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Raúl Arancibia se impone a la voluntad de Tamara Fiol. Su abyección es mucho mayor. Es opresiva y no tiene contemplación. Nace de su pasado, de su corrupción, de su inmisericordia, a las que se les adjudica la etiqueta de lo más vil

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Abyecciones en Confesiones de Tamara Fiol de Miguel Gutiérrez

por Omar Guerrero

 

“La prohibición y la transgresión responden a esos dos movimientos contradictorios: la prohibición rechaza la transgresión, y la fascinación la introduce. Lo prohibido, el tabú, solo se oponen a lo divino en un sentido; pero lo divino es el aspecto fascinante de lo prohibido: es la prohibición transfigurada.”(11)

Para Bataille, toda bajeza, toda degradación representa la transgresión:

“A partir del momento en que los hombres poseen una cierta concordancia con la animalidad, entramos en el mundo de la transgresión.”(12)

Una vez adquirida, la transgresión se posiciona de otros estados abyectos solo con la intención de continuar con la alteración de lo prohibido.

“Si la prohibición deja de participar, si ya no creemos en lo prohibido, la transgresión es imposible, pero un sentimiento de transgresión se mantiene, de hacer falta, en la aberración.”(13)

Y es que esta prohibición transfigurada, ligada a la aberración o a cualquier otra posibilidad abyecta, resulta ser la mejor vía para la realización de otros actos perversos. La abyección llama a más abyección. Solo al saber que lo prohibido se puede abordar, y también burlar, esta produce una tentación que no reparará en nada, ni siquiera en la amenaza de alguna norma. Solo así la transgresión acomete con todas sus fuerzas para prolongar lo abyecto.

A través de esta premisa, presento los pasajes abyectos de CTF donde lo prohibido tienta a la fascinación:

 

La satisfacción necesaria del cuerpo

Hay un antes y un después del accidente de Tamara Fiol. Cuando Morgan Scott Batres llega a ella para hacerle la entrevista sobre las mujeres de Sendero Luminoso, Tamara Fiol ya se encuentra lisiada. Aun así, ella no cesa de mostrar su fortaleza, su carácter, su manera de imponerse. Como mujer no guarda vergüenza. Ella lo cuenta todo. Ella lo confiesa. Su cuerpo mutilado y solitario solicita el placer a pesar de encontrarse limitado. Aunque lo prohibido para ella sigue siendo solo un artificio, una barrera fácil de superar a pesar de su baja condición corporal. De esta manera, toma la transgresión para poder obtener el placer dado por ella misma. Tamara Fiol es la emisora y receptora de sus propias sensaciones: (p.89):

“Sí, varón, en esos años la paja no tenía que ver con las mujeres, era casi un monopolio de los pajeros, de ustedes los hombres, corazón. Solo después (bastante después) de mi accidente pensé en la masturbación como salida a mis carencias. Y algunas veces cedí al llamado de mi cuerpo. Alcancé éxtasis increíbles, pero después se producía una caída no por cuestiones morales o sentimientos de culpa (eso es basura), sino porque me hacía sentir con casi inigualable intensidad la soledad de mi cuerpo.

Tal como sucede en El viejo saurio se retira, el tema de la masturbación se ubica exclusivamente dentro del ámbito de lo varonil. En CTF, el autor rompe esta idea adjudicándole este acto también a su personaje femenino, a la mujer. En este caso, a Tamara Fiol. Ella misma lo menciona. “La paja” (la masturbación) no guardaba ni la más mínima relación con lo femenino. Se tomaba como burdo e inmoral en la mujer. Tamara Fiol anula el tabú y lo acepta. Ella lo asume como un recurso a su postración, a la mutilación de la que ha sido objeto. Su belleza ya no es la misma. Sabe que su cuerpo ya no incita la mirada lujuriosa del varón como sucedía en antaño. Pues antes del accidente otra era la situación del cuerpo de Tamara, incluida su belleza. Una vez que se ha reconocido las limitaciones -las carencias como ella misma lo llama-, se hace uso de ese recurso para autocomplacerse, para autodenominarse también como una mujer-varón, porque ella responde al llamado del cuerpo abyecto, del cuerpo que se ha acostumbrado a determinados actos que no están dentro de la norma. Estos actos se deben únicamente a la transgresión. Es el impulso que no se detiene bajo ningún reparo. Sus consecuencias son lo menos relevante en el momento cuando se llevan a cabo. Su acción no contempla la moral ni antes, ni durante, ni después. Esa es la costumbre que ha tomado el cuerpo. Aquí una muestra de ese antes, de ese pasado cuando Tamara Fiol poseía la belleza, cuando su cuerpo se exponía para ser abordado y disfrutado sin ningún límite: (p.161):

“Bébeme, puta”, le ordenó. “¡Cómo no maricón!, replicó risueña Tamara presintiendo y deseando el advenimiento de un orgasmo portentoso.”

Este placer obedece al deseo de ella por orden de Raúl Arancibia, quien también logra adquirir la satisfacción. Y es que este personaje se impone a la voluntad de ella. Su abyección es mucho mayor. Es opresiva y no tiene contemplación. Nace de su pasado, de su corrupción, de su inmisericordia, a las que se les adjudica la etiqueta de lo más vil. Esta vileza es la que se cubre bajo el manto del desenfreno, del pensamiento lascivo, de aquello que no se puede detener, tal como lo indica Baudrillard(14):

“La fase de la liberación del sexo es también la de su indeterminación. Ya no hay carencia, ya no hay prohibición, ya no hay límite: es la pérdida total de cualquier principio referencial.”

La pérdida de los principios es el sustento para avalar estas abyecciones. Tamara Fiol como mujer elude sus principios para continuar con ese placer compartido. El acto que se menciona muestra la pleitesía de ella hacia él, obedeciendo su orden en la base de lo soez, que en apariencia denigra, pero que en sí estimula tanto a ella como a él. Raúl Arancibia lo disfruta porque el uso de las replanas como órdenes lo hacen sentir el ser dominante. Él es el sujeto machista que sucumbe al sujeto hembra. Tamara Fiol acepta esta situación porque ella encuentra el goce en su denigración, que al mismo tiempo también es la denigración oculta de Arancibia. Y es que en esos impulsos hacia el placer, Arancibia guarda un secreto que Tamara llegará a confesar. No por algo ella le llega a decir “maricón” mientras continua en ese acto como parte del goce. Ese es el compartir del sometimiento sucedido en ambos, hombre y mujer, porque solo a través de estos secretos se logra equiparar los géneros. El macho no está encima de la hembra ni la hembra encima del macho. Ambos se mantienen en el mismo nivel abyectándose simultáneamente. Esta es su necesidad en palabras de Bataille:

“De tal manera que, a veces, al espíritu hastiado le es necesaria una situación escabrosa para acceder al reflejo del goce final (o, si no la situación misma, su representación buscada durante la cópula, como soñando despierto). Esta situación no siempre es terrorífica: muchas mujeres no pueden gozar sin contarse una historia en la que son violadas. Ahora bien, en el fondo de la ruptura significativa yace una violencia ilimitada.”(15)

Esa violencia ilimitada es la que se goza tanto de una parte como de otra. Tamara Fiol es poseída, Raúl Arancibia también lo es de alguna medida. Ambos se muestran vulnerables entre ellos mismos, de esta manera uno hace uso del cuerpo del otro, y viceversa. Ahí radica su placer. Los sujetos se sacian con sus propios impulsos.

 

El sujeto marica descubierto

Tamara Fiol le comenta a Morgan (p.104):

“¿Por qué crees que los hombres de mi época acudían a las putas? Porque ellas satisfacían todas sus apetencias y sus secretas mariconadas.”

Al decir “secretas mariconadas”, Tamara Fiol está asegurando una verdad que no se conoce en muchos, y que entre ellos se encuentra Raúl Arancibia. Pues, ¿quién va a poder dudar de la hombría, virilidad y poder que posee este hombre? Pero la verdad se impone para dar a conocer esa otra abyección que la misma Tamara Fiol, como mujer, como amante, no va a poder aceptar (p.352):

“Dudó unos instantes al llegar a la casa. Luego introdujo su propia llave en la chapa y abrió la puerta. Entonces le dio un vuelco en el corazón cuando descubrió a Arancibia teniendo sexo con un hombre. Sería morboso, dijo Emperatriz, que te describiera el cuadro que vio Tamara.”

Aquí el morbo se establece desde que se menciona el acto homoerótico. Por otro lado no hay duda de que en medio de esas abyecciones propias de lo sexual surgieron esos sentimientos limpios hacia ese ser con el que Tamara lo ha compartido todo. Incluso ella había llegado –a través de esos sentimientos limpios- a la posibilidad de aceptar hasta lo inaceptable, desde el sometimiento para lograr el placer –su placer y el de él- incluso hasta el reconocimiento de esa corrupción y traición propias de Raúl Arancibia. Pero el acto homosexual que comete su hombre resulta ser un acto imperdonable que anula cualquier abyección admitida. Este hecho se presenta ante ella como la abyección que no se puede pasar por alto, todo debido a su condición de mujer.

De esta manera se da fin a la relación, siguiendo a ello la obsesión por confesar esos otros actos que Tamara Fiol no quiso ver en su momento, y que ahora asevera como una recriminación, como si fuera parte de su venganza hacia homo-erotismo oculto que contiene el hombre temido, viril, imponente.

 

La mujer perversa

Fuera del deseo de recriminar la homosexualidad en el hombre opresor, Tamara Fiol, como las otras mujeres que fueron victimadas con su consentimiento, no dejan de mostrar sus otros rasgos de abyección. Su cuerpo transgrede y hiere, causa conflicto y también pérdidas. Solo en ellas queda la conciencia de su manera de obrar, de mostrarse, de insultar desde su cuerpo, de lo que posee en ello, de sublevarse desde su única figura. Para Tamara Fiol, una manera de hacerlo es desde ese sentimiento cruel que dirige hacia su padre. La abyección masculina muestra una vez más las consecuencias de su participación en la vileza. Lo mismo sucede con la figura paterna en las novelas Hombres de caminos, La violencia del tiempo y El mundo sin Xóchitl. Los hijos juzgan e intentan reponer con su abyección lo anteriormente cometido. La nueva abyección suplantaría la abyección que han heredado, y de la cual reniegan. Como mujer, Tamara Fiol lo da a notar de alguna manera (p.81):

“¿No te dije que en todos estos años había estado maquinando venganzas contra mi padre? Se me ocurrían cosas asquerosas, como enseñarle mis trapos sucios de sangre.”

Estas intenciones son los rastros de los indicios parricidas de las novelas anteriormente mencionadas. Y es que este tema no deja de ser una constante en la obra de Miguel Gutiérrez.

Volviendo a la abyección femenina, el aborto surge como otra acción que coloca a la mujer en CTF como un ser que tarde o temprano se subleva. Si ella no gritó, no protestó, no insultó en el momento del oprobio, lo llega a realizar después sin mediar ninguna culpa, sin mediar el crimen o la afrenta, a fin de cuentas la mujer también es un ser abyecto.

Sucede con el caso del personaje de Perla (p.98):

“De pronto sintió que algo se desprendía dentro de ella y supo por experiencias pasadas que iba a abortar, solo que ahora la hemorragia era un torrente incontenible, un verdadero huaico, corazón.”

El aborto es su respuesta. Y en ello no hay culpa, solo estragos desde su mismo cuerpo, por algo la mención de un torrente que es comparado a un huaico. La ferocidad y violencia del desastre natural simbolizado en la muerte del hijo.  

Un caso similar sucede con Tamara Fiol, cuya decisión proviene de ella misma. No ha sido la naturaleza del cuerpo, ha sido su voluntad de no desear hijos, de desecharlos. La violencia que la circunda es su excusa. La violencia de su cuerpo es su arma y también su herida (p.147):

“Por decisión propia y exclusiva aborté varias veces, en parte porque no sentía el menor instinto maternal y porque honestamente no sabía quién podría ser el padre. Aunque también decidí hacerlo, la única vez que supe quién fue el coautor del encargo.”

Al decir “el coautor del encargo” se entiende que se refiere a Raúl Arancibia, el hombre abyecto que acentuó ese instinto perverso en Tamara Fiol. Mencionar también “porque honestamente no sabía quién podría ser el padre”, da entender una promiscuidad que nadie juzga y que ella impone por su propia voluntad. Esa es la libertad ante ese yugo machista, pues Tamara Fiol reivindica la figura femenina, la resalta a pesar de sus delitos.

 

Otra mujer se subleva exponiendo su sexo

A la tarea reivindicativa de Tamara Fiol se su suma la figura de Guillermina, la hermana extraviada de Raúl Arancibia. Ella es un ser que deambula en su locura producida por esa abyección concebida en la infancia. Si Raúl Arancibia sobrevivió a su niñez y juventud abyecta, Guillermina terminó sumergida en su mayor decadencia. El incesto compartido entre los hermanos se repite en esa figura ya presentada en El mundo sin Xóchitl, solo que en CTF se hiperbolizan los actos. El pudor no existe ni siquiera para ocultarlo. No es sutil como la relación de Güencho y su hermana Xóchitl(16). La relación entre Guillermina y Raúl es mucho más atrevida, más abyecta. Guillermina no guarda la compostura, ella produce asco y lo exhibe. Su cuerpo es objeto solo de miserias y, por qué no, también de compasión (p.162):

“Empezaba por descuidar su higiene, en la mesa se negaba a usar los cubiertos, se metía los dedos a las narices, dejaba la puerta del retrete abierta cuando hacía sus necesidades y en los días más atroces se le daba por cantar con una voz espantosa, mientras caminaba desnuda por la casa y se apostaba en el ventanal y desde allí llamaba a los transeúntes mostrándoles sus partes pudendas.”

Esta actitud transgresora es asimilada por su hermano Raúl. Él testifica todo lo que hace su hermana. Su posición es la de admitir, la de aceptar toda la simbología que carga su hermana repulsiva solo para elevar su fantasía. La atrocidad crea nuevas figuras en su imaginación, y estas no se encuentran muy lejos de la sucia realidad (p.365):

“Guillermina fue uno de mis fantasmas. Como mi hermano gemelo a quien puse Abel. Él era el hermano bueno que robaron los gitanos y dejaron al malvado. Yo era Caín. Fue una de mis fantasías de la infancia. También Guillermina fue otra fantasía. Solo ella tuvo un modelo carnal. Una vez, siendo un niño, se me acercó, se levantó la falda y me enseñó el coño.”

Para Raúl Arancibia, Guillermina es más que un modelo abyecto. Ella es la víctima y también es el ejemplo. Ella es la marca de lo innombrable. Representa lo repulsivo que se permite para el goce. Se le reconoce como figura de la maldad, porque ella dejó de ser buena para obtener esa postura negativa. Una postura que el propio Raúl tergiversa hasta convertirla en un hombre, en la figura bíblica de Abel. Y es que este es el rasgo de la mujer-varón de la que él es adicto, tal como sucedía con Tamara Fiol. Es en esa adicción que lo abyecto explota, corrompiendo todo sin piedad, por eso Raúl Arancibia llega a verse como Caín. Solo así completa su fantasía, su aberración, sobre todo si logra ver y poseer ese sexo que se ventila como un estigma. Ese mismo sexo es la marca de la amenaza. No se borra ni se olvida. De allí que se produzca más de aquello que es mejor no ver ni pronunciar. La resistencia está en esquivarlo, aunque no siempre se logre vencerlo, porque de una u otra forma lo abyecto logra someter al cuerpo.

© Omar Guerrero, 2009

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Nelson Ramírez Vásquez-Caicedo: (Chimbote-Perú) Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha realizado la maestría de Estudios Culturales en la misma casa de estudios. Me desempeño en el campo librero y editorial. Anteriormente ha publicado en El Hablador cuentos como La fabulosa literatura húngara y reseñas a los libros El corrido de Dante, de Eduardo González Viaña y Pudor de Santiago Rocangliolo Viaña.

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11 Bataille, Georges (1957): p. 72.

12 Ibid, p. 89.  

13 Ibid, p. 146.

14 Baudrillard, Jean (1981): p.13

15 Bataille, Georges (1957): p.113

16 Protagonistas del incesto en El mundo sin Xóchitl.

 

 

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