La traducción, por tanto, no se limitará a los aspectos que enfatizan el aspecto comunicacional, sino más bien a las variedades de sentido que el texto produce.

 

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Heterogeneidad, Homogeneidad y cambio cultural

por Mario Granda Rangel

 

 

“El poeta es un picaflor que va de flor en flor para tomar su néctar, o un marinero que de puerto en puerto visita distintas ciudades”, dijo el profesor Leo Tak-Hung Chan, de la Universidad Lingnan, Hong Kong, durante el Congreso Internacional “Heterogeneidad, Hibridez y Traducción”, organizado por el Nida Institute y celebrado en la Casona de San Marcos a fines del 2007. De esta manera, al menos por el lapso de una semana, la ciudad de Lima se convirtió en uno de los centros más importantes de los estudios de la traducción del momento, pues alojó a profesores y académicos de todas las latitudes para reflexionar sobre los avances en relación a lo que desde hace poco menos de dos décadas se ha venido a llamar “estudios de traducción” (translation studies). Esto es, un abordaje intercultural e interdisciplinario de la traducción, y no solo un traspaso o vaciado de un idioma a otro, como la propuesta de las escuelas clásicas.

Es cierto que esta idea no es reciente, pues la traducción es una práctica milenaria y ha pasado por infinitas fases. Sin embargo, su reaparición es significativa, pues refleja el nuevo giro que ha tomado este tipo de estudios. Edwin Gentzler, en su conferencia magistral, llamó a este giro el “cambio cultural” (cultural turn) (1). La traducción, por tanto, no se limitará a los aspectos que enfatizan el aspecto comunicacional, sino más bien a las variedades de sentido que el texto produce. De este modo, para Edwin Gentzler la traducción es constitutiva de la identidad Latinoamericana, tal como sucede en Cien años de soledad, la obra de Borges y El hablador, de Mario Vargas Llosa, pues en todos estos ellos la traducción es el espacio donde se produce el encuentro cultural. Aureliano Buendía se ocupa de traducir el manuscrito en Sánscrito de Melquíades, donde se encuentra escrito el pasado de la familia de los Buendía; para Borges, la idea de texto definitivo es baladí, con lo que desestabiliza cualquier posibilidad de “tradición” literaria y propone, con ello, la libertad de desplazamientos entre las tradiciones españolas, francesas, inglesas e italiana, tal como lo hace en su poesía y en cuentos como Pierre Menard, autor del Quijote; en El hablador, Saúl Zuratas será el personaje frontero que vinculará el mundo occidental con el mundo machinguenga. Por su parte, Elsa Tamez propone una nueva lectura de la leyenda de Babel, en la que la confusión de lenguas no es tanto un castigo divino por la soberbia humana sino un modo de salvar a los hombres diversificando las lenguas y las culturas.  

No obstante, el cultural turn no solo se encuentra en los claustros universitarios. Los últimos diez años han reflejado un cambio radical en relación a lo que en el mundo se conocía como traducción. En un principio, las últimas corrientes globalizadoras transmitieron la idea de que serían algunas lenguas –primero el inglés, y luego el español y el francés— las que se impondrían poco a poco en todos los ámbitos culturales. Sin embargo, el tiempo ha demostrado un panorama distinto, pues a pesar de que el inglés aún se mantiene como lingua franca, han aparecido otros idiomas en igual competencia. Actualmente, ya algunas universidades peruanas están impartiendo clases de chino, y desde el 2008 funciona en Lima el Instituto Confucio, financiado y promocionado desde Pekín. La Unión Europea, tal vez el mejor ejemplo de una institución intercultural y, por lo tanto, políglota – y cuya sede se encuentra en un país oficialmente bilingüe, Bélgica—, acaba de incluir a Turquía, cuyo idioma oficial, el turco, es radicalmente distinto a cualquiera de los otros países que la conforman, mientras que en Brasil, desde hace más de cinco años, el presidente Lula respalda la campaña de enseñanza del español en sus aulas. Mucho más preocupados por el futuro de la región, el país vecino se está adelantando a una realidad que tarde o temprano se producirá: el aún tan esperado encuentro entre la Sudamérica hispanohablante y el solitario pero poderoso portugués. Por otro lado, el Instituto Cervantes, de España, ha abierto locales en lugares como Rusia y China, antes tan lejanos para el idioma español.

En el Perú, la situación tampoco es muy distinta. En los últimos diez años, la llegada de empresas extranjeras ha precipitado la demanda de traductores en el país, lo que ha aumentado la publicación de libros y revistas bilingües, sobre todo en inglés y español. Del mismo modo, ahora es posible encontrar más textos literarios –incluso aquellos de los cronistas, debido al interés de algunos turistas—  traducidos al inglés, empresas distribuidoras de libros –tales como la SBS— que solo se encargan de importar textos en otros idiomas y universidades que exigen su conocimiento a la perfección antes del bachillerato. Sin embargo, si bien esta “fiebre” por el inglés demuestra un gran interés por la lengua, también habría que reflexionar sobre algunas otras realidades. A lo largo del año lectivo, decenas de miles de estudiantes saturan las aulas de las academias de inglés en todas las ciudades del país, pero, en muchos casos, este estudio solo tiene como motivación el logro de una plaza de trabajo y no el aprendizaje del idioma y, por lo tanto, de la cultura que lo rodea. Es posible, además, que muchos de los que terminan los estudios del inglés –tres años o más— no lo vuelvan a practicar por falta de oportunidades y termine solo siendo un punto más en la hoja de vida. Pero si este es idioma elegido, debería también abordarse de modo más completo y no solo con fines mecánicos –y, por qué no, hasta ideológicos, como el de la ideología empresarial— que desaprovechan la oportunidad de conocer toda una cultura. En todo caso, ¿por qué no estudiar portugués, que, debido a su cercanía cultural y geográfica con nuestro país, tiene igual o tal vez más importancia que el inglés? Si ya no se puede rescatar el quechua como se ha hecho con el guaraní en Paraguay, se podrían crear espacios para otros idiomas con la ayuda de las nuevas herramientas que la globalización nos puede brindar(2)

Por otro lado, es cierto que el mundo crece tan rápido que a veces no hay tiempo para conocer ni aprender un idioma. Gran parte del fracaso de las estrategias militares norteamericanas en Irak durante los dos primeros años de la invasión se debieron a que, tomada Bagdad, EE.UU. solo tenía a dos agentes que pudieran traducir los más de cien mil archivos de inteligencia iraquí, información que tal vez hubiera ayudado a conocer la manera de intervenir en un país tan complejo y, en consecuencia, evitar innumerables pérdidas materiales y humanas.
Pero si la traducción y el aprendizaje de idiomas significa una revalorización de la intercultural y lo “heterogeneidad”, esto tampoco significa que se dejen de lado los elementos “homogéneos” del texto, que son los que permiten que se produzca un encuentro entre el autor y el lector. Hay que tener en cuenta que el papel de la traducción consiste en romper las barreras entre los idiomas, revelando la escondida conexión entre cada idioma. De este modo, el propósito consiste en tener en cuenta las diferencias, pero tampoco perder de vista los puntos de encuentro. Heterogeneidad expresiva y homogeneidad discursiva (o viceversa, según sea el caso), son elementos que están en constante cambio y que el traductor debe identificar. En otra ponencia del Congreso del 2007, Richard L. Jeske, Director de Relaciones Ecuménicas y de fe de la Sociedad Bíblica Americana, hace un análisis sobre las formas en la que distintos términos de la Biblia han sido traducidos por las distintas iglesias cristianas. A través de la herramienta de traducción y exégesis de la Biblia conocida como la “equivalencia funcional”, se descubre cómo la conservación de estos términos –tales como “obispo”, “presbítero” y “diácono”— refleja no solo el deseo de preservarlos sino de mostrar la relevancia y la dimensión que estos tienen dentro de la interpretación de las Escrituras y la necesidad de ser revisados en el futuro por los propios traductores.  

Resulta curioso que eventos como los del Congreso del 2007 hayan sido organizados por el Nida Institute, una institución cristiana norteamericana especializada en el tema y cuyo nombre pertenece al famoso estudioso de la traducción, Eugene Nida. ¿Razón? Gran parte de la tradición occidental de la traducción y reflexión sobre la labor del traductor se funda en la traducción de la Biblia, y el Nida Institute, que forma parte de la American Bible Society, es uno de sus continuadores.

Es importante, por tanto, recuperar ese espíritu de divulgación y conocimiento, no necesariamente con libros literarios sino con todos los libros que se consideren importantes para su lectura. En los años cincuenta y sesenta, muchos profesores de letras y escritores como Dora Bazán, Antonio Cisneros y Julio Ramón Ribeyro realizaban sus propias traducciones y estas las compartían con sus alumnos. Actualmente, aún hay algunos profesores y aficionados que se dedican a la traducción de libros literarios, tales como Ricardo Silva Santisteban y Camilo Fernández (quien fue responsable de la parte peruana de la organización del mencionado Congreso). En el Perú, la mayoría de nuestros grandes escritores han sido bilingües, comenzando por el Inca Garcilaso de la Vega. Guamán Poma de Ayala, César Moro, José María Eguren, Martín Adán, César Vallejo, José María Arguedas y Jorge Eduardo Eielson, han hablado quechua, francés, alemán, italiano, entre otros idiomas. Babel no logrará construirse –esto es, la perfección, la univocidad—, pero se tendrá una mayor conciencia sobre la variedad y la riqueza de las culturas.

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1 En realidad, el término pertenece a Sussan Bassnett y André Lefevre, en su libro Translation, History and Culture (1990); Gentzler lo señala.

2 A propósito, Eduardo Galeano tiene un cuento sobre el fracaso del proyecto de la enseñanza del quechua no solo en el Perú sino en toda América cuyo título tiene el nombre del maestro de Simón Bolívar: Simón Rodríguez.

 

© Mario Granda Rangel, 2009

 

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