En un entorno sometido a los dictámenes de la industria editorial, la labor de un crítico es idónea cuando exalta el libro de la casa y denigra el de la competencia, dejando los argumentos literarios y artísticos a un lado.

 

 

[ Recomendamos leer ]
  Entrevista con Birger Angvik (por Mario Granda. El Hablador Nº 7. marzo de 2005)

 

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Últimas consideraciones sobre la crítica literaria

por Giancarlo Stagnaro

 

He aquí la lacra de nuestra literatura, nuestro “tropicalismo”, la gran alharaca de autores hueros haciendo farsa e imitación de gestos para ellos sin sentido.
— Emilio Adolfo Westphalen

En el transcurso de 2004, la crítica literaria como actividad y ejercicio disciplinario ha vuelto a ser tema de debate en diferentes aspectos. En el campo internacional, específicamente en la prensa española, el enfrentamiento entre el crítico literario Ignacio Echevarría y los directivos del diario El País finalizó con la acuñación del llamado caso Echevarría, que dividió las opiniones en cuanto a los límites entre la crítica y las estrategias de marketing de las industrias culturales vinculadas a los conglomerados mediáticos.

En nuestro país, se produjo no un debate tan ruidoso como el generado por los dimes y diretes entre Echevarría y El País, sino por el artículo del poeta José Carlos Yrigoyen en el segundo número del periódico de poesía odumodneurtse! (abril del año pasado) y en la entrevista que le realizó la revista Quehacer. En ambos, Yrigoyen, que a la sazón ha publicado tres poemarios, denostaba la supuesta pobreza de nuestro panorama lírico contemporáneo y acusaba a la crítica literaria de carecer de la metodología necesaria para echar nuevas luces sobre la poesía última, sobre todo la perteneciente a los escritores más jóvenes.

Precisamente, otro de los hitos del debate se cierne con la publicación del último libro del crítico noruego Birger Angvik, La narración como exorcismo, que también reincide en un análisis a la metodología, pero desde la posición de Mario Vargas Llosa como crítico literario en La utopía arcaica. El método aplicado por Vargas Llosa para enfrentarse a la complejidad de la obra de José María Arguedas obvia y desconoce los avances teórico-metodológicos de los estudios literarios hispanoamericanos, dice Angvik. Al cometer el parricidio simbólico que implica La utopía arcaica, Vargas Llosa sustituye a Arguedas por José de la Riva-Agüero como el paradigma de la crítica neoconservadora a la que se ha adscrito el autor de Conversación en la Catedral.

Como se puede comprobar, en nuestros días la crítica literaria es tan o igual de lábil como los objetos puestos para su estudio. Y es que, como lo ha comprobado el caso Echevarría, la posición institucional del crítico no es estable, sino todo lo contrario. En un entorno sometido a los dictámenes de la industria editorial, la labor de un crítico es idónea cuando exalta el libro de la casa y denigra el de la competencia, dejando los argumentos literarios y artísticos a un lado. La consigna de la competitividad, que tan machaconamente se puso en boga en la década de 1990, no excluyó el campo literario. Es más, ¿no fue por excelencia la década del patético auge de Jaime Bayly, precisamente levantado hasta el hartazgo por cuanto medio periodístico y cultural se ocupara de su “escandalosa” pero pobrísima temática literaria? Obviamente, existe una estrategia de mercado e imagen cuidadosamente diseñada que moviliza una serie de fuerzas con el propósito de situar este tipo de producto editorial en los deseos del público lector, acicateado por la morbosidad que puede descubrir en su consumo.

En la orilla opuesta, un grupo de escritores jóvenes ha apuntado el dardo a la crítica, siguiendo el modus operandi de Yrigoyen. En las entrevistas que los medios con sección cultural les hacen, aprovechan para quejarse de la supuesta falta de atención de la crítica hacia sus textos, del comentario gacetillero y la carencia de espacios (léase suplementos) de divulgación literaria y cultural. A este conjunto de demandas, algunas más justificadas que otras, se le debe contraponer también las propias expectativas de estos noveles autores para colocar sus libros con mayor o menor vistosidad en las estanterías de las librerías, sobre todo si son acompañados por alguna reseña benevolente pegada en la puerta de ingreso a estos locales. Sobre este punto volveremos más adelante, pero no deja de llamar la atención la manera en que la crítica literaria se ha convertido en una preocupación para ellos, como si buscaran el reconocimiento de una parentela esquiva e irresponsable.

¿Por qué la crítica literaria está como está en nuestros días?, se preguntan quienes se dedican a los estudios literarios en un país que padece de una austeridad y parálisis institucional casi permanentes. La interrogante, que ya lleva buen tiempo en el candelero, sigue completamente abierta para el debate, y muchos autores, críticos literarios y académicos ya se han pronunciado al respecto. Intentaré brindar algunos aportes desde mi experiencia como comentarista de libros en medios locales —actividad en la que me he ocupado desde hace ocho años, con mayor asiduidad en los últimos tres— y como responsable de una publicación virtual especializada en literatura.

Estado de la cuestión

Sin excepciones, la total pobreza de mecanismos especializados de difusión ha sido uno de los mayores y más preocupantes problemas de los estudios literarios peruanos desde su fundación en 1905. Cien años después, éste sigue siendo una preocupación tangible en los mapeos esbozados sobre la crítica, como el elaborado en el artículo “El Perú crítico: utopía y realidad”, aparecido en la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana en 1990, escrito por los docentes Jesús Díaz, Carlos García-Bedoya, Camilo Fernández Cozman y Miguel Ángel Huamán, la mayoría de ellos vinculados a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. La carencia de ediciones críticas confiables, la falta de estudios monográficos sobre textos canónicos, la miopía institucional (a la que yo sumaría la anquilosada burocracia), la escasez conceptual y teórica para poder articular categorías que den cuenta de nuestra pluralidad discursiva, entre otros factores, hacen de nuestra crítica una práctica endeble. Es decir, los críticos literarios peruanos se apretujan unos contra otros en un intento por acaparar la poca demanda editorial que los toma en cuenta, sobre todo la proveniente de los mismos fondos universitarios que dos o tres veces al año lanzan ediciones críticas, de mérito bastante irregular, dicho sea de paso. Por ello, la mayoría de los críticos literarios emigra al extranjero en busca de perspectivas más alentadoras y en general lo consiguen debido una mayor infraestructura y porque el sistema burocrático funciona. Aquí, lamentablemente, el panorama, quince años después del análisis arriba citado, sigue siendo desolador.

Otro mapeo importante es el dossier de artículos y entrevistas aparecidos en la revista Ajos y Zafiros Nº 3/4 (octubre de 2002), dedicado a la problemática de la crítica literaria. Precisamente, Mirko Lauer, poeta y crítico literario especializado en la vanguardia peruana de la década de 1920, ante una pregunta de la revista, comenta:

La crítica literaria se ha vuelto una actividad esencialmente vicaria, pues como no se edita casi literatura en el Perú, un porcentaje mayor de reseñas y artículos tiene que ver con libros editados en el extranjero de venta en el Perú y con la capacidad de promoción y marketing de las editoriales españolas. (...) Los espacios naturales de producción de literatura y con ellos los de distribución y consumo de crítica literaria están de alguna manera distorsionados. En casi todos los países por encima del cuarto mundo hay un doble círculo: el nacional y el internacional. Aquí el nacional está cada vez más pobre y avasallado, mientras que el internacional florece, hasta donde se lo permite la recesión local. Entonces, si no aumenta aquí la capacidad de editar y la capacidad de escribir —tampoco muy desarrollada— yo no veo cómo puede superarse este entrampamiento. (134)

Es cierto que existe un vínculo estrechísimo entre nuestra industria editorial, pauperizada por la situación económica, y las circunstancias propias de la crítica. Lauer traza la proporción: a mayor producción editorial, mayor crítica literaria para dar cuenta de esa producción. El problema de esta hipótesis residiría en que la crítica literaria se convierte en una parte más de las estrategias de marketing con que se maneja la industria editorial. Y lo sucedido en España con el caso Echevarría comprueba que no todo funciona a la manera de un engranaje de cherries (1), donde la entrevista al escritor se corresponde obligatoriamente con una crónica sobre algún enfoque particular de la novela y luego se enlaza con la reseña, de hecho elogiosa. Eso funcionaba a las mil maravillas en los medios españoles, sobre todo en una publicación como Babelia (suplemento del diario El País), pero Echevarría publicó un comentario en contra de la novela a la sazón promocionada por Alfaguara y el edificio pulcramente construido se vino abajo de golpe. Y ya sabemos que la pita siempre se corta por el lado más débil.

Por el contrario, en nuestro país no ocurre lo mismo. Como el volumen del mercado es menor, una mala crítica —o, en su defecto, un silencio— no afecta principalmente la oferta, a menos que despierte una controversia o venga con publicidad del extranjero (como en el ya mencionado caso de Bayly o los manuales de autoayuda del surfista Bambarén). Siempre un suceso llamativo redituará en beneficio de la editorial, como lo demostraron hace poco los huevos y tomates que recibió el periodista Antonio Angulo durante la presentación en Trujillo de su libro Llámalo amor si quieres (2). La cobertura periodística a esta anécdota fue desmedida. Al día siguiente, sin mayores dilaciones, ascendía en el ranking de ventas de las principales librerías. Calculada maniobra publicitaria que aprovechó las iras santas y la poca disposición al diálogo de un partido político local. Paradójicamente, toda esta alharaca genera un efecto interesante: además del bombo gratuito que le propinaron los objetos contundentes al libro —gracias a la TV se hizo conocido para una amplia mayoría ciudadana—, pueden hallarse en las calles ejemplares de la versión pirata (en el Perú, cuando la piratería se “apropia” de un título, su convocatoria es comparable a un best seller).

Lo anterior ejemplifica la política del menudeo que ha campeado en la mentalidad de nuestros editores. De qué me sirve —piensan— auspiciar a un escritor talentoso, poco conocido, si más bien puedo publicar a otro que quizás no posea mucho vuelo, pero cuya venta asegura una ganancia relevante, porque el público pide y hay que darle la fórmula más rendidora: morbo + sexo = dinero. Si la temática no es ficcional, sino real — mejor aún. Detengan las rotativas.

¿Y la crítica? Elemento accesorio, acompañante de turno, muchas veces incómodo, otras complaciente. Aquí se producen las distorsiones a las que alude Lauer. Depende ya del temperamento del crítico si en sus comentarios les da solución o no.

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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) En argot periodístico, se denomina cherry a la nota por encargo, dirigida generalmente a levantar de manera encomiástica algún evento o personalidad determinada. También existe el publicherry, término con el que se conoce al publirreportaje.

(2) El libro es una recopilación de crónicas sobre las aventuras y deslices amorosos de algunos personajes de nuestra cultura popular, como el escritor José María Arguedas, Augusto Ferrando (ex conductor del programa televisivo Trampolín a la fama) y Víctor Raúl Haya de la Torre (fundador del Partido Aprista Peruano, la agrupación política responsable de la andanada de objetos malolientes con que se acusa a Angulo de “mancillar” la honra de Haya de la Torre, de quien se sospecha fue homosexual), entre otros.

 

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