|
Leonardo
Aguirre
Manual para cazar plumíferos
Lima: Grupo Editorial Matalamanga, 2005.
________________________________________________
Manual
para cazar plumíferos,
la primera entrega de Leonardo Aguirre, es un libro
tan irregular como interesante, que incluye un par de
cuentos que no sería exagerado calificar de brillantes,
y otros bastante flojos. En la mayoría de historias,
hay un escritor inédito que posterga su primera
publicación. A veces por correr tras la utópica
perfección (“Café Milton y cordero
con Saki”), otras por falta de tiempo para redondear
la obra (el manejo de un negocio caído del cielo,
como en “Un Blackbird en el Honey Pie”;
una relación de pareja, como en “Mapa de
tu espalda”; o la posibilidad de un embarazo producto
de un simple affaire, como en “Crucidrama”):
siempre se difiere el gran salto que a uno lo saca de
la incómoda (o muy cómoda, o las dos cosas
al mismo tiempo) situación de inédito.
El otro tópico del libro es el amor, pero no
como la vivencia plena del sentimiento, sino como la
nostalgia de lo perdido, la rabia por la traición
o la incapacidad para salir de lo platónico.
En “Café Milton y cordero con Saki”,
el cuento que abre la colección, Chipana, un
joven que va a participar en un concurso literario,
acude a la casa de un viejo profesor en busca de consejo.
El viejo es un escritor que ha ganado todos los premios
de cuento, pero no ha publicado todavía un solo
libro, y tiene la particularidad de utilizar los restos
de su biblioteca para comer, beber y fumar (páginas
de libros sirven como filtro de cigarro, como materia
para preparados alcohólicos e incluso como ingredientes
de cocina). Más allá de la posibilidad
metafórica de esta característica, que
viva de la literatura en el sentido más denotativo
de la frase marca la línea por la que circulan
la mayor parte de los protagonistas del Manual,
cuyas vidas, de uno u otro modo, giran en torno a la
escritura.
Con
excepción del último relato (“Mi
vida en Beatles”), todos los demás se presentan
como los textos con los que el viejo ha sido galardonado.
Sin embargo, podemos pasar por alto este recurso con
el relato “Café Milton”, que se sostiene
solo. Y se sostiene muy bien: el narrador heterodiegético
aparece con recato y le cede todo el espectáculo
a la voz del viejo escritor. Esta voz condensa las mayores
virtudes del libro y deja en claro que lo mejor del
Manual está en los discursos miméticos,
cuando la narración llega directamente de los
personajes. A través del viejo maestro, “Café
Milton” fluye con facilidad, pleno de un sentido
del humor inteligente.
Estas
virtudes se repiten en el segundo cuento “Sandrita,
Pattie Boyd y Michelle ma Belle”. Aquí,
Aguirre es más osado y elimina del todo la voz
de un narrador diegético, y construye un relato
notable, exclusivamente a través del discurso
de sus personajes. Este cuento, que en el fondo es una
loa a la amistad, recuerda tanto a Manuel Puig como
al Cabrera Infante de Tres tristes tigres,
y es el pico máximo de la colección. Otra
vez el humor y la fluidez que permiten una lectura divertida
y sorprendente cuando, paso a paso, se va revelando
una verdad en principio oscura.
Los
demás cuentos no alcanzan el brillo de los dos
primeros. Algunos son más tradicionales, como
“Un Blackbird en el Honey Pie” o “Mapa
de tu espalda”; otros, como “Crucidrama”
o “Con Paola no puedo”, son el resultado
de una dudosa experimentación vinculada al monólogo
interior.
En
suma, en el libro de Aguirre hay que separar la paja
del trigo y esperar que de esos dos escritores que encontramos
allí, con el mismo espíritu pero con distinto
alcance, sobreviva el de los primeros cuentos. Para
ello debe cuidarse del siempre peligroso elemento autobiográfico
(en el que, a veces, lo que se sabe verdadero hace descuidar
lo verosímil) y centrarse en la ficción
(aunque sea autobiográfica). Manual para
cazar plumíferos consigue un estilo propio,
demuestra que la buena literatura no tiene por qué
ser solemne, y confirma que la bondad del aspecto formal
no es sinónimo de escritura barroca ni de afanes
preciosistas. 
©
Francisco Ángeles Menacho, 2005 |