Rafael Robles
Leticia Cortés
Luis Echeandía
Josefina Jiménez
Heiner Valdivia

Abdul Sahib Machi García: "Cavilaciones de un Corazón"

Ernesto Alonso Ortiz Arbulú: "La mirada de la noche"

Hebe Leopardo: "El Centinela"

Ricardo Mendoza Montañez: "De música ligera"

Carlos Germán Amézaga: "Primera vez"

Daniel Valdez: "Sabor a Sal"

 

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Sabor a Sal

por Daniel Valdez

 

Roberto tiene los rasgos comunes de muchos argentinos de su edad. Esta siempre bien afeitado y peinado, sus ideas políticas son inmutables, el deporte es una actividad que sucede en la televisión y, el sexo, algo con lo que se bromea mucho, se disfruta escasamente y con un poco de culpa. Camina siempre con un andar cansino y taciturno; sus pies, si fuesen agujas de reloj, estarían marcando siempre las diez y diez. Tiene la espalda encorvada, cosa que lo obliga a mirar hacia abajo, un cigarrillo entre los labios y una cartera de cuero negro en el sobaco. A pesar de haber pasado, hace rato, los cincuenta años, tiene todo el cabello y algunas pocas canas que sabe disimular con destreza; lo que no puede disimular es su abdomen.

Cuando, hace treinta y cinco años, comenzó a trabajar en la municipalidad, tenía una figura que podríamos describir como atlética. La pequeña cintura hacía resaltar el ancho de sus hombros; vigorosos y bien formados los brazos y las piernas, la espalda recta, el porte erguido. Fue en esa época cuando conoció a Ofelia.

Un domingo de Ramos acompaño a su madre, doña Dominga, a misa. Los pedidos de esta mujer, como los de todo déspota, eran solicitados en modo imperativo. Roberto no tuvo mas remedio que suspender el "picadito" del domingo y, del brazo de su rolliza madre, encaminarse hacia la parroquia. Fueron hasta San Bartolomé, pues el padre Giovanni era italiano como doña Dominga, y como la mayoría de los feligreses. Aburrido y resignado, Roberto soportó avemarías y padrenuestros; luego de la homilía, los fieles se concentraban en el atrio del templo, para comentar novedades de la lejana patria o simplemente hablar durante un rato en su propio idioma. "Casualmente" Dominga se encontró con Pierina, paisana de su mismo pueblo, que estaba acompañada de Ofelia, su hija mayor.

Cuando fueron presentados, Ofelia, sonrojada y encogiendo los hombros, alargo un tímido brazo que sostenía una mano temblequeante y fláccida, la de Roberto estaba empapada en sudor. Las dos alcahuetas se tomaron del brazo y comenzaron a caminar; Ofelia y Roberto las siguieron envueltos en un silencio incómodo. A pesar del aroma a premeditado del encuentro, a Roberto le gustó esa chica retraída, de pelo largo y renegrido, de ojos grandes y verdes y, un cuerpo que daba ganas de abrazar.

Luego de la despedida, ni bien quedaron solos caminando de vuelta hacia su hogar, doña Dominga se despachó:

–¡Qué linda es la hija de doña Pierina! Te gustó figlio .

–… si… es linda.

–Doña Pierina te invitó a comer el domingo que viene, va a preparar la comida Ofelia, parece que es muy buena cocinera. ¡Ya me contarás!

Si bien no fue un romance alimentado por el fuego de la pasión, mentiríamos si dijésemos que fue un noviazgo monótono o desdichado. No, nada de eso. Los proyectos alimentaban esperanzas; los genuinos anhelos de felicidad compartida, nutrían buenos deseos, ilusiones. La vida seguiría su curso natural: noviazgo, matrimonio, un ascenso, la compra de una casa, hijos.

La boda se celebró en enero, disfrutaron de quince días de luna de miel en un hotel sindical de Mar del Plata, desde donde enviaron a toda la familia, una hierática y protocolar fotografía posando delante de los eternos lobos marinos.

Al volver, se instalaron en la pequeña casa que habían alquilado y en la que aún viven. Entonces comenzaron una rutinaria vida en común.

El ascenso no llegó nunca. La compra de la casa fue una quimera que jamás fue posible materializar, por el magro salario que ganaba Roberto en la municipalidad y porque los vaivenes de la economía del país, hacían que la ocasión para realizar ese sueño se pospusiera para siempre. Ofelia insistió durante mucho tiempo en su determinación de salir a trabajar, con lo que ella podría aportar, tendrían un pequeño ahorro y con el tiempo quizás…

Además de la sensata preocupación por la economía del hogar, Ofelia tenía la necesidad imperiosa de salir del encierro y la monotonía. Confinada a sus tareas domésticas, le era vedado el contacto social que tanto ansiaba; su grupo social se limitaba a la familia y algunas vecinas. Imaginaba que yendo a trabajar conocería gente, las depresiones se irían espaciando y, hasta podría hacer alguna amiga. Roberto se empecinaba en su idea peregrina de que el lugar de una esposa era su casa, y mientras el hombre pudiese mantener el hogar, no había razones para que la esposa trabajase. Ofelia se oponía con timidez e inseguridad a la tiranía de su marido; era una mujer timorata e incapaz, por temor e ignorancia, de hacer valer sus humildes determinaciones. Retrata su carácter, lo sucedido dos años después de su matrimonio.

Angustiada por no poder concretar sus deseos maternales, decidió consultar un médico. El médico la derivó a un ginecólogo, que la derivo, a su vez, a un reputado especialista.

El especialista se demoró en sondeos, test, análisis e interconsultas. No hubo diagnóstico porque no había patología. En su cuerpo no existían malformaciones, sus hormonas fluían correctamente, su menstruación era regular como los ciclos lunares, sus ritmos corporales equilibrados. No había lugar para la duda: su salud era perfecta.

Cuando el doctor Gonzalo Bancalari la citó en su consulta para felicitarla, pues, luego de prolongados estudios no se había encontrado nada que imposibilite que "ella" pueda tener descendencia, Ofelia pasó de la alegría al desasosiego.

–Pero, entonces doctor, esto quiere decir que…. No atinaba a terminar la frase.

–Señora, creo que es hora de que su esposo visite un andrólogo. Afirmó, preciso, Bancalari.

–¿Un… qué, doctor?

–Un andrólogo, es el especialista que visitamos los hombres cuando tenemos… "inconvenientes" para procrear.

Entonces no era ella, no era Ofelia la estéril, la yerma. La sorpresa de este descubrimiento la iluminó, su cara se encendió y sus ojos se empaparon vivaces.

La sombra de la impotencia cubrió demasiado enseguida esta efímera dicha.

Mientras caminaba hacia su casa, se acongojaba al pensar en el momento en que tendría que darle a Roberto la ¿buena? nueva. Ella estaba feliz sí, pero tener que decirle a Roberto que era él el que… Pobre, seguro que lo haría sentir mal y, ya sabía ella lo terco que era y conocía de sobra la denodada porfía de su marido en evitar la visita a un médico.

Cuando por la tarde Roberto llegó de su trabajo, comenzó su rutina doméstica; se sentó en la cocina a tomar mate, escuchar tangos y fumar. Ofelia, en silencio, cocinaba. Después de la primera pava, Roberto preguntó:

–¿Y? ¿Cómo te fue con el médico?

–Dice que yo no tengo nada, que el problema no es mío.

Lo dijo sin mirarlo, encogiendo los hombros mientras descuartizaba un pollo.

En la radio sonaba Tanturi, afuera llovía. Roberto tomaba mate, fumaba y miraba llover.

Tres años después, Lucy, la hermana menor de Ofelia, parió mellizos. Cuando Roberto se enteró, lo primero que vino a su mente fue un dicho popular: "A quién Dios no le da hijos, el Diablo le da sobrinos". Supo, en ese momento, que debería soportar otra vez la lacrimógena letanía de Ofelia, sus suplicas para que adoptaran un chico, sus repentinos estallidos de furia y sus letargos durante semanas enteras. Algunos días ni siquiera se levantaba para preparar la cena.

–Cosas de mujeres. Pensaba Roberto mientras se preparaba un sanguchito.

En su escala de valores estaba representada la singularidad de su pensamiento; para él pesaba más su "antigüedad" en el empleo, que el hecho de hacer la misma tarea desde los dieciocho años. Solamente dejo de atender el mostrador de "Mesa de Entradas" durante los catorce meses que duró su servicio militar.

“Regimiento de Infantería General Prieto”. Cuantos recuerdos. Todavía guarda el banderín del regimiento entre las fotos viejas y los recuerdos de familia. El último día de colimba lo hizo firmar por todos. Oficiales, suboficiales y camaradas, que por entonces eran sus mejores y casi únicos amigos: Hernán, el flaco Abel, Gonzalito, Reynoso.

–¿Como se llamaba Reynoso ...? ¡Juan José! Juan José Reynoso.

¡Era un bruto bárbaro! A veces, durante alguno de sus reiterados insomnios, recuerda cuando Reynoso, con su propia mierda, escribió "gordo puto" en el parabrisas del coche del capitán Correa. ¡Y la madrugada en la que el sargento Sánchez los hizo saltar de la cama para un simulacro de defensa del cuartel! No le importó que lloviese e hiciera frío. Tuvieron que soportar el chaparrón y el viento durante una hora.

Casi todos los recuerdos felices son de esa época: las caminatas con Ofelia por la costanera sur, las comilonas dominicales en familia antes de ir a la cancha, las escapadas con los muchachos a los rancheríos de Avellaneda, cerca del riachuelo.

–Mujeres buenas y baratas. Decía Abel.

Algo de razón tenía, costaban poco más que un choripan y una cerveza.

Fue después de una gran pelea con Ofelia, cuando comenzó a sentir los ahogos. Tenía la sensación de vivir en una profunda grieta cuyas paredes se iban cerrando poquito a poco. En realidad, la pelea tiene poca importancia, al fin y al cabo, fue una de tantas; lo notable de esta, es que Roberto sintió que los gritos habían quebrado un cristal que él creía irrompible. Que la grieta, poderosa, se estrechaba y torcía lo que él consideraba sólido, indestructible. Todo había empezado por una soncera: Ofelia insistía otra vez en su proyecto de agrandar la cocina y reemplazar un ventanuco por un gran ventanal, para poder ver el jardincito del fondo mientras comían o tomaban mate. Roberto trataba, otra vez, de convencerla de que hacer reformas en una casa alquilada es tirar la plata a la basura. En medio de esta discusión fue cuando por primera vez sintió la grieta. Fue como una ráfaga de viento con olor a podrido, con gusto a inutilidad de la vida, negra y áspera. Se marcho dando un portazo y caminó hasta la plaza San Martín, se sentó bajo un tilo a fumar y a llorar de rabia.

Después del tercer cigarrillo, más tranquilo, comenzó a dar vueltas por la plaza, siempre fumando; su mente era un hervidero de pensamientos erráticos, confusos y contradictorios sobre su vida y su destino; no comprendía qué le estaba sucediendo, y como muchas veces, por más que se preguntase cien veces por día ¿Por qué? No podía hacer otra cosa que preguntarse ¿Por qué? Imaginaba su situación como la de un perro que corre tras su propia cola. Se le agarrotaba el pecho cuando pensaba que "ese" era su destino. Muchas veces, estos pensamientos terminaban con una resignada maldición a su mala suerte. En ese momento, si Roberto no estaba fumando, encendía un cigarrillo. Ese día sucedió algo inesperado, extravagante, la cabeza de Roberto seguía su ruta usual: perro-destino-mala suerte; pero, al llegar al cigarrillo, vio en medio del sendero, cortándole el paso, un as de espadas.

Se detuvo a mirar la baraja y a intentar dar a este encuentro un significado. El naipe parecía casi nuevo, el azul y el oro del sable y el rojo de las borlas contrastaban con el marrón de las hojas secas que lo rodeaban. La plaza estaba casi vacía; con la actitud de quien toma algo que no le pertenece, arrancó la baraja del suelo con gesto rápido y la metió en el bolsillo del pantalón.

–Hoy la mala suerte duerme afuera. Se dijo.

Esa noche no tuvo necesidad de pastillas para dormir.

Al día siguiente, la rutina de la oficina "Mesa de Entradas" y la de Roberto, se trastocaron de manera inesperada. Ese martes fue un día absolutamente irregular. Todo el personal, cosa inusitada, había comenzado a trabajar puntualmente. La cantidad de expedientes que ingresaban, era sorprendentemente mayor a la de otros días; Roberto y Gimenez discutían acaloradamente. Gimenez era un empleado alto y jorobado, una persona puntillosa y de ademanes nerviosos que presumía de conocer al dedillo las ordenanzas, estatutos y reglamentos administrativos. El problema había surgido a raíz de la numeración de cierto documento: una solicitud para instalar una verdulería. Los demás empleados suspendieron sus tareas y los observaban, pues, un tema tan pueril no merecía tanto encono; en ese momento comenzó a sonar el teléfono en el escritorio de Gimenez, como este no se daba por aludido, Cristina, la empleada "bonita" de la oficina, se levanto del suyo y atendió. La discusión termino cuando la escucharon decir:

–¡¿Cómo?! ¿Cuándo? ¿Dónde esta internado?

Todos dirigieron sus miradas hacia Cristina, ella colgó el teléfono y demoró unos segundos en dar la noticia, mientras, saboreaba un fugaz e infantil protagonismo.

–¡Carmelo tuvo un infarto! ¡Esta muy grave!

Carmelo Schiavo era jefe de la oficina desde hacía más de veinte años. Había sorteado con astucia y picardía un sinnúmero de administraciones municipales, tanto militares como de uno u otro "signo político", dirigía a “sus” empleados con mano firme y no muy equitativa. Algunos malintencionados comentaban por lo bajo que él y Cristina eran amantes, afirmación que jamás pudo ser fehacientemente corroborada.

La mayoría lo soportaba como a algo que no tiene remedio, pero todos, sin excepción, se acercaron para dar una palabra de aliento a los familiares que montaban guardia en el sanatorio en donde, Carmelo Schiavo luchaba por su vida en una sala de terapia intensiva.

Algunos se acercaron porque “...es lo que hay que hacer en una situación como esta…”, otros por mera obsecuencia, y los menos, con un sincero afán de que su superior se reestablezca. Roberto pertenecía a este grupo.

Por respeto, todos esperaron dos días. Luego comenzaron los rumores.

Algunos eran consistentes y otros disparatados, o hijos de la maledicencia. El primer cuchicheo que entró en escena fue contundente: Schiavo no volvería a trabajar, luego que le dieran el alta, si es que se reponía, tendría que jubilarse.

El encargado de dar esta primicia fue Orlando Di Napoli, uno de los telefonistas del Palacio Municipal, que tenía una amiga en Archivo General, que era amiga, a su vez, de un secretario del Intendente. El Negro Acosta, vendedor de café y medialunas, gran recorredor de oficinas, pasillos, despachos y mostradores, dijo que escucho decir, mientras le servía un cortado al Subjefe de Personal, que el desgraciado Carmelo, cuando se reintegrase otra vez a sus funciones, sería trasladado a un destino más acorde con su delicado estado, acaso una pacífica y tranquila oficina en la administración del Cementerio Comunal. Adela Pandolfo, septuagenaria y próxima a festejar sus Bodas de Oro como empleada municipal, aportó su granito de arena: El Intendente ya tendría in mente el nombre del sucesor del desdichado, sería este, uno de los empleados con mayor antigüedad en la oficina “Mesa de Entradas”.

–¡Entonces el ascenso te toca a vos! Dijo Ofelia con tono esperanzado mientras lavaba la vajilla.

Roberto, como siempre después de cenar, tomaba café y fumaba. Como siempre durante la cena, comentaba con Ofelia, noche tras noche, el simple suceder de su oficina. Pero desde la internación de Schiavo, Ofelia se había vuelto inquisitiva, indagadora y preguntona; esperaba ansiosa el regreso de Roberto para preguntar por lo que ella llamaba “las novedades”. Averiguaba si había un nuevo rumor, para poder compararlo con los anteriores y tratar de establecer si eran concurrentes o contradictorios. Elaboraba teorías acerca de la sucesión en la Jefatura; para esto utilizaba información facilitada por Roberto o recolectada por ella misma.

Una tarde, fue hasta el sanatorio en donde Carmelo se debatía entre la vida y la muerte, su excusa: reconfortar el ánimo de la que, en poco tiempo, quizás, sería viuda de Schiavo. La visita fue breve, pero la información obtenida valiosa.

El estado de Carmen Álvarez de Schiavo era calamitoso. Estaba desaliñada, el cabello revuelto y la ropa arrugada, los ojos irritados de tanto llorar. Agradeció sinceramente la visita de Ofelia y, entre berridos e hipos, la puso al tanto de la situación: El estado de su infortunado esposo era desesperante; los médicos, en su último informe, le habían anunciado que la ciencia no podía hacer nada más y que su paciente, en ese momento, estaba en manos de Dios. Comentó con angustia que no sabría como sobrellevar la viudez y que, para colmo de males ya no tenía ni siquiera voluntad para rezar, pues, esa misma tarde la habían visitado unos primos de su desdichado marido…. visita que le había quitado hasta la fe… (Aquí el relato de Carmen se interrumpe, arrasada por el dolor tuvo que ser sostenida por Ofelia y una enfermera)… los primos de mi querido Carmelo me vinieron a ofrecer, con muy buena voluntad, la pequeña bóveda familiar que tienen en el cementerio de Morón. Carmen, desolada, se tapaba la cara con un pañuelo arrugado y mocoso. Ofelia se despidió como la situación lo imponía, con un abrazo fuerte e hipócrita.

Salió de la clínica dando por descontado que pronto tendrían que asistir a un velorio y que Roberto sería, seguidamente, ascendido al rango de "Jefe".

Para la cena preparó a Roberto su comida preferida: asado al horno. Canturreaba mientras pelaba las papas y las batatas, acomodaba los pimientos alrededor de las tiras de asado intentando dar un toque "estético" al plato. Cuando preparaba la ensalada, comenzó a fantasear con la que en pocos días sería "la nueva situación", como le gustaba llamarla. El aumento de sueldo sería significativo, de sobra lo merecía Roberto. Con esa inesperada holgura, Roberto, probablemente, se avendría a poner el ventanal que ella tanto quería. ¡Qué lindo sería cocinar y poder ver la hiedra que cubre la pared del fondo!!Y los rosales! Que ella misma había plantado y que con tanto esmero cuidaba. Y para que la nueva ventana no quede deslucida, estaban aquellas cortinas que vio un sábado que paseaban por el shopping , ¿por qué no? ¿Y las vacaciones? ¡Cómo le gustaría salir de vacaciones!, aunque sea sólo por una semana. A Montevideo. Tenía unos vecinos que eran uruguayos, y eran tan amables, tan educados. Debe ser lindo Uruguay. ¡Ya lo conocerían!

Cuando llegó Roberto, Ofelia lo recibió, inusualmente, con un abrazo y un beso. Sonriendo le dijo:

–Bienvenido Jefe.

Luego de la abundante cena, Roberto fumaba y rumiaba las noticias traídas por Ofelia. Si bien, "para afuera", no apoyaba las tesis de su mujer, él era de la opinión de que "sucedería lo que tenga que suceder", le agradaba hacer dar vueltas por su mente una pequeña fantasía que había nacido hace poco tiempo, un remoto ensueño que fue creciendo con las horas, alimentado por las convicciones de Ofelia y por sus propios deseos. Su ilusión creció hasta que tuvo el cuerpo de la certeza. Esa noche el insomnio de Roberto no estuvo inundado por la nostalgia.

Sentado en su cama escuchaba roncar a Ofelia, que apoyaba el voluminoso y tibio trasero contra su cadera. Sí, él sería el mejor jefe, mas que apto era. Hoy por hoy, era el empleado mas competente, el mas responsable, y el mas antiguo. De sobra lo sabía el Jefe de Personal, Roberto tenía más experiencia que ninguno. Esa oficina era un caos y nadie mejor que él para reorganizarla; el Intendente entendería perfectamente las razones de los cambios que propondría. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta, por ejemplo, que la manera de numerar los expedientes no tenía ni pies ni cabeza. Lo que pasaba era que Carmelo era un bartolero, nunca estuvo a la altura de sus responsabilidades. ¿Y Cristina? A esa habría que lavarle la cabeza desde el primer día.

–A "mí" oficina se viene a trabajar -le diría- Te pido por favor Cristina, quiero que dejes de hacer sociales por teléfono en horario de trabajo. Aquí las cosas han cambiado, te lo digo por si no te has dado cuenta. Espero que no nos llevemos mal. ¡Seguro que se lo diría!

¡Y Claudia Echagüe! Otro caso. Esa piba se pasaba la vida pidiendo días para estudiar por exámenes de aquí o exámenes de allá. Y jamás la había visto traer un comprobante. Tendría que hablar con ella. Y hablaría también con Esther Gómez, se terminaría esa costumbre de tomar café a cualquier hora. Ni bien asumiera la jefatura impondría horarios para los refrigerios. Su responsabilidad sería dirigir una oficina, no un bar.

Cuando las primeras luces del alba se fueron colando por los resquicios de la persiana, Roberto se fue durmiendo despacio. Mientras sus ojos se cerraban, elucubraba una artera y mezquina venganza contra Gimenez, que una vez, hace muchos años, tuvo la desfachatez de…

Los días que siguieron estuvieron, tanto para Roberto como para Ofelia, sellados por la ansiedad. Cuando Roberto, a media tarde, regresaba del trabajo, Ofelia lo miraba inquieta. Nunca tuvo necesidad de formular una pregunta taxativa sobre la salud de Carmelo, pues en la expresión de Roberto, podía leer que este aún vivía. Ofelia estaba educada de tal manera, que le era vedado desear la muerte de alguien; sin embargo, cubría un oscuro impulso que jamás hubiera admitido, con el manto de una compasión farsante.

–¡Pobre Carmelo! ¡Que manera de sufrir! ¿No es mejor que Dios se lo lleve?

Roberto tomaba mate y fumaba.

El viernes, Roberto volvió del trabajo con el semblante descompuesto, estaba pálido, no se sentía bien, al parecer una molestia estomacal, unos vahídos. Ofelia insistía en llamar a un médico pero él la convenció de que ya pasaría, al fin y al cabo no era nada "importante".

Inició la monótona trilogía de todas las tardes: tango, mate y cigarrillo; Ofelia comenzó a preparar la cena.

Al terminar la primera pava, Roberto carraspeó e intentó comenzar a decir algo, pero se detuvo. Calentó mas agua y cambio la yerba, cuando la nueva tanda de mate estuvo lista, encendió un cigarrillo y se decidió:

–Sabés que con este asunto del mareo se me pasó contarte…

Ofelia dejó de pelar una zanahoria y se volvió para mirarlo.

–Hoy llamó a la oficina… el gordo Schiavo… salió de la sala de terapia intensiva y está en una habitación…. parece que fue un milagro, se repuso de una manera que los médicos no pueden comprender.

–Pobre… ¡Qué suerte! Dijo Ofelia sin convicción.

–Habló un ratito con Cristina.

–Qué contenta estará la señora.

–Mandó saludos para todos.

Ofelia siguió pelando zanahorias. Roberto terminó su mate y anunció que no tenía hambre, que mejor sería si se iba a dormir sin cenar, al otro día seguramente se sentiría mejor. Ofelia dejó de preparar la cena y se sentó a la mesa frente al televisor. Al cabo de media hora, lo encendió y preparó un té. Revolvió el té hasta que este se enfrió, luego dejó a un lado la taza sin siquiera beber un sorbo.

En la tele, una ex modelo, ex vedette y ex actriz, varias veces divorciada y tapa de infinidad de revistas top , ahora entrada en años y en carnes, conduce un show en donde invita figuras de la farándula y, organiza un concurso de preguntas y respuestas cuyo primer premio, es un auto último modelo.

 

© Daniel Valdez, 2005

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Daniel Valdez: ( Lanús-Argentina, 1955 ) Estudió Matemática en la Universidad de Buenos Aires. Desde el año 2001 reside en Madrid en dónde alterna como profesor de Matemática.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento10_6.htm
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