La madurez de oficio, la destreza en el manejo de las técnicas modernas en el arte de narrar y sobre todo, una gran sobriedad de lenguaje, convirtieron rápidamente el volumen en un clásico de la cuentística venezolana.

 

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Nuevas aproximaciones a Red de Arturo Uslar Pietri

por Armando Francesconi

 


III. LOS CUENTOS

El primer cuento, “La lluvia”, ha sido uno de los más reproducidos en antologías (4). Puede hablarse, en consecuencia, de una pequeña obra del realismo mágico. Su composición está lograda a base de contraposiciones de motivos que terminan por adquirir un misterio y una magia naturales (Cfr. Callan). El escenario es el ancho y silencioso del campo venezolano, árido por el sol, llamarada y fuego destructivo de las posibilidades del conuco. Dos viejos signados por la mano del destino, de la soledad y miseria, se consuman en ese panorama. El cansancio producido por el hambre, el malestar, autor de fracaso tras fracaso, los lanza uno contra otro a la hora del rencor. Y en el momento del quebranto, surge una criatura singular. Un niño despierto, enigmático, con el ingenio y la mente sensible a lo extraordinario y extraterrenal.

Es la atrayente figura que mira al viejo labrador al encontrarlo inesperadamente en la mañana en que otea el horizonte para descifrar el mensaje enviado por las nubes; el niño, con su poderosa imaginación, crea una escena de ríos de inmensos caudales. Precisamente, en el momento de la meditación acerca de la tragedia del campesino venezolano:

—Si llueve, porque llueve.. Si no llueve porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado en el fondo de la vereda y alzó los ojos (29).

El niño acompaña a Jesuso. El encuentro con los viejos despierta una inmensa ternura y en Usebia una no menos grande felicidad. Los cuidados son, para ese muchacho, enigmáticos y misteriosos, acerca de cuyo origen y nombre no responde. A eso se añade otra ternura y remota cualidad: el amor a su perro Cacique, y la nostalgia renace en la alegría del presente.

“Cacique”. Es bautizado el niño. La idea de la infancia, del niño, del hijo, no surge de la pluma de Uslar Pietri sino desde el punto de vista de la concepción del hombre. Es decir, el afecto no fluye directo de la figura del niño y de sus actos, sino a través de la meditación y amargura de los viejos. No es su aparición la causa del sentimiento emotivo, sino, la idea desarrollada en torno a la soledad, al silencio de la vida de los campesinos. Cacique es una imagen, una sombra, algo que se proyecta y se dibuja; un color gris, una tonalidad y una sugerencia. Por eso desaparece con la misma facilidad del acontecimiento de su presencia. Los viejos sienten crecer la angustia. Jesuso lo busca anhelosamente por el monte y las colinas. Usebia espera, mira también con la misma ansiedad y sabe entonces de la desesperación y de la incertidumbre. Una gota de agua humedece a Jesuso, después otra, y más adelante la lluvia iba a ser bendecida por el campesino, empapados los vestidos, y extraviado y confundido por los caminos:

Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.
– ¡¡¡ Cacique ! ! !
Una gruesa gota estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos y otra en las manos terrosas.
– ¡¡¡ Cacique ! ! !
Y otras frías en el pecho, grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos. Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y vasto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral (38-39).

Técnicamente, el uso del tiempo es magistral; todo acontece durante una noche de calores sofocantes, el amanecer y el mediodía siguiente, el atardecer cuando Cacique se pierde. El monólogo interior aparece usado con tacto y oportunidad en dos personajes: Usebia y Cacique; en aquélla, para pintar el carácter del viejo; en el niño, como expresión de ternura elemental y de fantaseo.
“La siembra de ajos” es el cuento de las sensaciones olfativas, a base de las cuales está construido en su integridad.

El motor de la narración es una promesa cumplida por un negro campesino. Éste una vez encendidas en la iglesia de “aquel pueblo” las diez velas a la Virgen por la salvación de la madre, necesita buscar trabajo y ganar algún dinero para regresar al conuco familiar. Lo encuentra en la vega de un isleño y se dedica con entusiasmo a sus labores.
Viene entonces el olor áspero y tibio de los ajos, el cual penetra y cubre toda la superficie circundante de ese pequeño mundo campesino. Con ese olor aparece la imagen, morena, agraciada, juvenil, de la hija del propietario. El olor acre de los ajos, identificado en la subconciencia del personaje con la hembra, le hace olvidar su imperante regreso al pueblo natal:

Veía e imaginaba la que no veía. Casi le hablaba y la sentía en el olor de ajos. La temperatura de su piel. «Quemas, mulata». El moño oscuro que le remataba el pelo, para tirar de él hasta que abriera la boca carnosa. «Te muerdo, mulata.» Hasta que los brazos de ella lo apretaran, lo apretaran recio para cortarle la respiración. «Huele a ajo, mulata.» Hasta que los dos desaparecieran y se consumieran en aquel olor espeso y cálido. Olía a sudor fresco. Todo el campo era de carne dura, sudorosa con un vaho casi verde de ajos. Olía a rincón oscuro y puerta cerrada. Olía a luz de candil. Olía a tierra. Sintió el calor seco. Se había ido la brisa. Quitó los ojos del traje con flores y advirtió su propia sombra agazapada a sus pies junto al surco (52-53).

Los personajes carecen de nombre. No hay diálogo. Sólo un monólogo interior expresado en frases cortadas que sirve como recurso, por reducción de palabras, para expresar un acto de posesión erótica dentro de la ambigüedad provocada por un olor alucinante: el de los ajos. Al final apenas sabemos si, en efecto, fue la mulata la que vino a ser poseída por el negro, o fue el olor de los ajos que la hizo visible, a modo de espejismo (Cfr. Latchman).

En “La noche en el puerto” reaparecen los hechos de sangre, el alcoholismo, la vida costumbrista de un pueblo marinero.

No existe la intención de crear una parábola o simplemente un simbolismo. Es puramente un cuento con fondo marino de uno cualquiera de nuestros puertos. Es el relato del hombre de mar entregado a todos los excesos. La trama conduce a crear un estado latente de odio entre Pedro Nolasco y el marinero borracho y sin dinero. Así desemboca en el crimen, en el hombre “caído de espaldas, con brillo de sangre entre el pelo y la nuca” (48).

“El baile del conde de Orgaz” pinta el ambiente de la colonia en una reconstrucción histórica muy bien lograda.
En “Humo en el paisaje” el autor consigue crear un personaje característico: José Palitos. En él la línea, el rasgo y el perfil son de una figura popular, destinada a quedarse en la imaginación como una realidad. El humo de la fábrica ha cambiado la fisonomía del pueblo. Ahora veían volar el humo como antes los pájaros que anunciaban la lluvia, la hora o el cambio de estaciones.

Y a ese escenario, a ese paisaje, a esas vidas transformadas por la inquietud del futuro, llega la figura de José Palitos, estupenda creación del alma popular, con el rasgo y la línea de singular personalidad. José Palitos llegó a ser saltimbanqui por una aventura del destino, de niño siguió al hombre extraño que hacía bailar al grupo de niños, y ayudándolo y uniéndose a ese hombre desventurado llegó a sustituirlo y a renovar la tradición de los titiriteros.
“El viajero” tiene lugar en una zona regional elevada a tema de universalidad. Estamos en la vida de un pueblo cualquiera donde un simplísimo incidente, como es el paso nocturno de un viajero, es capaz de remover la pasividad aldeana, a esa menuda religión del chisme, del corrillo deformador, alterando la tranquilidad de todos los demás tipos humanos.

El cuadro tradicional de los personajes pueblerinos, materia de muchos documentos realistas, está utilizado; el cuento dispone de su cura, su boticario, su maestro de escuela y su director de catastro, todos descritos con suavidad y economía de detalles:

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(4) “La lluvia” fue premiado por la revista Elite en 1935.

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