" Si el erotismo es un mecanismo a través del cual el hombre busca recuperar algún atisbo de unidad en medio de la fragmentación constante del mundo; el arte opera en esta misma línea y proponen una búsqueda de sentido y unidad dentro del caos cotidiano "

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Eros y Poeisis: elementos formativos de humanidad en Desolación de la quimera de Luis Cernuda

por Chrystian Zegarra

 

Without love, Cernuda is cut off, not only from the world around him, but also from himself: he is alienated from his own feelings, his own body. He is empty, lifeless, one with the nothingness that surrounds him […] What motivates the poet's anguish is above all his consciousness of time. Cernuda would seem to argue that if love derives from the desire to transcend time, the objects on which desire fixes its gaze are ephemeral and therefore resist all attempts at possession and, in so doing, merely reconfirm the mortality of the person who seeks this form of transcendence. (“Los placeres prohibidos” 84-85)

Esta falta de coherencia y de pertenencia lleva al poeta a buscar una salida en la experiencia erótica y en la poesía. Se puede afirmar que en Desolación de la quimera el tema de la creación artística sobresale por encima de los demás. Es más, se percibe una voluntad del poeta por afirmar el carácter imperecedero de la obra de arte: “Sí, el hombre pasa, pero su voz perdura” (“Mozart” 61). La función estética —para hablar en términos generales—, destruye las limitaciones temporales y espaciales que circunscriben al ser humano durante su estancia breve en el mundo. Así, el artista ocupa el lugar de redentor entre los hombres, usurpando este sitio al Dios de la religión. El creador de universos estéticos es capaz de redimir a la humanidad del caos y la miseria de la existencia; es más, él tiene la facultad de enmendar la torpeza del Dios creador, haciendo del objeto artístico una alternativa frente a lo absurdo. Como afirma en el mismo poema citado anteriormente:

Si de manos de Dios informe salió el mundo,
Trastornado su orden, su injusticia terrible;
Si la vida es abyecta y ruin el hombre,
Dá esta música al mundo forma, orden, justicia,
Nobleza y hermosura. Su salvador, entonces,
¿Quién es? Su redentor, ¿quién es entonces?
Ningún pecado en él, ni martirio, ni sangre. (50-56)

Al igual que la experiencia del amor, la práctica y dominio del arte es un medio para lograr la identificación con los otros, un arma para anular la división radical entre el hombre y sus semejantes:

La poesía habla en nosotros
La misma lengua con que hablaron antes,
Y mucho antes de nacer nosotros,
Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia;
No es el poeta solo quien ahí habla,
Sino las bocas mudas de los suyos
A quienes él da voz y les libera. (“Díptico español” 52-58)

En suma, el poeta plantea el reconocimiento con la otredad a partir de su poesía. Nuevamente, esta vez a partir de la creación artística, el sujeto es capaz de recuperar momentáneamente un fragmento de plenitud. Sin embargo, Cernuda no es ingenuo para postular que el arte destierra el sufrimiento o la angustia; pero, al menos, es una vía noble para hacer frente a los factores negativos de la vida. Sobre todo, es un vehículo estrictamente humano por el cual los hombres se observan a sí mismos como receptores de una experiencia común. Asimismo, el arte es un medio de conocimiento para el individuo al penetrar en la realidad y cuestionarla desde una perspectiva crítica. Por esto, la visión artística de Cernuda no es de reconciliación o remedio a los problemas humanos; antes bien, es una manera de desenmascarar la infelicidad y tratar de resistirla. Lejos de prevalecer un orden apolíneo, un espacio platónico perfecto de formas inmóviles, la imagen estética de Cernuda desnuda lo real y desmantela sus mecanismos de engaño. Y es que el arte —y más aún el hecho de sentirse agente de este proceso— cumple un papel decisivo en el proceso formativo de la conciencia reflexiva del sujeto frente a la realidad:

Y tras el mundo de los Episodios
Luego el de las Novelas conociste:
[...]
Tantos que habrían de revelarte
El escondido drama de un vivir cotidiano:
La plácida existencia real y, bajo ella,
El humano tormento, la paradoja de estar vivo. (“Díptico español” 122-130)

Sin embargo, la certeza —por parte del poeta de Desolación—, del valor de la manifestación artística y sus implicancias en el destino del hombre, se problematiza en el terreno de las relaciones que se establecen entre artista y sociedad. Generalmente, la imagen que nos presenta la voz lírica, es la del creador aislado en su propio universo frente a la mirada de los otros —que casi siempre desemboca en una lectura desviada de la realidad—. Así, sus constantes meditaciones acerca del genio y la incomprensión de la sociedad, o el papel impostado de ésta —como en los casos de Rimbaud y Verlaine—, no hacen más que complejizar el asunto. Por ello, el artista cae nuevamente presa de la soledad y el desdén ajeno, ya que no es posible cruzar el muro que lo separa de los demás. Un muro que ha sido fabricado con las convenciones sociales que a menudo mutilan la libertad del hombre:

El lirio se corrompe como la hierba mala,
Y el poeta no es puro o amargo únicamente:
Devuelve sólo al mundo lo que el mundo le ha dado,
Aunque su genio amargo y puro algo más le regale. (“A propósito de flores” 24-27)

Si la poesía constituye el anhelo por develar la identidad propia, esta actividad se encuentra sometida a la carga negativa de la sociedad, en tanto codificadora de prejuicios y dogmas. Por lo dicho, coincido parcialmente con la siguiente aseveración de María Utrera; ya que, antes que alivio, el poeta encuentra confusión en su trabajo creativo:

La poesía se constituye como afirmación fundamental de la identidad del poeta y como consuelo respecto a su entorno. El alcance de la belleza a través del hecho poético lo redime de la dura y hostil sociedad en la que vive. Pero, además, la poesía es vía de salvación personal, pues le permite cierta manera de inmortalidad conseguida a través del mito poético. (272)

Considero que acá sólo se ve un lado del problema: el aparente orden perfecto de la obra de arte, dejando de lado los juicios que vienen por parte del propio poeta. En una palabra: el planteamiento de Cernuda es dialéctico antes que sintético: una oscilación sin tregua entre orden y caos. Más aún, el ejercicio lírico del poeta español no señala una salida a la problemática; antes bien, su objetivo es representar esta interminable búsqueda del orden en medio del caos a riesgo de caer una y otra vez en aporía. Es esta conciencia de la inutilidad de ofrecer respuestas a una situación imposible de resolver desde una perspectiva humana lo que convierte a su obra en un producto estrictamente contemporáneo, en la medida que aborda temas que conciernen a todo hombre que demuestre la sensibilidad suficiente para plantearse preguntas más allá de la comodidad del status quo. De esta manera, lo que se deduce de este desarrollo expositivo es la idea de que la importancia de la obra de arte radica en su carácter testimonial de un estado de cosas privado y, a la vez, colectivo, y no en su eficacia para dar respuestas a complejos e insolubles problemas metafísicos:

El poeta, sobre el papel soñando
Su poema inconcluso,
Hermoso le parece, goza y piensa
Con razón y locura
Que nada importa: existe su poema. (“Tres misterios gozosos” 11-15)

En conclusión, Cernuda intenta —a través de su predicamento literario— organizar el desorden y desintegración que operan en el mundo De esta manera, la palabra poética se mira a sí misma como un espacio desde el cual se genera una reacción frente al desequilibrio imperante en la sociedad. Aunque no se debe ver únicamente una motivación de crítica frente al orden impuesto por los hombres, sino también al de la naturaleza —como ya puntualizé en lo referente a la imposibilidad de alcanzar el absoluto por medio del amor—. La voz de Cernuda es un constructo multiforme en el cual la dialéctica entre realidad y deseo actúa sobre el telón de fondo de la derrota como un mecanismo de resistencia. Su visión del artista es la de un hombre conflictuado, quien en sí mismo experimenta la sensación de pérdida; esgrimiendo, como respuesta, la búsqueda de un orden que se intuye lejano de alcanzar. A este respecto es pertinente la afirmación de McKinlay:

In general terms, then, Cernuda's understanding of the “theory” of art is a very complex, even fragmentary one. While artistic creation itself is a production of order from chaos, even dark, demonic chaos, and the artistic experience is a way, albeit transient, of finding order in life, the life of the artist is a confused and confusing jumble of different pictures: artistic creation is of benefit of the alienated, chaotic existence of the artist, and can even lead him to an appreciation of the divine. The artist is therefore a glorious figure, a man of synthesis in whom order and chaos are held together. (140)

La única acotación que cabría hacer a esta cita es que se debe ver la idea de síntesis como conflicto —como coexistencia de fuerzas opuestas: “order” y “chaos”— antes que como salida efectiva al enigma del ser humano. En este sentido, el hombre es visto como entidad ambivalente antes que como unidad. Puede decirse, además, que la identidad anhelada por la voz lírica sólo puede ser aprehendida en la multiplicidad que plantea la búsqueda misma. Así, el gran mérito de la poesía de Cernuda reside en invitar al lector a ejercer el rol de cómplice o coprotagonista de su empresa cognoscitiva. Su problemática nos conmueve en tanto es la propia del hombre. Nos sentimos afectados por su irritante escepticismo porque en el fondo tiene bases sólidas para ser verdadero. Pero, sobre todo, participamos del desenmascaramiento de la realidad en su obra porque, como lectores —y más aún como semejantes del poeta—, nada puede dolernos más que el engaño y la falsedad del mundo. La estimación del artista como un ser que posee determinadas fibras sensibles para captar fenómenos específicos de la realidad, revela una creencia en la capacidad de la poesía para contrarrestar la vacuidad del mundo. La mirada del creador de universos estéticos es necesaria para develar las maquinaciones de una sociedad que reprime y fuerza al silencio. Dentro de este contexto, la voz andaluza de Cernuda se alza desafiante y cuestionadora en contra de la pasividad y el conformismo. Ahora bien, el poeta no propone ninguna fórmula para desterrar el vacío de la existencia, simplemente expone el caos y lo resiste a partir de la práctica poética. Vale afirmar que, para llegar al convencimiento del poder del lenguaje como codificador de la naturaleza sacra del mundo, se debe pasar por un estado de incertidumbre primario y, sobre todo, de introspección y búsqueda personal. Y es que la actividad literaria es el medio que encuentra el escritor para acercarse a esa imagen totalizadora del amor que el deseo le revela; a la vez que es un pretexto para afirmar el valor de la vida dentro del absurdo del mundo. Esta cita de Valender es muy pertinente como corolario a lo dicho: “Lo que cambia es el grado en que Cernuda logra mantenerse fiel a la realidad trascendental que la poesía descubre y encarna, es decir, fiel a su propia identidad poética y al destino que esta persona mítica lleva consigo” (Cernuda y el poema en prosa 91; subrayado suyo). Persona que asume firmemente la validez de la poesía como arma para combatir lo negativo de nuestro periplo existencial y, a pesar de las circunstancias adversas, como proceso individual y colectivo de humanización.

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Chrystian Zegarra (Trujillo, Perú, 1971) Estudió Literatura Hispanoamericana en la PUCP. Fue miembro del grupo poético Inmanencia, con quienes publicó dos libros colectivos: Inmanencia (Lima, 1998) y Regreso a Ourobórea (Lima, 1999). En el 2004 publicó El otro desierto. Actualmente completa un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de California, Los Ángeles.

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