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En el mismo Luder se configura además la concepción de escritor de Ribeyro: alguien alejado de la parafernalia y los sofisticados artilugios y preocupado siempre por no ser encasillado, y cuya autoexigencia lo lleva a colindar con el silencio

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Señor Ribeyro, ¡salud!, y encendamos un cigarro

por Christian Alexander Elguera Olortegui

 

Resulta curioso que Luder prohíba la entrada a su hogar solo a dos personas: a un sociólogo y a un semiólogo. Reflexionando se advierte que dicha decisión, más allá de la ironía, se torna una toma de posición que nos muestra la concepción de Ribeyro acerca de la literatura, ya que tanto el sociólogo y el semiólogo representan el peligro de toda obra: por un lado un enfoque que se desvirtúa hacia una sociología a ultranza, y por el otro, un cientificismo estéril. En el mismo Luder se configura además la concepción de escritor de Ribeyro: alguien alejado de la parafernalia y los sofisticados artilugios y preocupado siempre por no ser encasillado, y cuya autoexigencia lo lleva a colindar con el silencio.

Esta noción de autor nos permite por un lado preguntarnos acerca de la actualidad de Ribeyro y, por otro, nos insta a descubrir nuevos temas alrededor de su obra. Acerca de la actualidad, Ribeyro no la buscó, tampoco  tuvo pretensiones de dividir la literatura peruana en un antes y un después de él, más hoy día nadie podrá negar haberlo leído, recordado, conversarlo y sentirlo. Más allá de una actualidad académica la de Ribeyro es una actualidad “mundana”, vital, una salud diagnosticaba por los propios lectores. A partir de estos dos puntos (el “hoy” ribeyriano y su lectoría)  formulamos un homenaje distinto, más dinámico e incluso íntimo, acorde con ciertas líneas expuestas en el dossier publicado en nuestro número 6. Y es en ese punto que se buscó a lectores, que con sus juicios y apreciaciones, nos permitieran volver a Ribeyro con otra mirada. A ellos el agradecimiento respectivo:

 

Patricia de Souza, autora, entre otras obras, de El último cuerpo de Úrsula, Electra en la ciudad, Ellos Dos, y también administradora del blog Palincestos, destaca la visión del mundo de Ribeyro, marcada por la duda, el laberinto y la “autodestrucción”.

Enrique Vila Matas, destacado narrador ibérico, cuyo criterio acerca de la autobiografía haría posible un estudio comparado entre las geniales El mal de Montano, París no se acaba nunca y Dietario voluble, con el Ribeyro de La tentación del fracaso y “Solo para fumadores”.

Carlos Calderón Fajardo, ya entrevistado en nuestro número 12, nos ofrece ahora respuestas que son de especial interés debido a que ellas son a su vez el testimonio personal de alguien que fuera gran amigo de Ribeyro: revísense las elogiosas frases que Julio Ramón dedica en La tentación del fracaso al entonces joven escritor de El viaje que nunca termina, El huevo de la iguana y La segunda visita de William Burroughs.

Rogelio Guedea, autor de los poemarios Kora, la novela Conducir un tráiler y de los libros de ficciones breves Para/caídas y Del aire al aire, nos da una visión de los textos anacrónicos de Ribeyro, en especial de Prosas apátridas, exhortándonos así a plantearnos una lectura sobre el microrrelato en la literatura peruana.

Alejandro Zambra, escritor de las novelas Bonsái y La vida privada de los árboles, tras ser entrevistado y colaborar con una crónica sobre Lima en nuestro número 16, nos permite en esta oportunidad descubrir más de un punto en común entre él y Ribeyro (léase su artículo “Solo para fumadores”), a la vez que nos insta a leerlo más allá de disfraces como el nihilismo o el escepticismo.

Lucho Zúñiga, autor del poemario La escalera y la novela El círculo Blum, enfatiza la visión calidoscópica que Ribeyro tenía del mundo, destacando además las epifanías en sus narraciones. La obra de Zúñiga se vincula con la vertiente  fantástica ribeyriana: el relato “La insignia” sería un antecedente de El círculo Blum.


De las respuestas destacamos tres hechos importantes. Por un lado, se observa una inclinación por el Ribeyro fragmentario e intimista que nos lleva a concluir el carácter fundacional de su ficción breve, sus diarios y epistolario en la literatura peruana. Por otra parte, se incide en la necesidad de comprender la obra ribeyriana como un sistema coherente y total; de aquí que no haya un mejor Ribeyro, sino un Ribeyro único, que debe ser leído y estudiado en cada una de sus variaciones. Por último, se advierte en su obra una crítica social alejada del apasionamiento, circunstancia que va acorde con su personalidad: no se es un escritor crítico de la sociedad por ufanarse de libelos o diatribas contra el poder, y aun más, no se es un escritor por optar por la fetichización de la mercancía. Y es esta una de las grandes lecciones de Ribeyro, si se quiere una ética para todo autor: antes que nada escribir y sólo escribir.


¿Por qué cree que la obra de Ribeyro se mantiene vigente en la actualidad?

Patricia de Souza: Sí se mantiene vigente porque creo que se trata de autor muy clásico en su estilo, muy limpio, y eso hace que no envejezca muy rápido. Sus temas siempre han sido variados, desde el diario hasta el cuento y la novela hiper-realista, pero siempre manteniendo distancia desde el lenguaje.

Enrique Vila Matas: No estaba la obra tan vigente cuando Ribeyro vivía. Quiero decir que es ahora cuando más concuerda la obra de Ribeyro con el espíritu del tiempo. Apostó por un tipo de literatura que entonces aún no era plenamente bien vista en los ambientes literarios latinoamericanos: cuentista que mezclaba a Maupassant con Kafka; ensayista que –quizás arriesgo al decirlo– hacía autoficción. Mejor será decir autobiografía, en el sentido de que construía literariamente su diario, su vida. Es cierto que no fingía, pero construía sus verdades para el diario literario. Él mismo lo dice en La tentación del fracaso: "Literatura es afectación". Y explica que quien ha escogido para expresarse la literatura, y no la palabra (que es un medio natural) debe obedecer a las reglas del juego. De ahí que toda tentativa para parecer no ser afectado –lenguaje coloquial, monólogo interior- acabe convirtiéndose en una afección aún mayor. Era pues afectado. Y creo, además, que era más moderno de lo que supieron ver sus contemporáneos.

Carlos Calderon Fajardo: Porque el nunca escribió un cuento pensando que lo hacía  en función a una época determinada, es decir, nunca se preocupó por pensar que sus libros estuvieran a tono con la moda o con los últimos experimentos narrativos. Por ejemplo, él estaba en Francia en pleno apogeo de la nueva novela francesa o de las novelas de Beckett, que seguía con mucho interés, pero a las cuales no les prestaba ninguna atención en el momento de escribir sus libros. A él le interesaba mucho más, o le bastaba, el mismo lo decía, “me basta Maupassant, Chejov  y unas cuantas gotitas de Kafka”. El escribía en función de cosas que el tenía que decir. Por ejemplo, yo le observé que el cuarto tomo de la palabra del mudo me parecía  no era del mismo nivel de los libros anteriores, y como tenía cierta confianza con él le dije, un poco atrevidamente, que de repente no publicase ese cuarto tomo, y el me respondió que no podía porque en ese tomo estaban los cuentos sobre su barrio, el de Santa Cruz, “Los relatos santacrucinos”. Decía que debían publicarse porque  tenía que dejar constancia de ese lugar, que si no los publicaba ese tema iba a quedar en el olvido. Es decir, ese tipo de cosas era lo que lo preocupaba más que pensar si estaba al tono de los tiempos. Pensaba que la literatura era anacrónica, por eso no se preocupaba mayormente por experimentaciones de estilo, y escribía con un lenguaje muy posicional para decir lo que quería decir.

Rogelio Guedea:
Hay dos obras de Julio Ramón Ribeyro que están destinadas a permanecer: sus diarios, compilados en La tentación del fracaso, y su breve volumen de narrativa ultracorta Prosas apátridas. En el primero encontramos al escritor sin poses, al escritor que no nos “finge”. Esta carencia de amaneramientos, propios a veces de una obra ficcional, nos ponen al escritor al desnudo, tal cual es, en su total cotidianidad, y entonces el escritor se confiesa, íntimamente, testimoniando lo más profundo de todo aquello que piensa sobre tres aspectos que a todo escritor interesan: la vida, sus lecturas y su proceso creativo. Prosas apátridas no está lejos de ser una obra que tenga que ver también con este desmarcamiento que hace el escritor de los “géneros canónicos”, buscando unas formas o modelos que se acoplen a otros ámbitos de la libertad creativa (que en esta obra es paradigmática). Además de insertarse en una corriente narrativa hoy muy en boga (el microrrelato, que nació con el estigma del posmodernismo), nos ofrece textos de una calidad literaria que rebasan cualquier expectativa. Una prosa exquisita en tonos y colores, en selección léxica, pero además una profunda obsesión (que se consuma, por lo demás) por encontrar en lo cotidiano, el día a día del escritor, una metafísica, un significado extremo. Prosas apátridas es un libro que debería estar, francamente, en todas las bibliotecas de autor.

Alejandro Zambra: Porque tiene y tendrá lectores. Porque nadie escribe como escribía él. Hay algunos que escriben mejor, pero nadie escribe como escribía él.

Lucho Zúñiga: Quizás porque en su prosa los seres comunes y corrientes se vuelven inmortales. Se rebelan dentro de su propia impotencia o falta de autoestima, con gestos que a la vez son gritos hechos en silencio. Nadie volverá a mirar a los seres humanos con esos ojos.


¿Cuál considera es el principal aporte de este autor para el cuento latinoamericano?

Patricia de Souza: Yo no soy una gran lectora de cuentos. Leí por supuesto los de Ribeyro, he leído a Borges y a Cortázar, pero como no creo en los géneros, no me esfuerzo en clasificarlos, además me seduce más la novela. Su aporte, él lo dijo: darle la palabra al mudo, al que no tiene derecho a la palabra, al pobre, al loco, al marginal.

Enrique Vila Matas:
Introdujo al héroe solitario, aislado, al hombre que se asoma a una realidad que le resulta  extraña y totalmente insoportable. Pero su principal aporte está todavía por ver. El tiempo lo dirá. Lo que está claro es que era, por ejemplo, un cuentista formidable. Sin ir más lejos: de la misma categoría que John Cheever, lo que ya es decir.

Carlos Calderon Fajardo: Es difícil de poderlo responder, él nunca se preocupó porque su literatura fuese conocida o ampliamente conocida. Recuerdo la anécdota con Feltrinelli, el editor más importante de Italia. Bryce consiguió que Feltrinelli visitara la casa de Ribeyro para conversar sobre las posibilidades de la traducción de su obra al italiano. Alina Cordero, la esposa de Julio Ramón, organizo una comida en la casa para la una de la tarde, pero ya eran como las tres y Ribeyro no llegaba, entonces Feltrinelli dijo que se tenía que ir y se retiró. Lo que realmente ocurrió fue que Julio Ramón estaba en el bar de la esquina, viendo que este editor se fuera para regresar a su casa. No le habría importado o sería timidez, pero en ese momento se había perdido la oportunidad de que Ribeyro fuera conocido en Italia. Ahora, él probablemente no hubiera sido conocido en América Latina como lo es ahora si no hubiera sido por Alfredo Bryce. Él se preocupó mucho porque fuera publicado por Seix Barral, pero Julio Ramón nunca hizo ningún esfuerzo, nunca. Además, como él no apareció cuando debió haber aparecido, cuando posteriormente fue ya leído en el mundo de habla hispana, habían pasado el boom, Rulfo, Onetti, y una serie de grandes cuentistas latinoamericanos, y su obra no fue justipreciada como un aporte para la literatura latinoamericana.

Rogelio Guedea:
En primer lugar, y aunque no desdeño los cuentos de tipo digamos tradicional de Ribeyro, yo me inclino, de nuevo, por su narrativa ultracorta. Ribeyro es uno de los fundadores del la gran tradición que es hoy el microrrelato, que precisamente resume y fusiona muchos elementos de la posmodernidad, como dije hace un momento: hibridez, ambigüedad genérica, perspectiva irónica, carácter fragmentario, etcétera. La sintaxis, pues, de Ribeyro es una sintaxis del porvenir, está más vigente y lo estará  por mucho más tiempo incluso que los escritores más canónicos del Perú, Vargas Llosa y Bryce Echenique incluidos. Prosas apátridas es un clásico, y por tanto será siempre un libro moderno, actual, vigente en cada nueva relectura. Quédate con esto que te digo, ya verás.

Alejandro Zambra: Diez o veinte cuentos magistrales.


Lucho Zúñiga: El tratamiento de la derrota. El fracaso de sus personajes está fríamente calculado por las circunstancias que el narrador impone. Este narrador se vuelve una imitación perversa de dios, que mueve las piezas hasta producir el fiasco existencial. Luego se producen esos gritos silenciosos tan característicos de su obra, salgan de la mente de dos niños explotados por un anciano, o incluso de “los eucaliptos” arrasados por el ataque de la modernidad.



¿Para usted cuál es el mejor Ribeyro, el urbanista, el fantástico, el fragmentario o el de los diarios?


Patricia de Souza: Para mí obviamente el de los Diarios y de los libros testimoniales, tipo “Solo para fumadores”, es donde es el más auténtico, el más intenso...

Enrique Vila Matas: Es una injusticia que a un escritor que creó un estilo propio queramos verlo por separado. El de los diarios está  muy conectado al fragmentario, y el fragmentario está conectado al escritor que aspira a la totalidad, que es el del excepcional texto dedicado a su biografía de fumador.

Carlos Calderon Fajardo: Ribeyro tenía una virtud que pocas personas tienen, que la tienen por ejemplo Hinostroza, Cisneros en poesía, la tenía Tolstoi, y era que todo lo que escribía era casi todo bueno, o lo poco que no es muy bueno es bastante bueno. Donde más bien sí flaquea un poco es en novela, aunque eso también es discutible. Por ejemplo, hay gente que piensa que Los geniecillos dominicales ha sido mal valorada, pero donde hay un absoluto acuerdo es que Crónicas de San Gabriel es una gran novela, que debería ser más estudiada,  y que fue publicada antes de La ciudad y los perros. Es decir, La ciudad y los perros no fue la primera gran novela moderna, claro ya estaba Arguedas obviamente, pero entre Arguedas y Vargas Llosa está esa novela de Ribeyro. Ahora, la vertiente fantástica es excelente, la urbana también. En los diarios habría que ver la obra completa, porque faltan, creo, uno o dos tomos por publicar; lo que hay me aparece interesante porque Julio Ramón introduce dentro de la narrativa peruana la dimensión de la intimidad, el diario como género que antes no había existido; claro que antes han habido algunos diarios en nuestra literatura, como el de Juan de Arona, pero no con la calidad de Ribeyro, quien da un salto cualitativo, es decir, el escritor deja de ser un testigo de la vida social para ser un testigo de su vida íntima.  Él también apreciaba la crítica, allí está La caza sutil; creía además que en Prosas apátridas y Dichos de Luder estaba concentrado su máximo aporte, pero yo creo que su máximo aporte es el cuento.

Rogelio Guedea:
Esta es una pregunta que se enlaza con las dos anteriores pero que las complementa. Yo creo que el mejor Ribeyro es el fragmentario, y esto incluye Prosas apátridas y sus diarios, que al final de cuentas está también hecho de fragmentos, anotaciones, notas del día a día. Ambos libros son absolutamente geniales, sólo comparables con lo que han hecho dentro de este género otros dos grandes: Elías Canetti y Walter Benjamin. El error del microrrelato contemporáneo es precisamente el hecho de que a veces caen en lo “chistoso”. El escritor quiere hacerse el gracioso y nos da gato por liebre o, mejor, respuestas fáciles a preguntas que ni siquiera le ha formulado el lector. Por eso hay una explosión enorme de microrrelatistas pero de todos ellos pocos, muy pocos son los rescatables. Hay que tener mucho cuidado con eso, porque podemos estar construyendo un supuesto género sobre una montaña de humo. En cambio el Ribeyro fragmentario me gusta particularmente porque encuentra en lo cotidiano una dimensión metafísica, es decir, puede mostrarnos la vida en su revés, y nos enseña a ver lo que teníamos en nuestras narices y no nos era posible ver.

Alejandro Zambra: No sé, me cuesta decidirlo. Entré a Ribeyro por La tentación del fracaso y Prosas apátridas y me gustan esas bellas cartas que escribía a su hermano, pero en su obra de ficción hay momentos buenísimos también.

Lucho Zúñiga: Encuentro al mejor Ribeyro no en un género específico, sino en aquellas epifanías que pueden aparecer tanto en un cuento fantástico como en uno realista. Por ejemplo, en “El profesor suplente”, el momento en que la esposa enlaza sus brazos en el cuello del protagonista; cuando el profesor tiene que mentir para no herir el orgullo de su esposa y le dice que los alumnos le aplaudieron y no le queda otro remedio que llorar al ver que le dolía tanto su fracaso; esa epifanía me parece tan contundente como la del protagonista de “La insignia” que empieza a tener sirvientes y hasta una mujer encantadora después de hacer una serie de encargos sin sentido. Los personajes de Ribeyro descubren cosas en su camino, a la manera de espejos interiores que reflejan su condición humana, sea en un mundo real o irreal, urbanista o en los propios diarios donde Ribeyro parece transfigurarse él mismo en un personaje suyo.

 

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