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El narrador se presenta, en consecuencia, como el representante de la sociedad moderna, ya que sus características lo denotan así: hombre de mundo, gustoso de viajar, defensor del orden establecido en la sociedad moderna, crítico de lo que considera comportamientos bárbaros por parte de los indígenas.

 

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Otra costumbre de la tribu son los poetas: El hablador de Mario Vargas Llosa

por John J. Junieles

 

II. Máscaras y conjeturas: El juego literario

En uno de los apartes del texto, el autor de El hablador le propone al lector un juego que puede pasar desapercibido pero que allí se encuentra. El narrador, al referirse a Mascarita, señala que:

¿Seguía siendo ese ser jovial, simpático, buena gente, de los años anteriores? Se había vuelto más serio y lacónico, menos suelto que antes, me parece. Aunque no me fío mucho de mi memoria en esto. Tal vez siguiera siendo el mismo Mascarita risueño y parlanchín al que conocí en 1953 y mi fantasía lo cambie para que encaje mejor con el otro, el de los años futuros, ese que ya no conocí y al que —puesto que he cedido a la maldita tentación de escribir sobre él— debo inventar. (Vargas Llosa: 358).

El narrador quiere estar seguro, hacia el final del texto, que ese hombre que aparece en la fotografía es Mascarita en medio de un grupo de personas que lo escuchan ensimismados. Pero teniendo como base el pasaje anterior, quizá el narrador se está inventando para sí mismo esa historia, queriendo ver a un amigo del cual hace muchos años no sabe nada y que se atreve a recordar. Quizá la historia que nos refiere acerca de los Schneil contándole sobre un hombre muy parecido físicamente a Mascarita es una invención suya, un juego de la memoria para dar vida a ese Saúl Zuratas del cual le ha dado por escribir. Esto nos plantea algo interesante si tomamos en cuenta los capítulos tercero, quinto y séptimo del libro, y es que muy posiblemente el lector tiene una mayor seguridad de que Mascarita es ese hablador de los machiguengas, mientras que para el narrador se trata de un juego de su imaginación. Es así como el autor logra que el lector se convierta en un personaje que escucha al hablador mientras cuenta sus historias y que tiene de primera mano más argumentos para señalar a Saúl Zuratas como el mencionado hablador. Y es que el lector puede encontrarse con un pasaje en el cual Mascarita se descubre sutilmente:

Al seripigari le he preguntado muchas veces: “¿Qué significa tener una cara como la mía?” Ningún saankarire ha sabido dar una explicación, parece. (…) ¿No dice el seripigari que todo tiene su causa? No he encontrado la de mi cara todavía. Algunas cosas no tendrán, entonces. Ocurrirán nomás. (…)

Antes, esa mancha me importaba mucho. No lo decía. A mi nomás, a mis almas. Lo guardaba y ese secreto me comía. A poquitos me iba comiendo aquí adentro. Triste vivía, parece. Ahora no me importa, Al menos, creo que no. Gracias a ustedes será. Así ha sido, tal vez. Pues me di cuenta que a los que iba a visitar, a hablarles, tampoco les importaba. Se lo pregunté la primera vez, hace muchas lunas, a una familia con la que estaba viviendo por el río Koshireni. “¿Les importa verme? ¿Qué sea como soy les importa?” “Lo que las personas hacen y lo que no hacen, importa”, me explicó Tasurinchi, el más viejo. Diciendo: “Si andan, cumpliendo con su destino, importa. Si el cazador no toca lo que ha cazado, ni el pescador lo que ha pescado. El respeto de las prohibiciones, pues. Importa si son capaces de andar, para que el sol, no se caiga. Para que el mundo esté en orden pues. Para que no vuelvan la oscuridad, los daños. Es lo que importa. Las manchas de la cara, no, tal vez”. Eso es la sabiduría, dicen. (Vargas Llosa: 541-542).

Aquí el lector sabe que ese hablador que se encuentra a lo largo del texto es Mascarita, algo que el narrador sólo sabe por sus conjeturas y el juego de su imaginación. Esta es una interesante concesión que el autor le hace al lector, ya que le propone un juego y le permite mirar más allá que a su propio narrador.

III. Civilización y barbarie

En el texto hay un personaje que se opone ideológicamente y durante gran parte del mismo al narrador: se trata de Saúl Zuratas, llamado también Mascarita, el joven judío peruano que termina convirtiéndose en un hablador machiguenga. Este personaje representa el respeto a las tradiciones. Siempre está defendiendo la tesis de que el hecho de que alguna comunidad no formen parte de la civilización occidental no reduce la importancia o validez de sus creencias y señala, además, que debe permanecer en su estado originario.

El narrador piensa, por lo contrario, que el hecho de que se acercaran a la modernidad les traería más beneficios que perjuicios y los alejaría de ritos y tradiciones salvajes, entre las cuales se encontraba, incluso, el canibalismo. Cada uno de estos personajes, que pese a sus diferencias ideológicas en este aspecto siguen siendo amigos, hace que el texto se enriquezca y presente diversos puntos de vista, lo cual le brinda diversos ángulos para analizar la situación. Es así como, en conjunto, el texto en sí no toma partido por uno u otro en particular sino que le da la oportunidad a las dos tendencias representadas en los personajes de exponer sus argumentos de manera clara.

“El texto exhibe una suerte de contradicción entre la celebración de las antiguas tecnologías del relato y el anhelo de modernización de la sociedad peruana que podría acarrear la modificación tecnológica de los relatos, así como la reubicación de la actividad letrada” (Franco). Y es que dicha modificación tecnológica se muestra en El hablador como una manera excluyente de ver las tradiciones ancestrales. La oralidad representa un papel muy importante en la comunicación propia de este tipo de culturas y el hecho de que quiera transformarse de alguna forma la manera tradicional de hacerlo presupone un detrimento en la esencia innata de la herramienta. El hecho de que a la actividad oral se le busquen modificaciones presupone la pérdida de valiosas estrategias narrativas y discursivas propias de la oralidad, como lo son el gesto o la memoria. La civilización aporta elementos que ayudan a la vida cotidiana pero también quita otros, y es allí donde Saúl Zuratas no está de acuerdo, y considera que lo mejor es dejar las cosas como están para lograr mantener incólume la forma de vida del indígena peruano.

En un aparte del libro podemos encontrar un diálogo entre Mascarita y el narrador principal acerca de las comunidades indígenas y su forma de vida. Es así como el narrador le dice a su interlocutor:

—Eres un indigenista cuadriculado, Mascarita —le tomé el pelo—. Ni más ni menos que de los años treinta. Como el doctor Luis Valcárcel, de joven, cuando pedía que se demolieran todas las iglesias y conventos coloniales porque representaban el anti-Perú. ¿O sea que tenemos que resucitar el Tahuantinsuyo? ¿También los sacrificios humanos, los quipus, la trepanación de cráneos con cuchillo de piedra? (Vargas Llosa: 425-426).

A lo cual Mascarita le responde:

No, no soy un indigenista a la manera de ésos de los años treinta. Ellos querían restablecer el Tahuantinsuyo y yo sé muy bien que para los descendientes de los incas no hay vuelta atrás. A ellos sólo les queda integrarse. Que esa occidentalización, que se quedo a medias, se acelere, y, cuanto más rápido acabe, mejor. Para ellos, ahora, es el mal menor. Ya ves, no soy un utópico. En la Amazonía , sin embargo, es distinto. No se ha producido todavía el gran trauma que convirtió a los incas en un pueblo de sonámbulos y de vasallos. Los hemos golpeado mucho, pero no están vencidos. Ahora ya sabemos la atrocidad que significa eso de llevar el progreso, de querer modernizar a un pueblo primitivo. Simplemente, acaba con él. No cometamos ese crimen. Dejémoslos con sus flechas, plumas y taparrabos. Cuando te acercas a ellos y los observas, con respeto, con un poco de simpatía, te das cuenta que no es justo llamarlos bárbaros ni atrasados. Para el medio en que están, para las circunstancias en que viven, su cultura es suficiente. Y, además, tienen un conocimiento profundo y sutil de cosas que nosotros hemos olvidado. La relación del hombre y la naturaleza, por ejemplo. El hombre y el árbol, el hombre y el pájaro, el hombre y el río, el hombre y la tierra, el hombre y el cielo. El hombre y Dios, también. Esa armonía que existe entre ellos y esas cosas nosotros ni sabemos lo que es, pues la hemos roto para siempre. (Vargas Llosa: 426-427).

Claramente se ven representadas las dos tendencias presentes en el libro: la visión occidental y la indigenista. Nos encontramos de frente con la disyuntiva que le da vida al texto: dejar ser a un pueblo respetando su sistema de valores, o cambiarlo para acercarlo a la llamada civilización, vulnerando su forma de pensar y de ver el mundo. Se corre el riesgo de romper inevitablemente esa armonía que Mascarita considera se ha olvidado por parte de los occidentalizados.

El libro vuelve a ponernos de frente con lo primigenio para que volvamos los ojos a la manera sencilla pero profunda de ver el mundo. ¿Quién podría llamar atrasado a un hombre que quiere recuperar la armonía con su entorno? Quizá la misma sociedad que ha cerrado sus ojos y que ha conseguido adelantos tecnológicos pero ha retrocedido en el aspecto interno, en ese que lleva al hombre a acercarse a su esencia, a su propio yo, a su origen.

En el diálogo civilización-barbarie se hace necesario ubicarse en un punto en el cual las dos tendencias puedan confluir y mostrarse en todo su esplendor. Y es resulta claro que cada una de ellas tiene sus pro y sus contra, pero resulta casi evidente que compararlas sería algo necio si no se tiene en cuenta que cada una de ellas se sustenta en valores distintos. Así pues, no se puede mirar ambas perspectivas por igual: una indígena y otra occidentalizada, ya que sería contraponer dos formas de ver el mundo que, desde un principio, son distintas y quizá poco reconciliables. Cada una de ellas maneja un esquema de valores distinto y por lo tanto válido para quienes quieran mantenerse dentro de ellas.

No hay que olvidar las cuestiones que las sociedades hegemónicas rechazan: la modernidad niega la significación ideológica de otra cultura. En el texto de Mario Vargas Llosa esto puede apreciarse de una manera latente en el personaje de Mascarita, quien desde que nació ha convivido con una mancha que le cubre la mitad de la cara y por la cual muchas personas lo miran con curiosidad, con asco y hasta con temor. Pero metafóricamente hablando, esa mancha oscura en el rostro representa todo aquello que resulta incomprensible para una sociedad occidental ávida de remitirse únicamente a lo que comprende o quiere comprender a partir de sí misma y de lo que ha creado. Todo lo demás es tachado como extraño, razón por la cual mira con curiosidad y hasta temor aquello que no entra en su círculo de comprensión, y termina dándole la espalda, algunas veces, o atacándola, en otras.

En la oscuridad se plantea la posibilidad de descubrir muchas cosas, nuevas maneras de pensar y ver el mundo, de ahí la importancia de lo que no se dice. En la actualidad, quizá, esa forma de ver las cosas no tiene mucho éxito porque lo significativo es lo que se puede ver y palpar. Pero existe un amplio mundo más allá de lo físico y eso es lo que pretende plantear el texto, en procura de abrir las puertas a ese otro marco de la existencia que pervive y convive con la civilización moderna pero al cual se le ha preferido encerrar o apartar, aislar a un rincón en espera de que desaparezca o se extinga sin ningún ánimo de comprenderlo o darle la oportunidad de darse a conocer.

IV. Héroes, santos y redentores

Un mundo que olvida o no encuentra sus raíces se llena de una soledad permanente y profunda, más cuando se descubre cara a cara con el resultado avasallador de dejar de lado sus orígenes. Gabriel García Márquez señala que “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros (los latinoamericanos) ha sido la insuficiencia de recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este (…) es el nudo de nuestra soledad” (García Márquez: 3). Pero muy probablemente esos recursos convencionales se han convertido en necesidades creadas por el mismo hombre para darle la espalda a su soledad. Si bien es cierto que los países en vía de desarrollo necesitan herramientas que les posibiliten un crecimiento económico adecuado a sus necesidades, también es cierto que no se pueden olvidar las ventajas que brindan la imaginación, la memoria y las creencias.

La soledad inmanente se manifiesta de manera clara en el momento en que actúa hacia dentro de cada hombre y no tanto en el momento de no tener compañía. Dicha soledad, definida someramente como una carencia voluntaria o involuntaria de compañía, se presenta cuando se toma conciencia de eso o de que algo hace falta. Pero ¿de dónde viene esa soledad que ataca el interior del hombre? ¿Y de donde las equivocaciones y los errores que se apoderan de la humanidad?

Los machiguengas hablan de no perturbar el orden del mundo, ya que para ellos una cosa que se haga repercute en otras, como en una especie, podría decirse, de efecto dominó. En El hablador se nos refiere la importancia moverse —para la sociedad machiguenga— porque una leyenda dice que si se quedan quietos el sol se apagará, razón por la cual su estilo de vida es nómada. Pero alguna vez un grupo de ellos decidió que podían parar y dejar de andar, mas se dieron cuenta de su error y uno de sus líderes les habló para que se alejaran de la equivocación que estaban cometiendo:

(…) Les recordó lo que habían sido, lo que habían hecho, tantos sacrificios desde que comenzaron a andar. ¿Cómo habían podido dejarse engañar por las astucias de su enemigo de siempre? ¿Cómo habían podido traicionar al sol por Kashiri, la luna? Al cambiar su manera de vivir, perturbaron el orden del mundo, desorientando a las almas de los que se fueron. En la oscuridad en la que se movían, las almas no los reconocían, no sabían si estaban erradas. (…) Pero todavía estaban a tiempo (Vargas Llosa: 389).

El pasaje se acerca a lo metafísico del hombre, al ser en cuanto tal, a los principios y causas primeras que lo acompañan. El hecho de no perturbar el mundo para que el mundo se mantenga en armonía toca aspectos profundos y vitales del ser humano y de su relación con la naturaleza. Vargas Llosa no escatima en poner al lector de frente con un precepto tan importante pero, a la vez, tan olvidado por el ser humano.

El mundo, como tal, convive con el hombre para complementarse y ayudarse. Pero cuando el hombre rompe esa relación comienzan los problemas y se da una separación. Es allí cuando el hombre comienza a buscar aspectos y herramientas que le ayuden a superar la pérdida de esa unidad con el mundo. Pero dentro de sí mismo se va desencadenado un conflicto que en principio no nota pero que luego se le va convirtiendo en problemático.

El hablador retoma el conflicto que se genera cuando se da la separación hombre-mundo y la presenta para que el lector decida. Este trabajo de interiorización es lo que hace de esta novela, una obra de alta calidad, dentro de la cual subyacen elementos que aportan vitalidad y movimiento a la relación no solo del ser humano consigo mismo sino con su entorno. Al restaurar el orden natural de las cosas, muy seguramente el hombre se sentirá más tranquilo, pero mientras que esto no suceda el caos continuará dándose y aspectos como el de la soledad se harán más patentes. “El doble significado de la soledad —ruptura con un mundo y tentativa por crear otro— se manifiesta en nuestra concepción de héroes, santos y redentores” (Eco: 184). La necesidad de sentirnos de alguna manera cercanos a las características que Eco manifiesta, es resultado de la separación con los aspectos básicos del ser humano, de eso que los machiguengas denominan como el orden del mundo, razón por la cual necesita restablecerse esa unidad para que la sabiduría tome su lugar y no se pierda, como lo dicen ellos mismos:

Pasan cosas buenas y pasan cosas malas. Mala es que se esté perdiendo la sabiduría. Antes, abundaban los seripigaris, y, si se tenía duda sobre que comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que anda iba a preguntar. Siempre había un seripigari cerca, fumando, tomando cocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión- Así dicen, por donde voy, los hombres que andan ¿Será que no nos movemos bastante?, diciendo. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? ¿Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás? (Vargas Llosa: 521).

El discurso, quizá sin proponérselo, muestra la manera de restablecer el orden volviendo a la sabiduría, permitiendo el cambio en la forma pero no en el fondo. Cuando se restablezca el orden del mundo muy seguramente el hombre comenzará a descubrir que su soledad desaparece y que la sabiduría lo llena, en plena consonancia con su origen primario.

V. Intimidad de las orillas

La novela de Mario vargas Llosa toca aspectos inherentes al ser humano y se acerca a la metafísica del ser y de sus orillas contingentes. De igual manera muestra el choque que se presenta cuando dos culturas diferentes se encuentran y una quiere avasallar a la otra sin respetar las creencias ni la ideología de ésta. Con El hablador, el autor no sólo trata temas relacionados con los problemas sociales o políticos de una región particular sino que plantea incógnitas que se extienden al ámbito latinoamericano, en algunos casos, y al universal, en otros.

Quizá El hablador no sea una de las obras más conocidas de Mario Vargas Llosa, pero esto no la hace menos importante e interesante. Es más, este texto genera planteamientos que hacen de él un libro importante e imprescindible para explorar acerca de la cultura latinoamericana y de la atomización y la polarización de la misma. En suma, la novela contiene no sólo formas narrativas interesantes, sino que se acerca a la intimidad del ser humano de esta parte del mundo.

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John J. Junieles: (Sincé-Sucre, Colombia, 1970) Estudió Derecho en la Universidad de Cartagena de Indias y Periodismo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado: Hombres solos en la fila del cine (novela, 2004), El temblor del kamikaze (cuentos, 2003) y los poemarios Papeles para iniciar el fuego (1993), Temeré por mí al final de estas líneas (1996) y Canciones de un barrio en la frontera (2002). Ha obtenido el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alajuela (Costa Rica 2005), Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá (2002), la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura (2002). Ha sido periodista del diario El Universal de Cartagena, del Festival Internacional de Cine de Cartagena y del Observatorio del Caribe Colombiano . En la actualidad, es colaborador de las revistas Espéculo (España), El Hablador (Perú) y Noventaynueve (Colombia), así como del portal literario www.letralia.com (Venezuela). .

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/est11_junieles1.htm

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