La
palabra "estudiar" es prácticamente
la columna vertebral de la cultura occidental. Se
percibe como un deber, como una moral, y la escuela
y la universidad se encargan de repetir este concepto.
Sin embargo, ¿es necesaria una preparación
especializada para estudiar la literatura? ¿Hay
que aproximarse a ella de esta manera para poder percibirla,
sentirla? Si bien es cierto que una educación
promedio nos permite aproximarnos al fenómeno
literario, en estos días de especialización
tecnológica, los objetos de estudios son definidos
de acuerdo con criterios metodológicos distintos
unos de otros.
En
la primera parte de nuestro artículo, anotábamos
que la literatura implica, a través de su lectura
o escritura, un crecimiento personal. Sin embargo,
también vimos que a este acercamiento se le
contrapone un conocimiento institucional que se origina
en las universidades y en el entorno académico
peruano. La literatura se ve, por lo tanto, literalmente
partida por ambas corrientes estudiar y sentir
y cada vez más lejos de una integración
y complementación más enriquecedora.
La carrera de Literatura, tanto en la Católica
como en San Marcos, está dirigida a formar
investigadores; así lo determinan y lo confirman
sus programas. No obstante, la gran mayoría
de sus postulantes aspiran a ser escritores o docentes.
¿A qué se debe este malentendido? Se
podría decir fácilmente que la universidad
no está involucrada en el tema, ya que en ningún
momento se propone formar escritores o docentes. ¿Acaso
esta realidad no es suficiente como para atender dicha
situación?
Una
carrera por definir
En
años recientes, se ha iniciado una serie de
investigaciones para determinar las vocaciones del
estudiantado universitario de las carreras de Literatura.
Una de las primeras fue una encuesta (1)
hecha a los estudiantes de los primeros y últimos
ciclos de la Pontificia Universidad Católica
del Perú (PUCP), motivada por un período
de crisis que atravesaron los estudios literarios
en esta universidad. De acuerdo con la investigación,
27% de los alumnos ingresaron para ser escritores
y otro 23% para ser docentes, mientras que un 37%
aspiraba a crítico literario. En otra investigación,
realizada por Miguel Ángel Huamán a
los alumnos del segundo año de Literatura en
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM)
(2),
se revelan algunas respuestas que, según el
análisis realizado por el propio autor, son
calificadas como "iluminadoras". Un 42.43%
postula a la carrera para ser escritor, 26.82% porque
le gusta y un 7.8% para ser profesor.
Ahora
tenemos que preguntarnos: ¿por qué este
fenómeno? Y aquí es necesario hacer
una distinción entre lo que es propiamente
el programa de la carrera de Literatura y la forma
en que se presenta. Miguel Ángel Huamán
fundamenta sus hipótesis de trabajo en el capital
simbólico que se le otorga a los escritores
consagrados en el mercado literario peruano y mundial:
Los
jóvenes que estudian literatura expresan
un imaginario que ve tras las figuras de los escritores
peruanos más conocidos en los últimos
años (Mario Vargas Llosa, Julio Ramón
Ribeyro, Alfredo Bryce o Jaime Bayly) sujetos que
se han constituido en individuos libres. Individuos
con espíritu crítico y libertad de
opinión, que el poder autoritario o la prepotencia
ideológica les resulta muy difícil
o casi imposible avasallar. (3)
Huamán
fundamenta el supuesto prestigio del escritor en un
individuo que ha conseguido vivir de su producción
y que se establece como modelos a seguir por aquellos
que desean ser escritores, guiándose a través
de estos denominados sujetos transfigurados en espíritus
libres para desprenderse de la ideología dominante
esto es, el discurso del marketing de
la universidad privada que promociona las denominadas
profesiones liberales y que forma "perilleros
y digitadores" (4).
La práctica de la escritura se define como
una alternativa posible y conduce a quienes la ejercen
a "la identificación de ser triunfadores".
Huamán sustenta sus conclusiones en un discurso
que se pretende opuesto al dominante, pero que curiosamente
se basa en los presupuestos del éxito del escritor
un marketing literario, al fin y al cabo
para configurar así la posición "heroica"
del estudiante de literatura.
En
dicho artículo se menciona que el trato que
tienen los alumnos de secundaria con las obras literarias
"ha incentivado su capacidad interpretativa y
crítica, por ello su espontánea y asombrosa
capacidad por la investigación" (5).
En realidad, esto es todo lo contrario, tal como lo
puede determinar un simple análisis de los
sílabos en los colegios, sean estatales o particulares.
Los alumnos de secundaria siempre leen obras literarias;
casi o nunca textos académicos o analíticos.
Por esta razón, cuando llegan a la universidad,
después de haber superado los siempre dificultosos
estadios de preparación preuniversitaria, se
sorprenden con las trabas para comprender textos rigurosamente
científicos. De igual modo, la lectura literaria
ayuda a los lectores a tener buena memoria para las
secuencias narrativas, pero no para el análisis
o la interpretación. Y éste sí
es un grave problema si se anhela seguir una carrera
universitaria con cierto mérito. (6)
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*
Esta es la continuación del artículo
previo, publicado en el número 2 de la revista.
Haga click aquí para
leerlo 
(1)
Aparecida en: Dédalo.
Revista de lingüística y literatura.
Año II, Nº 1, junio de 1995; pp. 5-12.
(2)
Miguel Ángel Huamán. "La literatura
o la individuación imaginada". En: Hueso
Húmero, Nº 34, 1999; pp. 185-194.
(3)
Op. cit., p. 191.
(4)
Ibíd.
(5)
Ibíd.
(6)
Esto se debe a múltiples razones, entre otras:
la insuficiencia del colegio para lograr la cabal
interpretación de textos, la imposibilidad
de los centros preuniversitarios por suplir esta carencia
y la desatención de la universidad por no entender
este problema en su correcta dimensión.
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