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III.
LOS CUENTOS
El
primer cuento, “La lluvia”, ha sido uno
de los más reproducidos en antologías
(4). Puede
hablarse, en consecuencia, de una pequeña obra
del realismo mágico. Su composición está
lograda a base de contraposiciones de motivos que terminan
por adquirir un misterio y una magia naturales (Cfr.
Callan). El escenario es el ancho y silencioso del campo
venezolano, árido por el sol, llamarada y fuego
destructivo de las posibilidades del conuco. Dos viejos
signados por la mano del destino, de la soledad y miseria,
se consuman en ese panorama. El cansancio producido
por el hambre, el malestar, autor de fracaso tras fracaso,
los lanza uno contra otro a la hora del rencor. Y en
el momento del quebranto, surge una criatura singular.
Un niño despierto, enigmático, con el
ingenio y la mente sensible a lo extraordinario y extraterrenal.
Es
la atrayente figura que mira al viejo labrador al encontrarlo
inesperadamente en la mañana en que otea el horizonte
para descifrar el mensaje enviado por las nubes; el
niño, con su poderosa imaginación, crea
una escena de ríos de inmensos caudales. Precisamente,
en el momento de la meditación acerca de la tragedia
del campesino venezolano:
—Si
llueve, porque llueve.. Si no llueve porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto
y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando
sin ver sintió algo inusitado en el fondo de
la vereda y alzó los ojos (29).
El niño acompaña a Jesuso. El encuentro
con los viejos despierta una inmensa ternura y en Usebia
una no menos grande felicidad. Los cuidados son, para
ese muchacho, enigmáticos y misteriosos, acerca
de cuyo origen y nombre no responde. A eso se añade
otra ternura y remota cualidad: el amor a su perro Cacique,
y la nostalgia renace en la alegría del presente.
“Cacique”.
Es bautizado el niño. La idea de la infancia,
del niño, del hijo, no surge de la pluma de Uslar
Pietri sino desde el punto de vista de la concepción
del hombre. Es decir, el afecto no fluye directo de
la figura del niño y de sus actos, sino a través
de la meditación y amargura de los viejos. No
es su aparición la causa del sentimiento emotivo,
sino, la idea desarrollada en torno a la soledad, al
silencio de la vida de los campesinos. Cacique es una
imagen, una sombra, algo que se proyecta y se dibuja;
un color gris, una tonalidad y una sugerencia. Por eso
desaparece con la misma facilidad del acontecimiento
de su presencia. Los viejos sienten crecer la angustia.
Jesuso lo busca anhelosamente por el monte y las colinas.
Usebia espera, mira también con la misma ansiedad
y sabe entonces de la desesperación y de la incertidumbre.
Una gota de agua humedece a Jesuso, después otra,
y más adelante la lluvia iba a ser bendecida
por el campesino, empapados los vestidos, y extraviado
y confundido por los caminos:
Ya
era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo
desmedido que saldría de aquella áspera
soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía
llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de
la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién
removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja
tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas el
rostro del niño se deshacía en la tiniebla
gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no
le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no
recordaba su silueta.
– ¡¡¡ Cacique ! ! !
Una gruesa gota estalló sobre su frente sudorosa.
Alzó la cara y otra le cayó sobre los
labios partidos y otra en las manos terrosas.
– ¡¡¡ Cacique ! ! !
Y otras frías en el pecho, grasiento de sudor,
y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel,
le adhería las ropas, le corría por
los miembros lasos. Un gran ruido compacto se alzaba
de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía
profundamente a raíz, a lombriz de tierra,
a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la
lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el
eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada
y parecía dormir marchando lentamente, apretado
en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar
profundo y vasto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre
lágrimas al través de los claros flecos
del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre
la luz del umbral (38-39).
Técnicamente,
el uso del tiempo es magistral; todo acontece durante
una noche de calores sofocantes, el amanecer y el mediodía
siguiente, el atardecer cuando Cacique se pierde. El
monólogo interior aparece usado con tacto y oportunidad
en dos personajes: Usebia y Cacique; en aquélla,
para pintar el carácter del viejo; en el niño,
como expresión de ternura elemental y de fantaseo.
“La siembra de ajos” es el cuento de las
sensaciones olfativas, a base de las cuales está
construido en su integridad.
El
motor de la narración es una promesa cumplida
por un negro campesino. Éste una vez encendidas
en la iglesia de “aquel pueblo” las diez
velas a la Virgen por la salvación de la madre,
necesita buscar trabajo y ganar algún dinero
para regresar al conuco familiar. Lo encuentra en la
vega de un isleño y se dedica con entusiasmo
a sus labores.
Viene entonces el olor áspero y tibio de los
ajos, el cual penetra y cubre toda la superficie circundante
de ese pequeño mundo campesino. Con ese olor
aparece la imagen, morena, agraciada, juvenil, de la
hija del propietario. El olor acre de los ajos, identificado
en la subconciencia del personaje con la hembra, le
hace olvidar su imperante regreso al pueblo natal:
Veía
e imaginaba la que no veía. Casi le hablaba
y la sentía en el olor de ajos. La temperatura
de su piel. «Quemas, mulata». El moño
oscuro que le remataba el pelo, para tirar de él
hasta que abriera la boca carnosa. «Te muerdo,
mulata.» Hasta que los brazos de ella lo apretaran,
lo apretaran recio para cortarle la respiración.
«Huele a ajo, mulata.» Hasta que los dos
desaparecieran y se consumieran en aquel olor espeso
y cálido. Olía a sudor fresco. Todo
el campo era de carne dura, sudorosa con un vaho casi
verde de ajos. Olía a rincón oscuro
y puerta cerrada. Olía a luz de candil. Olía
a tierra. Sintió el calor seco. Se había
ido la brisa. Quitó los ojos del traje con
flores y advirtió su propia sombra agazapada
a sus pies junto al surco (52-53).
Los personajes carecen de nombre. No hay diálogo.
Sólo un monólogo interior expresado en
frases cortadas que sirve como recurso, por reducción
de palabras, para expresar un acto de posesión
erótica dentro de la ambigüedad provocada
por un olor alucinante: el de los ajos. Al final apenas
sabemos si, en efecto, fue la mulata la que vino a ser
poseída por el negro, o fue el olor de los ajos
que la hizo visible, a modo de espejismo (Cfr. Latchman).
En
“La noche en el puerto” reaparecen los hechos
de sangre, el alcoholismo, la vida costumbrista de un
pueblo marinero.
No
existe la intención de crear una parábola
o simplemente un simbolismo. Es puramente un cuento
con fondo marino de uno cualquiera de nuestros puertos.
Es el relato del hombre de mar entregado a todos los
excesos. La trama conduce a crear un estado latente
de odio entre Pedro Nolasco y el marinero borracho y
sin dinero. Así desemboca en el crimen, en el
hombre “caído de espaldas, con brillo de
sangre entre el pelo y la nuca” (48).
“El
baile del conde de Orgaz” pinta el ambiente de
la colonia en una reconstrucción histórica
muy bien lograda.
En “Humo en el paisaje” el autor consigue
crear un personaje característico: José
Palitos. En él la línea, el rasgo y el
perfil son de una figura popular, destinada a quedarse
en la imaginación como una realidad. El humo
de la fábrica ha cambiado la fisonomía
del pueblo. Ahora veían volar el humo como antes
los pájaros que anunciaban la lluvia, la hora
o el cambio de estaciones.
Y
a ese escenario, a ese paisaje, a esas vidas transformadas
por la inquietud del futuro, llega la figura de José
Palitos, estupenda creación del alma popular,
con el rasgo y la línea de singular personalidad.
José Palitos llegó a ser saltimbanqui
por una aventura del destino, de niño siguió
al hombre extraño que hacía bailar al
grupo de niños, y ayudándolo y uniéndose
a ese hombre desventurado llegó a sustituirlo
y a renovar la tradición de los titiriteros.
“El viajero” tiene lugar en una zona regional
elevada a tema de universalidad. Estamos en la vida
de un pueblo cualquiera donde un simplísimo incidente,
como es el paso nocturno de un viajero, es capaz de
remover la pasividad aldeana, a esa menuda religión
del chisme, del corrillo deformador, alterando la tranquilidad
de todos los demás tipos humanos.
El
cuadro tradicional de los personajes pueblerinos, materia
de muchos documentos realistas, está utilizado;
el cuento dispone de su cura, su boticario, su maestro
de escuela y su director de catastro, todos descritos
con suavidad y economía de detalles:
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(4)
“La lluvia” fue premiado por la revista
Elite en 1935.
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