Su mundo es muchas veces ese espacio transitorio entre lo real y lo onírico; esa ambigüedad que le da un carácter particular a su universo literario. No es otra que la fuerza de sus personajes, a través de cuyos ojos fascinados terminamos contagiándonos, la que nos presenta el mundo en que se mueven y sucumben por fuerzas tan terriblemente poderosas como sus propias imaginaciones

 

 

 

 

4. La identidad y los sueños

En ninguno de los cuentos restantes —ni en ninguna obra posterior de Capote, relacionada con esta temática— queda más claro el mecanismo con que se entiende el proceso del miedo y la efectiva (y consiguiente) pérdida de sus personajes. En alguna ocasión 19, en efecto, Truman Capote calificó "Profesor Miseria" como uno de sus cuentos preferidos (aunque dicha entrevista, a su vez, se hizo años antes del público exorcismo al que sometió su obra completa 20). Asumiremos, en cualquier caso, el carácter representativo que tiene este relato para entender el conjunto de la obra. Ahora bien, ¿cuál es entonces la idea que, partiendo del mismo, nos hará comprender los demás relatos? No sólo está expuesto con claridad lo que hemos señalado en el capítulo previo, en lo que se refiere al ente que se configura como amenaza o generador del temor. Vimos que este se vinculaba a la infancia, y que, a su vez, manifestado de diversas maneras (como lo explica Oreilly), se desarrolla de manera similar en los cuatro relatos que lo suceden en el conjunto. Queda por aclarar la explicación de esa representación, lo que por cierto, es lo que más claramente queda expuesto en "Profesor Miseria".

Para empezar con algo que se hace urgente mencionar a estas alturas, el Profesor Miseria "compra sueños" y este es, en esencia, el hilo conductor del relato. Esta peculiaridad descabellada, sin embargo, funciona dentro de los códigos de verosimilitud que los cuentos de Truman Capote manejan, al construir sus mundos sobre la base de una atmósfera hechizada y sobrenatural, en el sentido más puro del gótico y sus claroscuros y la ambigüedad de sus "realidades". Su mundo es muchas veces ese espacio transitorio entre lo real y lo onírico; esa ambigüedad que le da un carácter particular a su universo literario. No es otra que la fuerza de sus personajes, a través de cuyos ojos fascinados terminamos contagiándonos, la que nos presenta el mundo en que se mueven y sucumben por fuerzas tan terriblemente poderosas como sus propias imaginaciones. Sylvia y Oreilly se turnan una focalización lúgubre para ofrecernos el espectáculo de su vacío, al igual que sucede con los demás personajes en los cuentos restantes. A veces no sabemos cuándo observan, cuándo sueñan. Así, la gradual conversión de la muchacha parece transitar en un estado de sonambulismo; ella misma se pregunta si en verdad aquel día ha sucedido (p.9) cuando vuelve a casa después del primer encuentro con Revercomb, y no es sino hasta que confirma el sobre con los cinco dólares en su bolso, que ella, y con ella nosotros, se convence de aquel extraño suceso. Es este aire equívoco el que le otorga fuerza a su mundo ficticio, la planificada disolución de sus imágenes y escenas.

Pero el Profesor Miseria compra sueños, y esta anécdota ya de por sí excéntrica en una urbe excéntrica como Manhattan no sólo se reduce a la realidad de su experiencia; se va transformando de modo gradual a medida que la realidad se transforma según la percepción de sus personajes. Y esta manufactura delicada, el modo en que Capote cuida su equilibrio, esa totalidad de su obra narrada en el punto medio es digna de admiración. Es en este oficio, pasmosamente precoz, en que reposa gran parte de la estrategia discusiva para empezar la atracción de la historia. Detrás de aquella transacción inusual y el consiguiente desarrollo del personaje, sabemos que aquél compra sueños, y que Sylvia los vende. No sólo eso, sabemos que hay muchos otros como Sylvia: seres espantados por el proceso que desconocen, víctimas obedientes, adictas al mercado de sus almas. A la llegada de Miss Mozart, pues el grupo se alborota por la reciente incorporación de la muchacha en la sala de espera, "de nuevo el grupo se dividió en entidades individuales vigilantes como escolares asustadizos" (p.15). Se trata, pues, de un ente colectivizado por el proceso comercial en que se encierran.

Nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir... (...) Es como la vida misma. 21

Es decir, nos encontramos nuevamente ante el convencimiento de que la despersonalización se asocia con el sistema de vida en que recaen y del que no pueden salir. Como Oreilly, no podrán escapar de aquella prisión voluntaria: "Mírame... hasta yo regreso, y hace mucho que el Profesor Miseria acabó conmigo" (p.18).

Ahora bien, no nos es extraño lo que Sylvia experimenta en lo sucesivo: al vender sus sueños siente una "extraña tristeza, una sensación de pérdida, como si hubiera sido víctima de un hurto, un hurto real o incluso moral..." (p.12). Nos dice que aquello "tiene más que ver con estar muerta" (p.25), y que sin sueños ya no tiene más ambiciones, las que solía tener antes. De este modo empieza su degradación aparentemente física (adelgaza, según conocemos por Estelle) y espiritual (un vacío interior se hace más que notorio por lo que se nos dice al final del relato). ¿Entonces, nos preguntamos, qué representan los sueños? Nuevamente es Oreilly quien nos da la explicación:

No creo en Jesucristo pero sí en el alma; así es como me lo imagino: los sueños son la mente del alma, nuestra verdad escondida. Tal vez el profesor no tiene alma y tome trocitos de la tuya (...) Cientos de almas han pasado por él y han ido a parar a un archivo. 22

Para sentenciar más adelante: "Pobrecilla, le han robado el alma" (p.27).

No es una correspondencia arbitraria, desde luego. Los primitivos creían que "el alma se perdía" o que era posible robarla. Y eso se relacionaba también con los sueños: la idea de que el alma salía del cuerpo durante el sueño. En la antigua Grecia veían en ellos una marca de la divinidad, y se llegó a diferenciar aquellos que eran interpretables y aquellos otros, en cambio, meramente fisiológicos. Ciertamente aquí nos referimos al fenómeno onírico, y no a la idea de sueño como expectativa, deseos o proyectos de vida. Ello por supuesto también está implícito en el imaginario de Capote. En ambas acepciones, en todo caso, el sueño está vinculado estrechamente con la idea del individuo: la libertad, la diferencia, y también la objetividad que hace (como descubrió el filósofo Heráclito), que los seres humanos se encuentren en un mundo común de vigilia, mientras que el mundo de los sueños sigue siendo individual.

 

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