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“Alienación”
no es sino el relato de cómo dos personajes se
hacen sujetos a través de la alocada persecución
en busca de sus inasibles objetos de deseo. Condicionados
por una sociedad abocada al menosprecio del otro —y
he ahí el punto que Ribeyro pretende tocar, nuestra
total ausencia de solidaridad social cuya base es la
ignorancia—, tanto Bob López como Queca
construyen unas imágenes tan perfectas de sí
mismos que terminan perdiendo el sentido de lo real,
la dirección de sus vidas.
La
mecánica del deseo es tan apremiante que conduce
precisamente a la mentira romántica, a convencerse
de que uno extrae los deseos de sí mismo, cuando
verdaderamente ocurre todo lo contrario (el deseo es
el deseo de Otro o, en otras palabras, la huachafería
que detecta tanto el narrador como los otros personajes),
y el relato está ahí para mostrarlo. Lo
paradójico es que ambos no podrían llegar
a ser sin esa mentira, lo cual me recuerda la sentencia
de Nietzsche: “Cuántas dosis de verdad
es capaz de soportar un ser humano”. Creo que
en el caso de Queca y Bob no muchas, puesto que su enfermedad
—pertene-ciente más al campo espiritual
que al somático— es incurable.
El otro caso que amerita examinarse es el de Diego Santos
de Molina, el personaje central de “El marqués
y los gavilanes” y sobre quien gira toda la trama
de este relato. Santos de Molina, un viejo descendiente
de las familias de vieja ralea aristocrática
limeña, es azuzado permanentemente por Fernando
Gavilán y Aliaga, representante de aquella burguesía
pujante que hizo fortuna durante el boom exportador
de la década de 1950 y que organizó algunos
proyectos políticos progresistas que cuajaron
en la década siguiente, con lo cual desplazaron
a la alianza entre la oligarquía y los militares
del poder.
Pues bien, Santos de Molina se obsesiona completamente
con los Gavilán y Aliaga. El texto es una metáfora
de la pérdida de los espacios tradicionalmente
asignados a la oligarquía, como el hotel Maury,
las propiedades del centro de Lima e incluso la posibilidad
de refugiarse en el extranjero. El deseo de Santos de
Molina, un nostálgico del orden colonial, choca
constantemente con el de su rival. Esta pugna describe
lo que Girard denomina la doble mediación, el
estadio más extremo del deseo triangular.
Aquí,
tanto el sujeto como el mediador se hallan en una posición
horizontal, ya no vertical, como en el caso del bovarismo.
La obsesión con el otro es completa. Las distorsiones,
como referíamos líneas arribas, definitivamente
son tan catastróficas como en el caso de Bob:
para Santos de Molina, éstas lo conducen a una
psicosis claustrofóbica.
En alguna ocasión posterior me gustaría
ampliar detalla-damente estos puntos, pero por ahora,
en la incesante fauna que recorre sus relatos, Ribeyro
nos describe a tipos humanos agobiados por la inestable
modernidad, que en el caso peruano ha generado una gran
movilidad social pero también una mayor brecha
entre pudientes y menesterosos, con las consecuentes
rupturas que separan aún más a las castas
en que se divide la sociedad peruana. Sin embargo, Ribeyro,
a diferencia de algunos de sus lectores, no intenta
explicaciones sociológicas. Él sólo
resultó ser el testigo privilegiado de una época
en que el rostro del Perú cambia vertiginosamente.
Por eso me parecen pretenciosas aquellas interpretaciones
que colocan a Ribeyro como un personaje más de
sus cuentos, puesto que rebuscan en lo biográfico
la clave para entender su apego al escepticismo apátrida,
la ironía y la mordacidad con que trata a sus
personajes. Tal y como ha ocurrido con la publicación
de sus diarios, que ha abierto una veta insospechada
a este tipo de lecturas facilistas. En una entrevista
afirma:
El
diario es un género en el cual uno narra hechos
verídicos y reales. No puede haber un diario
imaginario porque eso sería una ficción.
En mis otros trabajos si hay ficción, me valgo
de mis experiencia, de lo que escucho y observo para
recrear situaciones, elaborar relatos, cuentos y piezas
de teatro. Es necesario diferenciar la literatura
intimista, la del diario personal, y la de ficción,
presente en mis otros libros
(2).
Lo
cual sería suficiente para aclarar este punto.
En otra entrevista, en la que tendenciosamente se le
quiere acusar de racista, remata tranquilamente, pero
con decisión: “No tengo nada de aristócrata”.
Estos lectores deberían darse la molestia de
revisar más bien a los narradores peruanos del
siglo XIX, que abusaban hasta el hartazgo de los estereotipos
raciales. Al contrario, Ribeyro libera a sus personajes
de las ataduras decimonónicas –curioso
en él, que tenía como modelos a los escritores
franceses de esa época– y los hace circular,
con sus miserias y grandezas, en una suerte de “comedia
humana” del Perú del siglo XX. De ahí
su especial toque subversivo, acre, de un vasto humor
negro, que caracteriza a la totalidad de su obra.
De este modo, me río junto con Ribeyro en los
pasajes más excéntricos de “El marqués
y los gavilanes” o tras la gran mascarada de “El
polvo del saber”, pero también me queda
grabada la frase “La piel de un indio no cuesta
caro” cuando en las noticias surgen las sigilosas
formas que el desprecio y el ninguneo han adoptado en
el Perú a través de la ominosa ley del
embudo que nos afecta, aunque no querámoslo verlo,
a todos.
En los últimos años de su vida, a su regreso
de Europa, el escritor fue objeto de atención
de buena parte de la prensa. Cuando revisaba las notas
para este artículo, me llamó la atención
el que los medios le dieran tanta cobertura, quizás
debida a la publicación de La tentación
del fracaso o las Cartas a Juan Antonio
(las entrevistas las aceptaba por compromisos con sus
editores, porque en el fondo sentía renuencia
hacia ellas). Lo cierto es que el círculo de
lectores de Ribeyro, básicamente universitario,
comenzó a expandirse con la estadía del
escritor en el Perú. Aún perdura el recuerdo
de su presencia durante la presentación del cuarto
tomo de La palabra del mudo, en 1992, en la
Municipalidad de Miraflores, donde fue vitoreado. Sin
embargo, y con la obtención del Premio Juan Rulfo
en ese año, esto no ha sucedido en el resto de
países hispanoamericanos. Como José Miguel
Oviedo escribió en el diario El Comercio,
a pocos días del fallecimiento del autor de
Crónica de San Gabriel:
Es
lamentable que la obra de Ribeyro haya sido sistemáticamente
soslayada en el panorama literario hispanoamericano,
porque su contribución al arte del cuento es
inagotable: no sólo es uno de los más
prolíficos cuentistas de este siglo (ha escrito
más de un centenar de relatos), sino que ha
insistido en la alta categoría artística
del género, en nada inferior a la novela, el
teatro o la crítica, formas que también
supo cultivar. Hay una rigurosa moral estética
en Ribeyro, cuyos modelos no son de este tiempo: Stendhal,
Maupassant, Flaubert, Chejov.El aire sutilmente retrospectivo
de su obra, su indiferencia por los modos del presente
y su nostálgica seducción por lo que
inexorablemente desaparece, constituyen un irónico
(tal vez, escéptico) comentario sobre el mundo,
real y literario, en el que le ha tocado vivir. Tras
unos 40 años de constante producción,
es todavía un autor que muchos lectores no
han descubierto. (3)
¿A
qué se debe este ocultamiento, esta falta de
comunicación no sólo con los lectores
hispanoamericanos, sino también peruanos? A pesar
de que críticos literarios extranjeros le han
dedicado páginas enteras, lo que sostiene Oviedo
es cierto: a diez años después de su desaparición
física, la obra de Ribeyro no ha prendido aún
en el resto de América Latina. Lo más
probable es que al propio Ribeyro no le interesaba tampoco
ser el centro de atención, como en el caso de
algunos escritores latinoamericanos —viejos y
jóvenes— que viven más de las estrategias
de marketing que de la calidad literaria. Una actitud
consecuente, entonces, marca los pasos de su silenciosa
pero a la vez copiosa y fructífera —a veces
tediosa, en sus propias palabras— labor de escritor.
A propósito de la publicación del libro
de homenaje Asedios a Julio Ramón Ribeyro
(1996), uno de los primeros esfuerzos de la crítica
literaria peruana en esbozar una lectura sistemática
de nuestro mayor cuentista, el periodista Carlos Batalla
escribió:
Alguna vez se dijo que Ribeyro era el escritor peruano
más citado pero menos leído. Tal vez
sea cierto. Esfuerzos como el que este libro representa
reducen en gran medida esa brecha que existe entre
“reconocer” a un escritor y verdaderamente
“conocerlo”, es decir, aproximarse con
él con la razón y el sentimiento alertas,
siendo capaces de asimilar los elementos más
sutiles y perecederos de su arte: la palabra justa,
el amplio y variado conocimiento de la lengua; y,
por cierto, un propio universo ficticio (4).
Cualidades suficientes para convertir a Ribeyro no sólo
en un extraordinario narrador, indispensable para degustar
el placer de una buena prosa, sino en un ejemplo de
escritura, cuyo magisterio se proyecta en un proyecto
radicalmente individual, en una convicción que
entendía lo literario como central en la formación
de un pensamiento lúcido, con todas las consecuencias
que acarrea esta postura ante los dictámenes
que rigen la vida actual. Nuestra tarea como lectores
no debe quedarse en la reverencia inútil o en
la repetición de los clisés de siempre,
como lo denunciaban sus cuentos. Debemos atrevernos
a descubrir los secretos y verdades de una obra literaria
que nos aguarda detrás de las sombras. 
__________________
(2)
Valentín Ahón. “Ribeyro:
disposición natural para el cuento”. En
El Comercio, sección C, 14 de mayo de 1993.
(3)
José Miguel Oviedo. “El arte narrativo
de Julio Ramón Ribeyro”. En El Comercio,
sección A, 11 de diciembre de 1994.
(4)
Carlos Batalla. “Estudios sobre Ribeyro”.
En El Peruano, sección Cultural, 24
de setiembre de 1996.
©
Giancarlo Stagnaro, 2004
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