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Los
discursos poéticos del siglo XIX en la América
de habla hispana muestran una diversidad de matices
que niegan la “fallida peculiaridad” con
que común y condescendientemente se la lee en
ámbitos escolares y no pocas veces en los académicos.
Ocurre que esta movilidad se da bajo el velo de un aparente
rigor político y/o moral, tras el que pretendían
ampararse sus gestores de las críticas provenientes
de los sectores más conservadores. Buena parte
de la poesía del XIX pretende marcar una ruta;
asumir una voluntad deíctica; convertirse en
maestra de las nuevas naciones. Bajo ese velo, incesante
pero casi imperceptiblemente, un movimiento que no cesa
procura conciliar, en ejercicios estéticos, los
quiebres de conciencia que implicaban los cambios políticos,
sociales e ideológicos que estaban en la base
de las luchas de independencia, en el fundamento de
las nuevas repúblicas y en el conflicto por las
herencias que éstas “podían”,
“querían” o “debían”
aceptar o rechazar de España y de Europa. Por
otra parte estaba la doble fuerza que suponía
la admiración-temor, por los Estados Unidos (2).
Admiración por el ejercicio de libertad y democracia;
y temor, digno de estudio más atento, semioculto
en el silencio generalizado en América Latina
frente al esquema de libertad sin iglesia que implicaba
el modelo norteamericano. Esta relación de admiración/temor/odio
se percibe en el poema “A Washington” de
José María Heredia, en estrofas enteras
del Canto XII de los Cantos del peregrino de
José Mármol, en “Libertad y socialismo”
de José Eusebio Caro. Mirada estrábica
y llena de desconfianza con que la inteligencia latinoamericana
buscaba su propio estatuto; mirada atenta y casi indiscriminada
con que las emergentes conciencias de la “latinoamericanidad”,
leían Europa y Estados Unidos.(3)
Es importante señalar esa tensión, más
bien silente en relación con los Estados Unidos,
que solo con el modernismo devino abierta bipolaridad
de lo latino versus lo anglosajón, asunto clave
en el contexto de la crítica a la moral que se
encuentra en diversos momentos de la poesía hispanoamericana
del XIX desde Mariano Melgar hasta José Martí.
Esta
preocupación hunde sus raíces en la crisis
de la Reforma protestante europea, acontecimiento que
en América Latina fue una sombra ausente-presente.
La Reforma que en su ruptura con el totalitarismo teocrático
conllevaba el germen del pensamiento secularizante fue
una amenaza que desde la distancia logró encender
la duda necesaria para poner en crisis el sistema de
valores en que maduraba la poesía. Con la Independencia
y su necesidad de dar fundamento a cuerpos legales que
posibilitaran el sueño de progreso en libertad,
la preocupación por lo moral no podía
dejar de estar presente en la poesía de escritores
que vincularon estrechamente su ejercicio estético-literario
al político. Mariano Melgar, Bello, Echeverría,
José Eusebio Caro, José Mármol
y Martí son casos ejemplares de una poesía
que frecuenta con la misma asiduidad la reflexión
estética, la reflexión moral, social y
política.
La
peculiaridad fundamental de esa relación está
atravesada por la tensión entre Estado, Iglesia
e individuo. Mientras que en los pueblos, en los que
se había consolidado la Reforma pronto se produjo
un relativamente fácil distanciamiento entre
las tres instancias, en la América española,
la influencia de la Iglesia Romana, golpeada sí,
pero en rasgos generales tan fuerte como en los primeros
lustros de la colonia, hizo que las revoluciones de
independencia trajeran consigo una revuelta interna.
Un intento de “reforma” venía con
retraso, y se manifestó en las Repúblicas
desde las confrontaciones entre liberales y conservadores.
La poesía latinoamericana se nutrió de
la europea a través de Goethe, Byron y Hugo fundamentalmente,
cargada ya de nociones morales modernas. También
en Estados Unidos Poe y Withman brotaron de una libertad
religiosa que apremiaba a encontrar respuestas frente
al vacío, dejando a su paso el dogma quebrado.
En la América Hispana los gritos de libertad
se limitaban a la independencia política de España
pero veían con recelo la libertad de conciencia
del individuo.
La
imposibilidad de libertad religiosa es el rasgo peculiar
incluso de liberales extremos, como Juan Montalvo, quien
clama por libertades individuales sin perder de vista
que la “virtud es persona de gran talla en cuyo
rostro brillan los caracteres de la Divinidad”
(259). Vargas Vila hablando del mismo Montalvo dice:
“palidecía de cólera si veía
pasar un sacerdote, y se descubría con respeto,
si veía pasar una procesión” (151).
De esta manera las luchas americanas de independencia
condensan de alguna forma dos momentos de la historia
europea: la Reforma y la Revolución Francesa.
Y esa condensación otorga a la poesía
latinoamericana de todo el siglo su gran particularidad:
la de una moralidad que se juega entre el intimismo
de un pliegue de tinte barroco y el del intimismo romántico
que pugna por exteriorizarse. Pliegue
único y siempre diverso en el que ganan importancia
los matices con los que se marca una diferencia moral,
los matices siempre cambiantes con los que se recoloca
lentamente el lugar del bien y el mal en la poesía
y que tendrán que esperar la llegada de Martí
y luego la de los poetas vanguardistas para poder independizarse
plenamente de la idea de divinidad como rectora moral.
Sobre
este esquema brotan múltiples espacios de contradicción,
que se hacen más comprensibles al considerar
el entretejido histórico-religioso que a esas
tensiones les sirve de sustento, espejo y purga. Tras
ese esquema se ve con más claridad el movimiento
de los valores fundamentales sobre los que se mueve
una poesía eminentemente “moral”.
Cuyos valores fundamentales se mueven entre los extremos
que contienen un pensamiento liberal en lo económico
y un dócil pupilake de la escolástica
en asuntos de fe; o en la aparente contradicción
de un conservador como José Eusebio Caro lanzándose
al proyecto de escribir un tratado de moral (4)
que prescinde de los dogmas católicos a los que
se somete. La preocupación moral de la poesía
del XIX atiende, en parte a la necesidad de dar fundamento
moral a los proyectos de nación; en parte a reducir
las tensiones entre libertad individual y orden social
en un esquema católico; y en parte, al intento
de conciliar el denominado progreso económico
y político con los proyectos de libertad de conciencia
en ciernes. En este marco era impensable la oposición
sinceridad/hipocresía que se dio en la poesía
europea.
La
poesía hispanoamericana no estaba en capacidad
de asumir la artificialidad como respuesta ante el conflicto
no resuelto de una naturaleza que no es armónica
ni necesaria. Toda ella se pliega sobre el valor de
sinceridad, aunque cada poeta va a poner en juego diferentes
matices sobre esa misma sinceridad.
El
cuestionamiento de Lamartine en el “Prefacio”
a sus Meditaciones, sobre ¿Cómo
podía ser buena la literatura de un hombre malo?
refiriéndose a La Fontaine y a su obra como la
de un cínico; y la conclusión del mismo
Lamartine que para escribir poesía buena es necesario
ser bueno, y que la poesía sincera es la de un
hombre sincero, tienen un peso gravitacional sobre la
poesía latinoamericana del XIX. Pero al mismo
tiempo, este principio entrará en contradicción
en Latinoamérica, con el afán romántico
byroniano de trasgresión del bien como estatuto
y con la desconfianza del propio Byron en la correspondencia
entre el hombre bueno y la obra buena. La lectura que
se hace de ambos románticos en Latinoamérica
no distingue del todo el origen completamente diverso
del que surge la actitud de Byron y la de Lamartine.
Byron desafía al orden moral burgués,
consolidado en Inglaterra un siglo antes que en Francia,
en tanto que Lamartine intenta el restablecimiento de
un orden moral sobre las bases del nuevo orden social
y político de Francia que intenta estabilizarse
tras las convulsiones de la Revolución, el Imperio
y la Restauración.
Ahora
bien, antes de que el romanticismo europeo ejerciera
influencia sobre la poesía latinoamericana, ya
la sinceridad como valor poético tenía
un lugar en los textos de Mariano Melgar. Muestra de
esto es la Carta a Silvia en la que la voz
poética una y otra vez regresa sobre el propósito
manifiesto en los primeros versos en que la voz quiere
transparentar la pureza de sus sentimientos a fuerza
de “sinceridad”, el texto aparece entonces
como vehículo de una verdad que le precede: “Por
si logro mostrarte mi firmeza, / por si, al fin, tus
recelos se disipan, / la historia de mi amor, toda mi
historia, / voy a contarte mi querida ‘Silvia’”
(255). El despliegue de sinceridad que anuncia
la
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(1)
Este ensayo surgió en el contexto de un curso
sobre Poesía Latinoamericana del XIX dictado
en la Universidad de Maryland por el Profesor Jorge
Aguilar Mora de quien tomo algunas de las ideas que
se desarrollan en el trabajo presente. El ensayo es
parte de una investigación más amplia
dedicada a un estudio sobre las imágenes del
mal en la literatura latinoamericana del XIX y de las
vanguardias.
(2)
Cfr. “A Washington” (Heredia); Poema XII
(Mármol: vv. 478-485); y la estrofa XV de “La
libertad y el socialismo” (Caro). También
son iluminadoras las ideas del capítulo “Norteamérica
como modelo” (Zea: 105-117) y el apartado “Hispanoamérica
frente a Norteamérica” (128-133).
(3)
Cfr. Ideas para un curso de filosofía contemporánea
de Alberdi; la introducción a Filosofía
del entendimiento de Bello hecha por J. D. García
Bacca en las Oras completas, tomo III; y Zea.
(4)
Cfr. José Eusebio Caro. “Meditaciones sobre
la ciencia del bien y del mal, y ensayo de una síntesis
general de todas las ciencias sociales o sea exposición
de las leyes naturales en virtud de las cuales el bien
absoluto se va desarrollando en el mundo y en la historia
de en medio del conflicto de los intereses relativos”.
Escritos filosóficos. Bogotá:
Ministerio de Educación / Revista Bolívar,
1954.
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