Hasta hoy mantiene su posición con respecto a las novelas totales y refiere que tanto La violencia del tiempo como País de Jauja son novelas “terminales”. “La de Edgardo Rivera Martínez es la novela del idilio peruano, la que todo el Perú quería que alguien escribiera alguna vez. Rivera Martínez tiene una prosa muy fina, escribe muy bien, pero su novela es lo que la crítica esperaba, el encuentro de lo andino y costeño, lo blanco con lo indio, una reconciliación que no existe. Es cierto que es una buena novela, muy bien construida. Pero la visión que tiene es falsa. El Perú es un país fracturado y esa reconciliación no existe. Vivimos en tribus, cada uno tiene sus playas, sus discotecas y sus colegios”.
La segunda visita de William Burroughs
La nueva novela de Calderón Fajardo empieza con una escena nostálgica que evoca los años de juventud y la pasión literaria de una generación de muchachos en la Lima de los años sesenta. Algunos de ellos —hoy conocidos— figuran con sus nombres reales y en otros casos no es muy difícil imaginar quiénes fueron. Uno no deja de preguntarse hasta qué punto es una novela autobiográfica. “La fiesta de la novela fue real”, confiesa el autor. “Pero allí hay un juego en la construcción de personajes. Por ejemplo, el personaje Montero no tiene nada que ver con el personaje real. Por supuesto que estuvo Chabuca Granda en la fiesta, cantó y hasta preparó los frejoles. Era muy sensible al contacto con poetas jóvenes, sobre todo si tenían talento. Y eso era porque ella misma era una gran poeta”. Pero con la llegada a la casa de Portillo y Raquel, de ese ser controvertido y casi mítico que es William Burroughs, y la confesión de Raquel de haber presenciado el asesinato —acaso no accidental— de la esposa del autor de El almuerzo desnudo, la historia empieza a transformarse en un policial.
“La novela nació de una crónica que escribí sobre las cartas del yagé. Ahí me di cuenta de que tenía que exorcizar a los escritores de la generación beat que tanto me habían influenciado sin que yo me percatase. Pero no es una novela sobre Burroughs, es más que eso. Yo mismo no sé lo que es en el fondo”. La llegada de unas extrañas fotografías de una mujer desnuda a la oficina de Montero apunta también en esa dirección. “Siempre me gustaron las novelas policiales. Desde las de intriga del tipo El hombre que fue jueves, de Chesterton, hasta las novelas de Simenon. Y por supuesto las de serie noir como Hammet, Mac Coy y, por supuesto, Raymond Chandler.”
Si bien la figura de Burroughs es un eje, las cartas del yagé también lo son. “Cuando leí las cartas de Burroughs a Ginsberg, me quedé profundamente impactado. Era una visión de Lima totalmente nueva, distinta de la de Ribeyro o de Salazar Bondy, pero igualmente real. Burroughs era un ícono para los jóvenes del sesenta, representaba la vida llevada a los límites. Consumió cuarenta tipos de droga y heroína durante diecisiete años. En Lima, se mete a unos huecos de La Parada a tener sexo con jóvenes delincuentes. Se alojó, además, en una casa derruida en Lince —en la calle José Leal— y yo siempre me he preguntado por qué se alojó allí si él tenía mucho dinero, una gran herencia del abuelo. Eso me ha resultado siempre muy enigmático”.
Fragmento de La última visita de William Burroughs
Raquel volvió a leer de noche la carta, echada en la cama. Esta vez con más calma, pero con una extraña expresión maligna en el rostro. Luego se quedó dormida.
Tomando las precauciones del caso, para no hacer ruido, Portillo cogió con mucho cuidado el sobre, sacó el papel y lo leyó. Escueto, en unas cuantas líneas, William Burroughs, el famoso escritor norteamericano, le comunicaba en un inglés casi telegráfico, a Raquel, su decisión de visitar Lima. Esperaba que ella lo recibiese en su casa. Portillo, estupefacto, con la carta provista de tan tremendo delirio que le quitó el sueño, se quedó el resto de la noche mirando el rostro inescrutable de esa mujer que dormía de lo más tranquila.
A Portillo nunca antes se le había ocurrido cometer el desatino de leer la correspondencia de Raquel. Iba contra sus principios. Se trataba de una imprudencia. No sabía cómo iba a reaccionar Raquel, quien defendía con tanto celo su privacidad, si se enteraba de que Portillo había leído una de sus cartas. Era indudable que Portillo había cometido una indelicadeza irresponsable. Pero, en su cabeza, ya se revolvía el delirante contenido de esa carta. Era simplemente increíble que alguien como William Burroughs llegase a la casa. En adelante, sólo quedaba esperar.
A la mañana siguiente, Raquel destruyó la carta. Arrojó los pedacitos de papel al tacho como solía hacer con toda aquella correspondencia que no fueran recibos.
Ese mismo día, empezaron las llamadas por teléfono. Raquel se comunicaba frecuentemente con alguien en Méjico que no podía ser otro que Burroughs. Levantaba la voz. Portillo escuchó retazos de esa conversación. Portillo no dominaba el inglés, menos si era hablado rápidamente. Por lo poco que pudo entender, hacían mención de que todo debía salir como habían acordado. Eso sí lo entendió Portillo y le pareció escuchar entreverada la palabra “asesinato”. Una palabra que quedó flotando acuchillada en el aire y que causó una gran inquietud en Portillo, quien inmediatamente relacionó la ignominiosa palabra con el consumo de drogas. Portillo conocía muy bien la biografía de Burroughs y su adicción a todo tipo de estupefacientes. ¿Era la razón de su venida? ¿A qué asesinato se referían?
Raquel colgó el teléfono como si se hubiese tratado de una llamada común y corriente.
Portillo no solía sentarse cerca al teléfono cuando Raquel hablaba con alguien, pero en esta oportunidad no podía contenerse. Portillo recordó que Raquel, alguna vez, le había comentado que había conocido personalmente a William Burroughs en Méjico, que eran amigos. Pero Portillo no le había creído, o simplemente no le había dado importancia al asunto.
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El asunto se presentaba sencillo en su lógica. Esa visita cabía dentro de lo verosímil. El escritor ya había estado en Lima en la década de los cincuenta. Podía, tranquilamente, volver en un segundo viaje, cuarenta años más tarde en busca de lo mismo: el yagé, la ayahuasca. ¿Pero, y el asesinato, qué de esa ominosa palabra que Portillo había escuchado revolviéndose maligna en el aire? ¿Y la insólita conducta de Raquel? Una atmósfera enrarecida. Inusitados ataques de furia de aquella señora que empezó a tomar más calmantes de la cuenta. Portillo le aconsejaba que se tomase un baño para calmarse, y Raquel le hacía caso. Se bañaba tres veces al día y paraba todo el día envuelta en su bata transparente como si quisiese que Portillo la viese desnuda, como si se sintiese asaltada por los recuerdos. Si todo había sido preparado, quizás todo estaba ocurriendo en bien de Portillo, como quien recurre a un tónico maravilloso para el cual, sin embargo, Portillo no estaba preparado.
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¿Fue Raquel la que pidió auxilio, la que rogó la ayuda de su viejo amigo?
Imposible fue evitar que la imagen de Burroughs se instalase en la mente de Portillo. Imaginó al escritor paseando por el centro de la ciudad. Lo visualizó enfundado en un arrugado terno de lino blanco; la camisa sencilla, la corbata desajustada, los lentes redondos, el mechón rubio. ¿Por qué no?, se dijo Portillo. El sortilegio de esa visita funcionaba perfectamente, porque si el escritor, quien era un viajero impenitente, incansable, había estado ya una vez en esta ciudad, nada le impedía tomar el avión y volver a dar de zancadas con sus piernas largas por el submundo limeño. Por los mismos lugares pervertidos que ya le eran conocidos, que le habían sido familiares, desplazándose viperinamente, como quien busca a sus antiguos amantes. Tentado, atraído, acometido por la nostalgia que le ocasionaba el recuerdo de las relaciones homosexuales con muchachos mestizos con quienes había compartido un mundo degradado, inmoral, en su primer viaje en el año 53.
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(Portillo escribió en su libreta de notas: “Burroughs viene a Lima por segunda vez. El misterio consiste en saber cuál es el verdadero propósito de su visita. Burroughs, el ángel caído, abandona su cielo secreto. El enigma es un asesinato que hay que resolver”)
Raquel conocía la opinión de Portillo sobre la perversión. Portillo era un hombre que creía poseer una moral en un siglo de híbridos, en un mundo en el cual luchaba por vivir de manera normal, y, para no contaminarse, había preferido salirse del mundo. Burroughs era uno de esos monstruos híbridos típicamente norteamericanos que llegaban a un nivel de perversión diabólica que no había existido nunca entre los intelectuales peruanos, quienes no conocían más allá de una que otra pipa de opio en la década del veinte; homosexualismo recatado y alcoholismo en todas las épocas.
La situación retaba al novelista acucioso en el que se había convertido Portillo. Presentía que un crimen involucrado en esa visita era tanto o más fantasioso que una novela, y, por lo tanto, utilizable como material de trabajo. Durante la noche que pasó en blanco, inexplicablemente había sospechado que estaban por tenderle una trampa. Al mismo tiempo, el hecho de llegar a conocer personalmente a Burroughs causaba en Portillo más de un sentimiento contradictorio. De un lado; miedo, terror; y del otro, pensar lo que significaba la extraordinaria experiencia de conocer en persona a un novelista de fama mundial. ¿Se atrevería a leerle sus textos inéditos?
Y, por otra parte, Portillo se preguntaba si Raquel no era una mujer de otro mundo, capaz de someter su cuerpo a ataques violentos, a martirios y tormentos para aplacar sus deformidades imaginarias. ¿Era capaz ella de una voluntaria violación de sí misma, de recurrir a un remedio desesperado, que incluía el destrozo de su propio rostro, la pérdida de todo control?
Portillo se levantó ágil de la cama, como si viviese una especie de renacimiento después de tantos años de tedio, rutina y fracaso, al lado de una mujer que ahora era más vieja de lo que Portillo hubiera podido imaginar. La edad madura es diabólica. Se encerró en el baño. Sentía la necesidad de asearse con una minucia desacostumbrada. Raquel, en cambio, no exteriorizaba emoción alguna. Ella entró a su vez al baño mientras Portillo se afeitaba evitando cortarse la cara. Raquel se lavó la cabeza. Envolvió su cabellera rubia y húmeda con la toalla que llevaba sus iniciales.
En su vida de pareja, no compartían no sólo el jabón y el champú, sino tampoco las toallas y las sábanas. A Raquel le bastaba saber que Portillo no dejaba de escribir, y Portillo escribía muchas horas al día, respetando horarios establecidos, como un obrero.
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Así habían vivido Raquel y Portillo muchos años, respetando acuerdos, acatando situaciones que para un hombre, que no hubiese sido Portillo, habrían sido vejatorias. Otro ya se hubiera ido hace tiempo, pero el principal compromiso de Portillo era con su obra, y Raquel creía en él. Era su mecenas. Vivía asombrada, fascinada, por la perseverancia de Portillo. Había cubierto todos sus gastos incluyendo la compra de ropa, de libros; pequeños gastos como el precio de las entradas al cine, o sus consumos en los cafés de Miraflores. Todo con tal de que Portillo se dedicase exclusivamente a escribir. Pero no sólo era amor al arte, al creador obsesionado, también había de por medio una relación carnal, anormal, corrompida, aceptada por ambos.
Era un misterio de la carne, de un tipo de personalidad, el porqué Portillo deseaba con ansia el cuerpo de Raquel. Era como un extraño vicio, una suerte de gerontofilia. Portillo sucumbía a los juegos eróticos de Raquel, que eran muy imaginativos, y parecía no darse cuenta de que cada vez quedaba más enlazado a un ser cada vez más viejo, a una piel reseca, al calor de un antiguo reptil. Esa cara arrugada de tanto verla se le había hecho natural. Ella también deseaba el cuerpo de Portillo, las extremidades largas y la potencia de aquel joven escritor, quien había dejado de ser joven dentro de sus brazos. Los dos eran conscientes de que el que desea destruye, pero se sentían unidos, como dos enredaderas entrelazadas, y no se imaginaban separados el uno del otro.
En la imaginación de Portillo, Raquel era como la forma visible sobre un edificio en llamas. Llamas de sexo atravesando los techos y una nube pasiva encima de la cual se montaba esa vieja mujer.
¿Es racional el sexo? Se preguntaba Portillo. Entre ellos era un acto envenenado, una parodia de lo que para otros era hermoso y sublime. Una luz falsa proyectada sobre ellos para su destrucción por un Lucifer sexual. Un caso humano en que Lucifer y Eros se molestaban en noches innombrables y sin palabras de por medio.
Raquel bebía luego su café a sorbitos. Pero ahora estaba de por medio esto de la visita de William Burroughs, y Portillo, embarcado en una situación que jamás imaginó que sucedería, iba anotando en su cabeza cada gesto. Tratando de captar el detalle que le indicase si era verdad o broma, el increíble suceso que estaba por vivir de ser cierto. No obstante, Raquel aparentaba ser la de siempre, como si no pasara nada.
Ella revisaba el periódico en la mesa del comedor, cuando dijo:
—Las verdaderas noticias no aparecen en el periódico.
Portillo al principio pensó que Raquel se refería a la guerra que se libraba en la sierra entre los “iluminados” y el ejército, pero de inmediato se dio cuenta de que se refería a la visita del escritor norteamericano.
Luego, ella continuó revisando con atención el periódico, los titulares, la página cultural, las nuevas exposiciones, mientras untaba un queso de Cajamarca sobre una tajada de pan de centeno. Portillo la notó descuidada y preguntó:
—¿Y cuándo llega tu amigo?
—Mañana —respondió Raquel, suelta de huesos.
© Francisco Ángeles y Jorge Otero, 2006
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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/debate12_angeles1.htm |
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