La crítica postcolonial a la modernidad-colonial se manifiesta en la puesta en escena de la memoria etnocultural andina, fundamentalmente a través del viaje ultraterreno de Rosa Cuchillo. La reinscripción de los diversos códigos de la tradición andina no solo indica una intención de reivindicar el legado andino sino también mostrar que los españoles no pudieron colonizar la memoria andina que resiste y continúa interactuando en nuestros días.

 

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Ficciones de la memoria. La novela del conflicto armado interno (1980-2000) y las tensiones de la modernidad colonial en el Perú

por Víctor Quiroz

 

—¿Cómo perdió el brazo? —preguntó un tipo.
—Me lo arrancó la policía —dije.
—Por algo será —dijo otro.
—¿Y la pierna? ¿Es de nacimiento o está de moda en Ayacucho? —se burló alguien.
—También me la arrancó la policía.
—Tiene que ser un tipo superpeligroso —comentó otra mujer.
—¿y cómo sobrevivió a tanta policía? —preguntó uno.
—No sobreviví —dije, humilde—, me morí no más.
Rieron todos, y aplaudieron (Ortega 1986: 54).

En este caso se reconoce que la solución al problema colectivo aún no es posible por que el autoritarismo (biopoder) ha disciplinado (deshumanizado) a la sociedad negándole cualquier capacidad crítica de respuesta. En este contexto, si bien entiende que SL también es fruto de la aguda crisis del país (9) , tampoco lo considera una opción válida: “el único camino correcto para su rebeldía, el sendero oscuro, la rebelión verdadera… Pero ya me iba yo dejando llevar por otra disquisición, tipo editorial de periódico de izquierda en crisis de definición ideológica…” (23).

Podemos indicar que la propuesta de Cánepa se aproxima a la de Alberto Flores Galindo quien plantea como posible solución a la crisis una “revolución desde abajo” de carácter socialista que reexamine la democracia y pueda construir una sociedad nueva en la que se doblegue al autoritarismo. Sin embargo, Cánepa y Flores Galindo saben que esta alternativa constituye un inmenso desafío ya que no anula la posibilidad (y demanda) de una solución represiva para los problemas del país, como en el caso de los personajes que validan el castigo de Alfonso (Flores Galindo 1999: 67-68) (10). En esta situación, desde la perspectiva de Cánepa, el proyecto de liberación de la sociedad aún es inviable: se frustra la emergencia del pensamiento fronterizo. Al igual que en Lituma en los Andes , esta novela finaliza con una solución individual. Sin embargo, a diferencia de la novela de Vargas Llosa, se concluye con la esperanza de que algún día surgirá el cambio, una verdadera revolución, diferente a la planteada por SL: “ —Ya los encontré [sus huesos], y ahora sí mi cuerpo está completo (…). Ya me levantaría en esta tierra como una columna de piedra y fuego (11)” (65). Esta imagen expresa el deseo utópico del texto ya que remite al mito del fuego purificador que renovará el mundo (Eliade 1985: 116). Este aspecto se complementa con la imagen de la tumba que contiene los huesos de Pizarro como símbolo de la degradación del sistema moderno colonial: La tumba de Pizarro se configura como una variante del Archivo en tanto símbolo o depósito del primigenio poder colonial. De esta manera, introducirse en ella indica una crítica a la razón moderna-colonial subalternizante y un cuestionamiento a la historia (contada desde la modernidad). Como en el carnaval, la renovación del cuerpo individual anuncia el renacimiento histórico. Este contacto entre cuerpos que disuelve las jerarquías coloniales implica una reescritura del Archivo desde una perspectiva subalterna y el deseo de construir una nueva sociedad.

 

IV. Candela Quema Luceros : Las Huellas Del Discurso Colonizador De La Modernidad

En el caso de Candela quema luceros de Félix Huamán Cabrera, la novela problematiza los lazos entre la modernidad colonial y la guerra interna desde los paratextos (12) que el autor implicado ha insertado en la obra. El primero es la dedicatoria “A las comunidades de Occomarca (13), Pucayacu y Cayara” que instala la novela en su contexto de escritura y recepción (1989) aludiendo a las masacres en estos poblados durante el conflicto. El segundo es “Palabras para José María Arguedas” con el que la novela establece un diálogo a nivel temático y discursivo.

El sujeto enunciador de “Palabras…” busca validarse como un sujeto capacitado para denunciar la represión militar. Para lograrlo configura su identidad a partir de una identificación imaginaria y una identificación simbólica con Arguedas, su padre ausente: en el primer caso, Arguedas es “lo que le gustaría ser” (una voz autorizada) y, en el segundo es “lo que debería ser” ya que acepta su mandato, intenta asumir su falta. Desea/debe ser el sujeto (d)enunciador de los actos violentos sufridos por la comunidad a la que pertenece: “es que han llegado: fiera, sierpe venenosa, peste / traicionera . (…)/ No me explico / porqué vino de esta manera la maleza con / metrallas, con balas y con botas... /Y dicen que son patria, que defienden las leyes, / la nación peruana (Huamán Cabrera 1989: 10. Énfasis nuestro). Solo en este fragmento el locutor expone la falla estructural del Estado moderno: paradójicamente, aquello que marca el fracaso de la modernidad (el exterminio de personas por medio de la ciencia y la tecnología) es lo que garantiza el orden del Estado-Nación, de la “patria” (Žižek 1998: 85). Ello pone en relieve la exclusión de algunos sujetos que pese a cohabitar el territorio nacional, no forman parte de la “nación” peruana (“las lágrimas me ganan con cuanta rabia al ver cadáveres y niños sin nombre en nuestra tierra peruana”. 12). Sin embargo, también se expone que el enunciador ha introyectado el discurso autoritario ya que utiliza el mismo discurso deshumanizador del agresor. Finalmente, el locutor condena al Estado por manipular la información criticando a Mario Vargas Llosa quien presidió la comisión que “investigó” la matanza de los periodistas en Uchuraccay: “Que engañan diciendo que en Uchuraccay el pueblo había matado a sus propios hermanos, (...) ¡Qué tal maldito, hermano! Y así quiere ser cantor del pueblo” (11).

Por su parte, la novela narra la matanza de la comunidad de Yawarhuaita (flor de sangre) por parte de las FF. AA. por la imposibilidad de diálogo entre las dos semiósferas que propone el texto: una andina tradicional (Nosotros) y otra de carácter occidental encarnada por el juez y el comisario (Ellos): mientras que los comuneros denuncian al abigeo Gelacho (habitante de otro pueblo) por el “asesinato” de un huanca (14) (“la niña Sarapalacha”), las autoridades toman la acusación de manera literal creyendo que se había matado a una niña. Al no encontrar su cuerpo (ya que no entendían por qué los denunciantes señalaban como víctima a una piedra) asumieron que todo era una burla y apresaron a sus dirigentes. Ante el abuso, el pueblo se levanta, libera a sus líderes y decide castigar a Gelacho. Al enterarse, las autoridades envían un parte policial a Lima que tergiversa los hechos solicitando la ayuda de las fuerzas represivas. Se efectúa la masacre pero queda un sobreviviente, Cirilo, quien desentierra a las víctimas de una fosa común. Al final de la novela, en clara alusión a la comisión Vargas Llosa, se cuestiona la representatividad del comité asignado para investigar el hecho ya que, de un lado, libera a las FF. AA. de responsabilidad y, de otro, porque no incluye a los involucrados (testigos) entre sus miembros: solo está conformada por sujetos (letrados) que silencian las voces y las memorias de las víctimas. Por último, la novela termina con la promesa de venganza de Cirilo: “Pero yo sé que en las cumbres más altas, los runas han encendido una candela que ha de quemar a los luceros” (181).

En la novela, la fosa común remite a la idea de vacío. Esta idea es el eje articulador tanto del plano del discurso como del plano de la historia. En primer lugar, a nivel cronológico: la novela empieza cuando el crimen (la matanza) ya ocurrió, cuando ya se borraron las evidencias. En este caso se genera un vacío en la historia ya que se han cubierto las huellas del hecho. El lector asiste a su reconstrucción. En segundo lugar, el acto de desenterrar a los cadáveres produce en Cirilo un trauma, una grieta en su psique puesto que en ese momento fracasa la representación simbólica: Cirilo se resiste a aceptar la verdad imaginando que todos están dormidos. En este caso, Cirilo, siguiendo a Giorgo Agamben, se asemeja al “musulmán”, al “testigo integral” del campo de concentración:

Lo que se expresa en ellos no es otra cosa que la íntima estructura dual del testimonio como (…) diferencia y complementariedad de una imposibilidad y una posibilidad de decir, de un no-hombre y un hombre, de un viviente y de un hablante. El sujeto del testimonio está constitutivamente escindido, no tiene otra consistencia que la que le dan esa desconexión y esa separación y, sin embargo no es reductible a ellas. Esto significa “ser sujeto de una desubjetivación”; y por esto mismo, el testigo, el sujeto ético, es aquel que testimonia de una desubjetivación (Agamben 2000: 158).

La causa de la matanza formaliza el conflicto entre la oralidad (visión mítica del mundo) y la escritura (visión racional del mundo). La incomunicación surge cuando se devela la falla en el marco comprensivo de la red simbólica a la que pertenecen las autoridades: aquellos códigos de los habitantes de Yawarhuaita que no pueden ser simbolizados por la perspectiva racional :

¡Un crimen!
—¡¿Cómo dicen?!
—Sí señor, han matado a nuestra niña en las alturas de Quipani ¡La han destrozado en la misma cueva donde vivía, señor juez!
(…)
El secretario escribía. Primero los datos de ley, después los hechos y las pruebas.
—A propósito: ¿Cómo se llamaba la occisa?
—¿Qué?
—La muerta
—Sarapalacha de Yawarhuaita, Señor.
—¡Que se asiente en el libro la denuncia y que se firme! Los que no saben firmar, la huella digital (119-120. Énfasis nuestro) (15).

Las autoridades no comprenden la importancia del huanca para la comunidad (su rol en la actividad agrícola), ni la dimensión viviente que posee en la cosmovisión andina. En esta perspectiva, mientras la oralidad es el medio de expresión natural de la comunidad para reclamar sus derechos; la escritura se erige ante los comuneros como un muro sociocultural impenetrable y funciona como una tecnología opresora en manos de las autoridades (Pacheco 1992: 74). No solo margina las demandas o acusaciones orales de los comuneros sino que se configura como un instrumento al servicio de la represión ya que es utilizada para destruir a la comunidad, tal como se evidencia en el parte policial enviado a la capital: “‘Pueblo de Yawarhuaita se rebela contra el gobierno y las autoridades. Cientos de campesinos toman la provincia y dan libertad a los presos. Urge envío inmediato de refuerzos bien armados para sofocar la desobediencia, y controlar la situación y hacer respetar las leyes'. Firmado: Juez, Fiscal, Subprefecto, Alcalde y Oficial” (183). En este punto, desde la perspectiva de un modelo cognitivo andino, se actualiza la dramática desesctructuración del mundo andino tras la invasión hispana. Este aspecto aparece indicado desde la destrucción del huanca por Gelacho ya que, desde la perspectiva de los comuneros, su desaparición acarreará infertilidad (el caos en una sociedad con una estructura de pensamiento agrocéntrica). Este caos, se asocia a la destrucción de la comunidad por parte del ejército, percibido como un grupo radicalmente diferente al NOSOTROS andino (como un ejército de ocupación internacional) como en los tiempos de la conquista española. El narrador está utilizando un modo de pensamiento andino puesto que en este modelo de mundo “lo fundamental es la función que cumplen los elementos y no quiénes o qué son” (Huamán 1994: 118). De esta manera podemos entender la cadena de sustituciones: español-juez-abigeo-militar porque estos sujetos representan al agente nocivo para la comunidad andina imaginada.

En este punto, aparece la oposición entre el discurso público y el discurso secreto. En el primero el Estado (“gobierno”) lucha contra aquellos a quienes configura como subversivos, aquellos que amenazan la paz y el orden. El segundo (el reverso y la condición de posibilidad del primero) está formalizado en el mundo representado de la novela: es el discurso de la violenta represión que permite transgredir las leyes y los derechos humanos para proteger a la Nación, discurso que todo el mundo conoce y teme pero del cual no se puede hablar públicamente (Žižek 1998: 85). La violencia del discurso autoritario del Estado constituye la huella del carácter colonizador del Estado moderno. Por su parte, los personajes se debaten entre una muerte real y una muerte simbólica. Por ejemplo, Gelacho, ya muerto, da su testimonio de lo sucedido: la muerte real precede a la muerte simbólica. Las víctimas de la violencia regresan a ajustar las cuentas pendientes con el Estado etnocida ( Žižek 1992: 181). Esto se articula con el proceso de recuperación o liberación de memorias (cuyo correlato es el desentierro de los muertos que realiza Cirilo) que cuestionan el discurso público y la historia (o versión) oficial de los hechos enunciada desde el Estado moderno.

Por otro lado, la perspectiva ideológica del autor textual de la novela participa de la corriente de legitimación que durante la década de los ochenta asociaba a SL con una causa mesiánica andina: implícitamente, Cirilo asocia a los “runas” (término que enfatiza el carácter tradicional y la resistencia de la este grupo etnocultural) con aquellos que han encendido una “candela” en “las cumbres más altas”. Podemos afirmar que, por el contexto de aparición de la novela y por los paratextos mencionados se está aludiendo a los senderistas. En este caso, como respuesta a lo acontecido en la novela, será el fuego el que arrasará con el “lucero”, la luz de la razón, asociada a la escritura; ergo, a la modernidad colonizadora: el regreso del Inkarri y la amenaza del pachacuti son evidentes. En la década del ochenta, esta imagen que asociaba a los senderistas con el mesianismo andino había sido legitimada, entre otros, por Alberto Flores Galindo (1994): “Sendero Luminoso, desde el inicio, fue una organización vertical y autoritaria, convencida de portar un mensaje correcto y acertado, que todos debían acatar. El mesianismo es impositivo: se lo acepta o de lo deja” (315). Y añade que:

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9 “lo más difícil era recuperar de su feroz violencia una respuesta con sentido, porque no podía aceptarse que tanta violencia fuese solo una suerte de suicidio nacional. Sendero era la inversión del sentido en un sistema político que era un contrasentido… No se trata de derrotar militarmente a Sendero: el único modo de hacerlo plenamente sería a través de un literal suicidio colectivo. Se trata de excederlo, tanto como al sistema de los menos” (Ortega 1986: 39).

10 Foucault añadiría que esta actitud “indica un postulado que jamás se ha suprimido francamente: es justo que un condenado sufra físicamente más que los otros hombres” (Foucault 1992: 23).

11 Es clara la alusión a la novela El siglo de las luces : Esteban observa encumbrarse “enhiesta y magnífica, vislumbrada por los ojos del entendimiento, la Columna de Fuego que guía a las marchas hacia toda la Tierra Prometida ” (Carpentier 1963: 108).

12 El paratexto se refiere a los prólogos, epígrafes títulos, subtítulos, ilustraciones, notas y otros textos afines que acompañan al texto, en este caso al relato (Genette 1989: 11-12).

13 En la segunda edición de la novela (2003) se reemplaza “Occomarca” por “Accomarca”. Ello obedece a que el autor implicado tiene en cuenta que los medios de comunicación masiva han difundido la matanza ocurrida en dicha localidad con el segundo nombre.

14 El huanca es un agente garante de la fertilidad en la tradición andina y está representado en la novela por una piedra (Gonzáles 1989).

15 Esta escena constituye una huella del encuentro de Cajamarca entre el Inca Atahualpa (la oralidad) y el padre Valverde (la escritura).

 

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