Escríbale al autor

Óscar Tramontana Figallo
(
Lima, 1967)

 

Cursó estudios de Economía y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde 1993 colabora con distintas publicaciones del diario El Comercio, edita una página web de surfing peruano y desde 1999 dicta conferencias y dirige talleres de literatura en la Asociación Cultural Peruano-Británica. Ha publicado libros de difusión cultural y es autor de la novela Semanas del Jardín.

 

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LA VARIANTE STEINITZ
(Tiempo estimado de lectura: 9')


Cuando él vino por primera vez al calabozo, el viejo estaba jugando contra la pared. Llegó en medio de un estruendo de botas y una salva de rugidos, echando fuego por los ojos, golpeando los barrotes de las celdas, incendiando los pasillos con sus gritos. Los niños se escondieron bajo los camastros y los viejos se agolparon a las rejas, ansiosos por verle la cara. Los guardias vinieron directamente hasta nuestra mazmorra y abrieron de golpe el pesado portón. Caminó directamente hacia la esquina y pateó el tablero del viejo. Las piezas rodaron por el suelo como soldados arrasados. Dos guardias cogieron al anciano por los hombros y lo levantaron en vilo, para luego estrellarlo contra la pared. Sus gafas se despedazaron contra el suelo. Leopold y yo fuimos arrinconados a culatazos, mientras el nuevo comandante desabrochaba su cartuchera y sacaba la pistola. Se acercó lentamente al viejo y le puso el frío cañón contra la sien.

—Así que tú eres el famoso Steinitz —dijo con marcado acento berlinés.

El viejo se limitó a mirarlo a los ojos, esperando la descarga del revólver. En lo más profundo de sus pupilas surgió un destello de luz. Ludendorff ordenó que lo soltaran.

—Claro que eres Steinitz. Venciste a Schultz en 1941 y a Klinger en 1942. Recuerdo tu foto, hace veinte años, cuando saliste en todos los periódicos, y aunque estés viejo y demacrado, conservas la misma cara de zorro. ¿La pasas bien, viejo? ¿Te gusta la comida de nuestro local?

Un guardia soltó una carcajada y el comandante lo calló con una mirada torva. Tras las rejas de las otras celdas podían verse los rostros de los prisioneros. Ludendorff mandó cerrar la puerta y volvió a dirigirse al anciano.

—Así que era cierto. Steinitz todavía vive. Supongo que esos idiotas de Klinger y Schultz no te liquidaron por sentimentalismo. Pero ahora todo eso cambió. Conmigo, nada de privilegios. Si quieres seguir viviendo tienes que entretenerme, pero cuando me aburra de ti terminarás hecho jabón. Tus días de suerte se acabaron, Steinitz. Mañana te enfrentarás a mí.

Ludendorff guardó el revólver en la cartuchera y salió de la celda. Cuando llegó a la escalinata que conducía a la puerta, se dio vuelta y le gritó a uno de los guardias:

—Desinfecten esta pocilga, apesta a carne de momia.

Cuando el nuevo comandante se hubo retirado, el viejo recogió el tablero, lo acomodó sobre la pequeña tarima y devolvió las piezas a sus posiciones originales. Se sumió en el más obstinado de los silencios y, algunos minutos después, movió un alfil.

A la mañana siguiente, el viejo fue arrastrado fuera de la celda a golpes. En medio del pasillo, los guardias habían dispuesto un lujoso tablero sobre una mesa portátil. Las finas piezas de ébano y marfil habrían alcanzado para alimentarnos por un mes entero. Los guardias embutieron el cuerpo cansado del viejo en una silla y él se hundió en ella hasta casi desaparecer. La puerta del calabozo se abrió lentamente y Ludendorff entró escoltado por unos quince oficiales. El comandante se sentó frente al viejo y declaró que, por motivos obvios, le tocaba a él jugar con las piezas blancas, pero como despreciaba la fama del viejo, jugaría esta vez con las negras.

Pronto se inició la partida con un movimiento de peón blanco. Inmediatamente, los guardias empezaron a golpear los barrotes, obligándonos a buscar refugio en el interior de las celdas.

—El viejo lo va a destrozar —dijo Leopold. Lo va a hacer pedazos como a los otros.

De rato en rato, nos llegaban las risas de los oficiales, y oíamos los golpes en las rejas de los que intentaban observar la partida. Al cabo de una media hora, los oficiales estallaron en una salvaje explosión de risa, y el viejo fue arrojado a la celda como un muñeco de trapo. El rostro altanero de Ludendorff se asomó por los barrotes y, mirando al viejo con desprecio dijo en alta voz:

—El señor Steinitz ha tenido el gusto de jugar con un verdadero campeón y, siendo inferior a él, ha sufrido una cruel derrota. Pero si al señor Steinitz le queda alguna duda, mañana jugaremos nuevamente. Y yo comenzaré con las piezas blancas.

El viejo se recostó en su camastro y volvió el rostro hacia la pared. Nosotros sabíamos que no le gustaba hablar de sus partidas, así que lo dejamos en paz. Pronto se quedó dormido. Al día siguiente, Ludendorff y sus oficiales regresaron al calabozo. Para humillar más al viejo, el comandante anunció que le daría ventaja, que por respeto a sus canas jugaría con un peón de menos. La partida se desarrolló en las mismas condiciones, sin que pudiéramos ver ninguna jugada, y luego de una hora, la risotada brutal de los oficiales volvió a retumbar en las mazmorras. El viejo había sido derrotado nuevamente.

—No entiendo qué le pasa —me dijo Leopold cuando el viejo se quedó dormido. Ese comandante debe tener unos treinta y cinco años, no puede ser rival para él. A Klinger y Schultz los demolió en pocas jugadas, y eso nos ayudó a soportar los días con algo de esperanza.

—Es cierto, pero mira lo que ganó. Schultz ultrajó a su esposa y Klinger lo separó de su primogénito. Esas cosas pueden destrozar a un hombre, Leopold, y después de todo, el viejo ya no es el de antes.

—Pero él ha sido el campeón mundial...

—Eso fue hace tanto tiempo.

Pasaron dos días sin que el viejo se levantara de la cama. El tablero yacía derrumbado en una esquina de la celda, y a través de las rejas podíamos oír la decepción de los demás. Los guardias se burlaban constantemente del viejo. Decían que era un campeón de pacotilla, que sus días de ajedrecista habían acabado para siempre. Esa misma noche, las puertas del calabozo se abrieron violentamente, y un niño fue introducido a empujones en una de las celdas del fondo. Al viejo se le luminó el rostro cuando pudo reconocer su voz. Todos pensábamos que ya estaría muerto, pero ahí estaba Elías, el primogénito del viejo. Hablaron durante la noche entera de celda a celda, y todos guardamos silencio. El viejo vertía lágrimas sobre los barrotes, y Elías lloraba con una desgarradora mezcla de desesperación y felicidad. Hacía dos años que no sabían nada el uno del otro. Por Elías, el viejo supo que su esposa Sarah había muerto en la cámara de gas, y al oír esta noticia, volvió a sumirse en el silencio.

Pasaron dos días más, y cuando Leopold y yo empezábamos a creer en la piedad del comandante, éste apareció con el tablero y su escolta de oficiales.

—Bueno, Steinitz, ha llegado la hora de hacer las cosas más interesantes. Te he derrotado dos veces, pero vamos a ver si te dejas vencer nuevamente.

Hizo un gesto con la mano y dos guardias se dirigieron a las celdas del fondo. Pronto, pudimos oír los quejidos de Elías, quien fue arrastrado hasta el centro del pasillo. El viejo se aferró a los barrotes y vio cómo Ludendorff lo zarandeaba con fuerza.

—Este es tu primogénito, ¿verdad? Pues bien, ahora dejará de ser tu hijo y se convertirá en una pieza de ajedrez. Así como lo oyes, él será una pieza blanca del tablero, porque si mal no recuerdo, te toca jugar con las blancas. Cada pieza será uno de tus compañeros, y cada pieza que pierdas significará la muerte de uno de ellos. Y, ¡escúchame bien! si vuelvo a ganarte, todos serán llevados para una higiénica ducha de monóxido de carbono. Esta vez no me vas a engañar Steinitz, quiero que juegues como en los viejos tiempos, quiero que me demuestres que fuiste un campeón mundial.

Un guardia arrastró al viejo y lo plantó frente al tablero de ajedrez. A Leopold y a mí nos sacaron al pasillo, mientras los demás guardias arrastraban a varios hombres fuera de sus celdas.

—Muy bien —dijo Ludendorff. Un hombre por cada pieza. Y para que veas que soy magnánimo, te dejaré elegir qué pieza quieres que sea tu hijo.

El viejo levantó la cabeza lentamente. Miró a Ludendorff con odio y luego a Elías con ternura, y dijo:

—Mi hijo es la sangre de mi sangre. Él es mi fuerza, por eso quiero que sea la pieza más fuerte del tablero: la dama blanca.

—Como quieras, respondió el comandante.

Esta vez, el viejo se sentó sin que lo obligaran. Cerró los ojos profundamente, luego los abrió y nos miró detenidamente a cada uno, mientras Ludendorff y sus oficiales colocaban las piezas en el fino tablero. Se sentaron frente a frente. Una luz brilló en los ojos del viejo y desplazó el peón del rey hasta la cuarta casilla.

—Una apertura conservadora, veremos si te resulta —dijo Ludendorf.

El comandante colocó el peón de dama en la cuarta casilla, amenazando a la pieza del viejo. Sin pensarlo demasiado, el viejo atacó comiendo el peón negro, y Ludendorff respondió devorando con la dama al peón invasor. Una detonación estalló en el calabozo y Leopold cayó desplomado con un agujero mortal en la cabeza. Los guardias lo dejaron tirado allí, pare ellos era sólo un perro muerto, nada fuera de lo común.

La dama negra del comandante había quedado expuesta y el viejo aprovechó para amenazarla con uno de sus caballos. Inmediatamente, Ludendorff devolvió la dama a su posición inicial. Todos los prisioneros nos mirábamos angustiadamente, y el viejo, más seguro que nunca, avanzó el peón de la dama a la cuarta casilla. Ludendorff respondió sacando uno de sus caballos y el viejo replicó haciendo lo mismo. La dama blanca estaba protegida por un caballo, pero el comandante desplazó un alfil paralizando el movimiento de éste. En lugar de proteger al caballo, el viejo avanzó nuevamente el mismo peón. Ludendorff puso más presión sobre el flanco de la dama al sacar su segundo caballo, poniendo en riesgo la vida de la dama blanca.

Jamás en mi vida podré olvidar la expresión del viejo cuando, lentamente, cambió caballo por caballo, dejando desprotegida a la dama. Una mirada de locura se había apoderado de sus ojos y cuando Ludendorff avanzó su siniestro alfil en pos de la dama blanca, una nueva detonación acabó con la vida del pequeño Elías. El viejo casi se derrumba de la silla, pero los guardias lo maniataron sin piedad. Luego, trazó una línea de alfil y puso en jaque al rey negro. Acorralado, el comandante avanzó un pobre peón. El peón blanco atacó a su vez y devoró al peón que protegía al rey negro, obligando a Ludendorff a recurrir a la dama negra para proteger a su rey. A estas alturas, el solitario peón blanco del viejo tenía la posibilidad de comer una torre y coronarse, pero todos sabíamos que, aunque el viejo reclamase la dama, nada podría devolverle la vida de su hijo. Moviendo el peón en el sentido contrario a la torre amenazada, volvió a poner en jaque a las negras, obligando a Ludendorff a mover su rey a la única casilla en que podía estar a salvo. Fue entonces cuando, saliendo desde el fondo, sin que nadie se hubiera percatado de él, el inocente caballo blanco que descansaba en el centro del tablero fue movido hacia delante por la mano firme del viejo.

—Jaque mate —dijo, poniéndose de pie. Estrechó el cuerpo exánime de su hijo. Lo abrazó, lo cargó y lo besó en la frente destrozada, con todo el fervor del hombre que acababa de jugar la partida más importante de su vida. En apenas once jugadas, el viejo había salvado la mayor cantidad de vidas posibles. Entre ellas, la mía.

 

© Óscar Tramontana, 2003 descargar pdf

 

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