Los matices siempre cambiantes con los que se recoloca lentamente el lugar del bien y el mal en la poesía y que tendrán que esperar la llegada de Martí y luego la de los poetas vanguardistas.

 

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Sinceridad e hipocresía en la poesía hispanoamericana del XIX. Fragmentos de una reflexión poética sobre el discurso moral

por Esteban Ponce

 

voz tiene por objeto remover las “sospechas falsas” y el juicio de infidelidad con que la amada “arruina” al amante. La constante de sinceridad en Melgar, presente en todos sus “Yaravíes”, se llega a convertir en categoría crítica con la que se valora la obra global del poeta peruano. Martín Adán en el ensayo que le dedica en De lo barroco en el Perú cita al historiador José de la Riva Agüero reconociendo, ya desde una mirada post-romántica, la sinceridad de Melgar como cualidad esencial: “Riva Agüero mismo que confiesa el mal humor y el fastidio que le dan los versos del poeta, confiesa también que éste llega a expresar, aunque raras veces, con acentos sinceros una pasión amorosa, ferviente e idealista” (135). Sobre esta cualidad gira toda la anécdota que ocupa el poema “Carta a Silvia”, la voz poética no solo quiere mostrar por su sinceridad la veracidad de su amor, sino que además quiere dejar constancia de la insinceridad de Silvia que se haría manifiesta en su resistencia a la sinceridad del amante. Ella si no se niega a escuchar las voces mentirosas de “Otros amantes” (Melgar: 266), de cuyo engaño (rasgo barroco) (264) brotan únicamente sentimientos impuros como la avaricia (268) y la lascivia (259, 268). En cambio su amor, hijo de la sinceridad, está libre de tales pasiones y es espejo de la virtud que merece el cuidado de la Providencia:

Se cansará de amar aquel esposo
Que al principio no amó con alma limpia,
Pero un amor que la virtud desea
Inmutable es forzoso que subsista.
¡Oh amor puro y sincero! ¡Oh dulce fuente,
Fecunda en gustos, y en placeres rica!
Tú eres alma de todo cuanto vive:
Tú los seres mejores multiplicas;
Tú ablandas la fiereza de los hombres:
Tú haces santa la estrecha compañía,
Que la virtud inspira a los humanos:
Esta es su alma, y tú, amor, eres su vida,
Virtud y amor he aquí los firmes polos (269)

La sinceridad de Melgar está ligada por un lado a la idea barroca de desengaño y advertimiento, pero por otro, prefigura la sinceridad romántica como cualidad poética que transforma en verdad incuestionable el texto: “Yo sí que digo lo que siento adentro: / Mi pluma escribe lo que el pecho dicta” (266). La sinceridad se muestra entonces como principio sobre el que se funda toda virtud y todo acto virtuoso, y la poesía como tal en la conciencia del poeta ha de valer en cuanto sea reflejo de sinceridad.

Por otra parte el poema es expresión del surgimiento de uno de los primeros objetivos a los que apuntó el liberalismo moral, el fin de los matrimonios concertados por interés económico. Lucha en la que hay por lo menos una doble intención oculta: primero, convertir el matrimonio en espacio de afirmación de la individualidad; segundo, se convierte al fuero interno en el rector de las acciones, confiándole a la sinceridad la infalibilidad de conducir al sujeto a la virtud divina. Ecos de esta misma afirmación de la individualidad amorosa y de los peligros que conllevan los matrimonios concertados los encontramos también en “La guitarra” de Echeverría, y “La bendición nupcial” de Caro. En todos estos poetas la sinceridad amorosa es un ejercicio jesuítico de salir al encuentro de la voluntad divina y de la virtud que en último término se atribuye a la Providencia.

Otra es la sinceridad de Martí que en sus Versos libres parecería entregarse a un hondo regodeo en la palabra que evita todo adorno. Difícilmente se encuentra en la lengua castellana transparencia tan opaca como la de los Versos libres, cada verso es la medida pulcra con que Martí tienta el sentido de revelaciones que se escapan hacia dentro.

Son la intuición de una profecía que nunca se revela, no pretenden verdad alguna porque desconoce a todas y admite solo la verdad que se consume en el verso. Su sencillez es la del “Homagno” enigmático que se mira y no se encuentra en un espejo que, de la misma forma revela tanto como oculta al lector que en él se mira:

Homagno sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.
“Máscara soy, mentira soy, decía;
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, – ¡no son Homagno!

“Máscara soy, mentira soy”. Esta es la sinceridad de Martí, tan próxima y tan distante a la vez de la hipocresía baudeleriana. Como en ella se manifiesta la imposibilidad de hacer legible la sustancia del sujeto, ambos beben de agostado “pezón” la vida en procura de su misterio. Pero en Martí todavía resta algo así como una fortaleza para seguir preguntando el por qué; Baudelaire se entrega inconforme al reflejo de su hipócrita lector, no sin fuerza para preguntar, pero sin deseo de tenerla para poder ir más ligero por las sendas del “Tedio”. En cambio Homagno “and[a], pregunt[a], ruinas y cimientos / vuelc[a] y sacud[e]; a sorbos delirantes, en la Creación, la madre de mil pechos, las fuentes todas de la vida aspir[a]”. Pregunta no porque haya de esperar respuesta, o mejor dicho, la respuesta es revelación que se queda en el lindero mismo del poema, en un anuncio que solo se realiza hacia el interior del poema, pero del que nada queda para el lector, o queda todo: “Y la tierra en silencio, y una hermosa / voz de mi corazón, me contestaron”. En el silencio hay una revelación —eco del silencio de “La respuesta de la tierra” de José Asunción Silva: “La Tierra, como siempre, displicente y callada, al gran poeta lírico no le contestó nada” (180)— y la otra respuesta es la de la conciencia, única verdad que se guarda al interior de su propia mirada. Único lugar del que “es” pero inasible. La mirada como el acceso a la conciencia: “Mis ojos sólo, los mis caros ojos, / que me revelan mi disfraz, son míos”, no son él, como no lo son, las “carnes” y las “formas” pero son suyos. La mirada como imagen de la conciencia viene a ser el lugar de la única verdad posible, irrevelable, intransferible por ser íntima. Aquí la moral de la sinceridad no pretende transparentar nada, no procura hacer visible una verdad común que nunca existe. Es la verdad caída en su mónada infranqueable.

No requiere esta sinceridad de respuestas fingidas, ni de dogmas que la tranquilicen. Su preguntar sobre la vida es una búsqueda en plena libertad para fortificar las facultades del hombre. La literatura que propone Martí bebe de la fuente de Whitman y, en el ensayo que dedica al poeta norteamericano presenta como gesto profético de una era nueva, la literatura que: “anuncie y propague el concierto final y dichoso de las contradicciones aparentes; la literatura que, como espontáneo consejo y enseñanza de la Naturaleza, promulgue la identidad en una paz superior de los dogmas y pasiones rivales que en el estado elemental de los pueblos los dividen y ensangrientan” (1978: 270). Martí como Whitman no prevén una profecía, la proponen desde el que mira la vida como totalidad en la que nada falta o sobra, como el que: “Se ríe de lo que llama desilusión, conoce la amplitud del tiempo; […] acepta absolutamente el tiempo”, “Tanta fortuna es morir como nacer, porque los muertos están vivos; ‘¡nadie puede decir lo tranquilo que está […] sobre Dios y la muerte’” (271). La sinceridad de los Versos libres ofrece una propuesta moral y no impone un modelo de virtudes; bien y mal quedan en manos de cada individuo y en tono cervantino declara: “De nuestro bien o mal autores somos, / Y cada cual autor de sí; la queja / a la torpeza y la deshonra añade / de nuestro error. ¡Cantemos, sí, cantemos, / aunque las hidras nuestro pecho roan, / la hermosura y grandeza de la vida, / el Universo colosal y hermoso!”. Laten en estos versos, un vitalismo y una confianza en el futuro, que no han estado exentos de la cura de nihilismo, pero que superándolo proponen la existencia como valor absoluto.

Los pliegues formados en el flujo de ideas que corre por los textos poéticos hispanoamericanos del XIX se enredan en las complejidades de una mirada que teme siempre quedar prisionera en todos los espejos, pero también teme el vacío posible de no-llegar a ser. Esas voces quieren liberarse de España y Europa, pero no pueden prescindir de ellas al momento de instaurar la realidad otra que buscan.

Influencia romántica y eclecticismo católico se entrelazan en esos textos entrampados en la contradicción aparente que implicaba expresar la duda con “sinceridad” y enmascararla.

© Esteban Ponce, 2005

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Esteban Ponce: (Quito, 1967). Realizó estudios literarios en la Universidad Católica de Quito y en la Universidad de Maryland en donde actualmente trabaja en su proyecto de investigación para obtener el PhD. Además realizó estudios en diversas áreas sociales y filosóficas con los jesuitas del Ecuador entre 1990 y 1995. El actual proyecto de investigación es un estudio sobre las imágenes del mal en la literatura latinoamericana del XIX y las vanguardias. Ha publicado artículos literarios en las revistas: Cuadernos Hispanoamericanos, Hispamérica, País secreto, Kipus, Revista de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Diálogos Latinoamericanos.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/ponce1.htm


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