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Para
los que estamos entrometidos de una u otra manera con
la literatura —ya sea como lectores, críticos,
aficionados o especializados—, el tema de la piratería
no nos es ajeno. Esta actividad ilícita, que
data de hace mucho, es un problema que se ha enraizado
y fortalecido principalmente en los países de
América Latina. El presente artículo obedece
a su vigencia y aparente crecimiento.
Aquí,
esencialmente, analizaremos las múltiples consecuencias
que la reproducción ilegal de textos literarios
acarrea, tomando en cuenta también la magnitud
de intromisión que la Ley del Libro alcanza (o
busca alcanzar) en detrimento de la piratería.
Primero,
es importante, para evitar confusiones posteriores,
saber a qué nos referimos con la frase “piratería
de libros”.
“Definimos
lo que comúnmente se conoce como piratería
de libros, a la reproducción no autorizada de
obras que se encuentran protegidas por las disposiciones
legales vigentes (específicamente el D.L. Nº
822, Ley sobre Derechos de Autor), lo cual puede darse
o no transgrediendo otros derechos, como la falsificación
de su diseño editorial y demás características
registradas como los signos distintivos y marcas editoriales”.
(1)
Y
sobre la vigencia del derecho de autor:
“Está
fuera de la definición de libros piratas, la
edición de obras que se encuentran en el dominio
público, es decir, aquellas cuyos autores han
fallecido hace más de 70 años, que es
el término de la protección que establece
el D.L. Nº 822 sobre el derecho de autor”.
(2)
Ciertamente,
el autor resulta el perjudicado directo de la piratería;
sin embargo, no es el único. La reproducción
y publicación de un libro no sólo depende
de que esta obra sea escrita: esto, al contrario, es
solo el inicio. A partir del texto se forma una extensa
cadena que culmina con la publicación del libro.
En ella se encuentran: el editor, el librero, el distribuidor,
el impresor, los trabajadores de las empresas editoriales
y, finalmente, el mismo consumidor.
Los
precios bajos, los precios altos
Antes de pasar a detallar la repercusión que
tiene la piratería sobre los eslabones que intervienen
en la producción y publicación de la obra
literaria, es necesario preguntar por qué del
mantenimiento casi estable de esta informalidad editorial
en el país.
Ante
esta cuestión, en entrevistas hechas a los vendedores
de libros piratas instalados en el campo ferial del
jirón Amazonas, encontramos los siguientes argumentos:
“—Aquí
existe una cultura de la piratería, y eso implica
bajos costos. Si te compran un original, te están
llevando solo uno. Si con ese dinero prefieren
comprar piratas, te llevan cuatro o cinco”.
“—Yo
creo que los libros piratas se mantienen porque son
apropiados para los estudiantes de bajos recursos, ya
que el libro original está sobrepasando los límites
económicos permitidos para nuestro país”.
“—Qué
pasa si yo vendo puro libro original: los estudiantes
de bajos recursos no compran, porque lo único
que tienen para llevar es un libro pirata, y por supuesto
que yo tengo que llevar algo a mi casa también”.
La
diferencia económica entre el libro pirata y
el original se convierte, evidentemente, en uno de los
motivos principales que sostiene la existencia del mercado
de libros informales. Sin embargo, muchas veces, los
consumidores no toman en cuenta la diferencia real (material)
entre el libro original y el pirateado.
Justificación
de diferencias
Los
egresos en los que se incurre para la producción
de un libro original se dan en distintos niveles: la
impresión, los derechos de autor, la distribución,
publicidad y promoción, la maqueta y los gastos
administrativos. Mientras tanto, los piratas sólo
gastan en impresión y distribución.
Vemos que, de por sí, el proceso de publicación
que sigue un libro original es mucho más complejo
que el informal. Este es el punto central para entender
la diferencia en los precios.
Por
otro lado, influye también la calidad con la
que se trabaja un libro original, en contraposición
al descuido que implica la producción de uno
pirata. El acabado se diferencia notablemente, en este
caso, a favor del original.
La impresión: La utilización
de placas sensibilizadas de alta precisión, en
el libro original, hace que el texto se torne nítido.
Mientras tanto, en los libros piratas, encontramos muchos
párrafos ilegibles que obedecen a una pésima
impresión.
El encuadernado del libro: El original,
en la mayoría de veces, además de encolado,
también es cocido. Mientras que el producto pirata
es pegado superficialmente, lo cual trae como consecuencia
el fácil desprendimiento de sus hojas.
El
escritor chileno Jorge Edwards considera que el libro
pirata no constituye más que un producto inferior:
“Un libro pirateado estafa al comprador. Está
mal impreso, le faltan páginas. Es como transmitir
un partido de fútbol y de los cinco goles mostrar
tres”. (3)
Por
consiguiente, podemos deducir que la diferencia en los
niveles de producción y, por ende, en el precio
del producto original respecto al pirata (además
de la superioridad cualitativa que obtiene el original)
ocasiona que el negociante informal obtenga un 25% de
utilidades por libro vendido, mientras que el productor
formal sólo alcance una utilidad que fluctúa
entre el 11% y (en el mejor de los casos) el 14%.
(4)
Así,
la piratería, también para los vendedores,
representa un negocio perfecto.
Desde
dónde atacan los piratas
Según la Cámara Peruana del Libro, se
estima que las imprentas dedicadas a la producción
de libros piratas corresponden a entre cuarenta y cincuenta
pequeños talleres gráficos localizados
mayoritariamente en el Cono Norte y en el Cono Sur de
Lima Metropolitana, aunque se sabe que existen algunos
talleres en el Cercado de Lima. (5)
Lo
llamativo en este caso es la libertad con la que estos
talleres gráficos informales desarrollan su actividad:
Desde
1995 hasta la fecha solamente han sido intervenidas
siete imprentas. También ha sido allanado igual
número de depósitos de libros listos para
su comercialización y se han realizado cinco
operativos de gran escala en los campos feriales de
la avenida Grau (1995), el jirón Amazonas (1999)
el Jirón Camaná (1999) y el jirón
Quilca (1999 y 2003), dedicados a la distribución
de libros piratas. (6)
Esta
impunidad interrumpida, cada intervalo largo de tiempo,
no desgasta significativamente la economía de
estos productores informales. Al día siguiente
de ocurrido el suceso, los puestos que se dedican a
la venta de estos textos se ven nuevamente repletos
de ejemplares informales, exactamente como si nada hubiese
ocurrido.
En
lo que se refiere a la venta de estos libros piratas,
la Cámara Peruana del Libro señala que
su distribución se centra principalmente en los
campos feriales, cuyas ventas, por lo general, provienen
del sector económico menos favorecido. Ferias
que se ubican en el centro de Lima, lugar al que los
lectores de pocos recursos económicos acuden
frecuentemente.
Entre
ellas, las del jirón Quilca y el jirón.
Amazonas, en el Cercado de Lima, son las más
grandes y conocidas. Desde ahí, estos aparentes
vendedores de “libro de viejo” sólo
utilizan este rótulo para ofrecer, tras él,
textos informales.
Estimamos
que el 85% de las ventas del campo ferial Amazonas atañe
a libros piratas. Si los libreros de viejo que hoy dirigen
circunstancialmente ese campo ferial cobijan a los principales
piratas de libros en su asociación —la
ya citada Cámara Popular de Libreros—,
es porque ellos los necesitan tanto como los piratas
a ellos (a los pocos libreros de viejo). Es decir, una
perfecta simbiosis. (7)
________________________________
(*)
Con colaboración de Hugo Hidalgo
(1)
Germán Coronado. “La industria editorial
peruana frente a la piratería de libros: análisis
y propuestas” (en línea). En: Cámara
Peruana del Libro (http://www.cpl.org.pe) (citado marzo
de 2004).
(2) Ibíd.
(3) Jorge Edwards.
“La piratería, costos culturales y económicos.
La visión editorial”. Santiago de Chile,
Seminario de Derecho de Autor en el siglo XXI, 26 de
marzo de 2001.
(4) Elizabeth
Huisa Veira. “Piratería de libros: Problemática
para la industria editorial en el Perú”.
Lima: UNMSM, informe profesional para optar el título
de bibliotecología, 2004, p. 82.
(5) Coronado,
op. cit.
(6)
Ídem.
(7)
Ídem.
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