su linaje histórico como en su naturaleza formal. Las disputas por la interpretación son parte de la operatividad analítica, pero, asimismo, de la historia cultural, e incluso política, de los objetos vueltos a leer. (89)

Se da por descontado que muchas de las obras literarias se anticipan a fenómenos o comportamientos que sólo el escritor ha podido prever a través de una intuición genial. Por ello no hay que apresurarse en juzgar (o sojuzgar) el texto literario con inmediatez. Cada lectura necesita su pausa, su proceso de digestión. Y las propuestas renovadoras siempre surgen en función de la cadena de diálogos promovida por Todorov o por el tiempo que todo lo compone y esclarece. En el caso de Arguedas, el tiempo le ha venido a dar la razón sobre su concepción de la modernidad andina: “por su saga migratoria y fracturada de lo moderno, por su urgencia de sentido como por sus enigmas, se nos ha hecho más actual”, refiere Ortega (88-89). Así, en el conjunto de la novela mundial, la obra de Arguedas prevé un campo de acciones que se viven de manera tan fehaciente en la actualidad, como las sociedades multiculturales y las migraciones a los países capitalistas, hechos tan patentes en nuestros días y dinámicamente tan activos que los escozores de una crítica ciega, sorda y muda no pueden soslayar.

Entonces, no se trata de que el público lea más y abundante crítica literaria, sino que ésta sea capaz de articular una serie de propuestas coherentes a partir de la luz del espejo que proyecta el texto literario al mundo. Sólo así podríamos quedarnos satisfechos con una crítica plural e inclusiva que también palpite las tribulaciones de nuestros pueblos, expresadas en sus contradictorias y perseverantes manifestaciones artísticas.

© Giancarlo Stagnaro, 2005

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Giancarlo Stagnaro (Lima, 1975) En 1990 publicó el libro de relatos titulado Hiperespacios. Su interés por la literatura lo condujo por las aulas de la Universidad Católica y San Marcos, donde recaló en 1996. Ha colaborado en las páginas culturales de El Comercio. Actualmente, en el diario El Peruano y en su suplemento identidades, se dedica a la crítica literaria, musical y cinematográfica. Es miembro del Comité Editorial de El Hablador.

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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

(3) En una entrevista hecha por Angélica Serna en el suplemento identidades Nº 68.

(4) Los futuristas, que sentían fascinación por las máquinas, organizaron quemas de libros durante la dictadura de Mussolini. Asimismo, no olvidemos la Noche de los Cuchillos Largos durante la Alemania hitleriana. Y en el plano literario, nada más simbólico que los bomberos que, en vez de apagar incendios, llevan los libros a las llamas en la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

 

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/debate7_5.htm

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