Quizá recuerden la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Los libros son destruidos, pero la gente los memoriza. Mueren los objetos, lo material, pero la información se almacena en la mente y sigue circulando de forma clandestina

 

 

 

 

Las reglas de distribución, por su parte, afectan a las condiciones físicas, legales, económicas, etc. que regulan el movimiento de los libros. También el consumo tiene sus propias condiciones: hábitos de lectura, gustos, etc. La clasificación es la función que ordena el universo textual estableciendo las diversas áreas y categorías del orden de los libros. Por último, la valoración se ocupa de establecer las jerarquías entre los textos; es tarea de la crítica, de los historiadores y del mundo académico.

Todas estas funciones han tenido su propia evolución histórica y no eran las mismas en el mundo antiguo que en el medieval o con la imprenta. Cuando hoy se dice que "en Internet cualquiera puede publicar" como un reproche, se están reconociendo implícitamente que se están violando unas reglas no escritas, pero que determinan perfectamente quién o quiénes están en condiciones de publicar.

"Publicar" no es más que hacer público. Esto significa que se ponen en circulación una serie de textos a los que se puede acceder desde una comunidad más o menos amplia. El texto, producido en el ámbito de lo privado, se materializa y se abre a lo público para ser adquirido y, en su caso, leído por la comunidad.

En el proceso que va de la escritura a la publicación se han ido creando toda una serie de instituciones mediadoras que se han especializando en las diversas funciones que les competen. Son el resultado de una evolución histórica determinada. Sabemos que los primeros impresores, por ejemplo, realizaban las funciones que hoy realizan separadamente editores, impresores, distribuidores y libreros. Imprentas y editoriales son, hoy, elementos separados. Una imprenta puede trabajar para diversas editoriales y no realiza las tareas de selección, corrección, etc. propias de la función editorial.

Este reproche contra Internet es el resultado de que la Red permite una reunificación de las funciones que se fueron separando e institucionalizando históricamente. El hecho de que cualquiera puede publicar es el resultado de que un nuevo dispositivo tecnológico permite que una misma persona pueda crear, editar, publicar y distribuir un texto sin tener que recurrir a otras instancias. Es decir, la Red da independencia y autonomía.

Esto, desde algunas perspectivas, es un retroceso, porque vacía de contenido las funciones separadas evolutivamente. Sin embargo —y esta es mi opinión—, pienso que es su gran logro. Olvidamos a menudo que la libertad de expresión y la libertad de imprenta son dos elementos que se ven condicionados por los medios disponibles, tanto desde el punto de vista tecnológico como económico. "Expresión" e "impresión" se vinculan directamente, como derechos, con el concepto de comunicación. "Expresarse" es tener el derecho a pensar y decir. Se dice que los pensamientos son libres, pero para seguir siéndolo, muchas veces, deben permanecer en el silencio. Sin la posibilidad de decirlos a otros, la libertad de pensamiento no es más que una ironía. "Impresión", por su parte, es tener el derecho a hacer llegar a otros lo que hemos pensado. Es decir, a materializar los pensamientos para darlos a conocer. En ambos caso, el hecho comunicativo es el que da sentido a los dos derechos.

También olvidamos que con estos derechos fundamentales ha sucedido una situación paralela a la de los otros derechos políticos: se han convertido en delegados o representativos. Es decir, hemos cedido el derecho a otros para que nos representen. Cuando son las editoriales las que deciden qué debe publicarse y qué no, no están realizando una simple función de mercado, sino utilizando un criterio que afecta directamente un derecho fundamental. Tendemos a considerar que la libertad de expresión afecta solo a los aspectos políticos. Sin embargo, este criterio es demasiado restrictivo. Creo que la expresión es algo que afecta a todas las dimensiones del pensamiento, incluida la creación en todas las variantes del arte. Lo contrario es la profesionalización de los derechos, de la misma forma que la profesionalización de los derechos políticos dan lugar a la figura del "político profesional". El Arte —la creatividad— no es una profesión; es ante todo una dimensión del ser humano, una actividad que nos permite desarrollarnos como personas. El hecho de que ciertas personas puedan ganarse, mejor o peor, la vida realizando actividades artísticas no debería ocultar esta dimensión general y, sobre todo, no debería restringirlas.

Las leyes de todos los países con democracia reconocen el derecho de cualquiera a difundir sus ideas. El problema es que, para lograrlo, hay que adquirir el beneplácito de una serie de instituciones intermedias entre el individuo y la comunidad receptora.

Pero hay otro argumento a favor más. El mundo que regula los procesos de producción cultural —las denominadas "industrias culturales"— se ha estrechado merced a los procesos de concentración empresarial y a la internacionalización. La creación es cada vez menos espontánea y cada vez más algo planificado y diseñado como producto cultural. Esto está produciendo un fenómeno de distorsión histórica de las líneas de creación. El arte verdadero, la idea original, el pensamiento crítico es riesgo porque trata de modificar las relaciones con la tradición. Y todas las doctrinas de la mercadotecnia dicen que el riesgo es algo que hay que reducir al mínimo. La forma de reducir el riesgo más efectiva es, evidentemente, la obra de encargo, el texto que se pide con unas pautas determinadas. Estas pautas tienden a repetirse de forma automática y su manifestación más clara es el best-seller, obra diseñada desde sus orígenes para ser comercializada conforme a unos gustos detectados y probados por el éxito en el mercado. El problema no es que existan los bestsellers; el problema es la reducción de las oportunidades de todo lo que suponga riesgo innovador y, como efecto, la creación de unos hábitos de consumo cada vez más adocenados en la sociedad.

Internet permite abrir un amplio canal de circulación textual. La naturaleza horizontal que antes señalábamos permite que los filtros y condicionantes existentes en el mundo material de los libros se reduzcan. No desaparecen, pero es evidente que se reducen en muchos sentidos.

Tengo un recuerdo de muchos años en la Feria del libro de Madrid: un viejo escritor cargado con una bolsa y la mano llena de libros paseando entre la gente que visita las casetas editoriales. Durante muchos años, siempre le escuché las mismas palabras promocionales: "Del autor al lector". Cargado con sus libros, intentaba llegar a sus lectores directamente. No sé si sus libros eran buenos o malos, pero luchaba por encontrar, bajo el fuerte sol del junio madrileño, sus lectores.

 

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