La
gran mayoría de estudiantes de secundaria imagina
que estudiar Literatura consiste básicamente
en practicar la escritura o aprender lo necesario
para ser escritor. También sabe que la carrera
consiste en leer e investigar textos, pero éste
no es el principal interés. Sin embargo, en
la universidad, este nuevo alumno se encuentra con
un panorama totalmente distinto. Descubre, porque
no la conocía, la teoría literaria,
de la que nadie le había hablado. Se da cuenta
que el currículo se estructura por países,
épocas y lenguas, y que nunca se estudian a
fondo los escritores antes mencionados (algo que siempre
se ha extrañado en las aulas: cursos monográficos
sobre César Vallejo o José María
Arguedas). Total, el estudiante no está en
una universidad para ser escritor, sino para ser crítico
o investigador. Lo que se contradice con la feliz
portada del prospecto universitario, lleno de renombrados
escritores, pues le faltan los rostros de los críticos
peruanos, muy difíciles de conocer antes de
entrar a la universidad, por cierto.
Ante
esta situación, sólo cabe decir que
el ingreso a la carrera de literatura ya implica una
serie de malentendidos. El uso del discurso de la
tradición literaria, que sirve como medio para
atraer a los alumnos al estudio de literatura aunque,
en el caso de San Marcos, las imágenes de Mario
Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique también
sirven para convocar a los alumnos de facultades como
química o matemática, promete
una carrera para formar escritores, pero los alumnos
nunca llegan a tener tiempo para hacer crecer y madurar
su intención de escribir (verdadera o no, dicha
vocación apenas sobrevive en los talleres de
poesía o narrativa). El estudiante se encuentra
de cara a un programa que no reconoce, que no cumple
con sus expectativas y se ve obligado a elegir si
su futuro está en la crítica o la investigación.
Pero aquí nos encontramos con un segundo problema,
y es que eligiendo la crítica o la investigación
tampoco se sentirá muy satisfecho.
En
el comentario a la citada encuesta realizada en la
PUCP, Abelardo Oquendo señala las deficiencias
metodológicas de la enseñanza de Literatura
en nuestro medio:
(...)
La universidad debería orientar al estudiante
en los espacios y tiempos diferentes de la literatura
centrándose en muy pocas obras dentro de
cada espacio, cada tiempo. (...) Leerlos desde el
aspecto filosófico hasta el semiótico.
Que el profesor y los alumnos lean juntos y esto
nos lleve a muchas otras cosas: la época,
los antecedentes, las poéticas, los metatextos,
la teoría, etc.
(7)
En
otras palabras, si bien la universidad se plantea
como un centro para formar críticos e investigadores,
la mayoría de los cursos toman una visión
historicista, sin llegar a un conocimiento profundo
de la materia. Esto se desluce con la enseñanza
de muchas teorías, de las cuales no se conoce
ninguna en su real dimensión. El rigor académico
no es consustancial a nuestras comunidades académicas.
La
crítica literaria peruana ha sido, desde hace
mucho tiempo y salvo contadas excepciones, prácticamente
irrelevante para la discusión contemporánea.
Y esto no se debe a la falta de gente con aptitudes
para ejercer esta disciplina, sino precisamente a
la falta de rigor que caracteriza a la academia peruana.
Oquendo hace un llamado de atención al respecto:
¿Por
qué la crítica en el Perú es
poco menos que inexistente en términos académicos
serios? ¿Por qué América Latina
suele dar grandes ensayistas, pero no grandes figuras
en el terreno de la reflexión literaria?
No es por falta de talento, sino de formación.
¿Qué habría sido de Roland
Barthes si nace en el Perú y estudia en la
PUCP o la UNMSM? Seguramente un brillante ensayista,
pero no lo que fue. O Eco, o Genette. En fin, hablo
de talentos excepcionales, pero que no podrían
haber fructificado sin la formación necesaria.
(8)
Esta
formación se encuentra actualmente en crisis,
aunque en muchas ocasiones sea maquillada con cambios
curriculares o con el ingreso de nuevos docentes,
quienes deben incorporarse al círculo académico
y corresponder con su rutina si quieren mantener sus
puestos de trabajo. Muy pocos se atreven a presentar
propuestas renovadoras, y a sostener que la producción
crítica peruana en el concierto hispanoamericano
y mundial no posee el peso específico del que
sí gozan los escritores consagrados. Por ello,
para los argentinos o mexicanos la literatura peruana
es una suerte de "hermano menor" debido
al poco respaldo institucional léase:
producción crítica con el que
cuenta.
Otro
problema vinculado con lo anterior es que la práctica
crítica que reciben los alumnos se asume como
inexistente. En la encuesta hecha por Dédalo,
se revela que sólo un 3% de los alumnos del
último ciclo y recién egresados han
trabajado como críticos literarios, mientras
que un 57% ya lo ha hecho como profesor y un 17% como
periodista.
Muchos
profesores dicen que no es el pregrado sino el posgrado
el responsable de esta formación académica.
¿Pero cómo se podrá comenzar
un posgrado, en el cual, para comenzar, se debe hacer
una propuesta de investigación? Recalcamos
que los alumnos de Literatura, al egresar del pregrado,
no han sido preparados como investigadores. En el
pregrado, además, casi no se leen tesis de
literatura. Un alumno termina y apenas ha leído
una o dos tesis, lo que se supone que tendrá
que escribir dentro de poco para obtener el grado
de licenciatura. Por otro lado, son pocas las investigaciones
que se presentan al año en las facultades de
Literatura y muchas menos las que publica la universidad.
Una
institución precaria
Esta
problemática universitaria no es sino la metáfora
de otra más general, que es la de la llamada
institución literaria peruana. El egresado
de la carrera de Literatura, ya lo sabemos, cuenta
con opciones limitadas: profesor, editor, corrector,
periodista o crítico, pero todas éstas
y sobre todo la última casi siempre
mal remuneradas. Viajar al extranjero a hacer una
maestría y un doctorado, con todas las facilidades
del caso, permite la continuidad (¿o comienzo?)
de esta formación académica. Pero esto
significa participar de discusiones muchas veces ajenas
a los propios intereses, en las cuales, además,
se aplican los métodos y las teorías
de moda en esos países. Los temas, además,
no van más allá de lo que es literatura
peruana o latinoamericana, ya que esto es lo que se
pide en el extranjero. Y en el caso de que este alumno,
ya con maestría o doctorado, quiera volver
al país, le será difícil encontrar
una plaza como profesor. Por más que cuente
con un doctorado, tendrá que encontrar dos
o más trabajos para poder obtener una ganancia
considerable.
Esta
crisis también se refleja en la producción
escrita. En un artículo aparecido en la Revista
de crítica literaria latinoamericana, Juan
Zevallos Aguilar (9)
critica la postura de Miguel Ángel
Huamán, ya que este último sobredimensiona
la función y la influencia de la crítica
literaria peruana para determinar la tradición.
Para Zevallos Aguilar, la aparente explosión
y exposición de escritores en el circuito mediático
peruano no es síntoma de un supuesto fortalecimiento
institucional, sino más bien la constatación
más certera de la crisis que padece:
(...)
la enorme producción escrita, aun en los
peores tiempos de crisis económica, que sorprende
a los bibliotecarios latinoamericanistas, las entrevistas
a toda página a poetas y la copiosa publicidad
de presentaciones y recitales no señalan
la solidez de una institución literaria de
una formación socieconómica de capitalismo
tardío, sino más bien indican lo contrario.
Todos aquellos que hemos incursionado en la institución
literaria peruana constatamos que los indicadores
que utiliza Huamán para construir la imagen
de una institución sólida más
bien indican su pequeña dimensión
y fragilidad. La mayor parte de libros y revistas
de literatura que rara vez pasan del quinto número
son cortas ediciones de no más de 500 ejemplares
que, en la mayoría de los casos, son financiadas
por sus autores. De esta corta edición, una
parte es obsequiada para afianzar las relaciones
públicas de sus autores y el resto de la
edición que fue dejada a consignación
en las librerías acumula polvo en los estantes
con precios rápidamente desactualizados por
la endémica inflación económica
peruana.
(10)
_____________
(7)
"Entrevista a Abelardo
Oquendo". En: Dédalo, op. cit.,
p. 7.
(8)
Op. cit., p. 8.
(9)
Juan Zevallos Aguilar. "La poesía de los
'70. Un espacio para criticar la crítica".
En: Revista de crítica literaria latinoamericana.
Año XII, Nº 43-44. Lima-Berkeley, 1996;
pp. 315-323.
(10)
Op.
cit., p. 318-319.
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