La
institución literaria peruana, en gran parte,
es una quimera, tanto en términos cualitativos
como cuantitativos. Adolece de investigadores, de
críticos, de escritores maduros y conscientes
de su posición de enunciación, de una
industria editorial que sea competitiva y que elabore
productos de calidad para el consumo de los lectores;
y se aleja de la mayoría de la población
peruana, de la cual desestima sus formas culturales
de raigambre popular, establecidas al margen de la
cultura oficial. Asimismo, a raíz de la crisis
económica, y a semejanza de lo que mencionamos
líneas arriba, al medio literario peruano le
resulta sencillo asimilar a aquellos jóvenes
egresados, pero por no encontrar entornos favorables,
deben ingresar a ese círculo. Zevallos Aguilar
denuncia esta actitud de desestimar otras formas culturales
para legitimar la conservación de sus posiciones
de poder:
(...)
Descubro una preocupante tendencia hegemónica
de mantener una continuidad institucional que consagra
como forma cultural central de la sociedad a la
literatura y a pensar que su renovación se
da desde una precaria modernización teórica
y metodológica. Este grupo de críticos
desde la centralidad de la institución literaria,
en vez de emprender la construcción de otro
espacio de reflexión y análisis alternativo
que sí dé cabida a otras formas culturales
de expresión, ejercen las mismas funciones
normativas y dictaminadoras que caracterizaron a
la institución literaria tradicional. Si
bien esta actitud todavía permite afianzar
una posición personal en los cada vez más
pequeños nichos institucionales, también
refuerza la obsolescencia de una institución
que durante el presente siglo [XX] ha acelerado
su crisis.
(11)
Esta
misma exclusión que practica el medio literario
peruano a formas culturales opuestas a la literatura
se puede particularizar en el caso del alumno universitario,
quien se encuentra desprotegido frente a una institución
que no valora su formación y mengua su autoestima
al pretender moldear algo que él no quiere
voluntariamente, pero que lamentablemente se ve obligado
a acatar.
Universidad,
críticos y creadores
El
nivel de la universidad debe ascender a través
de una nueva metodología, radicalmente diferente
a la ejercida hasta ahora. Esto es, cursos monográficos
o de talleres, en los que los alumnos puedan profundizar
su lectura sea esta literaria, teórica
o crítica y no quedarse en lo superficial.
Hasta ahora, la única manera de que un alumno
pueda superar esta falta es a través de sus
propias lecturas. Y si la universidad no está
diseñada para hacer profesores, editores o
escritores, ¿por qué no, al menos, se
esfuerza por formar académicos?
Aquí
no se puede justificar la falta de tecnología
o de recursos, sino sólo de orden, exigencia
y disciplina. Sin estos factores, o cualesquiera otros
que sirvan para mejorar la calidad de la enseñanza
de la literatura, por más que el estudiante
no encuentre el lugar "ideal" que le corresponde,
podrá desempeñarse mejor en su tarea.
Y tal vez así, sin pensarlo, el investigador
se crea. De nada sirve la posición romántica
del alumno o el egresado, con la cual estamos en desacuerdo
(12).
Por más que el alumno se vea como un
individuo rebelde a las instituciones y a los "discursos
de poder", esto no sirve de nada si no está
preparado académicamente.
Este
problema de la precariedad institucional para
ponerlo en términos de Zevallos Aguilar
se traduce en una paulatina separación cada
vez más lejana entre la creación literaria
y la crítica, y esto comienza a partir de un
problema de realización. "Al que quiere
ser escritor se le ve un poco por sobre el hombro",
dice Luis Chueca
,
profesor de los talleres de creación en la
PUCP. "Se dice: '¿Si quieres ser escritor,
qué haces aquí?' Y esto me parece un
pequeño problema, o tal vez un gran problema."
Efectivamente, hay una animadversión de los
académicos en contra de los escritores o, más
que todo, contra la actividad literaria. Del mismo
modo, y por parte de los que gustan escribir, aparece
el primitivo prejuicio de que la crítica es
el trabajo para los que no han logrado consolidar
una obra literaria. Los críticos creen que
la única forma de consagrarse en este medio
es sujetándose a los preceptos de la teoría
o la crítica. Y, por otro lado, los escritores,
específicamente los vinculados con la universidad,
no ven la crítica o la investigación
como una posibilidad (la crítica es desordenada,
arbitraria y desorganizada).
El
tema de la realización va junto con el tema
del reconocimiento. Tanto escritores y críticos
quieren ser reconocidos, pero ninguno escucha al otro.
El interés voluntario que alguna vez los impulsó
a buscar cierta coherencia, a través de la
creación o la crítica este alumno
de secundaria que imagina ser escritor o gusta leer
porque le ayuda a descubrir nuevas cosas de sí
mismo, se convierte en un camino solitario,
donde lo más importante es hablar primero que
el otro.
Mientras que el crecimiento de la crítica y
la creación literaria siga dividido o no se
encuentren espacios de reflexión y análisis
alternativos donde éstos entablen un diálogo
constructivo, será muy difícil que la
labor de unos u otros se cumpla con satisfacción.
Este enfrentamiento no hará más que
agravar la crisis del medio literario que agobia al
Perú y su continua falta de decisión
para hacer del espacio intelectual un lugar en el
que sus actores participen sin distinción alguna,
y no convertirlo en utopía u objeto de demagogia.
______________
(11)
Ibíd., p. 322.
(12)
Como afirma René Girard en Mentira romántica
y verdad novelesca (Barcelona, Anagrama), el romántico
es aquel que no quiere ver que sus deseos son imitaciones
del deseo del Otro, pues asume que desea espontáneamente.
Muchas veces se suele criticar los discursos con el
mismo lenguaje del que están hechos, y esto
no es sino otra forma de romanticismo ideológico.
Ver
entrevista completa con Luis Fernando Chueca
©
Giancarlo Stagnaro y Mario Granda, 2004 
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