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Por un lado, observamos un grupo de novelas en el que se despliega, de distintas formas, una “violencia epistémica” que… se puede manifestar, principalmente, de dos maneras: a) en los mecanismos discursivos empleados en la ficcionalización de la memoria social sobre el conflicto armado; y b) en relación a sus estrategias de “otrificación”, es decir, a la manera en la que se construye la otredad… Este aspecto puede estar ligado a una configuración narrativa monológica, es decir, a la imposición autoritaria de un punto de vista determinado... Finalmente, estos relatos poseen un carácter distópico…

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Elementos para una sistematización de las novelas peruanas sobre el conflicto armado interno

por Víctor Quiroz

 

1. Presentación

En las obras que han ficcionalizado diversos aspectos del conflicto armado interno, se enfatiza el papel de la literatura como un soporte discursivo en el que se instala una lucha simbólica por la hegemonía de los distintos sujetos y discursos sociales. En este caso, se trata de una batalla literaria por la memoria, ya que se desea instalar, en el imaginario colectivo, una relectura o visión del pasado histórico o, en otras palabras, una determinada política de la memoria. Como he subrayado en diversas ocasiones, el análisis crítico del manejo y de la producción de las estrategias ficcionales instaladas en estas obras nos puede mostrar la forma en la que la literatura puede participar en la construcción de nuestra memoria social a fin de invitarnos a problematizar y repensar lo acontecido durante los dramáticos años del conflicto.

A diferencia de mis otros estudios sobre el tema, este artículo es de carácter exploratorio y aproximativo, ya que no se concentra en el análisis individual y pormenorizado de las novelas sobre dicha temática (labor que, desde 2004, he realizado sistemáticamente), sino en proponer un tentativo modo de organización del corpus de las novelas peruanas sobre el conflicto armado. Este modelo se basa en la identificación de dos tendencias contrapuestas (cada una con rasgos textuales particulares) en parte de este grupo novelístico.


2. Propuesta de sistematización          

Por un lado, observamos un grupo de novelas en el que se despliega, de distintas formas, una “violencia epistémica” (1) que, desde el plano cognoscitivo, se proyecta hacia el plano axiológico o valorativo. Esta violencia epistémica se puede manifestar, principalmente, de dos maneras: a) en los mecanismos discursivos empleados en la ficcionalización de la memoria social sobre el conflicto armado; y b) en relación con sus estrategias de “otrificación”, es decir, a la manera en la que se construye la otredad, por ejemplo, al sujeto andino o al sujeto femenino. Este aspecto puede estar ligado a una configuración narrativa monológica, es decir, a la imposición autoritaria de un punto de vista determinado. Adicionalmente, la configuración del mundo representado de cada una de estas narraciones, en general, presenta una filiación o apela a una articulación con ciertos discursos de poder hegemónicos (científico, político, militar). Finalmente, estos relatos poseen un carácter distópico, que puede ir desde una desconfianza o desesperanza frente al futuro por la aguda crisis del presente (aspecto que los entronca con uno de los flujos de la denominada posmodernidad), hasta un virulento discurso contra-utópico por medio del cual se intenta reestructurar o reinstalar los viejos sistemas de dominio a fin de mantener las jerarquías socioculturales (2). Esta primera tendencia está conformada por novelas como Senderos de sangre de J. J. Rada, La hora azul de Alonso Cueto, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, De amor y de guerra de Víctor Andrés Ponce y, principalmente, Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa.

La otra vertiente estaría caracterizada por a) proyectar una perspectiva utópica; b) la construcción de un lugar de enunciación contra-hegemónico; y c) la puesta en práctica de una razón postcolonial. Hasta el momento, en las novelas que hemos registrado, todo ello se configura a partir de la afirmación de un pensamiento alter-nativo de raigambre andina. Además, frente al carácter monológico y autoritario de los textos del primer grupo, en esta línea, se aprecia un empleo de la polifonía y la carnavalización bajtinianas. Aquí ubicamos dos novelas: Adiós, Ayacucho (1986) de Julio Ortega y, sobre todo, Rosa Cuchillo (1997) de Óscar Colchado


3. Validación de la propuesta  

3.1. Entre la distopía y la violencia epistémica

Me interesa deslizar algunas notas en las que se precise cómo se presentan las características antes mencionadas en los textos que componen la primera tendencia. En relación con Lituma en los Andes (cfr. Quiroz 2006b; 2008) la violencia epistémica se cristaliza de distintas maneras. En primer lugar, cobra relevancia el hecho de ser una novela etnoficcional (tal como demuestra Larrú 1996), es decir, un texto que manipula el imaginario andino en función de prejuicios de filiación colonial para “exportar” una imagen de la cultura “exótica” que sea asimilable para el lector extranjero, la cual neutraliza la densidad histórica del pensamiento andino (Rowe 1997).

Adicionalmente, se debe tomar en cuenta el marcado razonamiento dicotómico, la reducción a esencialismos y las valoraciones prejuiciadas (Vich 2002) que generan un efecto epistémico jerarquizante entre lo occidental y lo andino. A ello podemos añadir dos aspectos que, pese a ser fundamentales en la concepción del mundo representado de esta novela, han sido soslayados por la crítica: la feminización de la cultura andina y la identificación de la feminidad subalterna con la violencia. En estos casos, la ideología del narrador se inscribe decididamente en la línea más dura del falocentrismo colonialista, ya que emplea configuraciones de género para subalternizar a la cultura andina, tal como hicieron los primigenios conquistadores del Nuevo Mundo (3). Las operaciones de feminización de los varones subalternos representados en la novela se basan en a) la sodomización de los hombres andinos (que asume, desde una matriz heteronormativa, al homosexual como lo abyecto, véase Fuller 1996) (4); b) la hipersexualización (que implica una virilización que no es valorada positivamente por el narrador, sino una forma de proyectar que la sociedad andina es irracional ya que se entrega al extremo goce del cuerpo); y c) en la infantilización del “cholo acriollado” (5), Tomasito, porque presenta rasgos (como el sentimentalismo y el amor) que, al vulnerar la imagen tradicional de la masculinidad, lo hacen “menos viril”, ergo, “feminizado”, a los ojos de los representantes de la masculinidad hegemónica en la novela. Estas operaciones se complementan con la deshumanización del otro andino, es decir, con su “animalización”, entendida como el descenso a la naturaleza, la cual, de acuerdo con Sherry Ortner (2004), se asocia en el imaginario de diversas sociedades a lo femenino, mientras que la cultura se vincula a lo masculino.
Con respecto a la asociación entre la violencia irracional y lo femenino, basta recordar que es doña Adriana es quien la que incita a los pobladores de Naccos para ejecutar los sacrificios humanos (6). Pero esta vinculación del presente narrativo de la novela se proyecta al pasado, por medio del monólogo de doña Adriana, y se establece una continuidad temporal en la que la mujer ha cumplido siempre un rol protagónico en los sacrificios humanos. De este modo, se ficcionaliza una memoria cultural andina íntimamente ligada a la violencia (en este caso, entendida como extremadamente irracional).

Aquí, observamos una clara oposición con el rol pragmático del recorrido narrativo de Rosa Cuchillo, protagonista de la novela homónima de Óscar Colchado, ya que, en esta última obra se reinstala la memoria cultural andina (las costumbres, códigos y seres que conforman el imaginario andino) no con un afán deslegitimador, sino para demostrar que el pensamiento andino interactúa actualmente con el pensamiento occidental. Esto se entiende mejor si comparamos el empleo de la intertextualidad en ambos relatos, en particular, el diálogo con la tradición griega. Mientras en Rosa Cuchillo se subvierte el recorrido narrativo aventurero de Odiseo para cuestionar el falocentrismo de Occidente con el propósito de renovar, de una manera dialógica, las relaciones entre lo occidental y lo andino; en Lituma en los Andes, las alusiones a los mitos de Dionisios se reinstalan para exacerbar y focalizar el componente irracional de lo andino con el fin de legitimar las jerarquías coloniales. Además, debe recordarse que la helenización del pishtaco (al ser fusionado con el Minotauro) encubre la faz colonial de la modernidad (Quiroz 2006b). En este sentido, no basta con anotar el carácter distópico de esta novela (Portugal 2002), que está ligado al tema de la salvación individual frente a la desesperanza de salvación colectiva (Larrú 1996), sino afirmar que esta novela de Vargas Llosa se revela eminentemente contra-utópica, puesto que, autoritariamente, legitima las jerarquías coloniales para recomponer el tradicional sistema dominante. Finalmente, el carácter monológico de la novela, señalado por la crítica en relación con el cabo Lituma, es evidente: basta examinar sus razonamientos y valoraciones sobre la otredad andina (7). Podemos añadir que el mismo proceso se repite en los otros personajes principales: Dionisio y Adriana quienes con sus praxis y discursos encarnan, precisamente, los temores y fantasías del narrador y de su protagonista. En este caso, el narrador de esta novela irónicamente actúa como aquello que más dice detestar Mario Vargas Llosa: un perverso dictador latinoamericano (8)
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Por su parte, Senderos de sangre (1995), de José J. Rada, constituye el más claro ejemplo de cómo la ficción se puede colocar al servicio del poder político. En este caso, estamos frente a una “novela de tesis”, un texto en el que, de modo similar al caso de Lituma en los Andes, se plantea y se defiende una idea central que clausura monológicamente la posible multiplicidad de sentidos de la narración. La idea principal propugna dos premisas: a) el gobierno aprista no tiene responsabilidad política por los crímenes contra los derechos humanos ocurridos en el período 1985-1990; y b) los actos de esta naturaleza son sólo excesos cometidos por algunos malos elementos de las fuerzas armadas. Esto puede desprenderse de las declaraciones del protagonista, José Manuel Alcázar, prefecto de Ayacucho (9): ante la acusación que le hace Mary, su antagonista en la historia, sobre la represión ejercida por el gobierno, José, indignado, responde: “Si la subversión en este momento existe es justamente porque mi gobierno quiere vencer a estos miserables respetando los derechos humanos (…) y evitando todos los excesos” (84). En otro momento de la narración, se añade: “El gobierno al cual representaba no era partidario de realizar ejecuciones clandestinas” (131). Sobre el rol de las Fuerzas Armadas en la novela se inserta un “mal General” que sí comete excesos y que se enfrenta al intachable protagonista. La idea es clara: “Estoy seguro de que la fuerza armada en general es consciente de los derechos humanos (…). Sin embargo, pueden existir algunos pocos elementos a los que, en el fragor del combate, se les pasa la mano” (159).

Evidentemente, esta propuesta ideológica dialoga con el discurso conservador de nuestro país en relación con los hallazgos de la CVR. Para proyectar esta idea y hacerla llegar de modo sencillo al “gran público”, el narrador apela a los códigos de la cultura de masas: básicamente a una espectacularización del horror y a lugares comunes de las novelas de Ian Fleming. Por un lado, podemos ejemplificar el primer punto si traemos a colación la escena del atentado terrorista contra el vehículo en el que viajaba el Prefecto: éste reacciona rápidamente y sale ileso, ya que adopta la posición sugerida para un aterrizaje forzoso, pero el chofer “murió instantáneamente. Su cabeza estaba aplastada contra el marco de la puerta de su lado. Estaba irreconocible; los ojos le habían saltado de sus órbitas como en las películas de terror” (25). Por otro lado, destaca la descripción detallada de los atentados, las persecuciones, las armas y los vehículos. También, se subraya la representación de las maniobras evasivas y las tácticas de guerra empleadas por el Prefecto. En este sentido, el protagonista se configura, en palabras de Umberto Eco, como un “superhombre de masas”. Es un prototipo, aspira a encarnar el modelo de la masculinidad hegemónica proyectada en las películas de acción hollywoodense: es experto en armas (18); posee agudos sentidos; es viril (“Como a la media noche, José Manuel la despertó tiernamente y volvieron a hacer el amor con todo brío”, 30); reacciona velozmente frente al peligro (17); es aventurero y valiente (recuerda que alguna vez salvó “a toda una familia belga de ser devorada por los leones”, 59); es humanitario (“me encanta el peligro, conocer lugares alejados y me gusta ser útil a las personas más humildes”, 45); se muestra sumamente eficaz en su función política (23) y soberbio (a la manera del protagonista del Cantar del Roldán, 32). En este caso, las estrategias de representación del texto dialogan con la relación que se establece entre el discurso de poder autoritario y los medios de comunicación de masas, como sucedió, por ejemplo, durante la dictadura de Fujimori.
           
Acerca de las estrategias de “otrificación” o de construcción de la otredad, considero que la violencia epistémica se manifiesta en tres aspectos. En primer lugar, en la representación del adversario político por medio de una evidente cadena semántica que asocia sistemáticamente a senderistas, políticos de extrema izquierda, organizaciones de derechos humanos y al comunismo internacional. En este caso, se visualiza que el discurso autoritario habla a través del narrador de la novela, el cual, sintomáticamente, emplea la tercera persona, como un narrador tradicional o, en palabras de Wayne Booth, autoritario. En segundo lugar, encontramos una construcción de las comunidades andinas de Ayacucho que responde a las fantasías y deseos de cualquier autoridad política: se trata de poblaciones que, inicialmente, frente a su autoridad local, reclaman airadamente, pero ante la elocuencia y la eficacia política del protagonista, siempre terminan aplaudiéndolo. A esta evidente inverosimilitud se suman algunas imágenes exóticas, estáticas y autocomplacientes del “indio”: “Reinaba la paz en toda la zona. La gente trabajaba feliz en sus tierras. No existía riqueza, pero tampoco miseria. Eran pequeños agricultores, acostumbrados a una forma de vida dura pero, a su vez, cómoda; sólo hacían falta algunos medios de comunicación con el mundo exterior” (89). Finalmente, del mismo modo que en Lituma en los Andes, se observa una tendenciosa identificación de la violencia con lo femenino. En este caso, se trata de Mary o “la camarada Flor”, una norteamericana que actúa como líder senderista. Antes de venir a Perú, Mary se involucra con los miembros de una guerrilla en Irán (por su indignación frente a la tradición monárquica iraní) y se enamora de uno de sus miembros, Kamal, quien es cruelmente torturado y asesinado. Embarazada, Mary escapa a Estados Unidos. Decide abortar y, a consecuencia de ello, no puede volver a ser madre. La suma de estos hechos la configuran como un ser “lleno de odio”. Ella es la principal enemiga del Prefecto, ya que es una de las principales causantes de los “senderos de sangre” que pueblan las páginas de esta historia.

Por último, esta novela también presenta un carácter distópico, esta vez, en el sentido de desazón o desilusión sobre el “estado de derecho” frente a la incontenible crisis. Luego de haber capturado a Mary y al verla ingresar al Palacio de Justicia, está seguro de que “la presión de los grupos de derechos humanos” (272) haría que pronto salga libre. Por ello planea matarla a la manera de un francotirador desde una habitación del hotel Sheraton. Sin embargo, es altamente significativo que el personaje que simboliza al “buen aprista” en la novela (que denuncia y combate la corrupción de los malos funcionarios) no se manche las manos de sangre, ya que, cayendo en otro lugar común de las narraciones masivas de este tipo, en el último instante, decide no jalar del gatillo (272). Al final, la novela apuesta por la salvación individual ante la crisis, puesto que el Prefecto abandona la política y se va de viaje a Caracas con Sofie, su pareja. 


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1 Entendemos que el concepto de violencia epistémica expresa claramente no sólo el incuestionable lazo entre conocimiento y poder, sino la vinculación entre la epistemología moderna y el discurso colonial. Esta práctica discursiva se cristaliza en relación a la construcción de la alteridad, ya que por medio de ella se imponen, arbitrariamente, categorizaciones, jerarquías, y modelos de representación como si fueran la norma (Spivak 1988). Sobra decir que, en este modo de configuración, se elimina al otro como individuo existente (Said 1990: 49) para convertirlo en el Otro colonizable/do. De esta manera, se legitima el lugar de enunciación moderno como el ámbito de pensamiento por excelencia y se deslegitima o se exotiza cualquier tipo de saber o discurso producido por el Otro dominado (Mignolo 2003). Podemos añadir que la violencia epistémica que se ejerce contra las distintas encarnaciones del “otro”, puede ser entendida como política, puesto que implica una política de la representación (es decir, la configuración de personificaciones o de un modelo de mundo posible), que tiene una intención pragmática determinada: construir o potenciar ciertas imágenes que (por desconocimiento, incapacidad, incomprensión u otros motivos e intereses) contribuyen a la deslegitimación del otro y a perpetuar las redes de dominio político.

2 Podríamos añadir otra característica: la apelación a distintos códigos de la cultura de masas como el relato policial (en el caso de Vargas Llosa, Cueto y Roncagliolo), los lugares comunes del cine de acción hollywoodense (Senderos de sangre) y el empleo de imágenes de la otredad fácilmente admisibles para un lector/consumidor occidental/izado (Lituma en los Andes, De amor y de guerra, Abril rojo).

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Al respecto, debe repararse en la perturbadora similitud entre los elementos representados en Lituma en los Andes y el cuadro “América” (1575), grabado por Theodor Galle a partir de un dibujo del pintor flamenco Jan van der Straet (1523-1605) en el que se focaliza la escena del encuentro entre Américo Vespucio y una indígena (simbolización de América). En segundo plano, aparece un grupo de nativos practicando un acto caníbal (cfr. Quiroz 2008).

4 Es necesario añadir que los representantes de la masculinidad hegemónica (entre los que destacan Lituma, Paul Stirmsson y el “padrino”) están, sintomáticamente, “libres de sospecha del pecado nefando”.

5 Así denomina Manuel Larrú a Tomás Carreño (Larrú 2006).

6 Esta asociación aparece al final de la película Madeinusa de Claudia Llosa, en la que la protagonista y su hermana, habitantes de un “casi aislado” pueblo de los Andes, culpan al “forastero” (limeño blanco) de haber matado a su padre y van corriendo de casa en casa para que los demás pobladores las ayuden a hacer “justicia”.

7 “¿Cómo era posible que esos peones, muchos de ellos acriollados, que habían terminado la escuela primaria por lo menos, que habían conocido las ciudades, que oían radio, que iban al cine, que se vestían como cristianos, hicieran cosas de salvajes calatos y caníbales? En los indios de las punas, que nunca pisaron un colegio, que seguían viviendo como sus tatarabuelos, se entendería. Pero en estos tipos que jugaban cartas y estaban bautizados, cómo pues”. (Vargas Llosa 2000: 205 Énfasis nuestro).

8 Acaso esta aseveración pueda reforzarse si recordamos que, como anota Carlos Iván Degregori, una de las estrategias mediáticas que se empleó para desacreditar a los adversarios políticos de Alberto Fujimori durante su gobierno (quienes “amenazaban” el régimen dictatorial) fue, precisamente, la configuración de imágenes feminizadas de los otros candidatos: “Feminizando a los opositores, la prensa amarilla practica el exorcismo. Arroja fuera sus propios temores y los deposita en los opositores” (2001: 186). Asimismo, debemos mencionar que este discurso feminizador se encarnó cruelmente en los actos de violencia sexual contra hombres durante el conflicto armado interno (cfr. Dador 2007). 

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De acuerdo con la contracarátula del libro, el autor fue Prefecto de Ayacucho al igual que el protagonista.

 

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