Escríbale al autor

Giancarlo Stagnaro
(
Lima, 1975)

 

En 1990 publicó el libro de relatos titulado Hiperespacios. Su interés por la literatura lo condujo por las aulas de la Universidad Católica y San Marcos, donde recaló en 1996. Ha colaborado en las páginas culturales de El Comercio. Actualmente, en el diario El Peruano y en su suplemento identidades, se dedica a la crítica literaria, musical y cinematográfica. Prepara una tesis sobre la poesía de Emilio Adolfo Westphalen.

 

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A DONDE VAN LAS ALMAS
(Tiempo estimado de lectura: 10')


Cada vez que alguien comienza un relato, de la dimensión que sea, está tomando posición, es decir, se sitúa en una perspectiva determinada. Digamos que ello a primera vista resulta decisivo para los fines del relato; en este caso —y espero que no lo tome a mal— hallar esa posibilidad quizás no merezca mayor importancia. En realidad, encontrar una perspectiva para lo que voy a contar puede ser tan relevante como no. Puede sonar a indiferencia, pero creo justamente que en esa irrelevancia está el secreto de lo que voy a contarle, o lo que sea más parecido a él.

Debo confesar que esta experiencia resulta nueva en todo sentido para mí. Esta piel, este lenguaje. Toda mi vida —incluso en la anterior a la presente— he contado historias. Las he narrado de todos los modos posibles, incluso la misma historia, en muchos antros no tan higiénicos como éste.
En fin, estamos en esta situación. Yo le cuento y usted me escucha. Usted pensará: pero qué disparates me está diciendo este tipo. Y yo seguiré relatando, no importan sus objeciones o apuntes. No me impresionan sus observaciones y tampoco espero que le atormente mi experiencia. Trataré de ser lo más sincero posible, porque siento que ya es momento de que cuente lo que he visto y lo que sé.

Ahora, supongo que en su calidad de profesional, iniciar esta clase de relatos implica un grado de confianza. Algo que no sé si funcione en este caso, que bien podemos ambos tener. Sin embargo, hasta la mente más perspicaz debe referirse a mis antecedentes. Y usted no creerá del todo mi testimonio, porque sus archivos no se refieren a mí en términos en los que la ciencia médica define como sanidad. Francamente lo dudo.
No: su compromiso ético se lo impide. Jamás se dejaría seducir por el testimonio de un desquiciado, entonces, ¿por qué escucharme? Seguro sus camaradas ya le habrán comentado las historias que relato. Perturbadoras. Por eso soy interesante, porque soy un caso único aquí, en medio del resto de maniáticos que apenas pueden balbucear unas cuantas vocales.

A todos nos seducen las historias, no se crea que ustedes son los únicos. ¿Sabe por qué? Gracias a ellas nos diferenciamos de los demás objetos. Una nube en forma de conejo no puede contar su historia, no sabe por qué tiene esa forma. Pero nosotros sí podemos especular. Unas ruinas o una enana roja poseen una historia detrás que nuestra curiosidad no puede resistir. Por favor, le agradecería que me invite esa bebida que ustedes llaman café.

Me recuerda los días en que cumplíamos misiones en el sistema de Andragkar, cuando llevábamos mercadería de contrabando. Pobres seres, cuánto soportaban por la paga que les ofrecíamos. Una minucia. Se drogaban para mantenerse en sueños que los volvían inmortales. Habían conectado sus mentes a un sistema que los devolvía a un pasado esplendoroso, más allá del tiempo y del espacio, cuando dominaban aquel sector los poderosos emperadores habertianos, que tenían la costumbre de empezar sus rituales con una bebida muy semejante en textura y sabor a la que acabo de probar. Sus descendientes, que encontraron la decadencia, habían compuesto odas a aquella ambrosía de la cual no podían gozar más.

Pude alcanzar a probar el néctar de manera virtual y definitivamente entendí por qué había caído aquella civilización esplendorosa. Cada vez que arribo a un mundo diferente suelo conocer sus secretos, las razones de su cultura. No sé, es como una intuición que surge inexplicablemente, como si todo me fuera dado de golpe.

Pobre raza los habertianos, envueltos en sus enredadas interfases neuronales y añorando un pasado inexistente. Después no les fue bien en sus tratos con la Hermandad y fueron exterminados como moscas. Mencioné que mi trabajo era comerciante. En realidad, me desempeñaba como piloto de segunda clase a sueldo.

Me gradué en la academia con honores, no con los que hubiera querido, pero me gradué, al fin y al cabo, y eso es lo que importa. ¿Se imagina manejar esos cargueros inmensos, cubrir la distancia entre Matkaeria y Loghar en menos de 20 años luz? ¿Marcar un récord de navegación entre el noveno sector y el decimosegundo? Necesitas lo que se llama precisión, el cálculo adecuado entre salto y salto. Si me equivocaba un ápice, podía chocar con un quásar o un asteroide y quedar convertido en polvo interestelar para siempre.

No se puede fallar así. Era un buen piloto, eso decían mis papeles, pero no era un gran piloto, como hubieran querido mis parientes rombusianos. Ese mundo sí es cuna de grandes navegantes interestelares. Con decirle que ahí se concibió al gran Tarmekharqueriondos hace ya más de dos milenios y medio. Por eso son tan exigentes.

Está bien, no más rodeos ni referencias que no conoce. Voy directo al grano. El hecho es que a mi tercera década —en la segunda había tenido experiencia de contrabandista— ya era piloto de uno de las rutas más importantes de toda la Galaxia, la ruta del vigésimo quinto al duodécimo sector. Qué ruta para sencilla, sin cinturones de asteroides o nebulosas de hidrógeno. A veces los capitanes te hacían unas pequeñas correcciones, pero eran mínimas, sólo ajustes en el curso de la nave. El salto para mí era cosa simple; no demandaba demasiados riesgos. Los capitanes eran bonachones y cuando llegábamos al sistema solían compartir el contrabando, sobre todo de bebidas, con nosotros. Algunos bajaban con mascarillas de metanol; como sabrás, nosotros los rombusianos somos resistentes a cualquier atmósfera que incluya dos átomos de oxígeno por lo menos. Si no, apelamos a la mascarilla o, en todo caso, nos quedamos en las naves apostando o alguna otra tontería de a bordo.

Entonces, que me lleve el gran hoyo negro, nos solicitan. No sé por qué ni cómo habían oído hablar de mí, de mis notas en la academia, de mi trabajo. Yo ganaba lo suficiente, algo así de 500 por ruta. Para ser navegante de un carguero que transporta sustancias atenuantes de conciencia, que no se ha comprometido aún y que no aspira sino a trabajar para que otros puedan vivir placenteramente, no me puedo quejar.
De repente me convocaron. Hasta ahora no sé la razón, no me puedo explicar cómo ni cuándo... Lo cierto es que la Hermandad sabía todo sobre mí, absolutamente. La Hermandad deambula por ahí, no blasfeme ni piense mal de ella. Ellos están ahí, atentos y vigilantes. Tenga sumo cuidado de lo que haga y diga. Ellos no son inmortales, son la eternidad misma.
Son muy meticulosos en sus asuntos. Sus agentes, los visibles, me condujeron hacia un planeta desierto, no recuerdo bien en qué sector. Allí sólo había hangares, los más numerosos que haya visto en un puerto espacial. Me asignaron un crucero gigantesco. Nunca había visto uno de tales proporciones. Su color plateado intenso indicaba que pertenecía a otra jerarquía de transporte espacial. Por dentro, era un sueño. Nunca había visto una cabina así. Luces intermitentes por todos lados; los sistemas de navegación parecían vivos; la computadora parecía fácil de maniobrar. Si uno tiene una nave así, puede jubilarse anticipadamente. Si la cabina era fabulosa, uno puede figurarse lo que era la nave por dentro. Una maravilla en milenios de navegación hiperespacial. Qué buena esta bebida, realmente a uno lo pone en otra cosa. Salud.

Cuando vuelvo sobre mis pasos para seguir recorriendo la nave un poco más, me encuentro con ella. Era uno de esos seres que controlan la mente... A veces se me aparece en sueños, como un fantasma. Se les conocía como las damas Ekhtar. Una de ellas. Su rostro sin cabello y estirado hacia atrás, con atuendos luminosos de tonalidades púrpuras y rosáceas... y sus ojos, su mirada impregnada de designios insondables. Mirar en ese par era como ser observado por un abismo infinito. Definitivamente, no me la esperaba ahí, no aún. Nunca los había visto, es decir, me habían hablado infinidad de cosas que ocurren en el espacio —los verdaderos navegantes interplanetarios, cuando se ponen a beber bebidas más fuertes que ésta, inventan inmensidad de cosas—, pero jamás me había enfrentado a algo así. Esa cosa era inmensa y no abrió la boca una sola vez, en absoluto, ni una palabra. Sólo me dio una especie de llave que activaba el ordenador central del crucero. Ya me habían advertido algunos colegas. Yo pensaba: ¿qué tal si esta "dama" se enfurece y se le ocurre, en medio del salto, dejarme como basura hiperespacial? Debo confesar que los nervios me traicionaban.

Sólo atiné a respirar hondo, pero casi destruyo el sistema principal cuando ingreso el código (lo erré a la primera). La computadora me dio las instrucciones: quincuagésimo sector, sistema noveno, estrella unitaria, tercer planeta. Civilización prehiperespacial. Los datos de una cultura ínfimamente primitiva se desparramaban por la pantalla. Demonios —me decía—, vamos a observar a unos chiquilines... Pero con la dama Ekhtar detrás mío, siguiéndome, respirando en mi nuca, controlando mis movimientos por más inocentes que fueran, no podía creer que se trataba de mera rutina. Debía ser sumamente importante, tanto que no podía decirlo; si sacaba a relucir mi miedo seguramente me reduciría en miserables partículas de hidrógeno.

El viaje fue espeluznante, en serio. El mejor y el peor que he realizado. Hubo tres saltos, todos calculados con precisión micrométrica. Nunca me había concentrado tanto en ellos. Nunca los había hecho mejor. Pero la sensación de que me iban a hacer añicos no me dejaba tranquilo.

Arribamos, pues, luego de algunos momentos de tensión. El cinturón de asteroides no fue problema, tengo experiencia en esos menesteres. En realidad, para pasar esa franja hay que comportarse como si fuera una de esas rocas infames, ése es el secreto.

Al aproximarnos a la órbita del tercer planeta, me llevé un sobresalto. Tenía un satélite de un sexto de su tamaño. ¡Un sexto!, ¿lo puede creer? Era inmenso. Las lecturas de la computadora no erraban. Hice rápidamente unos cálculos; los otros planetas tenían satélites más "normales". El planeta se parecía mucho al mío, aunque era más azul... Rombusia tiene dos lunas, pero aquel satélite me parecía un exceso. A veces la Hermandad tiene unas cosas.

Entonces escuché una voz. Era ella obviamente. Era, cómo le explico, candorosa, pero a la vez sibilina. Definitivamente yo era un subnormal a su lado. Escuché un susurro: "Aproxímate al satélite". Cambié a control manual y suavemente desplacé el crucero hacia el extraño planetoide. Era muy feo: los meteoritos, el gas de los cometas y la luz de la estrella (el resplandor era muy fuerte, por lo que acentué la intensidad de los paneles antisolares) habían destrozado su superficie. Era un contraste con el planeta, que parecía adornar el horizonte con su intenso color azul. "Ahora espera un momento", volvió a susurrar la voz. De pronto vi que un contenedor aparecía ante nosotros y rápidamente se movía en nuestra dirección. Yo estaba como inmovilizado.

Presentí que el contenedor había ingresado a la nave y sabía que la dama Ekhtar lo había dirigido mediante algún truco telepático. "Ven aquí, vas a querer ver esto", me dijo. Curioso, pero a la vez preocupado por mi suerte, salí de la cabina cautelosamente. Cuando bajé al primer nivel, el contenedor rezumaba vapor frío. La dama Ekhtar no movía un labio, pero yo sentía sus palabras en mi mente. Me tranquilizó. "Nosotros necesitamos pilotos como tú. Esto demanda mucha energía de nuestra parte". "Discúlpeme, pero yo no creo que sea...". "Sólo observa y escucha", me dijo, reprendiéndome con dulzura, como lo haría un adulto con un infante. "Muy pocos seres materiales saben lo que es la Hermandad. La Hermandad ha creado y dirigido esta Galaxia y muchas otras. Ellos conocen el ciclo de la vida y de la muerte, del movimiento y de lo inerte, porque nuestros cuerpos no sólo son vehículos de nuestro espíritu, como esta nave que nos cobija o este contenedor aquí a nuestro lado. Nuestros cuerpos nos permiten conocer el cosmos y sus más profundos secretos. La Hermandad nos protege y nos cuida, nos enseña a crecer más como seres inmateriales. Por eso a veces solemos reprender a aquellas criaturas que creen ser más que nosotros, pues ello genera un disturbio en el ciclo natural de las cosas". Recordé a los pobres habertianos y su bebida fabulosa. La dama Ekhtar prosiguió: "Lo que ves aquí son los corpúsculos inmateriales de los habitantes de ese planeta. Ellos los llaman de una manera singular: almas". Interesante definición. Ella extrajo del contenedor un recipiente ovalado que cargó suspendido en sus brazos. "Si yo toco esto con mis manos, los corpúsculos pueden desvanecerse y quedar atrapados en la materia para siempre", dijo suspirando. "Ahora, acompáñame", ordenó. Cuál sería mi asombro cuando ascendimos hasta el tercer nivel de la nave de un impulso. Ella había usado su telepatía una vez más, mientras yo contenía la respiración. Imaginé que me iba a estrellar contra las paredes.

"A esta parte nunca ha llegado ningún ser material", dijo. "No permitimos a los de tu clase llegar hasta aquí. Ellos sólo conducen las naves". "Entonces, ¿por qué me deja venir con usted?", le pregunté. Cuando esperaba una mirada fulminante de su parte, ella respondió: "No te preocupes ni por el pasado ni por el futuro". Intrigado por su respuesta, no obstante, seguimos caminando. El silencio se volvía impenetrable y la luz comenzaba a desaparecer. Yo sólo sentía el ruido de mis pasos en el suelo metálico. La dama Ekhtar jamás tocaba el suelo. Avanzamos por un largo y oscuro túnel, iluminados tan sólo por la luz que emanaba del recipiente. ¿Cuántos corpúsculos cabrían allí?, me preguntaba. "Hay millones", contestó la dama Ekhtar, "pero sólo uno". Después de eso ya no quise pensar y puse mi mente en blanco. "Sólo observa y escucha", respondió la entidad que caminaba delante mío.

"Aquí es donde vienen a parar las almas, los seres inmateriales", me dijo, y un inmenso resplandor nos iluminó de repente. Era una máquina tremenda. Con razón tenía esas dimensiones, me decía yo. "Esta es la puerta que une el mundo material con el inmaterial", dijo Ekhtar, "a la Hermandad con su creación". Por alguna razón ya no tenía miedo. Sólo estaba asombrado terriblemente de lo que veía ante mis ojos. De la máquina salía una música formidable, parecía tocada por seres divinos o algo así. Ni las puestas de los tres soles en Bakura se parecían a algo semejante.

"Nuestra labor es recolectar todos los seres inmateriales de esta Galaxia y llevarlas ante esta puerta cósmica", explicó la dama Ekhtar. "Por eso tenemos, gracias a la Hermandad, estos dones especiales, que demandan mucha energía de nuestra parte". "¿Y qué hacen exactamente con los incorpóreos?", pregunté, aún anonadado por el espectáculo. "Los colocamos en la máquina y le otorgan su energía a la Hermandad. Durante sus vidas materiales, estas criaturas vivieron de acuerdo con las leyes del bien y del mal, del deseo y del dolor. La Hermandad creó esas leyes para controlar sus existencias. La Hermandad los hizo limitados en carne, pero infinitos en espíritu. Algunos creyeron que eran más una cosa que otra, pero todos desearon por igual. Son estos deseos los que, al momento de dejar la existencia carnal, se depositan en sus almas. Son estos deseos los que finalmente permitan que la Hermandad continúe con su labor ordenadora del cosmos. La Hermandad los ha creado con la finalidad de vivir nosotros eternamente".

Eso es lo que reveló la dama Ekhtar. Sus palabras aún me asaltan. Todo esto puede parecer una quimera, pero no lo es, no proviene de mi imaginación. En esos instantes, detrás de sus palabras resonó una música estruendosa. Al principio me invadió una sensación agradable, pero de la máquina comenzaron a surgir miríadas de luces que pronto cobraron una violencia desgarradora. Una impotencia desesperante se abatió sobre mí. Aquella sinfonía del horror me había obligado a caer y el vértigo se apoderó de mi visión. Sentí como si me hubieran arrojado a la oscuridad del espacio, en un lugar sin nombre.

Cuando desperté, el satélite se cernía ondulante sobre mí. Unas formaciones puntiagudas interrumpían mi visión del cielo. Podía respirar sin problemas. Me incorporé, estaba asustado, no sabía dónde me hallaba... poco a poco recordé. Aún resonaban los ecos de la melodía infernal, pero me di cuenta que al menos estaba con vida, en este tercer planeta, con ese ominoso satélite colgando encima mío. Mis implementos habían desaparecido. Mi garganta estaba seca.

Comencé a deambular por el territorio. Se escuchaban numerosos ruidos. Finalmente llegué a una suerte de arroyo. Palpé el líquido, felizmente tenía oxígeno suficiente para reanimarme. El planeta no estaba del todo mal, después de todo. Al parecer podía adaptarme a su ecosistema. Me acerqué más al arroyo con la intención de refrescarme, pero al verme reflejado en la corriente me percaté que mi rostro no era mi rostro y mi piel no era mi piel. El pánico se apoderó de mí, comencé a correr, a perderme en la espesura. El calor de la noche era sofocante, la pesadez de mi nuevo cuerpo, mi conciencia desequilibrada, el sonido que retumbaba entre los árboles, y luego un punto confuso...

—Disculpe, ¿dijo usted "árboles"?

—¿Cómo?

—Usted dijo que corrió entre los árboles. Usted sabe lo que son.

—Por supuesto.

—¿Y cómo un ser que supuestamente viene de otro planeta en una nave espacial impresionante, después de haber recorrido millares de kilómetros hasta este apartado rincón del universo, y que recolecta los espíritus de los muertos para almacenarlos como forma de energía, sabe lo que es un árbol?

—Intuición, como ya dije. Nosotros los rombusianos... Oh, eso sería mucho explicar. Cuando desperté en vuestra superficie, supe que me habían dotado de una base de datos acerca de cierto conocimiento mínimo de las formas de vida de este planeta. En otras palabras, antes de adquirir esta apariencia, me implantaron en alguna parte de mi cuerpo un dispositivo de información básica. Así puedo recuperar alguna data indispensable. De igual manera se usa con aquellas naves a las cuales se les hace seguimiento. Se les coloca un mecanismo que supervisa sus rutas. Igual que a los individuos. Me parece que, a pesar de su tecnología rudimentaria, estos aparatos se conocen acá. Así como aquella música infernal, que está por todos lados.

—¿A qué música se refiere?

—A esa sinfonía que ustedes conocen como La canción de la alegría. Irónico, ¿verdad? La que compuso un tal Beethoven. Lo que sonaba en el crucero de la dama Ekhtar. Infernal ruido, y a eso ustedes lo llaman arte... Desconocen todo. Ellos, los genios de este mundo, los innombrables, son miembros de la Hermandad y tanto sus almas como la mía les sirven de alimento. Es el símbolo de su poder. Quizás la dama Ekhtar me envió de emisario para contarles esta buena noticia; quizás me castigó por haber visto demasiado. Lo único que sé es que estoy atrapado aquí y, al parecer, no tengo salida. ¿Qué me dice, doctor? ¿Le parece verosímil mi historia?

—Usted ha leído y visto mucha ciencia ficción —sentenció el analista.

Cuando salió, la oscuridad del sanatorio seguía igual.

 

© Giancarlo Stagnaro, 2003 descargar pdf

 

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