Es decir, hemos cedido el derecho a otros para que nos representen. Cuando son las editoriales las que deciden qué debe publicarse y qué no, no están realizando una simple función de mercado, sino utilizando un criterio que afecta directamente un derecho fundamental

 

 

 

 

Esta opción es la elegida por muchos autores —y no solo noveles— para saltarse los condicionamientos editoriales. Ahora lo hacen a través de Internet. Muchos serán ignorados, pero otros están teniendo ya un éxito regular que ha llamado la atención de las editoriales. Algunas, incluso, están sometiendo el veredicto sobre la publicación impresa a través de consultas en la misma Red. Son los ciberlectores con sus opiniones los que deciden si el texto debe dar el salto de lo virtual a lo material.

Como editor, tengo la experiencia frecuente de la solicitud para revistas y libros impresos de material que ha aparecido primero en la revista digital que dirijo. Puede que muchos editores recelen de la Red, pero lo cierto es que no le quitan el ojo.

Entre la red y el mundo material se produce un trasiego constante en el que artículos u obras publicados en papel y de deficiente distribución y promoción adquieren una nueva vida al pasar a la Red. También se produce el fenómeno contrario: los artículos aparecidos en Internet son solicitados por diversas publicaciones impresas. Ambos fenómenos nos indican que la separación entre lo impreso y lo digital es, en gran medida, ficticia y que ambos cumplen una función cultural complementaria: la ampliación del campo de difusión.

Desde el punto de vista de la Cultura, lo importante es la posibilidad de circulación textual. Los sistemas de almacenamiento, de empaquetado de los contenidos, no son irrelevantes, pero son relativos. Lo prioritario es el texto. Por eso insistimos desde el comienzo en que los libros no son la Literatura. La Literatura la componen los textos y son estos los que perduran culturalmente pasando de generación en generación si son valiosos, sobreviviendo al proceso de filtrado que supone la Historia.

Es evidente que Internet ha multiplicado el número de textos en circulación. Existen millones de páginas repartidas por todo el mundo. Unas serán más valiosas que otras, pero todas tienen el mismo derecho de existencia. Prefiero este mare mágnum textual a la sequía de los textos controlados, estandarizados y que tienden a eliminar las formas culturales locales en beneficio de un falso gusto medio internacional.

La guerra de los libros la ha perdido la Cultura, es decir, todos, desde el momento en que esta Cultura no da libre expresión a los procesos creativos, sino a procesos de industrialización cultural. Cientos de miles de pequeñas editoriales intentan sobrevivir por todo el mundo frente a los gigantes editoriales que imponen sus obras y criterios, basados más en la búsqueda de la cantidad que en la calidad. Por eso se están creando permanentemente en la Red editoriales, revistas, páginas de autores, foros de creación, etc. que son el reducto de la expresión personal.

La Red ofrece una oportunidad a la creatividad y al pensamiento gracias a esa independencia mencionada. Es una puerta que se abre cuando muchas otras se cierran. Yo escribo y tú me lees; esta parece ser la formula. Aunque de hecho existan instituciones mediadoras, el proceso se ha simplificado. La cadena que va del autor al lector se ha visto reducida en el número de sus eslabones. Siempre existirán filtrados, pero ahora tenemos la posibilidad de que esos filtrados no hagan un daño irrecuperable. ¿Cuántas obras de calidad se han quedado por el camino, detenidas en puertas que no se les abrieron en su momento? Esta es una pregunta difícil de responder. En ocasiones, se recuperan autores que no tuvieron la posibilidad de publicar en su momento a los que se les reconoce su valor posteriormente. Para estas situaciones hemos establecido la frase: se adelantaron a su tiempo. Esto no deja de ser un eufemismo que trata de hacer olvidar la cerrazón de muchas instituciones ante lo original. Nadie se adelanta a su tiempo; todos somos hijos de nuestro tiempo. Pero los criterios cerrados, las cegueras históricas, impiden que esas obras tengan el reconocimiento debido. Algunas llegan, pero ¿qué pasa con las otras?

Lo que es importante en el aspecto creativo, lo es igualmente en el aspecto crítico. Si la creación se ha estandarizado, el pensamiento se ha burocratizado. Los filtros sobre lo original son todavía mayores porque afectan a lo instituido. La crítica necesita espacio de debate, foros de discusión en los que las ideas se enfrenten, sea el campo que sea. Si hay algo peor que el pensamiento único, es el pensamiento repetitivo. En un mundo global es fundamental que se abran los espacios para todas las voces, para todas las diferencias. Si la expansión globalizadora no se compensa con la posibilidad de establecer cauces para el pensamiento diverso, estamos abocados a ese pensamiento único y repetitivo, a un futuro cultural uniforme en el que las diferencias no se permitan más que como una concesión de gracia, como algo casi folclórico.

El derecho a pensar de otra manera necesita también de sus cauces. También el derecho a pensar solo. Pensar de otra manera es muchas veces pensar solo. Una soledad que se va paliando poco a poco a través, precisamente, de la posibilidad de la comunicación. Los foros de la Red son la recuperación del espacio público como espacio simultáneamente de convergencia y divergencia. Ya no son nuestros representantes los que nos interpretan y discuten entre ellos. La discusión, el debate son el alimento de la mente, el encuentro en el que se formalizan las ideas y surgen nuevos argumentos al hilo del encuentro. Es necesario que existan lugares en los que se pueda decir "yo no pienso así", "yo no creo eso" y explicar por qué. Sobre todo en unos tiempos como estos en los que el peso institucional sobre la opinión pública es determinante.

Por supuesto, también existen inconvenientes. El más grave quizá sea el de la separación que se establece entre los poseedores de la tecnología y aquellos que carecen de acceso a ella. Sin embargo, esa brecha tecnológica suele coincidir con la existente entre los que tienen acceso a la Cultura y los que no. Como he tenido ocasión de escribir en otro lugar, aquellos lugares en los que los ordenadores y las conexiones son caros también suelen serlo los libros. Pero hay un hecho incontestable: el acceso a la red es una puerta a la cultura y, además, un instrumento de creación de cultura. La inversión en conexiones es rentabilizada, culturalmente hablando, de forma doble: permite el acceso a millones de textos y permite también la producción textual. En este sentido, es mucho más dinámica, produce una aceleración geométrica.

Darse cuenta de esto es labor de las instituciones públicas que, por ser públicas, deben de cuidarse de la mejora de la totalidad de su ciudadanía y de resolver las diferencias existentes en la sociedad, y no de acrecentarlas. Desgraciadamente, las autoridades de muchos países no piensan en la Red más que en términos de negocio electrónico y alientan más a las empresas que a sus ciudadanos. Les preocupa la red como instrumento de mercado y piensan en ella como un activador del consumo. La Red no sería para ellos más que otra forma de llegar a los consumidores. Esta mentalidad no es buena. La Red es mucho más que un instrumento del mercado.

Si admiten un modesto consejo: no piensen en sus ciudadanos como seres pasivos, como meros receptores; denles la oportunidad de ser productores, de crear algo. Instruyan, pero no dirijan. Creen espacios públicos virtuales para que la gente canalice sus intereses y de forma a sus ideas, para que dialoguen, para que hablen sobre sus problemas y busquen sus soluciones. Resistan la tentación —sé que es fuerte— de pensar lo que los demás tienen que hacer. Al cabo de un tiempo tendrán una red anárquica, pero rica. Tendrán a mucha gente diciendo lo que piensa, y eso no es necesariamente malo. Por una vez, dejen de pensar en términos numéricos y piensen en términos de riqueza y diversidad cultural.

Esto no significa que deban retirarse. Al contrario: su mejor participación es volcar en la red toda aquella información que pueda ser de utilidad a la sociedad. Abran sus bibliotecas para que sean accesibles desde todos los lugares; digitalicen sus fondos y archivos; graben los actos culturales y pónganlos en la Red, etc. En fin, creen una sociedad digital, una sociedad fluida, donde las cosas están aquí y en todas partes, una sociedad con menos barreras e impedimentos, con menos filtros y censuras. Acabarán siendo sociedades maduras y responsables. Y todos saldremos ganando.

© Joaquín Mª Aguirre Romero*, 2003

 

(*) Joaquín Mª Aguirre Romero (Madrid, 1956)

Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid de la que es Profesor Titular. Ha sido Vicedecano de Investigación y Desarrollo Tecnológico de la Facultad de Ciencias de la Información durante cuatro años. En los últimos veinte años ha desempeñado la docencia en el área de la Literatura con especial dedicación al campo de la Teoría Crítica y Hermenéutica y la aplicación de las Nuevas Tecnologías de la Información a la enseñanza de la literatura. Crítico literario e investigador sobre el desarrollo de la Sociedad de la Información. En 1995 crea Espéculo. Revista de Estudios literarios, publicación digital pionera en España, de la que es Editor. La revista cuenta con más de un millón doscientos mil lectores anuales y es consultada desde más de cien países.

Página 3 de 3

[ 1 - 2 - 3 ]

 

contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2004
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting