Las
reglas de distribución,
por su parte, afectan a las condiciones físicas,
legales, económicas, etc. que regulan el movimiento
de los libros. También el consumo tiene
sus propias condiciones: hábitos de lectura,
gustos, etc. La clasificación es la
función que ordena el universo textual estableciendo
las diversas áreas y categorías del
orden de los libros. Por último, la valoración
se ocupa de establecer las jerarquías entre
los textos; es tarea de la crítica, de los
historiadores y del mundo académico.
Todas
estas funciones han tenido su propia evolución
histórica y no eran las mismas en el mundo
antiguo que en el medieval o con la imprenta. Cuando
hoy se dice que "en Internet cualquiera puede
publicar" como un reproche, se están reconociendo
implícitamente que se están violando
unas reglas no escritas, pero que determinan perfectamente
quién o quiénes están en condiciones
de publicar.
"Publicar"
no es más que hacer público.
Esto significa que se ponen en circulación
una serie de textos a los que se puede acceder desde
una comunidad más o menos amplia. El texto,
producido en el ámbito de lo privado, se materializa
y se abre a lo público para ser adquirido y,
en su caso, leído por la comunidad.
En
el proceso que va de la escritura a la publicación
se han ido creando toda una serie de instituciones
mediadoras que se han especializando en las diversas
funciones que les competen. Son el resultado de una
evolución histórica determinada. Sabemos
que los primeros impresores, por ejemplo, realizaban
las funciones que hoy realizan separadamente editores,
impresores, distribuidores y libreros. Imprentas y
editoriales son, hoy, elementos separados. Una imprenta
puede trabajar para diversas editoriales y no realiza
las tareas de selección, corrección,
etc. propias de la función editorial.
Este
reproche contra Internet es el resultado de que la
Red permite una reunificación de las funciones
que se fueron separando e institucionalizando históricamente.
El hecho de que cualquiera puede publicar es
el resultado de que un nuevo dispositivo tecnológico
permite que una misma persona pueda crear, editar,
publicar y distribuir un texto sin tener que recurrir
a otras instancias. Es decir, la Red da independencia
y autonomía.
Esto,
desde algunas perspectivas, es un retroceso, porque
vacía de contenido las funciones separadas
evolutivamente. Sin embargo y esta es mi opinión,
pienso que es su gran logro. Olvidamos a menudo que
la libertad de expresión y la libertad de imprenta
son dos elementos que se ven condicionados por los
medios disponibles, tanto desde el punto de vista
tecnológico como económico. "Expresión"
e "impresión" se vinculan directamente,
como derechos, con el concepto de comunicación.
"Expresarse" es tener el derecho a pensar
y decir. Se dice que los pensamientos son libres,
pero para seguir siéndolo, muchas veces, deben
permanecer en el silencio. Sin la posibilidad de decirlos
a otros, la libertad de pensamiento no es más
que una ironía. "Impresión",
por su parte, es tener el derecho a hacer llegar a
otros lo que hemos pensado. Es decir, a materializar
los pensamientos para darlos a conocer. En ambos caso,
el hecho comunicativo es el que da sentido a los dos
derechos.
También
olvidamos que con estos derechos fundamentales ha
sucedido una situación paralela a la de los
otros derechos políticos: se han convertido
en delegados o representativos. Es decir, hemos cedido
el derecho a otros para que nos representen.
Cuando son las editoriales las que deciden qué
debe publicarse y qué no, no están realizando
una simple función de mercado, sino utilizando
un criterio que afecta directamente un derecho fundamental.
Tendemos a considerar que la libertad de expresión
afecta solo a los aspectos políticos. Sin embargo,
este criterio es demasiado restrictivo. Creo que
la expresión es algo que afecta a todas
las dimensiones del pensamiento, incluida la creación
en todas las variantes del arte. Lo contrario es la
profesionalización de los derechos,
de la misma forma que la profesionalización
de los derechos políticos dan lugar a la figura
del "político profesional". El Arte
la creatividad no es una profesión;
es ante todo una dimensión del ser humano,
una actividad que nos permite desarrollarnos como
personas. El hecho de que ciertas personas puedan
ganarse, mejor o peor, la vida realizando actividades
artísticas no debería ocultar esta dimensión
general y, sobre todo, no debería restringirlas.
Las
leyes de todos los países con democracia reconocen
el derecho de cualquiera a difundir sus ideas. El
problema es que, para lograrlo, hay que adquirir el
beneplácito de una serie de instituciones intermedias
entre el individuo y la comunidad receptora.
Pero
hay otro argumento a favor más. El mundo que
regula los procesos de producción cultural
las denominadas "industrias culturales"
se ha estrechado merced a los procesos de concentración
empresarial y a la internacionalización. La
creación es cada vez menos espontánea
y cada vez más algo planificado y diseñado
como producto cultural. Esto está produciendo
un fenómeno de distorsión histórica
de las líneas de creación. El arte verdadero,
la idea original, el pensamiento crítico es
riesgo porque trata de modificar las relaciones
con la tradición. Y todas las doctrinas de
la mercadotecnia dicen que el riesgo es algo
que hay que reducir al mínimo. La forma de
reducir el riesgo más efectiva es, evidentemente,
la obra de encargo, el texto que se pide con unas
pautas determinadas. Estas pautas tienden a repetirse
de forma automática y su manifestación
más clara es el best-seller, obra diseñada
desde sus orígenes para ser comercializada
conforme a unos gustos detectados y probados por el
éxito en el mercado. El problema no es que
existan los bestsellers; el problema es la
reducción de las oportunidades de todo lo que
suponga riesgo innovador y, como efecto, la creación
de unos hábitos de consumo cada vez más
adocenados en la sociedad.
Internet
permite abrir un amplio canal de circulación
textual. La naturaleza horizontal que antes señalábamos
permite que los filtros y condicionantes existentes
en el mundo material de los libros se reduzcan. No
desaparecen, pero es evidente que se reducen en muchos
sentidos.
Tengo
un recuerdo de muchos años en la Feria del
libro de Madrid: un viejo escritor cargado con una
bolsa y la mano llena de libros paseando entre la
gente que visita las casetas editoriales. Durante
muchos años, siempre le escuché las
mismas palabras promocionales: "Del autor al
lector". Cargado con sus libros, intentaba llegar
a sus lectores directamente. No sé si sus libros
eran buenos o malos, pero luchaba por encontrar, bajo
el fuerte sol del junio madrileño, sus lectores.
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