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El
lenguaje simbólico es el territorio textual en
el que las palabras adquieren sentidos figurados y las
metáforas nos brindan enigmas que descubrir.
En la teoría de la significación, uno
de los cuatro tipos de captación del discurso
es la captación semántica, comprendida
como la estela que deja a su paso la metáfora.
En ella, la máquina recicladora de la lengua
poética encuentra en la imaginación el
soporte discursivo para emitir el orden o desorden
de nuevas imágenes sugeridas en una secuencia
infinita, en la que los objetos cognitivos resultantes
sólo pueden acceder a ser experimentados en los
dominios de la enunciación.
En
la poesía se produce, entre otros fenómenos,
la opacidad del signo, es decir, retiene sobre sí
la atención del lector en tanto signo mismo o,
como lo señala Jakobson, “la función
poética es la relación del mensaje consigo
mismo”. Sin embargo, este factor no es condición
privativa del estatuto poético, dada su aplicación
y probable constitución dentro de las prácticas
narrativas. A su vez, elementos constitutivos de los
estudios semióticos narrativos se analizan en
textos líricos, lo cual ha llevado a los estudiosos
inmersos en estas disciplinas literarias a indagar la
participación, en este caso particular, de estructuras
o elementos narrativos en composiciones poéticas,
que comúnmente no suelen darse en forma pura,
como lo enuncia Roland Barthes (“poesía
como la amplia metáfora de un solo significado”),
sino que más bien se nutren de componentes externos
a su categoría, elementos imprescindibles para
su total realización funcional, en tanto naturaleza
rebosante de sentido.
En
torno a lo mencionado, intentaré dar cuenta de
la unidad del concepto estético de los cuerpos
y el código visual que lo ejecuta —en cuanto
fenómeno-signo y de una sola ocurrencia—
en una serie de relaciones interpretativas surgidas
a partir del análisis del poema “El maestro
de kung fu”, incluido en el cuarto poemario de
José Watanabe: Cosas del cuerpo (1999),
ya desde una perspectiva semiótica, filosófica-estética,
poscolonial y de algunas otras que he creído
apropiadas para el dicho análisis.
El
maestro de kung fu
Un
cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente al mar de Barranco.
Se
mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.
Su
enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van
sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.
Ninguno
vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
—Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo— me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él
me hace danzar a mí.
En
la década de 1960 se quiebra en el proceso poético
peruano una cierta escuela modernista clásica
que regía la estética más renombrada.
El gran giro se produce con los poetas Rodolfo Hinostroza
y Antonio Cisneros, quienes activan influencias inglesas
en la producción de un nuevo concepto poético.
Posteriormente ocurre una afluencia de movimientos y
manifiestos poéticos en la década siguiente,
siendo el más importante de ellos Hora Zero.
A
José Watanabe se le suele incluir en la generación
de dicha década, la cual manifiesta en las escritura
de sus miembros estas marcas discursivas y constantes:
ironía cínica e irreverente, coloquialismo,
sustento narrativo y la exploración de los métodos
de composición (González Vigil, 2000).
Aunque adscrito a dicha generación, la poética
de Watanabe exhibe una perspectiva renovada que responde
a un referente estético poblado de lejanas culturas.
Watanabe es un nikkei peruano que maneja dos herencias,
la japonesa y la andina. Al respecto de sus padres,
manifiesta:
(Padre
budista, moral de Bushido): Siempre estaba sosegado,
su actitud parecía decirnos que hay un orden
natural que no requiere comentarios agregados e innecesarios
a nuestros actos. (Madre andina): ... la impronta
de templanza que lucía en todas sus actividades...
pero su contención tenía un matiz de
dureza o de aire áspero. (1)
Watanabe,
de otro lado, pertenece a Lima. Si bien migra de una
provincia (su infancia se desarrolló en una hacienda
costeña al norte del país) a la capital,
una vez en ella ingresa al modelo cognitivo que le ofrece,
es decir, a la cultura “criolla”, propia
de Lima: se hace criollo. Si bien es cierto no corresponde
al perfil tradicional del poeta peruano (no sólo
limeño) y por extensión, hispanoamericano,
de círculos efervescentes, reaccionario, grandilocuente
y pasional. Rescato aquí una declaración
suya: “Es posible que un resfrío o una
gripe me haya impedido estar en el lugar y tiempo adecuados.
Por eso, no figuro en la nómina de Hora Zero
o de otras agrupaciones.” (2)
Sin
llegar a ser la figura retirada, Watanabe ha mostrado
una disposición pacífica y reservada,
amable, que en gran medida se plasma en su obra, de
rasgos simples. Su producción poética
reúne: Álbum de familia (1971,
con el que ganó el Premio Poeta Joven de ese
año), El huso de la palabra (1989),
Historia natural (1994), Cosas del cuerpo
(1999) y Habitó entre nosotros (2002).
Cuenta, además, con dos antologías: Path
Through the Canefields (1997), editada en Inglaterra,
donde fue traducido al inglés por C.A. de Lomellini
y David Tripton; y El guardián del hielo
(1999), lanzada por un sello editorial colombiano. Antígona
(2000) es una adaptación de la clásica
tragedia griega que él hiciera para el grupo
de teatro Yuyachkani.
Otros
títulos son: La memoria del ojo. Cien años
de presencia japonesa en el Perú (1999),
un extenso documento fotográfico del que es coautor
junto a Amelia Morimoto y Óscar Chambi; y Elogio
del refrenamiento (2003), autobiografía
incluida entre los mejores libros editados en España
durante ese año, según un balance del
diario El País.
Watanabe
destaca como guionista de películas adaptadas
de novelas peruanas, como La ciudad y los perros
y Maruja en el infierno, pertenecientes a Mario
Vargas Llosa y Enrique Congrains, respectivamente. Los
guiones suyos de Alias la gringa y Reportaje
a la muerte se basan en sonados casos de la historia
policíaca en el Perú.
En
general, hay poco material de estudio sobre la obra
de Watanabe, a pesar de que ha recibido los favores
de la crítica local. Para el caso de Cosas
del cuerpo, poemario que llegó con los créditos
de un poeta maduro, he podido revisar algunas reseñas
y un artículo en diarios y revistas. Sin embargo,
pienso que el punto de apoyo decisivo para cualquier
estudio lo constituyen las propias declaraciones del
autor en diversas entrevistas. Así, he podido
recoger las que diera acerca de Cosas del cuerpo:
Allí
fui más claro al decir que lo físico
es lo que importa. De alguna manera, planteo que el
cuerpo es nuestra única patria, la única
posesión que tenemos. Bromeo diciendo que antes
yo llevaba a mi cuerpo donde yo quería, hoy
es mi cuerpo el que me lleva donde él puede
llegar, que ya no es muy lejos. El cuerpo me impone
sus reglas y a veces su lastre. (3)
El
soma deviene en metáfora ya no del cosmos,
sino de la patria esencial constituida por los órganos
y fisiología. (4)
El
libro se concentra en la fugacidad, en lo efímero
de la condición biológica. Su título
proviene de una frase común en las provincias
del Perú. Cuando un muchacho justificaba ante
el profesor su salida del aula por una urgencia corporal,
decía que “iba a hacer cosas del cuerpo”.
Poco después, me enteré, a través
de un amigo, de que un texto del escritor latino Marcial
coincidía con la frase que yo había
elegido: “Que se hable de los dioses / por los
siglos de los siglos, / pero del cuerpo y de las cosas
del cuerpo / acordémonos todos los días”.
(5)
Cosas
del cuerpo consta de cuatro secciones. La primera,
que le da título al poemario, reúne 16
poemas. La segunda se denomina “Tres canciones
sobre un viaje”; la tercera, “Vichanzao”,
contiene 5 poemas; y “Otros poemas”, seis.
Se trata de un conjunto de textos que presentan (unos
más que otros) una constante disposición
a volver los ojos hacia los estados, composición
y accidentes de la fisiología de los organismos
vivos, a niveles no necesariamente trascendentes. Éstos
arrancan de situaciones muy cotidianas, aunque no siempre
se quedan totalmente dentro de sus márgenes.
Ocurre en varios poemas que la realidad resignada de
un personaje encuentra a menudo un punto de escape hacia
delirantes plenitudes. Cada poema asume la contemplación
de un determinado animal, una planta o circunstancia
corporal en la vida del hombre. Asume, asimismo, diversos
aspectos de su existencia, como, por ejemplo: fuerza,
erotismo, alimentación, necesidad, placer, miedo,
enfermedad, vejez, muerte, apetencias, sueños…
De hecho, “El maestro de kung fu” es un
poema dedicado a la potencia física escondida
en el cuerpo humano.
Lejos
de proyectar una reflexión acerca de la condición
material del ser humano como el epílogo
luego de una larga vida, Watanabe sólo presenta,
describe realidades corporales, sustancias orgánicas
y poderes deseados o revelados a manera de memorias
anticipadas en lo que sería un acto de reencuentro,
que supone períodos de vida y ciclos. La reflexión
es asunto del lector. En su ensayo sobre la novelística
de Jorge Eduardo Eielson en el Perú, Sergio R.
Franco no dudó en conectar la condición
fugaz de los cuerpos vivos a una conciencia de interioridad
melancólica. El cuerpo en tanto “objeto
impermanente” —ve lo melancólico—
es noción de potencia sólo hasta que encuentre
su decadencia, siempre latente. En el caso de Watanabe,
el “lastre” es percibido por una melancolía
menos abrasiva, sin drama, paradójicamente alegre,
llena de encanto y con un “sano” rastro
de ironía, en la que se murmura una suerte de
desapego, la conciencia de una verdad más simplificada,
como si a veces no fuera necesaria en absoluto la tragedia.
Se puede hablar de la vida y la muerte, de los deseos
y los sueños en la más perfecta calma
y durante una sencilla ceremonia tomando té.
Generalmente
apelo a la descripción y hacia el final busco
el efecto de una parábola, el efecto de algo
que aluda a lo que está más allá
del mismo poema. (6)
Universalizar
la experiencia. No quiero hacer poesía nativista.
La anécdota es la base de mis poemas, hay un
desarrollo narrativo pero busco en el efecto final
trascender los elementos locales. (7)
Si nos fijamos en “El maestro...”, veremos
cómo las declaraciones del poeta se refrendan
curiosamente exactas tanto por el misterio en que nos
abandona al final del poema como porque su anécdota
puede ocurrir en las playas del Perú o no, pero
ello no es decisivo (o de alguna forma, ¿lo es?)
en cuanto acontecer.
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Notas
bibliográficas
(1)
Elogio del refrenamiento, 2003: 145-146 (http://librosperuanos.com/html/Jose_Watanabe.htm)
(2)
“Biografía de la carne”. En: Caretas
Nº 1547, 17 de diciembre de 1998. Entrevista de
José Güich Rodríguez.
(3)
“El hielo y su poeta” En: Caretas
N° 1626, 6 de julio de 2000. Entrevista de Enrique
Planas.
(4)
“Biografía de la carne”.
(5)
Ibíd.
(6)
“El estilo es el lugar donde poso mi alma”.
En Estación Poética (http://www.estacionpoetica.perucultural.org.pe).
Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo.
(7)
Ibíd.
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