Para
Agnés Vayreda, que sintió el peso de
lo instituido
Introducción
ilusionada
La
aparición de una revista literaria es siempre
una buena noticia. Si además la revista se
desarrolla a través de un nuevo medio, como
es Internet, en mi caso, la satisfacción es
doble. La causa de esta doble satisfacción
es sencilla: podré disfrutarla desde el otro
lado del Atlántico y podré leer a personas
que, de otra forma, es poco probable que pudiera leer.
Quizá no reflexionamos bastante sobre lo que
esto supone respecto a otras posibilidades de difusión
de nuestras ideas y creaciones. Las probabilidades
de que yo me hubiera enterado de que esta revista
estaba a punto de nacer, sin mediar Internet, serían
casi nulas. Afortunadamente, no ha sido así
y ahora, lector, estás leyendo este texto virtual
que, junto a otros, se disemina por todos los lugares
de nuestro globo terráqueo. Por pocas vueltas
que le des, pronto llegarás a la conclusión
de que estás ante un invento revolucionario,
algo destinado a romper barreras y ampliar horizontes.
Falsos
enemigos
Hay
veces en que las apariencias nos engañan y
tenemos percepciones distorsionadas de las cosas.
Así ha sucedido con Internet y, más
específicamente, con su relación con
el mundo de las Letras. Al principio existía
bastante recelo y parecía que el libro y el
ordenador representaban espacios separados, irreconciliables,
antagónicos. Ambos eran los estandartes de
dos mundos: el de la tradición cultural y el
de la revolución tecnológica.
En
otras ocasiones hemos tenido oportunidad de analizar
estas relaciones. Bástenos con señalar,
de forma resumida, que el libro no es la Literatura,
ni el ordenador una simple herramienta tecnológica.
Si
consideramos no lo que les separa, sino lo que comparten,
nos daremos cuenta de que vemos las cosas de forma
muy distinta. El libro no es más que el soporte
material de la palabra, una forma histórica
de empaquetar las palabras para hacerlas llegar
a otros y para conservarlas. Es decir, el libro es
un dispositivo tecnológico de almacenamiento
y distribución de información. En cierto
sentido, cumple la misma función que un disco
magnético de almacenamiento o que un CD-ROM.
La diferencia básica entre ambos es que el
disco necesita de un dispositivo lector para que esa
información magnética u óptica
codificada pueda ser mostrada ante los ojos de un
lector.
Evidentemente,
estamos simplificando, pero no exagerando. La identificación
entre la Literatura y los libros es una operación
retórica en la que se toma el continente por
el contenido. Los libros no son la Literatura.
Quizá recuerden la novela de Ray Bradbury,
Fahrenheit 451. Los libros son destruidos, pero
la gente los memoriza. Mueren los objetos, lo material,
pero la información se almacena en la mente
y sigue circulando de forma clandestina. La situación
que Bradbury reflejaba en su novela no es exclusiva
del mundo de la ciencia-ficción. De hecho,
esta situación se ha dado en multitud de ocasiones
allí donde la libertad se ve restringida. ¿Cuántos
poetas clandestinos, cuantos pensadores se han ocultado
en las mentes de sus lectores para escapar de las
censuras? Los libros, por tanto, no son la Literatura.
De hecho, la Literatura es anterior a los libros y,
seguramente, será posterior a ellos. El libro
es una solución histórica una
buena solución, hay que decir a un problema:
cómo conservar y difundir la palabra.
Nos encontramos ante un falso debate. Los enemigos
de los libros hay que buscarlos en otras parte, incluso
entre los falsos amigos. Siempre he dicho que los
peores enemigos de la Literatura en sí son
los malos libros. El problema no es que haya muchos
ordenadores, sino que cada vez hay peores libros.
Para que no piensen que soy derrotista lo diré
de otra manera más aceptable: cada vez es menos
probable que un buen libro se haga visible.
La
creciente conversión de todas las instancias
socioculturales en mero negocio hace que un buen texto
tenga cada vez menos posibilidades: 1) de ser editado;
2) si es editado, de ser acogido en algún medio
que lo dé a conocer; y 3) por tanto, de ser
leído.
Mi
parte optimista me hace pensar que no es que ya no
se escriban buenos libros, sino que sencillamente
no se encuentran en donde yo pueda encontrarlos. Es
un problema de entrecruzamiento de destinos: el del
libro que me interesaría leer y el mío.
Pero estas líneas son cada vez más distantes.
Los esfuerzos promocionales se centran cada vez más
en obras que no durarán más allá
de la temporada de su promoción. El encuentro
queda cada vez más en manos de la casualidad.
Por
esto Internet es importante para la Literatura. Y
lo es por varios motivos. El primero de ellos es su
doble naturaleza. Internet es una gigantesca imprenta
virtual y también una gigantesca librería.
Los textos circulan por ella, como información,
de forma fluida. Liberados de la materialidad del
objeto-libro, los textos recorren el globo de forma
casi instantánea. Internet también es
un depósito textual en el que se encuentran
millones y millones de páginas virtuales.
Pero hay un tercer elemento que permite articular
los dos anteriores: Internet es un medio de comunicación
horizontal. Esta horizontalidad proviene de su
configuración como Red. A diferencia de los
Medios masivos tradicionales de comunicación,
Internet no tiene una estructuración jerárquica
que separe productores y receptores, sino que cualquier
ordenador puede, teóricamente, acoger a otros
visitantes o emitir información.
Yo
escribo, tú me lees
Uno de los argumentos más usados contra la
Red es que cualquiera puede escribir algo en
ella. Este argumento no es nuevo. De hecho, se utilizó
contra la imprenta en su momento. Es el tipo de razonamiento
que yo califico como de control. Alrededor
del mundo de los libros lo que es llamado el
sistema textual se tejen toda una serie
de instituciones que tratan de regir las condiciones
de producción, distribución, consumo,
clasificación y valoración. Todos estos
aspectos son funciones socioculturales.
Las
reglas de producción son las que determinan
las condiciones de la escritura y de la autoría.
Son las que establecen quién puede ser llamado
"autor" y qué tiene que hacer para
ser calificado como tal. También regulan la
producción material, es decir, qué puede
ser llamado "editorial" y cuáles
son sus condiciones legales, económicas, etc.
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