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voz
tiene por objeto remover las “sospechas falsas”
y el juicio de infidelidad con que la amada “arruina”
al amante. La constante de sinceridad en Melgar, presente
en todos sus “Yaravíes”, se llega
a convertir en categoría crítica con la
que se valora la obra global del poeta peruano. Martín
Adán en el ensayo que le dedica en De lo
barroco en el Perú cita al historiador José
de la Riva Agüero reconociendo, ya desde una mirada
post-romántica, la sinceridad de Melgar como
cualidad esencial: “Riva Agüero mismo que
confiesa el mal humor y el fastidio que le dan los versos
del poeta, confiesa también que éste llega
a expresar, aunque raras veces, con acentos sinceros
una pasión amorosa, ferviente e idealista”
(135). Sobre esta cualidad gira toda la anécdota
que ocupa el poema “Carta a Silvia”, la
voz poética no solo quiere mostrar por su sinceridad
la veracidad de su amor, sino que además quiere
dejar constancia de la insinceridad de Silvia que se
haría manifiesta en su resistencia a la sinceridad
del amante. Ella si no se niega a escuchar las voces
mentirosas de “Otros amantes” (Melgar: 266),
de cuyo engaño (rasgo barroco) (264) brotan únicamente
sentimientos impuros como la avaricia (268) y la lascivia
(259, 268). En cambio su amor, hijo de la sinceridad,
está libre de tales pasiones y es espejo de la
virtud que merece el cuidado de la Providencia:
Se
cansará de amar aquel esposo
Que al principio no amó con alma limpia,
Pero un amor que la virtud desea
Inmutable es forzoso que subsista.
¡Oh amor puro y sincero! ¡Oh dulce fuente,
Fecunda en gustos, y en placeres rica!
Tú eres alma de todo cuanto vive:
Tú los seres mejores multiplicas;
Tú ablandas la fiereza de los hombres:
Tú haces santa la estrecha compañía,
Que la virtud inspira a los humanos:
Esta es su alma, y tú, amor, eres su vida,
Virtud y amor he aquí los firmes polos (269)
La
sinceridad de Melgar está ligada por un lado
a la idea barroca de desengaño y advertimiento,
pero por otro, prefigura la sinceridad romántica
como cualidad poética que transforma en verdad
incuestionable el texto: “Yo sí que digo
lo que siento adentro: / Mi pluma escribe lo que el
pecho dicta” (266). La sinceridad se muestra entonces
como principio sobre el que se funda toda virtud y todo
acto virtuoso, y la poesía como tal en la conciencia
del poeta ha de valer en cuanto sea reflejo de sinceridad.
Por
otra parte el poema es expresión del surgimiento
de uno de los primeros objetivos a los que apuntó
el liberalismo moral, el fin de los matrimonios concertados
por interés económico. Lucha en la que
hay por lo menos una doble intención oculta:
primero, convertir el matrimonio en espacio de afirmación
de la individualidad; segundo, se convierte al fuero
interno en el rector de las acciones, confiándole
a la sinceridad la infalibilidad de conducir al sujeto
a la virtud divina. Ecos de esta misma afirmación
de la individualidad amorosa y de los peligros que conllevan
los matrimonios concertados los encontramos también
en “La guitarra” de Echeverría, y
“La bendición nupcial” de Caro. En
todos estos poetas la sinceridad amorosa es un ejercicio
jesuítico de salir al encuentro de la voluntad
divina y de la virtud que en último término
se atribuye a la Providencia.
Otra
es la sinceridad de Martí que en sus Versos
libres parecería entregarse a un hondo regodeo
en la palabra que evita todo adorno. Difícilmente
se encuentra en la lengua castellana transparencia tan
opaca como la de los Versos libres, cada verso es la
medida pulcra con que Martí tienta el sentido
de revelaciones que se escapan hacia dentro.
Son
la intuición de una profecía que nunca
se revela, no pretenden verdad alguna porque desconoce
a todas y admite solo la verdad que se consume en el
verso. Su sencillez es la del “Homagno”
enigmático que se mira y no se encuentra en un
espejo que, de la misma forma revela tanto como oculta
al lector que en él se mira:
Homagno
sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.
“Máscara soy, mentira soy, decía;
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, – ¡no son
Homagno!
“Máscara
soy, mentira soy”. Esta es la sinceridad de Martí,
tan próxima y tan distante a la vez de la hipocresía
baudeleriana. Como en ella se manifiesta la imposibilidad
de hacer legible la sustancia del sujeto, ambos beben
de agostado “pezón” la vida en procura
de su misterio. Pero en Martí todavía
resta algo así como una fortaleza para seguir
preguntando el por qué; Baudelaire se entrega
inconforme al reflejo de su hipócrita lector,
no sin fuerza para preguntar, pero sin deseo de tenerla
para poder ir más ligero por las sendas del “Tedio”.
En cambio Homagno “and[a], pregunt[a], ruinas
y cimientos / vuelc[a] y sacud[e]; a sorbos delirantes,
en la Creación, la madre de mil pechos, las fuentes
todas de la vida aspir[a]”. Pregunta no porque
haya de esperar respuesta, o mejor dicho, la respuesta
es revelación que se queda en el lindero mismo
del poema, en un anuncio que solo se realiza hacia el
interior del poema, pero del que nada queda para el
lector, o queda todo: “Y la tierra en silencio,
y una hermosa / voz de mi corazón, me contestaron”.
En el silencio hay una revelación —eco
del silencio de “La respuesta de la tierra”
de José Asunción Silva: “La Tierra,
como siempre, displicente y callada, al gran poeta lírico
no le contestó nada” (180)— y la
otra respuesta es la de la conciencia, única
verdad que se guarda al interior de su propia mirada.
Único lugar del que “es” pero inasible.
La mirada como el acceso a la conciencia: “Mis
ojos sólo, los mis caros ojos, / que me revelan
mi disfraz, son míos”, no son él,
como no lo son, las “carnes” y las “formas”
pero son suyos. La mirada como imagen de la conciencia
viene a ser el lugar de la única verdad posible,
irrevelable, intransferible por ser íntima. Aquí
la moral de la sinceridad no pretende transparentar
nada, no procura hacer visible una verdad común
que nunca existe. Es la verdad caída en su mónada
infranqueable.
No
requiere esta sinceridad de respuestas fingidas, ni
de dogmas que la tranquilicen. Su preguntar sobre la
vida es una búsqueda en plena libertad para fortificar
las facultades del hombre. La literatura que propone
Martí bebe de la fuente de Whitman y, en el ensayo
que dedica al poeta norteamericano presenta como gesto
profético de una era nueva, la literatura que:
“anuncie y propague el concierto final y dichoso
de las contradicciones aparentes; la literatura que,
como espontáneo consejo y enseñanza de
la Naturaleza, promulgue la identidad en una paz superior
de los dogmas y pasiones rivales que en el estado elemental
de los pueblos los dividen y ensangrientan” (1978:
270). Martí como Whitman no prevén una
profecía, la proponen desde el que mira la vida
como totalidad en la que nada falta o sobra, como el
que: “Se ríe de lo que llama desilusión,
conoce la amplitud del tiempo; […] acepta absolutamente
el tiempo”, “Tanta fortuna es morir como
nacer, porque los muertos están vivos; ‘¡nadie
puede decir lo tranquilo que está […] sobre
Dios y la muerte’” (271). La sinceridad
de los Versos libres ofrece una propuesta moral
y no impone un modelo de virtudes; bien y mal quedan
en manos de cada individuo y en tono cervantino declara:
“De nuestro bien o mal autores somos, / Y cada
cual autor de sí; la queja / a la torpeza y la
deshonra añade / de nuestro error. ¡Cantemos,
sí, cantemos, / aunque las hidras nuestro pecho
roan, / la hermosura y grandeza de la vida, / el Universo
colosal y hermoso!”. Laten en estos versos, un
vitalismo y una confianza en el futuro, que no han estado
exentos de la cura de nihilismo, pero que superándolo
proponen la existencia como valor absoluto.
Los
pliegues formados en el flujo de ideas que corre por
los textos poéticos hispanoamericanos del XIX
se enredan en las complejidades de una mirada que teme
siempre quedar prisionera en todos los espejos, pero
también teme el vacío posible de no-llegar
a ser. Esas voces quieren liberarse de España
y Europa, pero no pueden prescindir de ellas al momento
de instaurar la realidad otra que buscan.
Influencia
romántica y eclecticismo católico se entrelazan
en esos textos entrampados en la contradicción
aparente que implicaba expresar la duda con “sinceridad”
y enmascararla.
©
Esteban Ponce, 2005
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| Esteban
Ponce: (Quito,
1967).
Realizó estudios literarios en la Universidad
Católica de Quito y en la Universidad de
Maryland en donde actualmente trabaja en su proyecto
de investigación para obtener el PhD. Además
realizó estudios en diversas áreas
sociales y filosóficas con los jesuitas
del Ecuador entre 1990 y 1995. El actual proyecto
de investigación es un estudio sobre las
imágenes del mal en la literatura latinoamericana
del XIX y las vanguardias. Ha publicado artículos
literarios en las revistas: Cuadernos Hispanoamericanos,
Hispamérica, País secreto, Kipus,
Revista de la Pontificia Universidad Católica
del Ecuador y Diálogos Latinoamericanos. |
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| Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/ponce1.htm |
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