| LA
VARIANTE STEINITZ
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Cuando
él vino por primera vez al calabozo, el viejo
estaba jugando contra la pared. Llegó en medio
de un estruendo de botas y una salva de rugidos, echando
fuego por los ojos, golpeando los barrotes de las
celdas, incendiando los pasillos con sus gritos. Los
niños se escondieron bajo los camastros y los
viejos se agolparon a las rejas, ansiosos por verle
la cara. Los guardias vinieron directamente hasta
nuestra mazmorra y abrieron de golpe el pesado portón.
Caminó directamente hacia la esquina y pateó
el tablero del viejo. Las piezas rodaron por el suelo
como soldados arrasados. Dos guardias cogieron al
anciano por los hombros y lo levantaron en vilo, para
luego estrellarlo contra la pared. Sus gafas se despedazaron
contra el suelo. Leopold y yo fuimos arrinconados
a culatazos, mientras el nuevo comandante desabrochaba
su cartuchera y sacaba la pistola. Se acercó
lentamente al viejo y le puso el frío cañón
contra la sien.
Así
que tú eres el famoso Steinitz dijo con
marcado acento berlinés.
El
viejo se limitó a mirarlo a los ojos, esperando
la descarga del revólver. En lo más
profundo de sus pupilas surgió un destello
de luz. Ludendorff ordenó que lo soltaran.
Claro
que eres Steinitz. Venciste a Schultz en 1941 y a
Klinger en 1942. Recuerdo tu foto, hace veinte años,
cuando saliste en todos los periódicos, y aunque
estés viejo y demacrado, conservas la misma
cara de zorro. ¿La pasas bien, viejo? ¿Te
gusta la comida de nuestro local?
Un
guardia soltó una carcajada y el comandante
lo calló con una mirada torva. Tras las rejas
de las otras celdas podían verse los rostros
de los prisioneros. Ludendorff mandó cerrar
la puerta y volvió a dirigirse al anciano.
Así
que era cierto. Steinitz todavía vive. Supongo
que esos idiotas de Klinger y Schultz no te liquidaron
por sentimentalismo. Pero ahora todo eso cambió.
Conmigo, nada de privilegios. Si quieres seguir viviendo
tienes que entretenerme, pero cuando me aburra de
ti terminarás hecho jabón. Tus días
de suerte se acabaron, Steinitz. Mañana te
enfrentarás a mí.
Ludendorff
guardó el revólver en la cartuchera
y salió de la celda. Cuando llegó a
la escalinata que conducía a la puerta, se
dio vuelta y le gritó a uno de los guardias:
Desinfecten
esta pocilga, apesta a carne de momia.
Cuando
el nuevo comandante se hubo retirado, el viejo recogió
el tablero, lo acomodó sobre la pequeña
tarima y devolvió las piezas a sus posiciones
originales. Se sumió en el más obstinado
de los silencios y, algunos minutos después,
movió un alfil.
A
la mañana siguiente, el viejo fue arrastrado
fuera de la celda a golpes. En medio del pasillo,
los guardias habían dispuesto un lujoso tablero
sobre una mesa portátil. Las finas piezas de
ébano y marfil habrían alcanzado para
alimentarnos por un mes entero. Los guardias embutieron
el cuerpo cansado del viejo en una silla y él
se hundió en ella hasta casi desaparecer. La
puerta del calabozo se abrió lentamente y Ludendorff
entró escoltado por unos quince oficiales.
El comandante se sentó frente al viejo y declaró
que, por motivos obvios, le tocaba a él jugar
con las piezas blancas, pero como despreciaba la fama
del viejo, jugaría esta vez con las negras.
Pronto
se inició la partida con un movimiento de peón
blanco. Inmediatamente, los guardias empezaron a golpear
los barrotes, obligándonos a buscar refugio
en el interior de las celdas.
El
viejo lo va a destrozar dijo Leopold. Lo va
a hacer pedazos como a los otros.
De
rato en rato, nos llegaban las risas de los oficiales,
y oíamos los golpes en las rejas de los que
intentaban observar la partida. Al cabo de una media
hora, los oficiales estallaron en una salvaje explosión
de risa, y el viejo fue arrojado a la celda como un
muñeco de trapo. El rostro altanero de Ludendorff
se asomó por los barrotes y, mirando al viejo
con desprecio dijo en alta voz:
El
señor Steinitz ha tenido el gusto de jugar
con un verdadero campeón y, siendo inferior
a él, ha sufrido una cruel derrota. Pero si
al señor Steinitz le queda alguna duda, mañana
jugaremos nuevamente. Y yo comenzaré con las
piezas blancas.
El
viejo se recostó en su camastro y volvió
el rostro hacia la pared. Nosotros sabíamos
que no le gustaba hablar de sus partidas, así
que lo dejamos en paz. Pronto se quedó dormido.
Al día siguiente, Ludendorff y sus oficiales
regresaron al calabozo. Para humillar más al
viejo, el comandante anunció que le daría
ventaja, que por respeto a sus canas jugaría
con un peón de menos. La partida se desarrolló
en las mismas condiciones, sin que pudiéramos
ver ninguna jugada, y luego de una hora, la risotada
brutal de los oficiales volvió a retumbar en
las mazmorras. El viejo había sido derrotado
nuevamente.
No
entiendo qué le pasa me dijo Leopold
cuando el viejo se quedó dormido. Ese comandante
debe tener unos treinta y cinco años, no puede
ser rival para él. A Klinger y Schultz los
demolió en pocas jugadas, y eso nos ayudó
a soportar los días con algo de esperanza.
Es
cierto, pero mira lo que ganó. Schultz ultrajó
a su esposa y Klinger lo separó de su primogénito.
Esas cosas pueden destrozar a un hombre, Leopold,
y después de todo, el viejo ya no es el de
antes.
Pero
él ha sido el campeón mundial...
Eso
fue hace tanto tiempo.
Pasaron
dos días sin que el viejo se levantara de la
cama. El tablero yacía derrumbado en una esquina
de la celda, y a través de las rejas podíamos
oír la decepción de los demás.
Los guardias se burlaban constantemente del viejo.
Decían que era un campeón de pacotilla,
que sus días de ajedrecista habían acabado
para siempre. Esa misma noche, las puertas del calabozo
se abrieron violentamente, y un niño fue introducido
a empujones en una de las celdas del fondo. Al viejo
se le luminó el rostro cuando pudo reconocer
su voz. Todos pensábamos que ya estaría
muerto, pero ahí estaba Elías, el primogénito
del viejo. Hablaron durante la noche entera de celda
a celda, y todos guardamos silencio. El viejo vertía
lágrimas sobre los barrotes, y Elías
lloraba con una desgarradora mezcla de desesperación
y felicidad. Hacía dos años que no sabían
nada el uno del otro. Por Elías, el viejo supo
que su esposa Sarah había muerto en la cámara
de gas, y al oír esta noticia, volvió
a sumirse en el silencio.
Pasaron
dos días más, y cuando Leopold y yo
empezábamos a creer en la piedad del comandante,
éste apareció con el tablero y su escolta
de oficiales.
Bueno,
Steinitz, ha llegado la hora de hacer las cosas más
interesantes. Te he derrotado dos veces, pero vamos
a ver si te dejas vencer nuevamente.
Hizo
un gesto con la mano y dos guardias se dirigieron
a las celdas del fondo. Pronto, pudimos oír
los quejidos de Elías, quien fue arrastrado
hasta el centro del pasillo. El viejo se aferró
a los barrotes y vio cómo Ludendorff lo zarandeaba
con fuerza.
Este
es tu primogénito, ¿verdad? Pues bien,
ahora dejará de ser tu hijo y se convertirá
en una pieza de ajedrez. Así como lo oyes,
él será una pieza blanca del tablero,
porque si mal no recuerdo, te toca jugar con las blancas.
Cada pieza será uno de tus compañeros,
y cada pieza que pierdas significará la muerte
de uno de ellos. Y, ¡escúchame bien!
si vuelvo a ganarte, todos serán llevados para
una higiénica ducha de monóxido de carbono.
Esta vez no me vas a engañar Steinitz, quiero
que juegues como en los viejos tiempos, quiero que
me demuestres que fuiste un campeón mundial.
Un
guardia arrastró al viejo y lo plantó
frente al tablero de ajedrez. A Leopold y a mí
nos sacaron al pasillo, mientras los demás
guardias arrastraban a varios hombres fuera de sus
celdas.
Muy
bien dijo Ludendorff. Un hombre por cada pieza.
Y para que veas que soy magnánimo, te dejaré
elegir qué pieza quieres que sea tu hijo.
El
viejo levantó la cabeza lentamente. Miró
a Ludendorff con odio y luego a Elías con ternura,
y dijo:
Mi
hijo es la sangre de mi sangre. Él es mi fuerza,
por eso quiero que sea la pieza más fuerte
del tablero: la dama blanca.
Como
quieras, respondió el comandante.
Esta
vez, el viejo se sentó sin que lo obligaran.
Cerró los ojos profundamente, luego los abrió
y nos miró detenidamente a cada uno, mientras
Ludendorff y sus oficiales colocaban las piezas en
el fino tablero. Se sentaron frente a frente. Una
luz brilló en los ojos del viejo y desplazó
el peón del rey hasta la cuarta casilla.
Una
apertura conservadora, veremos si te resulta dijo
Ludendorf.
El
comandante colocó el peón de dama en
la cuarta casilla, amenazando a la pieza del viejo.
Sin pensarlo demasiado, el viejo atacó comiendo
el peón negro, y Ludendorff respondió
devorando con la dama al peón invasor. Una
detonación estalló en el calabozo y
Leopold cayó desplomado con un agujero mortal
en la cabeza. Los guardias lo dejaron tirado allí,
pare ellos era sólo un perro muerto, nada fuera
de lo común.
La
dama negra del comandante había quedado expuesta
y el viejo aprovechó para amenazarla con uno
de sus caballos. Inmediatamente, Ludendorff devolvió
la dama a su posición inicial. Todos los prisioneros
nos mirábamos angustiadamente, y el viejo,
más seguro que nunca, avanzó el peón
de la dama a la cuarta casilla. Ludendorff respondió
sacando uno de sus caballos y el viejo replicó
haciendo lo mismo. La dama blanca estaba protegida
por un caballo, pero el comandante desplazó
un alfil paralizando el movimiento de éste.
En lugar de proteger al caballo, el viejo avanzó
nuevamente el mismo peón. Ludendorff puso más
presión sobre el flanco de la dama al sacar
su segundo caballo, poniendo en riesgo la vida de
la dama blanca.
Jamás
en mi vida podré olvidar la expresión
del viejo cuando, lentamente, cambió caballo
por caballo, dejando desprotegida a la dama. Una mirada
de locura se había apoderado de sus ojos y
cuando Ludendorff avanzó su siniestro alfil
en pos de la dama blanca, una nueva detonación
acabó con la vida del pequeño Elías.
El viejo casi se derrumba de la silla, pero los guardias
lo maniataron sin piedad. Luego, trazó una
línea de alfil y puso en jaque al rey negro.
Acorralado, el comandante avanzó un pobre peón.
El peón blanco atacó a su vez y devoró
al peón que protegía al rey negro, obligando
a Ludendorff a recurrir a la dama negra para proteger
a su rey. A estas alturas, el solitario peón
blanco del viejo tenía la posibilidad de comer
una torre y coronarse, pero todos sabíamos
que, aunque el viejo reclamase la dama, nada podría
devolverle la vida de su hijo. Moviendo el peón
en el sentido contrario a la torre amenazada, volvió
a poner en jaque a las negras, obligando a Ludendorff
a mover su rey a la única casilla en que podía
estar a salvo. Fue entonces cuando, saliendo desde
el fondo, sin que nadie se hubiera percatado de él,
el inocente caballo blanco que descansaba en el centro
del tablero fue movido hacia delante por la mano firme
del viejo.
Jaque
mate dijo, poniéndose de pie. Estrechó
el cuerpo exánime de su hijo. Lo abrazó,
lo cargó y lo besó en la frente destrozada,
con todo el fervor del hombre que acababa de jugar
la partida más importante de su vida. En apenas
once jugadas, el viejo había salvado la mayor
cantidad de vidas posibles. Entre ellas, la mía.
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