Si bien no hubo editoras mujeres durante el siglo XVIII, la construcción del ideal femenino garantizaba su determinación hacia cánones matrimoniales, de fidelidad y de educación de la prole

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La educación del bello sexo en dos novelas del siglo XIX: El caso de El Correo del Perú

por Johnny Zevallos

 

3.1. Cruz de paja y cruz de plomo

El Correo del Perú representó una de las publicaciones de mayor tendencia liberal durante el Perú decimonónico, abierto a diversas colaboraciones que apoyaran la propuesta sociopolítica del Partido Civil hasta su repentina desaparición tras el colapso económico de fines de la década de 1870. Durante ocho años vieron la luz novelas y relatos por entrega, con una trama predominantemente melodramática y donde los estereotipos se regían desde el matrimonio y la búsqueda del marido por parte de las mujeres en un caballero, pues “la cualidad más apreciada en un hombre es la holgura económica y, como resulta de ello, la supuesta ausencia de afán de lucro, que se interpreta como generosidad” (Oliart 2004: 265). Las novelas sugieren así el binomio dinero/matrimonio, en tanto consumación de la dominación masculina, pues condena al sujeto femenino a la dominación de un contrato patrimonial, establecido por la jerarquía de los niveles de convivencia conyugal.

La novela Cruz de paja y cruz de plomo (1873), de María del Pilar Sinués de Marco, expone los estereotipos del matrimonio como contrato patrimonial, en la medida de que se dispone de un escenario ficcional bastante cercano a los cánones sociales imperantes en el imaginario doméstico en las urbes españolas e hispanoamericanas, pues se entrega a las hijas de un hogar empobrecido a dos jóvenes amigos (un marqués y un honesto trabajador de la plebe madrileña). La autora dirige su discurso narrativo a un lector modelo: las señoritas peruanas, para quienes enuncia su destino eminente e irrevocable en el matrimonio; así, desde una óptica costumbrista, construye un sujeto femenino que no puede evadir su subordinación ante el otro masculino. Sinués de Marco reconoce en la ‘señoritas peruanas’ a las damas limeñas: blancas, de ascendencia española y de honor recatado:

Mi nombre os es quizá desconocido, y por eso me acerco á vosotras con timidéz: este sentimiento es hijo de la propia desconfianza, y yo desearia tener la lira de Orfeo para entretener vuestros ócios y endulzar vuestros pesares.

(…)En todo cuanto he escrito mi principal objeto ha sido aliviar los sinsabores de la muger: creo que de la mayor parte de nuestros males debemos acusarnos ante Dios, y asi he procurado siempre corregir, ó mas bien esponer algunos defectos, que son enemigos declarados de nuestra felicidad.La suavidad del carácter, la dulzura y la tolerancia, son bienes inapreciables para nuestro sexo, cuyas solas armas consisten en la persuasion y en la paciencia: esto es lo que he querido demostrar en la siguiente novelita, que recomiendo á vuestra bondad é indulgencia

Si me mirais como á una amiga, nobles y bellas hijas del Perú, no hareis sino pagar mi afecto: somos hermanas por el hermoso idioma que nos es comun, y quizá tambien por los sentimientos: yo os amo desde que he nacido, y seré dichosa si en vuestro florido suelo, halla un blando nido mi pensamiento! (13).

En efecto, la autora decodifica los términos ‘nobleza’ y ‘belleza’ como propios de la imagen colonial aún superviviente en el imaginario peninsular post-independencia, a fin de rescatar a la mujer del espacio doméstico y llevarla al escenario público. Se trata de mostrar la interacción discursiva entre autora y destinatarias, como un modelo de dignificar los principios del mundo doméstico dentro del imaginario público ilustrado; de esta forma, el matrimonio y la educación de las hijas deben formar parte de la participación del Estado. Así, el mundo familiar ingresa como eje integrador del discurso, donde los personajes femeninos pugnan por equilibrarse a los masculinos, bajo una aparente sumisión e intercambio de roles. Doña Ana, madre de Lucila y de Antonina, ve en el Marqués de Segura y en Pablo de Rodas los maridos respectivos para sus hijas. Mientras el primero es generoso y tierno con las mujeres y los débiles (44), de corazón sensible y hombre de mundo; Pablo posee un carácter irascible, bilioso y melancólico, que lo une maritalmente a Antonina:

—Es una lástima que sea tan pobre, observó uno de los jóvenes caballeros de la concurrencia, con desdén.

—Para mí es un nuevo mérito, repuso el marqués; la muger pobre tiene muchas ventajas sobre la rica; es mas dulce, y menos aficionada al bullicio y al escesivo lujo; yo, que por lujo he perdido la mitad de mi fortuna, me casaré con una muger pobre (28-29).

El modelo del matrimonio austero socaba e ironiza al lujoso, donde los valores éticos terminan por imponerse: la dependencia de la mujer frente a su par acaudalado es severamente castigado en la novela.  La dicotomía “mujer pobre” / “pureza” otorgaba a ésta una cercanía a las relaciones de parentesco o de don, pues el ordenamiento social establecía no solo la debilidad del sujeto femenino, sino sobre todo su condicionamiento a una función política, en tanto mantenía los cánones de subordinación. La vida doméstica deparaba roles que evidenciaban la supremacía de la élite en los espacios públicos; por ello, el cortejo para un pedido matrimonial en los salones y fiestas sea realizaba silenciosamente y bajo la atenta mirada de los espectadores. El marqués confiesa discretamente a Pablo su amor por Lucila a fin de evitar su descrédito ante la sociedad madrileña, pues se debía mantener la postura y no escandalizar a la sociedad madrileña. El matrimonio finalmente se consuma para ambas hermanas, y mientras Lucila recibe las mejores atenciones de parte del marqués, reside en un palacete correspondiente a la nobleza española y viste prendas lujosas; Antonina debe conformarse con lo que su marido apenas puede disponerle.

Sin embargo, los lujos y la vida displicente que rodea a Lucila le permiten observar con mayor atención su carga como esposa: la insatisfacción acude con mayor proximidad, pues se siente atada a su marido. Antonina debe cumplir con las atenciones de su marido y, ante ello, se resigna ante su subordinación. La madre de ambas intercede por el marqués antes que por su hija, a fin de legitimar la pertenencia de ésta para con el marqués:

—Jesucristo ha dicho: —“El que me ame, tome su cruz y sígame”— observó doña Ana: esto quiere decir, que aunque la cruz nos parezca pesada, debe llevarse con resignacion, y la resignacion hija mia aligera el peso: ya lo vés; tú, desde que has venido al mundo has sido mas feliz que tu hermana, mas mimada de todos, mas halagada, y despues dama ilustre y opulenta, en tanto que ella se casó con un jóven sin fortuna, y dotado de carácter violento; sin embargo, ella ha sabido hacer de su casa un paraiso, en el que viven el amor y la paz, y tu te hallas fuera de la tuya que has abandonado para no volver á ella; has roto por tu mano el lazo que Dios habia atado, y que, segun su santo precepto, al hacer del matrimonio un sacramento, solo la muerte debe rompér (163).

La enseñanza de la madre se advierte en la sumisión de la mujer ante su marido para alcanzar la felicidad. En ese sentido, la dedicatoria que la autora dirigiera a sus destinatarias peruanas es más que evidente: a pesar de las penurias que la mujer pueda sufrir dentro del matrimonio, esta debía mantener su fidelidad hasta su lecho de muerte, como los estipula el contrato matrimonial. Con ello, Sinués de Marco se ampara en el discurso costumbrista y conservador de la España decimonónica, asumiendo que la Lima de esos años mostraba las mismas cualidades sociales; por ello, su destinatario guarda las misma similitudes que el lector modelo peninsular: bella, débil de carácter, sumisa y abnegada.

 

3.2. Casada, virjen y mártir

El autor advierte que la novela Casada, virjen y mártir (1875) (3) se basa en hechos reales, a fin de legitimar la verosimilitud de su discurso y proponer ante el lector una observación privilegiada de los sucesos que va a narrar (4). La novela está dividida en trece capítulos y un epílogo, y fue presentado en apenas tres entregas de El Correo del Perú, además de recurrir a recursos discursivos variados como: cartas, inscripciones mortuorias, etc. A continuación, se exponen los capítulos aparecidos en la publicación:

Capítulo I. Una visita al cementerio

Capítulo II. Quién era Clotilde

Capítulo III. Un amante como hay pocos

Capítulo IV. Una visita inesperada

Capítulo V. Dos huérfanos

Capítulo VI. Suspiros y lágrimas

Capítulo VII. En el lecho de muerte

Capítulo VIII. Misterios del corazon

Capítulo IX. Proposiciones de enlace

Capítulo X. Un amargo desengaño

Capítulo XI. Una boda por despecho

Capítulo XII. El cáliz de amargura

Capítulo XIII. Catástrofe

Epílogo

La novela presenta una trama bastante sencilla, sin ahondar en la complejidad de los personajes ni conseguir cuadros ilustrativos que remitan objetivamente a un reconocimiento ideológico del autor. Sin embargo, se advierte espacios públicos reconocibles como la iglesia de San Pedro o la alameda del Rímac, en tanto influencia de los primeros atisbos de un realismo español. Corrían los 1839 ó 1840, cuando Clotilde quedó huérfana y pudo recibir los atentos cuidados de su tía, doña Melchora Valencia, acaudalada dama española, quien “cuidó de darle una educacion esmerada, la que se estilaba dar en aquel tiempo al bello sexo en la culta ciudad de los Reyes” (163). Repentinamente, en una ocasional salida de la iglesia cautivó la mirada de Enrique Sotelo, joven huérfano y que fuera acogido por su padrino, comerciante catalán, ya que

su padre hombre de perversas inclinaciones habia abandonado á su madre y á él en la cuna, despues de haberla engañado vilmente. Cuando á los pocos meses de aquel suceso, no volvió á acordarse ni de la mujer deshonorada ni del hijo que dejaba en pañales, la desgraciada madre no pudiendo olvidar al hombre á quien había sacrificado su honor, y herida de muerte por el golpe que recibió con la noticia de su casamiento, murió a los pocos meses, consumida por una enfermedad del corazon” (Ibídem).

En el lecho de muerte de doña Melchora acude un joven médico, Laurencio García, quien también se enamora perdidamente de Clotilde, pero que ésta demuestra su aprecio por sus mejores posibilidades económicas. Ella es advertida por fray Lorenzo Navarro del matrimonio del médico con otra mujer; frente a este dilema, Clotilde decide contraer matrimonio con Enrique. No obstante, éste morirá al poco tiempo ensangrentado. Finalmente, Clotilde, manteniendo su virginidad, terminará sus días en el interior de un convento franciscano.

Clotilde, sin embargo, reúne los caracteres comunes de belleza en una sociedad tan jerárquica como la Lima decimonónica: joven esbelta, ojos azules, tez de nieve, labios de coral y manos de alabastro (163), cánones que remiten al estereotipo físico europeo y que prevalecía en la estética femenina de las novelas europeas, en la intención del autor por acercar a su personaje a los rasgos más frecuentes a los que aspiraba la élite limeña. Asimismo, el autor no duda en asignar las huellas del antiguo régimen en la anciana (doña Melchora) y en el clero (fray Lorenzo) como muestra de la inminente caída del dominio español en el imaginario político peruano, sosteniendo en este diálogo la caducidad de los rastros del coloniaje dentro del círculo intelectual criollo: “Sus pláticas estribaban casi siempre en recordar los felices tiempos del coloniaje, censurando amargamente que sus compatriotas se hubieran revelado contra el poder divino de los reyes; delito que reputaban el mas horrible de todos” (163).

Sin tomar en cuenta, además, el decreto que abolía la esclavitud en el Perú, se observa el artificio de no condenar la esclavitud doméstica, sino de asumir esta práctica como un orden común dentro del esquema social de la novela. En ese sentido, “[la] proximidad física y afectiva que propicia la relación entre sirvientes y patrones hace que los estereotipos sobre las afroperuanas sean sumamente ambiguos, puesto que relaciones de tanta proximidad física y al mismo tiempo de enorme distancia social son , por lo general, complejas y conflictivas” (Oliart 2004: 282). Al respecto, hay dos citas que son bastante ilustrativas:

Una mañana al salir Clotilde de la iglesia de San Pedro, acompañada de sus tia y seguida de la negrita que les llevaba las alfombras al templo (163).

(…) mientras que ella recogida en su aposento que daba al traspatio donde se veía un pequeño jardin cultivado por ella misma, y rodeada de la ama de llaves y de dos esclavas de la servidumbre de su cariñosa tía (Ibídem).

La novela muestra, además, a la protagonista cantando yaravíes, en tanto imagen de una dama criolla identificándose con la herencia prehispánica así como de los valores románticos: la idea de resurgir el incario estuvo presente entre los utopistas del período republicano, por lo que rechazaban de plano las ideas coloniales, reflejándose antes bien en la anciana y en el clero la preferencia por los ideales del antiguo régimen.

Al ser ambos huérfanos, la novela alude a la posibilidad de que ambos sean hermanos y el acto pecaminoso de la dicotomía esposos-hermanos transgrede la virtud del matrimonio en cuanto sacramento. Con esta imagen se concluye, por el contrario, en que la virginidad es la única vía de santidad para remediar el acto, mas sin conseguir la absoluta complacencia de un anhelo seguro. La alusión a una imagen de martirio de Clotilde se consagra al verse negada a la felicidad, pues está condenada a padecer en el matrimonio; en consecuencia, el autor condena la subordinación de la mujer en la vida conyugal y reafirma que aun negándose a ese destino es infeliz.

 

IV. A manera de conclusión

Los autores de novelas de folletín dirigieron sus entregas a un lector modelo, conformado especialmente por mujeres, operando de esta forma una estrategia discursiva que significara la inserción del sujeto femenino dentro del círculo literario del siglo XIX. Si bien la lectura de estas novelas supone el acceso a mundos representados que mantienen el orden y la moral masculina, las autoras de estos textos son conscientes del rol femenino dentro del proyecto político republicano y proponen la reivindicación de la educación y la crítica a ciertas normas sociales impuestas a las mujeres. No obstante este cambio será paulatino, El Correo del Perú recoge colaboraciones donde las mujeres empiezan a reclamar espacios de interrelación entre ambos sexos; además, contrariamente, algunas novelas aparecidas por entregas en este diario acogen todavía la persistencia de los códigos del período borbónico (Rosas 1999b: 159).

Elegimos esta publicación para nuestro trabajo, por cuanto representa un lapso de transición entre el romanticismo y la adopción de las ideas positivistas, previa a la Guerra del Pacífico. De esta manera, pueden destacarse algunos aspectos propios del costumbrismo y que tomará tiempo erradicar del imaginario colectivo criollo como:

  1. La construcción del sujeto femenino en ambas novelas mantiene rasgos costumbristas reconocibles: presentan una moral recatada, asumen su subordinación ante su par masculino, rehúyen de los espacios públicos para no transgredir los roles sociales. Si bien se imagina a la mujer desde los conceptos del antiguo régimen, se critica la función del matrimonio como espacio de igualdad entre los cónyuges y se sugiere la moral de la Iglesia como camino de salvación para las mujeres.

  2. La relevancia de estas novelas para la educación femenina garantizaba una maniquea operación ética: por un lado, transforma espiritualmente al lector con la finalidad de ofrecer entretenimiento y la posibilidad de mundos representados similares a la realidad; y por otro, condena a la mujer a las labores domésticas, tan igual como lo hiciera el contrato matrimonial asumido por la pareja. Esta paradoja condena a las escritoras que pretendan revertir el estatus quo, relegándolas y excluyéndolas del escenario político al que pertenecían autores como Ricardo Palma, pero abriéndole las puertas de la tertulia liberal.

  3. El rechazo hacia otros grupos sociales como las indígenas y las afrodescendientes será constante en estas autoras, pese a su compromiso con las innovadoras ideas traídas de Europa. En la segunda novela estudiada se observa la preferencia por la identidad incaica antes que indígena y la continuidad del orden esclavista, sin ser rechazada por los personajes, quienes lo asumen con total naturalidad.

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(3) La novela está firmada por el seudónimo Dalmiro; sin embargo, no hemos descubierto la verdadera identidad del autor.

(4) No olvidemos que Platón sugería la importancia de la historia sobre la poesía, por cuanto en la primera prevalecía la verdad y, por el contrario, la segunda aludía a sucesos fantaseados por el autor.

 

 

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