En general, hay poco material de estudio sobre la obra de Watanabe, a pesar de que ha recibido los favores de la crítica local. Pienso que el punto de apoyo decisivo para cualquier estudio lo constituyen las propias declaraciones del autor en diversas entrevistas.

 

 

[ Recomendamos leer ]
 

Compasión por el Otro. La violencia política en el Perú de los ochenta en un poema de Raúl Mendizábal (por Paolo de Lima. El Hablador Nº 4, junio de 2004)

 

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La estética del cuerpo: una función visual

por Ericka Herbias

 

El lenguaje simbólico es el territorio textual en el que las palabras adquieren sentidos figurados y las metáforas nos brindan enigmas que descubrir. En la teoría de la significación, uno de los cuatro tipos de captación del discurso es la captación semántica, comprendida como la estela que deja a su paso la metáfora. En ella, la máquina recicladora de la lengua poética encuentra en la imaginación el soporte discursivo para emitir el orden o desorden de nuevas imágenes sugeridas en una secuencia infinita, en la que los objetos cognitivos resultantes sólo pueden acceder a ser experimentados en los dominios de la enunciación.

En la poesía se produce, entre otros fenómenos, la opacidad del signo, es decir, retiene sobre sí la atención del lector en tanto signo mismo o, como lo señala Jakobson, “la función poética es la relación del mensaje consigo mismo”. Sin embargo, este factor no es condición privativa del estatuto poético, dada su aplicación y probable constitución dentro de las prácticas narrativas. A su vez, elementos constitutivos de los estudios semióticos narrativos se analizan en textos líricos, lo cual ha llevado a los estudiosos inmersos en estas disciplinas literarias a indagar la participación, en este caso particular, de estructuras o elementos narrativos en composiciones poéticas, que comúnmente no suelen darse en forma pura, como lo enuncia Roland Barthes (“poesía como la amplia metáfora de un solo significado”), sino que más bien se nutren de componentes externos a su categoría, elementos imprescindibles para su total realización funcional, en tanto naturaleza rebosante de sentido.

En torno a lo mencionado, intentaré dar cuenta de la unidad del concepto estético de los cuerpos y el código visual que lo ejecuta —en cuanto fenómeno-signo y de una sola ocurrencia— en una serie de relaciones interpretativas surgidas a partir del análisis del poema “El maestro de kung fu”, incluido en el cuarto poemario de José Watanabe: Cosas del cuerpo (1999), ya desde una perspectiva semiótica, filosófica-estética, poscolonial y de algunas otras que he creído apropiadas para el dicho análisis.

El maestro de kung fu

Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente al mar de Barranco.

Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.

Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.

Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
—Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo— me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí.

En la década de 1960 se quiebra en el proceso poético peruano una cierta escuela modernista clásica que regía la estética más renombrada. El gran giro se produce con los poetas Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros, quienes activan influencias inglesas en la producción de un nuevo concepto poético. Posteriormente ocurre una afluencia de movimientos y manifiestos poéticos en la década siguiente, siendo el más importante de ellos Hora Zero.

A José Watanabe se le suele incluir en la generación de dicha década, la cual manifiesta en las escritura de sus miembros estas marcas discursivas y constantes: ironía cínica e irreverente, coloquialismo, sustento narrativo y la exploración de los métodos de composición (González Vigil, 2000). Aunque adscrito a dicha generación, la poética de Watanabe exhibe una perspectiva renovada que responde a un referente estético poblado de lejanas culturas. Watanabe es un nikkei peruano que maneja dos herencias, la japonesa y la andina. Al respecto de sus padres, manifiesta:

(Padre budista, moral de Bushido): Siempre estaba sosegado, su actitud parecía decirnos que hay un orden natural que no requiere comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos. (Madre andina): ... la impronta de templanza que lucía en todas sus actividades... pero su contención tenía un matiz de dureza o de aire áspero. (1)

Watanabe, de otro lado, pertenece a Lima. Si bien migra de una provincia (su infancia se desarrolló en una hacienda costeña al norte del país) a la capital, una vez en ella ingresa al modelo cognitivo que le ofrece, es decir, a la cultura “criolla”, propia de Lima: se hace criollo. Si bien es cierto no corresponde al perfil tradicional del poeta peruano (no sólo limeño) y por extensión, hispanoamericano, de círculos efervescentes, reaccionario, grandilocuente y pasional. Rescato aquí una declaración suya: “Es posible que un resfrío o una gripe me haya impedido estar en el lugar y tiempo adecuados. Por eso, no figuro en la nómina de Hora Zero o de otras agrupaciones.” (2)

Sin llegar a ser la figura retirada, Watanabe ha mostrado una disposición pacífica y reservada, amable, que en gran medida se plasma en su obra, de rasgos simples. Su producción poética reúne: Álbum de familia (1971, con el que ganó el Premio Poeta Joven de ese año), El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994), Cosas del cuerpo (1999) y Habitó entre nosotros (2002). Cuenta, además, con dos antologías: Path Through the Canefields (1997), editada en Inglaterra, donde fue traducido al inglés por C.A. de Lomellini y David Tripton; y El guardián del hielo (1999), lanzada por un sello editorial colombiano. Antígona (2000) es una adaptación de la clásica tragedia griega que él hiciera para el grupo de teatro Yuyachkani.

Otros títulos son: La memoria del ojo. Cien años de presencia japonesa en el Perú (1999), un extenso documento fotográfico del que es coautor junto a Amelia Morimoto y Óscar Chambi; y Elogio del refrenamiento (2003), autobiografía incluida entre los mejores libros editados en España durante ese año, según un balance del diario El País.

Watanabe destaca como guionista de películas adaptadas de novelas peruanas, como La ciudad y los perros y Maruja en el infierno, pertenecientes a Mario Vargas Llosa y Enrique Congrains, respectivamente. Los guiones suyos de Alias la gringa y Reportaje a la muerte se basan en sonados casos de la historia policíaca en el Perú.

En general, hay poco material de estudio sobre la obra de Watanabe, a pesar de que ha recibido los favores de la crítica local. Para el caso de Cosas del cuerpo, poemario que llegó con los créditos de un poeta maduro, he podido revisar algunas reseñas y un artículo en diarios y revistas. Sin embargo, pienso que el punto de apoyo decisivo para cualquier estudio lo constituyen las propias declaraciones del autor en diversas entrevistas. Así, he podido recoger las que diera acerca de Cosas del cuerpo:

Allí fui más claro al decir que lo físico es lo que importa. De alguna manera, planteo que el cuerpo es nuestra única patria, la única posesión que tenemos. Bromeo diciendo que antes yo llevaba a mi cuerpo donde yo quería, hoy es mi cuerpo el que me lleva donde él puede llegar, que ya no es muy lejos. El cuerpo me impone sus reglas y a veces su lastre. (3)

El soma deviene en metáfora ya no del cosmos, sino de la patria esencial constituida por los órganos y fisiología. (4)

El libro se concentra en la fugacidad, en lo efímero de la condición biológica. Su título proviene de una frase común en las provincias del Perú. Cuando un muchacho justificaba ante el profesor su salida del aula por una urgencia corporal, decía que “iba a hacer cosas del cuerpo”. Poco después, me enteré, a través de un amigo, de que un texto del escritor latino Marcial coincidía con la frase que yo había elegido: “Que se hable de los dioses / por los siglos de los siglos, / pero del cuerpo y de las cosas del cuerpo / acordémonos todos los días”. (5)

Cosas del cuerpo consta de cuatro secciones. La primera, que le da título al poemario, reúne 16 poemas. La segunda se denomina “Tres canciones sobre un viaje”; la tercera, “Vichanzao”, contiene 5 poemas; y “Otros poemas”, seis. Se trata de un conjunto de textos que presentan (unos más que otros) una constante disposición a volver los ojos hacia los estados, composición y accidentes de la fisiología de los organismos vivos, a niveles no necesariamente trascendentes. Éstos arrancan de situaciones muy cotidianas, aunque no siempre se quedan totalmente dentro de sus márgenes. Ocurre en varios poemas que la realidad resignada de un personaje encuentra a menudo un punto de escape hacia delirantes plenitudes. Cada poema asume la contemplación de un determinado animal, una planta o circunstancia corporal en la vida del hombre. Asume, asimismo, diversos aspectos de su existencia, como, por ejemplo: fuerza, erotismo, alimentación, necesidad, placer, miedo, enfermedad, vejez, muerte, apetencias, sueños… De hecho, “El maestro de kung fu” es un poema dedicado a la potencia física escondida en el cuerpo humano.

Lejos de proyectar una reflexión acerca de la condición material del ser humano como el epílogo luego de una larga vida, Watanabe sólo presenta, describe realidades corporales, sustancias orgánicas y poderes deseados o revelados a manera de memorias anticipadas en lo que sería un acto de reencuentro, que supone períodos de vida y ciclos. La reflexión es asunto del lector. En su ensayo sobre la novelística de Jorge Eduardo Eielson en el Perú, Sergio R. Franco no dudó en conectar la condición fugaz de los cuerpos vivos a una conciencia de interioridad melancólica. El cuerpo en tanto “objeto impermanente” —ve lo melancólico— es noción de potencia sólo hasta que encuentre su decadencia, siempre latente. En el caso de Watanabe, el “lastre” es percibido por una melancolía menos abrasiva, sin drama, paradójicamente alegre, llena de encanto y con un “sano” rastro de ironía, en la que se murmura una suerte de desapego, la conciencia de una verdad más simplificada, como si a veces no fuera necesaria en absoluto la tragedia. Se puede hablar de la vida y la muerte, de los deseos y los sueños en la más perfecta calma y durante una sencilla ceremonia tomando té.

Generalmente apelo a la descripción y hacia el final busco el efecto de una parábola, el efecto de algo que aluda a lo que está más allá del mismo poema. (6)

Universalizar la experiencia. No quiero hacer poesía nativista. La anécdota es la base de mis poemas, hay un desarrollo narrativo pero busco en el efecto final trascender los elementos locales. (7)

Si nos fijamos en “El maestro...”, veremos cómo las declaraciones del poeta se refrendan curiosamente exactas tanto por el misterio en que nos abandona al final del poema como porque su anécdota puede ocurrir en las playas del Perú o no, pero ello no es decisivo (o de alguna forma, ¿lo es?) en cuanto acontecer.

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Notas bibliográficas

(1) Elogio del refrenamiento, 2003: 145-146 (http://librosperuanos.com/html/Jose_Watanabe.htm)

(2) “Biografía de la carne”. En: Caretas Nº 1547, 17 de diciembre de 1998. Entrevista de José Güich Rodríguez.

(3) “El hielo y su poeta” En: Caretas N° 1626, 6 de julio de 2000. Entrevista de Enrique Planas.

(4) “Biografía de la carne”.

(5) Ibíd.

(6) “El estilo es el lugar donde poso mi alma”. En Estación Poética (http://www.estacionpoetica.perucultural.org.pe). Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo.

(7) Ibíd.

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