“ Tenía 17 años cuando apareció su primer libro, El mendigo de la belleza, “me consideraron un niño prodigio, y sin embargo no era sino un huérfano”, escribió en su Currículum Vitae.”

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Attila József, o una lucidez desesperada

por Rafael Ojeda

 

El volumen de publicación póstuma, Flora amor mío, de cartas y poemas que escribiera durante sus últimos meses de vida, y el texto sobre la enfermedad de Attila que su neurólogo Robert Bak publicara en 1937, en Szép Szóp [Argumento] —revista literaria de tendencia radical e izquierdista, fundada en 1936, en la que József trabajó como redactor durante aquella época—, tiene algunos indicios para aquellos que quieran indagar y saciar su obsesión necrófila, en torno a las evidencias sicológicas que expliquen el por qué de su decisión fatal.

En uno de sus últimos poemas, escrito cuando aún bregaba con el psicoanálisis, para no caer en la locura, se plasma claramente lo planteado por el autor de El Cero y el infinito, como una nueva rama de la poesía, creada por Attila: la canción popular de contenido freudiano, El Pecado: “Parece que soy un lóbrego pecador, / pero gracias a ti, me siento bien. / Sin embargo, me preocupa saber por qué / ese pecado siendo mío, me elude (...) Les digo, pues: una vez maté a un hombre, / era mi padre, según yo creo. / Ante mis ojos corrió su sangre roja, / en una noche de coagulada tinta. // Por Dios que lo ataqué con un cuchillo; / —somos humanos, después de todo, / y en cambio nos corroerá el diente del asesinato—, / y, apuñalado como lo fue, cayó. (...) Acaso mi pecado sea una mancha infantil / Y, en verdad, nada peor; / y pronto el mundo volverá a encogerse / y yo volveré a montar en mi caballo de juguete. // Dios me deja indiferente; el diablo también; / no fueron ellos los que me hicieron. / Un día descifraré mis pecados, / y toda la humanidad me ayudará”.

Su vida sentimental estuvo marcada por la desilusión, el desengaño y los amores no correspondidos. Había amado a Martha Vagó, pero su burguesa familia se opuso al matrimonio. En 1930 conoce a Judit Szantó, y con el amor de ella parece alcanzar el equilibrio emocional, pero todo se viene abajo al intentar envenenarse ésta, atormentándolo y afectando su frágil sicología. La historia nos dice que dos seres así solo pueden hacerse daño. Sus posteriores desencuentros amorosos tendrán una explicación indesligable de su estado mental ante el avance de la esquizofrenia: “amadme con vehemencia, ahuyentad mi enorme dolor!”, escribe.

Rechazado por sus camaradas, acorralado por la pobreza, el desamor, la soledad y la locura, buscará desesperadamente una razón para asirse a la lucidez, aferrarse a la cordura. Mas pese a las constantes adversidades Attila resistirá, pues tenía la piel dura debido a los sacrificios, carencias y ausencias que tuvo que sufrir desde niño, Pero en estos últimos años, todas las cosas son detonantes: “En esta época, no obstante, la suerte me golpeó de modo tan imprevisto que por más endurecido que yo estuviese, no lo pude soportar”. Sus fuertes depresiones, y el pavor a la locura harán que en 1935, fuera hospitalizado. Experiencia que lo llevará a escribir: “Siento que mis ojos saltan de la cabeza. Si me vuelvo loco, por favor, no me hagan daño. Simplemente atráiganme con sus manos fuertes”.

Tal vez, un acercamiento a su última poesía nos pueda dar indicios de sus batallas interiores, de sus esfuerzos por escapar de aquel hoyo de angustia en el que se estaba sumiendo, donde los versos fluyen a manera de exorcismos lingüísticos.

En la intensidad intimista de “Duele mucho ”, podemos hallar algunos síntomas: “De la muerte / que te acecha por dentro y por fuera / (asustado ratón en tu agujero), / huyes apasionado / hacia aquella que amas/ para que te proteja / con brazos, rodillas y senos”. Quizá esto explique por qué durante sus últimos años se enamoraba tan rápidamente de las mujeres que conocía. Durante su tratamiento con la doctora Emy Gyömöi, se enamora de ella, quien tras rechazarlo, interrumpirá las sesiones a fines de 1936. “Pero mira: hubo una mujer / que comprendía estas palabras, / y no obstante me echó de su lado. // Así pues, no tengo lugar / entre los vivos. La cabeza me zumba; / mi dolor, mi ansiedad, son como un enredo // soy como un niño que, / dejado solo por sus padres / agita la sonaja entre sus dedos”.

Esa exacerbada necesidad de cariño y protección, tal vez —como lo proponen algunos estudios— sea achacable a la temprana muerte de su madre. Pero en él se percibe esa necesidad mayor de aferrarse a algo que le impida naufragar en el océano de la demencia, sentando sus esperanzas de ser purificado y redimido en el amor. De allí sus invocaciones desesperadas, de un tenebrismo conmovedor: “¡Socorredme! / chiquillos, que cuando ella pase, / revienten vuestros ojos puros. // ¡Inocentes ¡ / chillad como si os pisoteasen / y decidle: / ¡duele mucho! // ¡Perros fieles / caed bajo las ruedas / y ladradle: ¡duele mucho! // Mujeres encinta, / abortad y lloradle / retorcidas: ¡duele mucho! (...) Peces mudos, morded / el anzuelo bajo el agua helada y boqueadle: ¡duele mucho! // Y vosotros, vivientes, / conmovidos por el dolor, / que ardan vuestros techos y surcos, // y, en torno de su lecho, / calcinados, mascullad conmigo / mientras ella duerme: ¡duele mucho! // Que mientras viva lo escuche. / Ha rechazado lo mejor de sí misma. / Por su comodidad despojó en este mundo // al viviente que huye / por dentro y por fuera, / del último refugio”.

Durante el último año, sus crisis se harán más frecuentes. Y en febrero de 1937, en una de esas terapias sicológicas, conocerá a Flora Kozmutza, especialista en pedagogía rehabilitativa, de quien se enamorará inmediatamente, sin ser correspondido. A ella le dedicará sus últimos poemas de amor, afectados también por sus ansias de libertad y de un mundo nuevo. Algunos versos, con desenlace a la manera de Apollinaire en la traducción del cubano Fayad Jamis, dicen: “Te necesito, Flora, como el campo requiere / escuela y luz eléctrica y un pozo en la sábana. / Como el niño al juguete y al pecho que lo quiere / y todos los obreros a la conciencia humana. / Igual que necesitan los pobres de este mundo / la virtud y la audacia, tu me haces falta. Flora, / tal como necesita este caos profundo / una razón ardiente que instale aquí la aurora”.

Es probable que las ausencias, la pobreza y la mala alimentación, hayan ido mermando paulatinamente su cuerpo y salud mental y lo arrastraran a terminarlo todo. Y quizá porque esos deseos de evasión fueron recurrentes, había intentado suicidarse desde muy niño. La primera vez fue a los nueve años, tragándose una barra de almidón que pensaba era venenosa. Después, ya adolescente, se tendería en las vías de un tren que extrañamente no llegaba, y al salirle al encuentro caminando sobre las rieles, se enteraría de que, a un kilómetro y medio del lugar, el tren había arrollado a otra persona.

Desde entonces, la idea de que alguien murió por él, lo acompañará, convirtiendo la imagen de esos trenes de mercancías transitando a gran velocidad, en una de sus amargas obsesiones. El 3 de diciembre de 1937, luego de haber pasado unas semanas en una clínica para enfermos mentales, es dado de alta y puesto al cuidado de sus hermanas, debido a su aparente mejoría, aquella imagen fantasmal de vagones rugiendo a toda marcha, se hizo realidad, y será arrollado en una estación cercana al lago de Balatonszárszó.

Con ello nacerá la leyenda del poeta trágico y comprometido, del “Suicidado por la sociedad”, como escribiera Artaud refiriéndose a Van Gogh en un poema filosófico. Después, hasta Flora —que se casará en 1939 con el poeta Gyula Illyés—, publicará en 1985, un libro titulado “Los últimos meses de Attila József”.

Luis La Hoz, cuenta que el poeta Luis Hernández, traductor de los poemas de József que integran aquella antología de poetas suicidas suya, de título pavesiano, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, tenía un especial entusiasmo al trabajar en ellos. Hernández había estado una noche en el mismo lugar en el que József se había matado, y, tal vez tratándose de una macabra imitación, el peruano hará lo mismo en 1977, arrojándose al paso de un tren en marcha, en Buenos Aires. El poema “Sin trabajo”, en la traducción de Luis Hernández, adquiere una musicalidad sobrecogedora: “Soy un ave a quien las alas han fallado. / hace dieciocho meses que sobrevivo. // En las más profundas grietas del mercado. / Traté de volar entre las sucias canastas y las cajas. // Al tomar en el puño los ferreos cables del Danubio. / Me encontré las manos de un asesino. // Intenté vender libros pero no vi oportunidad ni en Shaw, ni Cocteau, ni en Barbuse, ni en Zola. // Hambrientos comerciantes del dorado grano/ vi quebrarse. // No tengo sopa, ni pan y ahí permanezco. / Durmiendo por las noches en un banco, en el pasto de los ángeles.”

En El destierro, Arthur Koestler relata este penoso final con una imagen estremecedora —tal vez similar a la del atormentado Vincent cortándose la oreja: “Al aproximarse a la estación el tren comenzó a marchar lentamente. Attila corrió, pasó por debajo de la barrera, se arrodilló junto a las vías y mientras el tren aumentaba su velocidad, puso el brazo derecho sobre un riel en el intervalo del paso de dos vagones. Posteriormente hubo de encontrarse aquel brazo, limpiamente cercenado, a alguna distancia del destrozado cuerpo. Pocos días después de la muerte de Attila, su familia halló en una gaveta una camisa a la cual se le había cortado la manga derecha con unas tijeras. El complejo de culpa, por lo visto, le había inspirado la idea de que debía amputarse el brazo derecho; y cuando lo hizo, el tren «clamando por más presa», arrastró el resto del cuero bajo las ruedas. Quien anunció la muerte del poeta a sus hermanas fue el idiota de la aldea, que lo hizo entre risitas y balbuceos”.

La última crisis encontrará a József con un complejo de culpa, que pretenderá expurgar, y al intentarlo, no como recurso de suicidio, será arrastrado por la muerte. Y aquel tren se llevará al poeta más importante de la patria del Nobel 2002 Imre Kertesz, de Endre Ady o László Nagy. Y tal vez porque se fue demasiado pronto, su poesía permanece fresca.

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Rafael Ojeda: (Lima, 1970). Escritor, ensayista e impulsor de medios alternativos y proyectos plásticos. Desde hace más de una década  viene colaborando con diversas revistas culturales del Perú y el extranjero.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/ojeda1.htm

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