Un tema que surge con cierta recurrencia en tus escritos (sobre todo en el Tratado de culinaria para mujeres tristes, pero también en otros textos) es la reflexión sobre la huella que deja el tiempo en nuestros cuerpos, el lento decaimiento que indefectiblemente sufre el ser humano con el transcurrir de los años, y la manera de enfrentar o sobrellevar este cambio. ¿Es la tuya nada más que una reflexión sobre este fenómeno, o implica también una cierta angustia personal ante el hecho indefectible de envejecer?
Decir que la vejez es agradable es un consuelo que se inventan algunos viejos. Envejecer, ante todo, es acercarse a la muerte, y si a uno le gusta la vida, esa sola cercanía es molesta. Mejor sería no envejecer nunca y suicidarse cuando uno se aburra de estar vivo. Quedarse para siempre a los 33 años, máximo. Claro, hay vejeces sanas y vejeces enfermas, vejeces solitarias y sedentarias y vejeces vitales. No me gusta envejecer, pero lo acepto, y espero envejecer con dignidad, sin ocultar los rastros del tiempo. ¿Qué más se puede hacer? Es como la estatura o la belleza: uno nace de cierto tamaño y con ciertas características físicas. Lo mejor es aceptarlas, así a uno le gustara medir diez centímetros más o menos, y tener los ojos o las orejas distintos.
Uno de los temas de tu novela Basura es la finalidad de la escritura: por qué, para qué y para quién escribimos. Tu personaje Davanzati dice: “Escribo como quien orina, ni por gusto ni a pesar suyo, sino porque es lo más natural, algo con lo nació, algo que debe hacer diariamente para no morirse y aunque se esté muriendo”. ¿Por qué y para quién escribes?
Nunca he entendido por qué no les preguntan a los ingenieros por qué hacen puentes y a los escritores sí por qué escriben libros. Es como si lo nuestro fuera una vocación sacerdotal, dictada por el Espíritu Santo, un llamado del mundo ultraterreno. Creo que es simple. Así como un ingeniero ve que se le dan bien las matemáticas y que le gusta manipular objetos mecánicos, el escritor se da cuenta de que le gusta leer, contar historias y que le sale bien escribir (que le celebran lo que escribe). Es así de simple, sin llamados misteriosos, sin vocaciones venidas del más allá. Es una combinación: uno descubre que tiene un talento, como lo descubren los músicos (no hay músicos sordos, salvo al final de su vida), y si le va bien al desarrollarlo, tal vez se dedique a eso toda la vida. Escribo libros como los arquitectos diseñan casas. Tal vez la diferencia está en que los arquitectos lo hacen para vivir. Yo escribiría aunque nadie me pagara por escribir. ¿Será esa la parte sacerdotal de la escritura? ¿Que es una pasión?
Alguna vez dijiste que estabas convencido de la inutilidad de la literatura. ¿Sigues pensando lo mismo?
Pienso que la literatura no es una actividad tan importante. Tal vez tiene más prestigio de la cuenta, y los escritores se creen mucha cosa. En el gremio de los escritores hay de todo: genios, bobos, buenos, malos, idiotas, malévolos, bondadosos. No entiendo por qué a los escritores los ponen a opinar sobre los temas más distintos; es mejor que llamen a los expertos de cada área, pues en general los escritores no saben sino de literatura, y eso es muy poca cosa. La utilidad de la literatura, para mí, es que paso horas leyendo, y esas horas me han hecho muy feliz. Si consigo lo mismo con algún lector, alguna vez, habré cumplido con mi tarea.
Blogs
Tu experiencia como blogger fue corta y tus motivos para abandonar esa modalidad de escritura son muy razonables y respetables. Nos quedó a muchos, sin embargo, el deseo de seguir leyendo tus reflexiones y comentarios. ¿Reincidirás alguna vez?
Mi abuela materna, que se murió en 1982, solía repetir esta frase: “¡Malhaya no haber nacido en esta época!” Frente a los bloggers, a veces yo he sentido algo parecido, aunque yo vi nacer Internet y probablemente fui uno de los primeros en tener correo electrónico. Soy un enamorado de las posibilidades de la Red, y los blogs me parecen un mundo abierto. Sin embargo, yo nací todavía en la era del libro de papel. Soy librero (de libros viejos), editor de libros, traductor de libros y también escribo libros. Me puse a hacer un blog pensando que la cosa era simplemente un cambio de soporte: la red en vez del papel. Es eso, pero es más que eso, y requiere mucho más tiempo del que yo pensé. En todo caso nunca digo de esta agua no beberé. Si hubiera nacido diez años más tarde, seguramente yo sería un blogger. No soy asiduo de ninguno, pero en mis búsquedas voy a dar a muchos, y casi siempre encuentro material de lectura y de aprendizaje muy interesantes.
Colombia
¿Qué planes tienes ahora que estás de vuelta en Medellín?
He vuelto a mi trabajo como editor; paso a ratos por mi librería y me he hundido otra vez de lleno en la realidad nacional. Colombia es un país tan intenso que no te permite sentir nostalgia de nada. Llegas, y la realidad es tan fuerte que se impone. Pienso seguir viviendo aquí, con salidas esporádicas afuera. Quisiera, antes de morirme, vivir un año en varias ciudades del mundo. Creo que la próxima será Buenos Aires. Pero creo que me voy a morir en Medellín, “y el día esté lejano”. Mis planes son ya los mismos de siempre: leer, escribir, comentar el presente, encontrar las palabras para contar bien las cosas y tratar de no volverme un fanático en ningún sentido.
Tú hablas del poder cuestionador y contestatario de la literatura en una sociedad cerrada y autoritaria, mientras que, en el otro extremo, en una sociedad abierta y permisiva, estarían los escritores que deben luchar para que sus textos no desaparezcan o sean ignorados o asimilados por una sociedad inmune a todo cuestionamiento. ¿Cómo es escribir en Colombia?
Hay muchos temas. Y te tienen en cuenta: te leen, te insultan, te amenazan. Es como si la gente confiara todavía en el poder de la palabra, en la influencia del periodismo. Uno se siente protagonista de lo que ocurre, aunque sea una mera ilusión. Colombia es una sociedad semi-abierta. No hay censura, no hay prohibiciones por parte del gobierno, pero sí hay un control amenazante de parte de muchos poderes. No tanto en la literatura como en el periodismo, y más si eres de radio o de televisión. No somos un país muy letrado. No nos aburrimos nunca, en mi país, pero yo aspiro a vivir en un país un poco más normal, menos interesante, un poco más aburrido. Debemos aspirar a ser normales, como los matrimonios normales, que son un poco aburridos, pero uno no puede vivir en pasiones, melodramas, amores furtivos permanentes. Qué cansancio.
Pienso en el escritor Fernando Vallejo: provocador, egocéntrico, conflictivo, pero, en definitiva, un destacado escritor. Se notó su ausencia en la Feria del Libro de Guadalajara (dedicada este año a Colombia). A pesar de haber renunciado a la nacionalidad, no podría menos que considerarse como un escritor colombiano de renombre. ¿Por qué crees que no se lo invitó?
Creo que lo deberían haber invitado. Él no hubiera ido, pero hoy no tendría un motivo más para quejarse de la maldad y mezquindad de su horrible país. Además, él tuvo que recuperar su ciudadanía hace poco. Estuvo en Bogotá haciéndose un transplante de córnea, y en Colombia está prohibido que se donen córneas a los extranjeros. Tuvo que desempolvar la cédula.
¿Sigues siendo optimista en cuanto al futuro de Colombia?
A largo plazo, sí. Digamos que antes de la extinción del universo, antes que se apague el sol, viviremos un período suizo, de próspera tranquilidad. Pero ese tiempo no se cuenta en años, sino en siglos. Aunque también creo que el mundo de aquí a cincuenta años no es siquiera imaginable. A lo mejor ni siquiera existan muchos países y haya otro tipo de fronteras. La profesión de profeta es muy ingrata: sólo aciertan unos pocos, y los que aciertan, aciertan por azar.
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Lilian Fernández Hall. Bibliotecaria, traductora pública y cronista argentina residente en Suecia. Egresada de la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Colabora en diversas publicaciones, impresas y digitales, de América Latina y de Europa. Corresponsal en Suecia del Expreso Latino de Roma. Trabaja actualmente en una biblioteca pública con especialidad en literaturas extranjeras y coordina un círculo de lecturas en español en el Instituto Cervantes de Estocolmo..
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