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La política social y de protección para los pueblos que no forman parte del poder dominante en una nación, llevan a que se les quiera reemplazar sus creencias, sus costumbres y sus ritos de acuerdo al pensamiento hegemónico.

 

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Otra costumbre de la tribu son los poetas: El hablador de Mario Vargas Llosa

por John J. Junieles

 

Otra costumbre de la tribu son los poetas
Jorge Luis Borges

 

La literatura indaga en lo más profundo del ser humano, articulando las diversas aristas que hacen de la existencia un jeroglífico casi indescifrable. Esto se hace más patente en el momento en que el arte coloca cara a cara diversidad de pensamientos, de maneras de ver el mundo, de comportarse. Resulta interesante observar, por ejemplo, la forma tan distinta en que asumen el mundo los diferentes pueblos de acuerdo a su cosmogonía o a las leyendas o mitos que le son propias.

El hablador (1987), de Mario Vargas Llosa, es un texto que se acerca, como toda gran obra, a ese punto en el que confluyen y se encuentran dos formas de pensar: la de las sociedades modernas con la de las comunidades indígenas, en ambos casos, relativas al Perú (*) . Y es que es a partir de esta coyuntura, el texto logra desentrañar y poner de relieve dos circunstancias importantes, como son: las visiones acerca de sociedades indígenas desde el punto de vista de los “civilizados” y la intimidad propia de dichas sociedades.

Al leer el texto se hace necesario acercarse a él sin prejuicio alguno, ya que dentro de sus páginas el lector se ve expuesto a tradiciones que se alejan muy posiblemente de su manera de entender el orden tradicional. Éste es precisamente uno de los aportes de la novela, pues brinda un sinnúmero de acercamientos a una cultura que se hace distante, dada su lejanía del mundo moderno y la perduración de las raíces ideológicas que la conforman.

Se denota un conocimiento de las comunidades indígenas por parte del autor, quien logra presentar una amplia gama de aspectos propios, de estos pueblos, no sólo en cuanto a sus costumbres sino, también, en lo referente a sus mitos. Y es que de otra forma no podría escribirse un discurso tan bien estructurado y detallado en aspectos que tocan con lo esencial de las sociedades indígenas peruanas.

El hablador nos cuenta la historia de un hombre que parte hacia Firenze en Italia para olvidarse, por un tiempo, de todo lo que se relacionara con su país: el Perú. Sin embargo, se encuentra con una fotografías que le recuerdan los sujetos indígenas a los que conoció; los machiguengas, y lo que más le llama la atención en una de ellas es la de un grupo de hombres y mujeres que se encuentran atentos y alrededor de un hombre que parece les está contando algo. Este es el punto de partida para que comience a recordar a un amigo suyo de la universidad, Saúl Zuratas, también conocido como Mascarita debido a un lunar que le ocupa medio rostro y quien es un admirador y conocedor de la sociedad machiguenga y de sus costumbres. Se desencadena así la trama del texto que lleva al lector a encontrarse con estrategias narrativas que llaman la atención y que lo mantienen en constante expectativa.

Vargas Llosa señala que “el novelista es siempre un rebelde, un hombre en desacuerdo con su sociedad, o con su tiempo, o con su clase; un hombre que no está satisfecho con el mundo” (Amorós: 164), lo cual nos induce a descubrir por qué el autor de El hablador no está de acuerdo con ese mundo referencial como marco discursivo. En una primera lectura, critica la manera en la cual las sociedades modernas descalifican o atacan las tradiciones propias de pueblos, alejados de las leyes que éstas se han impuesto. Y es que esto último no es una razón válida para juzgar de manera arbitraria las costumbres y reglas que rigen los sistemas y modos de comportamiento propios de estos pueblos, mucho menos cuando el conocimiento de ellos resulta, muchas veces, deficiente y casi nulo para entenderlos de manera adecuada.

Una segunda lectura brinda la posibilidad de entender el conflicto sociopolítico que quiere representar el texto, ya que el trasfondo del mismo nos lleva a pensar en la inminente desintegración de los nexos culturales entre las diversas sociedades. El hecho de ser diferente lleva a un desplazamiento social o a una lucha en contra de esa diferencia. De igual manera, la política social y de protección para los pueblos que no forman parte del poder dominante en una nación, llevan a que se les quiera reemplazar sus creencias, sus costumbres y sus ritos de acuerdo al pensamiento hegemónico o quienes “poseen” un alto grado de “civilidad”. La política, la sociedad y el mismo entorno se muestran hostiles no sólo para los machiguengas o para los demás sujetos indígenas del Perú, sino que es una realidad latinoamericana y, si se quiere, a nivel individual, ya que un individuo que no encaja en las normas o leyes que prescribe un ordenamiento particular es señalado como un problema para esa misma sociedad, en la cual, parece, no se le dan oportunidades para expresarse de manera libre de acuerdo a su carácter.

Desde 1492, los españoles y los ingleses, principalmente, dieron muestras del desconocimiento al respeto de la diferencia y de la ignorancia que hizo desaparecer a millones de nativos americanos. Se trató de una masacre humana e ideológica, en pos del beneficio económico que les representaban las tierras y las riquezas que a la postre robaron impunemente. En la actualidad, el tema de los choques culturales es bastante notorio, si se tiene en cuenta que se demarca una infinidad de pensamientos dada la atomización de las sociedades, motivo por el cual la fragmentación ideológica es más patente día a día. A un nivel más general, se presenta el choque entre el mundo occidental y el mundo islámico, dos formas de ver la vida muy distinta y, de alguna manera, extremista cada una en su concepción de su forma de comportamiento.

La novela de Mario Vargas Llosa se actualiza debido a la universalidad del tema y a la permanente presencia del conflicto que suscita la cuestión relacionada con los encuentros ideológicos. El hablador no es solamente la historia de una comunidad sino que es la historia de un mundo que cierra los ojos a las minorías y que, como una aplanadora, aplasta y arrasa con la variedad intelectual que encierra cada pueblo por minoritario que sea. La necesidad de homogenizar el mundo, planteada por las potencias para doblegar y dominar de manera más fácil a los individuos, se refleja en la manera en que la sociedad moderna quiere que los machiguengas dejen de andar y se asienten en un solo punto o en el hecho de querer cambiar la ideología religiosa que manejan para que se acerquen más a la civilización. Es como si la única manera de entender una cultura o una ideología diferente fuera la de aniquilar su pensamiento habitual y cambiarlo de una u otra forma, para que forme parte de la corriente tradicional.

El texto actualiza, además, ese sentimiento tan humano de volver a las raíces, a lo íntimo, mirar hacia adentro no desde un punto de vista egoísta o ególatra, sino desde el origen, esto es, ver lo esencial del hombre y volver la mirada a esos primeros pasos que quedaron marcados cuando empezó a moverse pero que fue olvidando y se desdibuja de los mismos. Esa necesidad de reencontrarse con lo ancestral y lo inmanente atraviesa todo el texto y se escucha entre líneas como un llamado urgente a la contemplación de la sencillez. En un mundo tecnificado y dominado por las computadoras, este llamado parece el grito de un loco ante una inmensidad que le da la espalda, de allí que textos como el de Vargas Llosa resulten tan importantes si se tiene en cuenta su carácter de atalaya, de aquel que observa y descubre que algo no anda bien.

En fin, El hablador no es un escrito más que se presenta para entretener simplemente, sino que, como el ser que va contando a los escuchas sus historias sin parar, quiere que el lector, en este caso, abra sus oídos y reflexione acerca de la necesidad perentoria de hacer un alto en el camino y retomar la senda que alguna vez se extravió: la del respeto y la tolerancia. Claro está que esta labor no es fácil, o si no que lo digan los mismos machiguengas que un día dejaron de andar tanto como antes y se asentaron para escuchar los sonidos que la modernidad les traía.

I. Espejos y luces, humo y reflejos

No son pocos los críticos que muy cándidamente cometen el error de confundir al narrador de la historia con el autor del texto, es decir, Mario Vargas Llosa, debido a que en algunos aspectos podría identificarse como a uno sólo. Pero en literatura resulta clave distinguir entre autor y narrador, ya que el narrador es una creación de la imaginación del autor y no necesariamente un reflejo de este mismo. Al respecto el mismo Vargas Llosa señala que en el texto “hay un narrador que, digamos, usurpa mi nombre y apellido, creo que ésta es la forma de decirlo, y que usurpa buena parte de mis experiencias vinculadas con la selva, pero también hay una multitud de invenciones y de fantasías. Este es un elemento para mí muy importante y difícil de captar para un lector: el narrador de una historia no es nunca el autor, aun cuando aparezca con el nombre, apellido y la propia vida del autor. Que siempre es una invención, que es siempre alguien en el que un autor se transforma, se traslada. El primer personaje que inventa un autor es, siempre, un narrador” (Setti: 74).

El hablador nos presenta a un narrador aquiescente, que no sabe más de lo que conocen los demás personajes del texto. Dicho narrador nos lleva a Firenze y, de igual forma, nos invita a visitar un pasado que viene a posarse en su memoria. Existe algo particular e interesante en el libro y es la voz de un hablador machiguenga que, descubrimos, es Saúl Zuratas, y que aparece en varios de los capítulos del texto, sin que esto signifique que se trata del narrador.

El narrador, en suma resulta importante dentro de la estructura del libro, el mismo que se divide en ocho capítulos. A partir de este número de capítulos descubrimos tres partes en las cuales podemos enfocar el texto. La primera de ellas de refiere al presente del narrador, es decir la ciudad de Firenze, en el marco de la cual encontramos el primer y el último capítulo de la historia. En segundo lugar nos encontramos con el pasado del narrador en los capítulos segundo, cuarto y sexto, dentro de los cuales, a su vez, encontramos saltos hacia el presente del mismo. Y en tercer lugar nos hallamos con los capítulos tercero, quinto y séptimo, en los cuales se escucha la voz de un hablador machiguenga que cuenta historias relacionadas con la manera de ver el mundo por parte de esta nómada comunidad indígena.

Como ya hemos dicho, el hablador machiguenga no es de ninguna manera el narrador del texto, de tal forma que en los capítulos en los cuales se escucha su voz, encontramos sus historias como una contextualización del resto del texto. Podría decirse que se trata de un acercamiento mágico al que el autor nos aboca, en procura muy seguramente de que nos sintamos como parte de ese grupo de hombres y mujeres que atónitos escuchan a ese hablador, que cumple las funciones de poeta , guarda de esa memoria que sirve de lugar constante para el encuentro entre generaciones. Y es que el autor logra que el lector se meta en la estrategia narrativa y en los diálogos de los personajes.

El narrador se presenta, en consecuencia, como el representante de la sociedad moderna, ya que sus características lo denotan así: hombre de mundo, gustoso de viajar, defensor del orden establecido en la sociedad moderna, crítico de lo que considera comportamientos bárbaros por parte de los indígenas. Precisamente, el comienzo del texto nos muestra a un hombre que llega a Firenze con la idea de olvidarse por un tiempo de su tierra: “Vine a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos” (Vargas Llosa: 325).

Pero vamos viendo cómo este narrador se va transformando conforme va transcurriendo la historia, ya que va conociendo las colectividades indígenas, se va acercando a ellas e indaga acerca de aspectos intrínsecos a su forma de vida. Y, en última instancia, lo encontramos en Firenze pero recordando al hablador de su historia, aún a pesar del lugar en el que se encuentra:

Podría ir a mezclarme con los jóvenes ebrios de música y marihuana de la Piazza Santo Spirito o de la Plaza de la Signoria que, a estas horas, es una abigarrada corte de los milagros donde se improvisan simultáneamente cuatro, cinco, y a veces, diez espectáculos: conjuntos de maraqueros y tumbadores caribeños, equilibristas turcos, tragafuegos marroquíes, una tuna española, mimos franceses, jazzmen norteamericanos, adivinadoras gitanas, flautistas húngaros. A veces es agradable perderse un rato en esa multitud variopinta y juvenil. Pero esta noche iría adonde fuera, en vano. Sé que en los puentes de piedras ocres sobre el Arno, bajo los árboles prostibularios del Cascine o bajo los músculos de la fuente de Neptuno y el bronce cagado de palomas del Perseo de Cellini, dondequiera que me refugie tratando de aplacar el calor, los mosquitos, la exaltación de mi espíritu, seguiré oyendo, cercano, sin pausas, crepitante, inmemorial, a ese hablador machiguenga. (Vargas Llosa: 579-580).

El narrador termina su historia tomando conciencia de la importancia de la memoria y de sus raíces, un hombre perseguido por una historia que le es propia y que no puede negarla porque está presente así quiera prescindir de ella. Y es que esos artistas que se agolpan en la Plaza de la Signoria pueden ser formidables pero no forman parte del mundo maravilloso que le pertenece a él sino que le son ajenos. Quizá se pregunta la razón por la cual no hay un hablador machiguenga en alguna de las plazas de Firenze en ese instante. En este momento nos encontramos frente a una realidad no sólo peruana sino latinoamericana, y es el abandono a las tradiciones propias, el detrimento de lo autóctono en beneficio de lo extranjero. En la Plaza no hay un hablador machiguenga simplemente porque a muchos esa cultura puede resultarles demasiado primitiva y arcaica, pero el narrador nos abre los ojos diciéndonos que eso no es lo que sucede con culturas como las europeas o norteamericanas, en donde se cree en lo propio. Es el drama de las culturas de Centro y Suramérica, en donde se hacen ojos y oídos sordos a las raíces culturales.

(*) Sobre El hablador, en esta misma revista se puede consultar el artículo de José Andrés Rivas (nota del editor).

 

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