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He
aquí la lacra de nuestra literatura, nuestro
“tropicalismo”, la gran alharaca de autores
hueros haciendo farsa e imitación de gestos para
ellos sin sentido.
— Emilio Adolfo Westphalen
En
el transcurso de 2004, la crítica literaria como
actividad y ejercicio disciplinario ha vuelto a ser
tema de debate en diferentes aspectos. En el campo internacional,
específicamente en la prensa española,
el enfrentamiento entre el crítico literario
Ignacio Echevarría y los directivos del diario
El País finalizó con la acuñación
del llamado caso
Echevarría, que dividió las opiniones
en cuanto a los límites entre la crítica
y las estrategias de marketing de las industrias
culturales vinculadas a los conglomerados mediáticos.
En
nuestro país, se produjo no un debate tan ruidoso
como el generado por los dimes y diretes entre Echevarría
y El País, sino por el artículo
del poeta José Carlos Yrigoyen en el segundo
número del periódico de poesía
odumodneurtse! (abril del año pasado)
y en la entrevista que le realizó la revista
Quehacer. En ambos, Yrigoyen, que a la sazón
ha publicado tres poemarios, denostaba la supuesta pobreza
de nuestro panorama lírico contemporáneo
y acusaba a la crítica literaria de carecer de
la metodología necesaria para echar nuevas luces
sobre la poesía última, sobre todo la
perteneciente a los escritores más jóvenes.
Precisamente,
otro de los hitos del debate se cierne con la publicación
del último libro del crítico noruego Birger
Angvik, La narración como exorcismo,
que también reincide en un análisis a
la metodología, pero desde la posición
de Mario Vargas Llosa como crítico literario
en La utopía arcaica. El método
aplicado por Vargas Llosa para enfrentarse a la complejidad
de la obra de José María Arguedas obvia
y desconoce los avances teórico-metodológicos
de los estudios literarios hispanoamericanos, dice Angvik.
Al cometer el parricidio simbólico que implica
La utopía arcaica, Vargas Llosa sustituye a Arguedas
por José de la Riva-Agüero como el paradigma
de la crítica neoconservadora a la que se ha
adscrito el autor de Conversación en la Catedral.
Como
se puede comprobar, en nuestros días la crítica
literaria es tan o igual de lábil como los objetos
puestos para su estudio. Y es que, como lo ha comprobado
el caso Echevarría, la posición institucional
del crítico no es estable, sino todo lo contrario.
En un entorno sometido a los dictámenes de la
industria editorial, la labor de un crítico es
idónea cuando exalta el libro de la casa y denigra
el de la competencia, dejando los argumentos literarios
y artísticos a un lado. La consigna de la competitividad,
que tan machaconamente se puso en boga en la década
de 1990, no excluyó el campo literario. Es más,
¿no fue por excelencia la década del patético
auge de Jaime Bayly, precisamente levantado hasta el
hartazgo por cuanto medio periodístico y cultural
se ocupara de su “escandalosa” pero pobrísima
temática literaria? Obviamente, existe una estrategia
de mercado e imagen cuidadosamente diseñada que
moviliza una serie de fuerzas con el propósito
de situar este tipo de producto editorial en los deseos
del público lector, acicateado por la morbosidad
que puede descubrir en su consumo.
En
la orilla opuesta, un grupo de escritores jóvenes
ha apuntado el dardo a la crítica, siguiendo
el modus operandi de Yrigoyen. En las entrevistas que
los medios con sección cultural les hacen, aprovechan
para quejarse de la supuesta falta de atención
de la crítica hacia sus textos, del comentario
gacetillero y la carencia de espacios (léase
suplementos) de divulgación literaria y cultural.
A este conjunto de demandas, algunas más justificadas
que otras, se le debe contraponer también las
propias expectativas de estos noveles autores para colocar
sus libros con mayor o menor vistosidad en las estanterías
de las librerías, sobre todo si son acompañados
por alguna reseña benevolente pegada en la puerta
de ingreso a estos locales. Sobre este punto volveremos
más adelante, pero no deja de llamar la atención
la manera en que la crítica literaria se ha convertido
en una preocupación para ellos, como si buscaran
el reconocimiento de una parentela esquiva e irresponsable.
¿Por
qué la crítica literaria está como
está en nuestros días?, se preguntan quienes
se dedican a los estudios literarios en un país
que padece de una austeridad y parálisis institucional
casi permanentes. La interrogante, que ya lleva buen
tiempo en el candelero, sigue completamente abierta
para el debate, y muchos autores, críticos literarios
y académicos ya se han pronunciado al respecto.
Intentaré brindar algunos aportes desde mi experiencia
como comentarista de libros en medios locales —actividad
en la que me he ocupado desde hace ocho años,
con mayor asiduidad en los últimos tres—
y como responsable de una publicación virtual
especializada en literatura.
Estado
de la cuestión
Sin
excepciones, la total pobreza de mecanismos especializados
de difusión ha sido uno de los mayores y más
preocupantes problemas de los estudios literarios peruanos
desde su fundación en 1905. Cien años
después, éste sigue siendo una preocupación
tangible en los mapeos esbozados sobre la crítica,
como el elaborado en el artículo “El Perú
crítico: utopía y realidad”, aparecido
en la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana
en 1990, escrito por los docentes Jesús Díaz,
Carlos García-Bedoya, Camilo Fernández
Cozman y Miguel Ángel Huamán, la mayoría
de ellos vinculados a la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos. La carencia de ediciones críticas
confiables, la falta de estudios monográficos
sobre textos canónicos, la miopía institucional
(a la que yo sumaría la anquilosada burocracia),
la escasez conceptual y teórica para poder articular
categorías que den cuenta de nuestra pluralidad
discursiva, entre otros factores, hacen de nuestra crítica
una práctica endeble. Es decir, los críticos
literarios peruanos se apretujan unos contra otros en
un intento por acaparar la poca demanda editorial que
los toma en cuenta, sobre todo la proveniente de los
mismos fondos universitarios que dos o tres veces al
año lanzan ediciones críticas, de mérito
bastante irregular, dicho sea de paso. Por ello, la
mayoría de los críticos literarios emigra
al extranjero en busca de perspectivas más alentadoras
y en general lo consiguen debido una mayor infraestructura
y porque el sistema burocrático funciona. Aquí,
lamentablemente, el panorama, quince años después
del análisis arriba citado, sigue siendo desolador.
Otro
mapeo importante es el dossier de artículos y
entrevistas aparecidos en la revista Ajos y Zafiros
Nº 3/4 (octubre de 2002), dedicado a la problemática
de la crítica literaria. Precisamente, Mirko
Lauer, poeta y crítico literario especializado
en la vanguardia peruana de la década de 1920,
ante una pregunta de la revista, comenta:
La
crítica literaria se ha vuelto una actividad
esencialmente vicaria, pues como no se edita casi
literatura en el Perú, un porcentaje mayor
de reseñas y artículos tiene que ver
con libros editados en el extranjero de venta en el
Perú y con la capacidad de promoción
y marketing de las editoriales españolas. (...)
Los espacios naturales de producción de literatura
y con ellos los de distribución y consumo de
crítica literaria están de alguna manera
distorsionados. En casi todos los países por
encima del cuarto mundo hay un doble círculo:
el nacional y el internacional. Aquí el nacional
está cada vez más pobre y avasallado,
mientras que el internacional florece, hasta donde
se lo permite la recesión local. Entonces,
si no aumenta aquí la capacidad de editar y
la capacidad de escribir —tampoco muy desarrollada—
yo no veo cómo puede superarse este entrampamiento.
(134)
Es
cierto que existe un vínculo estrechísimo
entre nuestra industria editorial, pauperizada por la
situación económica, y las circunstancias
propias de la crítica. Lauer traza la proporción:
a mayor producción editorial, mayor crítica
literaria para dar cuenta de esa producción.
El problema de esta hipótesis residiría
en que la crítica literaria se convierte en una
parte más de las estrategias de marketing
con que se maneja la industria editorial. Y lo sucedido
en España con el caso Echevarría comprueba
que no todo funciona a la manera de un engranaje de
cherries (1),
donde la entrevista al escritor se corresponde obligatoriamente
con una crónica sobre algún enfoque particular
de la novela y luego se enlaza con la reseña,
de hecho elogiosa. Eso funcionaba a las mil maravillas
en los medios españoles, sobre todo en una publicación
como Babelia (suplemento del diario El
País), pero Echevarría publicó
un comentario en contra de la novela a la sazón
promocionada por Alfaguara y el edificio pulcramente
construido se vino abajo de golpe. Y ya sabemos que
la pita siempre se corta por el lado más débil.
Por
el contrario, en nuestro país no ocurre lo mismo.
Como el volumen del mercado es menor, una mala crítica
—o, en su defecto, un silencio— no afecta
principalmente la oferta, a menos que despierte una
controversia o venga con publicidad del extranjero (como
en el ya mencionado caso de Bayly o los manuales de
autoayuda del surfista Bambarén). Siempre un
suceso llamativo redituará en beneficio de la
editorial, como lo demostraron hace poco los huevos
y tomates que recibió el periodista Antonio Angulo
durante la presentación en Trujillo de su libro
Llámalo amor si quieres (2).
La cobertura periodística a esta anécdota
fue desmedida. Al día siguiente, sin mayores
dilaciones, ascendía en el ranking de ventas
de las principales librerías. Calculada maniobra
publicitaria que aprovechó las iras santas y
la poca disposición al diálogo de un partido
político local. Paradójicamente, toda
esta alharaca genera un efecto interesante: además
del bombo gratuito que le propinaron los objetos contundentes
al libro —gracias a la TV se hizo conocido para
una amplia mayoría ciudadana—, pueden hallarse
en las calles ejemplares de la versión pirata
(en el Perú, cuando la piratería se “apropia”
de un título, su convocatoria es comparable a
un best seller).
Lo
anterior ejemplifica la política del menudeo
que ha campeado en la mentalidad de nuestros editores.
De qué me sirve —piensan— auspiciar
a un escritor talentoso, poco conocido, si más
bien puedo publicar a otro que quizás no posea
mucho vuelo, pero cuya venta asegura una ganancia relevante,
porque el público pide y hay que darle la fórmula
más rendidora: morbo + sexo = dinero. Si la temática
no es ficcional, sino real — mejor aún.
Detengan las rotativas.
¿Y
la crítica? Elemento accesorio, acompañante
de turno, muchas veces incómodo, otras complaciente.
Aquí se producen las distorsiones a las que alude
Lauer. Depende ya del temperamento del crítico
si en sus comentarios les da solución o no.
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NOTAS
BIBLIOGRÁFICAS
(1)
En argot periodístico, se denomina cherry a la
nota por encargo, dirigida generalmente a levantar de
manera encomiástica algún evento o personalidad
determinada. También existe el publicherry, término
con el que se conoce al publirreportaje.
(2)
El libro es una recopilación de crónicas
sobre las aventuras y deslices amorosos de algunos personajes
de nuestra cultura popular, como el escritor José
María Arguedas, Augusto Ferrando (ex conductor
del programa televisivo Trampolín a la fama)
y Víctor Raúl Haya de la Torre (fundador
del Partido Aprista Peruano, la agrupación política
responsable de la andanada de objetos malolientes con
que se acusa a Angulo de “mancillar” la
honra de Haya de la Torre, de quien se sospecha fue
homosexual), entre otros.
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