Rafael Robles
Leticia Cortés
Luis Echeandía
Josefina Jiménez
Heiner Valdivia

Abdul Sahib Machi García: "Cavilaciones de un Corazón"

Ernesto Alonso Ortiz Arbulú: "La mirada de la noche"

Hebe Leopardo: "El Centinela"

Ricardo Mendoza Montañez: "De música ligera"

Carlos Germán Amézaga: "Primera vez"

Daniel Valdez: "Sabor a Sal"

 

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De música ligera

por Ricardo Mendoza Montañez

 

Idiota como siempre, no supe qué hacer. Caminé por la avenida paralela a su calle, apurado, reclamándole a la vereda lo sucedido. Alcé la mirada al escuchar la voz de Cerati, y en una pantallaza estaba el flaco, vociferando aquel amor de música ligera. Como en neón decía “video pub”, entré.

El local entero era más pequeño que mi sala y comedor juntos, por eso sentí el frío de las miradas al percatarse de mi lánguida presencia. Ella me trató de arrogante cuando le conté que la gente siempre volteaba a mirarme. Pero no era arrogancia, era la verdad. No es agradable que todos te observen como mono de feria al entrar a cualquier sitio.

El mozo se me acercó socarrón. Esa fue mi impresión ¿o es la paranoia? Antes de preguntarme algo quiso apagar la velita de la mesa y lo detuve. “A mi no me molesta” le dije. Luego pedí una jarra de cerveza. Green Day llenaba la pantallaza tocando en ese mamarracho de Woodstock 94, después apareció Arjona.

Mientras esperaba la jarra, nuevamente vi la escena. Acaso no pensó que yo volvería, era lo normal cada vez que peleábamos. No esperó ni diez minutos ¿Y, cómo llegó tan rápido ese imbécil? ¿Vivirá pendiente del teléfono? Estaban tan apretados que ni reaccionaron cuando grité al patear la puerta del vecino.

Buscando la plata para pagar la chela encontré el falso que puso Sebastián en mi casaca hacia como dos noches. Se lo mostré al mozo y éste, impasible, señaló una puerta detrás de mí. “Baño”, estaba escrito con plumón. ¿Ya estás tranquilo, chino? preguntó al verme con el cabello mojado. Tenía aquella manía después de aplicarme. Asentí encogiéndome de hombros y cogí el vaso. Para esto la música degeneró de Arjona al General. Como ya había encontrado un nuevo cómplice, continué tentando a la suerte, así que le ofrecí veinte soles para que pusiera algún video de Nirvana. Entonces, ver la desgarbada imagen de Cobain, rodeado de flores, apaciguó un poco la situación.

Nunca me dio por aprender el inglés como a mis hermanos, reconocía una que otra palabra, pero prefería usar la imaginación. No era un apasionado del grupo, más bien me fascinaba saber que el cansancio llevó a Cobain a pegarse un tiro. Tanta fue la exageración que hasta tracé un plan de vida de veintisiete años y veía con angustia que restaban tres para concluirlo.

Sin embargo, sentado aquí, con ganas de matarme por lo que ella me hizo, quedaba claro que mis delirios existenciales servían para empapelar mi habitación y nada más.

Con cada trago pensaba en que las cosas graves no me pasan, simplemente las cosas que me desaniman; de pronto, la pareja en la mesa del frente interrumpió su agasajo y llamó al mozo. El cuchicheo y sus miradas, indicaban que él justificaba ese repentino cambio de música. Aquel novio indignado parecía buscarme la bronca con los ojos, acepté el desafío aguzando más la mirada, creo que eso y mi cabezota melenuda, lo desalentó.

Pedí una segunda jarra, pero tras el primer vaso entré al baño a vomitar. Inmediatamente salí en busca de un teléfono público. Marqué su número y su madre, con un acento muy español, me mandó a la mierda argumentando que esas no eran horas de llamar a un hogar decente y que la pequeña dormía tranquila en su cuarto. Ya no quise volver al pub y como me quedaban tres soles esperé en el paradero por una combi.

Los malditos sólo llegaron hasta el puente Santa Rosa. No hice escándalo, pues el cobrador y el chofer en sus caras, acusaban la insanía de la que podían ser capaces. Convencido de que la caminata sería una buena terapia, templé el cuello de la casaca y emprendí la marcha. A unos pasos de mi casa noté el regalo que nos dejó el perro del vecino, con una de sus plantas lo moví a un costado, y como otro borracho se me adelantó con el charco de orines en la puerta, empecé escribiendo mi primer nombre en la fachada.

© Ricardo Mendoza Montañez, 2005

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Ricardo Mendoza Montañez: (Lima-Perú, 1973) Es el segundo hijo de una familia de clase media varada casi 30 años en el distrito del Rímac. Transcurrió la primaria y secundaria sin ningún contratiempo en el colegio Externado Santo Toribio, también bajo el puente. Posteriormente estudió comunicación audiovisual en el instituto Toulouse Lautrec. Actualmente trabaja de manera independiente como camarógrafo y dedica lo mejor de su tiempo, además de la lectura, a la creación de historias.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento10_4.htm
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